lunes, 20 de abril de 2009

"EN ÍTACA", Teresa Sandoval

En Ítaca, los días son largos, en cambio las noches, ¡tan cortas!... En la oscuridad del cuarto, abrigada por las sombras tiro del hilo de la labor que me distrajo durante el día, y el tejido, el sombrío sudario que empecé para Laertes, el padre de Ulises, queda de nuevo suspendido en el mismo momento en que quedó ayer, y antes de ayer, y muchos antes más. Después, cumplida la tarea de deshacer el tiempo, me sumerjo en el mar y recibo un baño de luna en las aguas del Rey Poseidón, en una ceremonia que se repite cada noche cuando termina un día igual que el anterior y similar al siguiente, mientras un viento cálido y suave me acompaña en la soledad que convoca la nostalgia de aventuras míticas.

Los días, los largos días de Ítaca, son muy parecidos a los que transcurren aquí, entre las páginas de un libro que pocas veces alguien se digna a abrir. Hace mucho que las hazañas de Ulises se refugian olvidadas entre el resto de este naufragio de volúmenes clásicos que descansan en los estantes más añejos de una biblioteca. Sólo muy de vez en cuando, unas manos ingenuas, con un inocente y a la vez heroico movimiento que, sin saberlo, encierra el poder de los dioses antiguos, toman el libro y al abrirlo desencadenan de nuevo tempestades que no perdieron su bravura a lo largo de los siglos, epopeyas de terribles traiciones, amores eternos o el poder inmemorial de los audaces engaños. Todo eso se desata, con tan simple gesto.

Yo, que perdí la juventud y la belleza en una espera legendaria, vuelvo a ser joven, y vuelvo a estar espléndida cuando el aliento de una nueva ocasión vuelve a mover las páginas polvorientas de La Odisea; comienzo a revivir, aunque mi vida sea siempre la misma y yo en cada una de estas existencia, de una manera casi imposible, ambicione con más fuerza el poder de hacer muchas cosas que no se me permiten.

Mi tiempo, paradójicamente, es el de la ausencia de Ulises; es ahí cuando se ponen a prueba mi resistir contra el paso de los días y de la soledad, a pesar de que alguno de los pretendientes que se presentaron en mi palacio para cortejarme despertaron en mí un deseo truncado de raíz, porque otra condena a la que estoy eternamente sometida es la de ser modelo de fidelidad al esposo, si bien ya no sea capaz de recordar con nitidez su rostro ni su cuerpo.

Y retomo la labor, tan inútil y con este olor a nostalgia fermentada, y me gustaría al menos poder cambiar el material con el que la tejo, sustituirlo por las lanas de colores alegres que las chicas de hoy lucen en sus bufandas o en sus jerséis modernos. Porque a veces me asomo entre líneas hacia el exterior, y en alguna ocasión mi mirada se ha confundido con la del ser humano que hay al otro lado, y es otra de las cosas que envidio profundamente: la increíble facilidad que tienen los lectores para estar en dos sitios a la vez, en el salón de su casa y en Ítaca, por ejemplo. Yo daría lo que fuese por poder escapar alguna vez de entre estas páginas y convertirme en una heroína intrépida y libre, como las que forjan los autores de ahora en las novelas de aventuras.
Permanezco y permaneceré aquí para siempre, y mientras alguien tome “La Odisea” entre sus manos, el tiempo volverá a adquirir las dimensiones de mi historia, y reanudaré mi labor, y mi corazón irremediablemente recuperará de nuevo el anhelo por la vuelta de Ulises, al que sigo amando y al que sigo esperando, porque así lo concibió mi padre, Homero.

9 comentarios :

Pepi dijo...

Describes el ansia del que lee de un modo magistral. Me encanta tu relato. Pepi

Anónimo dijo...

Muy bueno y poético, ese "olor a nostalgia" me gusta. Alicia.

Teresa dijo...

Muchas gracias por vuestro comentarios, chicas.
Un beso.

Anónimo dijo...

¡Qué mágico! Me encanta la idea de pensar a Penélope, la pobre, asomándose al mundo actual, eternamente atrapada en las páginas del libro. Precioso.
Diana

Anónimo dijo...

La cadencia de la historia es muy agradable. Las palabras tienen una resonancia poética que le va muy bien al tono general del relato.

Jose Arístides

Víctor Morata Cortado dijo...

Bueno, pues si hace unos días llegaste a mí, es ahora cuando yo llego a ti. El descubrimiento, me refiero al de tu persona y literatura, es más que grato y he disfrutado con esta primera intromisión a tu mundo de letras. Ahora tengo una pila de libros esperando en la mesilla, pero me descargaré 12 miradas para leerlo en cuanto se me ofrezca la oportunidad y ya te diré algo. De momento, seguiré indagando en esta Biblioteca. Por cierto, también tienes a tu disposición (pinchando sobre las portadas de mis libros en mi página) la descarga gratuita de los libros que conforman el bestiario y del que extraje "la lengua azul". Bueno, un beso y encantado de haberte descubierto. Seguiré tus pasos.

Teresa dijo...

Gracias Jose por tu comentario. Me alegro de que te haya gustado mi cuento.

Y Víctor, muchas gracias a ti también. Me he alegrado mucho de verte aparecer por mi casa de palabras. Espero que sigamos en contacto.

Un beso para cada uno. ;D

Toñi dijo...

Hola Teresa!!

Me gusta mucho el personaje que has elegido, Penélope y sobre todo el giro tan interesante que das a la historia: el que ella misma se sienta predeterminada por su propio rol, el de la esposa que espera, y tenga que seguirlo "porque así lo concibió su padre".

Si tuviera que darles un color a tus palabras serían sin duda azules.

Me ha gustado mucho.

Un beso. Toñi

Toñi dijo...

Ah, Teresa.

Y me gusta mucho la imagen que has escogido para ilustrar el relato. Esa Penélope con el telar y el gato a sus pies.

Un acierto.