miércoles, 28 de noviembre de 2007

MARIDO FIEL (Trinidad Alicia García Valero)

Andaba Oscar meditabundo por el centro de la ciudad, ya estaban poniendo las luces y los adornos de navidad - ¡Cada vez la adelantaban más!”-, pensó mientras miraba a una guapa rubia que se contoneaba delante de él. -¡Vaya tía!-, exclamó para si e inmediatamente le vino Carmen a la cabeza. No es que fuera fea, no, no era eso. Carmen, era mucha Carmen, que quede claro que él la admiraba. ¡Siempre la había admirado! ¿Y cómo no? La amaba, su vida cambió al conocerla, todo giró en torno a ella, vivía por ella, reía por ella, luchaba por ella, ahora también por sus dos hijos, claro.
Una morena se cruzó en ese momento y no pudo evitar un silbido de admiración. En verdad Oscar parecía un poco “salido” y en realidad lo estaba, era un hombre alto y bien plantado, de los que se suele decir que son atractivos, con sus canitas en las sienes y unos ojos rasgados que le daban un aspecto romántico y mujeriego. ¡Nada más lejos de la realidad, Oscar siempre había sido un marido fiel! Nunca engañó a su mujer, hasta ahora su realización como marido había sido plena, pero… Tenía que admitir que desde unos meses atrás se estaba planteando su vida. ¿Iba él a seguir sin tener una aventurilla, sin conocer otras mujeres? (Carmen era su primera y única mujer). Y se lo decía en plural. Ahora estaba muy gruñona y había engordado; siempre gritándole a los chicos y a él, luego estaba su suegra, es verdad que parece un tópico, pero no lo es: su suegra era una suegra diferente. Siempre tan bien vestida, tan perfumada, haciendo mil cosas, culta, ingeniosa, juraría que cuando pasaba por su lado, lo miraba con ojos lánguidos (tres años vivía sola según ella). Su marido murió de un catarro mal curado. ¡Era un calzonazos! Lo sabía todo el mundo. María, que así se llamaba la suegra en cuestión, cambiaba de pareja muy a menudo, cosa que dejaba patidifusa a su hija y a Oscar le admiraba.
Estaba el hombre pensando en vivir ¡con mayúsculas!, cuando pasó Estrella, una compañera de trabajo y se paró a su lado: -¿Qué tal, Oscar? ¿Tú solo por aquí?”-, le pareció que se le estaba insinuando. ¡Es que, es que…! ¡Su cabeza no pensaba en otra cosa! Un “rollete”, un desliz, una cana al aire. ¡No estaba nada mal Estrella! ¡Buenas piernas! Y nunca se había fijado en su delantera… ¡Vaya con Estrella! – Sí, quería hacer unas compras- contestó mirándola a los ojos- ¿Tomamos un café?-, se atrevió a decir. Ella aceptó encantada, hacía algún tiempo que estaba separada y se sentía muy sola…
Hablaron y hablaron, todo les parecía divertido y cuando Oscar miró el reloj se sobresaltó: -Bueno, tengo que irme, mañana nos veremos en la oficina, esta noche cena mi suegra en casa. ¡Tendré que estar allí!- dijo en tono de humor, un beso en la mejilla y una sonrisa de oreja a oreja por parte de los dos.
- Nos veremos, Oscar- insinuante ella.
- Nos veremos- atontado él.
Carmen le esperaba con los brazos en jarras a la entrada del comedor. -¿De dónde vienes a estas horas?- el ceño fruncido, la voz iracunda y temblándole las carnes. Oscar sintió un escalofrío y con cara de bueno:
- Pues… Dando una vuelta- Y de un tirón- La verdad, estaba mirando los regalos de navidad de los niños- ella le lanzó una mirada penetrante- ¡Y por supuesto los tuyos y … el de tu madre, claro!
- ¡No lo tengo yo tan claro! Últimamente estás tú muy suelto… ¿Te has olvidado de que eres mi marido?
- ¿Olvidarlo? ¡Como para olvidarlo…!- Se decía. Y en voz alta. - ¡Nada de eso, cariño! Ya lo sabes, gordita mía…- Su tono cariñoso y el dulce beso en los labios la calmaron; aún dijo: - No sé, no sé yo… Bueno, ayúdame a poner la mesa y llama a los niños, mi madre no tardará en llegar. ¡Ya sabes lo estricta que es!
Oscar se limpió el sudor de la frente y corrió a poner la mesa, después llamó a los chicos que lo saludaron con su habitual: “¡Chócala, viejo!”. Levantó su mano chocándola con la de sus hijos y riendo entraron al comedor. Sonó el timbre. -¡La abuela!- dijeron los muchachos. –“¡Mi madre!”- exclamó Carmen. “La suegra”- pensó él.
Entró María, impactante, con su abrigo de piel de conejo y el pelo ceniza, recogido en un alto moño, los labios rojos igual que las uñas. Apretaba un pequeño bolso negro en una mano y en la otra llevaba un paquetito atado con una cinta rosa (los pasteles de rigor). - ¡Buenas noches a todos! Mi querida familia…-, su voz suave y dulce calmaba los ánimos, pero hacía pensar en un cerebro retorcido (al menos a Oscar se lo parecía). Se adelantó a separarle la silla al mismo tiempo que decía, poniendo en su gesto toda la simpatía posible: -Usted siempre tan guapa, con esa elegancia… ¡Niños, venid a darle un beso a vuestra abuela!. Los chicos se acercaron con desgana. Carmen corrió a la cocina a buscar los aperitivos haciéndole un guiño para llamarlo. El hombre fue tras ella.
- Lleva este vino blanco a mamá, ya sabes que es su preferido.
- ¡Mamá, mamá, siempre lo mismo!- se rebeló él.
- ¡No te quejes! ¡Nos ayuda mucho, sin ella no llegaríamos a fin de mes! ¡Con tu sueldo…!- en actitud despreciativa. Oscar imitó el gesto a sus espaldas y haciendo un giro burlesco salió con el vino.

Pasaron dos semanas aburridas y cansadas. Sólo le animaba pensar en ver a Estrella, tomaban café y se contaban cosas. Reían por todo, ella, tenía una risa cantarina y sobre todo, un buen culo. ¡Ay! ¡Estrella, Estrella! Lo tenía cogido.
La navidad estaba en puertas. Carmen había salido a comprar. Oscar, por exceso de trabajo, no pudo acompañarla. Los niños habían dicho a mediodía que irían al cine. Llamaron a la puerta, era la abuela. -¡Esta mujer no parecía tener casa!-, pensó mientras abría. Como siempre estaba impecable, más si cabe, el pelo recién teñido y un juvenil abrigo en color crudo, que se quitó dejando ver su esbelto cuerpo, enfundado en un estrecho vestido marrón. -¿Estás solo?- preguntó.
- Sí, Carmen está comprando y los chicos en el cine. Si quiere esperarla… o si prefiere que le dé algún recado…- . Quedó esperando la respuesta, mientras miraba su cuerpo. -¡Qué pena!- se decía-. Carmen no le parecía en nada. María se dejó caer en un sillón y cruzó las piernas, el hombre las siguió con la mirada.
- ¡Ven!-, ordenó ella. Se acercó despacio e intrigado. Cuando estuvo a su lado le hizo inclinarse y, cogiéndole una mano, la llevó a su pecho. Él dio un respingo.
- Pero…- balbuceó-. La mujer se enroscó a su cuello besándole con pasión- Esto… esto no está bien, suegra…- decía mientras sus manos recorrían el cuerpo abandonado.
- ¡No me llames suegra!-, ¡Esta mujer siempre mandando…! La habitación conyugal fue testigo de la venturosa tarde. Cambió el hombre la juventud por la experiencia y el buen hacer de esta sorprendente mujer de carnes ya no tan tersas. María se vistió en silencio, Oscar se echó a reír y fue a besarla: -¡Si Carmen se enterara! Nunca pensé que usted… Que tú…, - no sé como llamarla.- Le contestó con seriedad:
- ¡De usted! Cómo siempre, Oscar, cómo siempre…

Corría Carmen e un lado a otro, su abultada humanidad cubierta con un bonito delantal navideño se afanaba en preparar la cena. –Tardaba Oscar, regruñía para sí. Estaba tan raro… Y mamá estaba al caer. Los chicos ponían los últimos detalles en el árbol.
Oscar y Estrella se despedían cariñosamente: -¡Has estado magnífico! ¡Eres todo pasión! No esperaba menos de ti-, alabó Estrella.
Oscar le buscaba la boca: -Yo sí esperaba que fueras así, ¡me gusta tu cuerpo, tus labios, tus…! Acurrucados en un sofá, alumbrados sólo con una pequeña lámpara de mesa, se amaban. El reloj de pared dio las nueves, el hombre se incorporó de un salto.
-¿Qué pasa?- preguntó Estrella.
- ¡Tengo que irme, tengo que irme! Es Nochebuena y mi mujer me está esperando y mis hijos y mi suegra…- Estrella comentó desilusionada: - ¡También la suegra, vaya hombre!
- ¡Sobre todo la suegra! Es… Especial… Y tú, tú también eres especial. Mañana a las seis estaré aquí. ¡Vamos, si quieres…!
- ¡Te esperaré!-. Lo despidió con un largo beso.
La casa era una fiesta, sonaba la música, las luces estaban todas encendidas, la mesa llena de variados manjares. Carmen lo acogió cariñosa, nada de reproches. Los niños saltaron a su alrededor alzando las manos en señal de bienvenida. La suegra, con sonrisa misteriosa, le hizo un gesto que sólo él entendió. De repente se sintió mal; todo le daba vueltas… Corrió al servicio a vomitar. - ¡Seguro que ha bebido!, oyó comentar a su mujer y a su madre contestándole:
- Eso es lo que hace siempre los hombres. ¡Esta noche se perdona todo, hija!
Se sentó a la mesa, estaba pálido, todos olvidaron el incidente, Carmen ni caso, los niños a lo suyo, la suegra de vez en cuando le lanzaba miradas. Sonó el móvil. Estrella le deseaba feliz Navidad, ¡qué atrevida!- se dijo- sin más, fue a la habitación, cogió algo de ropa que metió a empujones en una mochila, se puso el abrigo y salió.
- Me voy- anunció casi en voz baja. Besó a los chicos. Ella, acodada en la barandilla de la escalera, lo miraba por primera vez en silencio. Unas lágrimas resbalaban por sus mejillas, detrás su madre, sorprendida.

Entró silbando el tren en la estación, Oscar echó una última mirada hacia atrás. Se dejó caer en el asiento. No sabía si llorar o reír. ¡Estaba cansado! Una chica joven y ruidosa lo sacó de sus meditaciones: - Me parece que se ha sentado usted en mi asiento-, y le enseñaba el billete numerado. Él se levantó, se rozaron sus cuerpos en el estrecho pasillo. -¡Vaya noche para viajar! ¿Eh?- comentó la muchacha. Al hombre le dio la risa. Ella lo miraba extrañada: - ¿Tanta gracia le hace? Al menos podría contarme el chiste.
- ¿Cómo decirle que se reía de si mismo? De sus ansias de aventuras. La miraba de soslayo. ¿Sería el próximo “rollete”? ¡Últimamente estaba “sembrao”!

lunes, 26 de noviembre de 2007

NAVIDADES "ESPACIALES" (Inmaculada Belda)

Nicolai Navarro, un ruso de padre español abrió una bolsa de plástico hasta ahora hermética y de ella sacó una especie de tableta cuadrada, parecida a una onza de chocolate, pero de color blanco. Tanto él como sus compañeros acababan de cenar y esperaban ansiosos el postre navideño especialmente preparado para ellos: turrón deshidratado, concentrado, minimizado. Ingrid, una alemana cuyo pelo no era rubio ni sus ojos azules, sino negros los dos, se echó a reír cuando los demás, escandalizados, vieron escapar de entre los dedos del ruso el ansiado dulce. John, el americano del grupo, estuvo al quite y atrapó la tableta con una especie de red de cazar mariposas, cuando ya ésta subía demasiado alto, lo suficiente para tener que abandonar su cómodo asiento y echar un vuelecito en su busca. Todos jalearon produciendo un ruido parecido al de la gente en un campo de fútbol cuando el equipo local mete un gol al primero de la liga. Sonrieron de nuevo tranquilizados y la bolsa cambió de manos y fue a parar a Sergio, el español seleccionado en el último momento para la misión.

-¿Sabíais que el turrón se llama así desde que en 1421 Enrique Villena bautizó al Dulce Blanco de los andalusíes como Torró? Dijo éste haciendo un despliegue de cultura a la española. Y con habilidad atrapó la segunda tableta y pasó la bolsa a Ingrid.

La alemana metió la mano en la bolsa sin mirar, como si estuviera sacando una bolita numerada con el tema a exponer ante un tribunal de oposiciones. Tanteó el interior contando las existencias y poniendo una expresión de contrariedad dijo:¡Oh, oh!

-¿Oh, qué? Preguntó Nicolai temiéndose lo peor, pues la que fuera su tableta se había quedado en manos de John, que tras atraparla consideró justo conservarla como un trofeo, al igual que los cazadores conservan un cuerno de rinoceronte o un colmillo de marfil.

-Sólo queda una, han contado mal las porciones al envasarlas.

John se apresuró y sin esperar a hidratar su onza, se la metió en la boca ante la mirada desaprobadora de Sergio, que enfadado le espetó: eso, eso, no vaya a ser que tengas que compartirla. Sin dejar de mirarlo puso su porción dentro de la bolsa.

-Gracias, contestó la alemana. Sortearemos las que hay y el que se quede sin ninguna podrá coger una ración extra de bacalao al pilpil.

-Mmmm, dijo el ruso, bacalao de postre, ¡qué buena idea! Y se echó a reír como loco, de manera que su mandíbula inferior fue un batir arriba y abajo durante un gran rato.

Mientras tanto el intercomunicador con la tierra saltó haciendo un gran ruido, producto de las interferencias que proporciona la lejanía desmesurada. A continuación, con voz grave y perfectamente audible escucharon al Jefe de la Operación.

-Aquí Houston, tenemos un problema dijo. Bajo ningún concepto comáis Turrón esta noche.

-¿Pero qué dice ese? Preguntó Sergio con la voz airada, es Noche Buena, cómo vamos a olvidarnos del turrón.

Mientras la radio seguía su lucha particular contra las interferencias, el rostro de John se volvió azulado, luego púrpura y finalmente rojo como la grana, comenzó a toser despidiendo los restos del dulce por el aire, produciéndose una lluvia hacia arriba de fragmentos blancos. Su boca se abría y cerraba como la de un pez intentando respirar fuera del agua y finalmente, tras escucharse un gemido, su cabeza cayó sobre su hombro y terminó por desplomarse sobre la improvisada mesa para la cena de Noche Buena.

Sus compañeros se quedaron sin habla.

-Repitoooo. Zsssss, zss, zsss. No comáis turrón. Zsssssss, zzzsssss, se han olvidado una porción y la he probado: Es repugnante, está hecho con sal.

Mientras todos se reían del error del cocinero, John volvió en sí y, todavía aturdido, exclamó: ¡Pues que asco de dulce tenían los andalusíes! Casi vomito la cena entera.

Todos siguieron riendo, esta vez de John, que un tanto azorado comprendió que su acción egoísta le había llevado a ser el único que comiera aquello y encima sin agua. Pasaría mucho tiempo antes de que se le olvidara el sabor de aquella pasta que se le formara en la boca en las navidades de 1990 en la expedición que la N.A.S.A. envió… no se sabe dónde.

domingo, 25 de noviembre de 2007

"LA MALA NOCHE DE NOEL" (Fermín Gallego)

Noel era consciente de que en esas fechas, jamás tendría vacaciones. ¡Cuántas discusiones con su mujer! Su máxima ilusión era pasar unas Navidades en Canarias, pero claro, con la ocupación del marido resultaba imposible.
Noel estaba completamente saturado de trabajo. Primero la preparación, recopilar y ordenar todas las cartas recibidas, después el almacén para llenar los sacos y preparar la distribución y luego, a viajar y, menos mal que por los efectos mágicos de su puesto, podía estar en varios lugares a la vez.
Esa noche ya llevaba atendidas varias casas de aquel barrio de las afueras de la ciudad, cuando llegó a la hora prevista, al número 32 de la calle Eucalipto. Dejó el trineo mal aparcado como casi siempre, con los intermitentes de los cuernos de los renos en funcionamiento y se dispuso a entrar en la casa de los Garcia. Cargó su saco al hombro y trepó hasta la chimenea como en tantas ocasiones, se introdujo y ¡ahí va!, quedó atascado.
-Lo sabía, alguna vez tenía que ocurrir- gruñó para sí- Mira que me lo decían, tenía que haberme puesto antes a dieta.
Lo intentó hacia abajo y hacia arriba pero nada, no lograba moverse, y encima la molestia del saco que había quedado sobre su cabeza.
-¿Y qué hago yo ahora? – pensó en voz alta.
Mientras tanto en la vivienda de los García comenzaba a cundir la impaciencia en los niños.
-Pero papá, dijiste que iba a llegar antes de la cena- protestaban malhumorados.
-No os preocupéis, seguro que no tardará en llegar- intentaba calmarlos su padre.
-Bueno, voy a traer ya la cena antes de que se enfríe- intervino la madre tan práctica como siempre. Primero fueron los aperitivos, luego le tocó su turno al pavo, después desfiló la inevitable piña y llegó por fin el turno de los turrones, polvorones y licores y aunque los padres intentaban calmar los ánimos, los niños permanecieron callados y de mal humor toda la velada mientras que el abuelo, apenas se enteraba de nada.
El pobre Noel, en mitad de la chimenea, se tenía que contentar con alimentarse de los olores y aromas que llegaban de abajo. Seguía sin encontrar la solución a su grave problema.
El padre, algo eufórico por los licores, y ante la creciente desesperación de la familia decidió llamar por teléfono a Laponia, aunque sabía que le iba a costar un pico la conferencia. Después de una larga espera al son de villancicos telefónicos, al fin una voz respondió.
-Pues no sabemos que ha podido ocurrir. Ha debido dejarse el móvil en el trineo porque no responde, no hay manera de contactar con él. Intentaremos localizarlo, tengan calma, por favor.
Pero la calma de los García se había convertido en resignación, mientras en Laponia el teléfono no paraba de sonar. Eran los vecinos de la calle Eucalipto, del nº 34, del 36, del 48. Todos con la misma queja, que si no había derecho, que si habían enviado las cartas a tiempo, que iban a reclamar y pedir indemnizaciones.
El matrimonio García, mientras los niños veían la televisión y el abuelo dormitaba en el sillón, continuaba discutiendo: -Ya te decía que era mejor los Reyes Magos, como siempre, que esos sabes que no fallan nunca, pero tú, dale que dale, que si así tienen más tiempo para jugar, que si es mejor. Pues mira el resultado.
-Cállate un momento-, le cortó el marido.-Me ha parecido oír un gemido en la chimenea.
Aguazaron el oído: –¡por favor, ayúdenme, me he quedado atascado!- se oyó una voz. El marido se asomó con una linterna y creyó ver unas botas. Estiró fuertemente y ¡zás!, le cayó encima Noel que en lugar de rojo y blanco estaba recubierto con una capa de hollín.
-¿Pero usted se cree que estas son horas de llegar?- le increpó. Todos los miembros del hogar miraron con asombro al recién llegado, La barba en lugar de ser blanca y algodonosa, parecía una pelusa gigante acabada de barrer, la borla del gorro medio caído, golpeaba la nariz de un rostro completamente tiznado de ceniza y sudor. Ante ese deplorable aspecto, los niños asustados prorrumpieron en un impetuoso llanto mientras se cobijaban detrás de su madre.
Noel pidió permiso para sentarse y reponerse del golpe. Estaba aturdido y no tenía claro ni donde se encontraba.
-Por favor, pueden darme un vaso de agua- le pidió a los García.
-Ahí tiene, sírvase la que quiera- dijo ella señalando la mesa con los restos de la cena.
Noel, cogió la botella transparente que tenía más cerca y llenó un vaso. Le dio un generoso trago y de pronto sintió como el líquido abrasaba su garganta.
-¡Pero que hace hombre de Dios!. ¿Es que ahora quiere emborracharse con el orujo?- le increpó el padre.
-¿Orujo?. Creía que era la botella de agua. Y además, si yo no bebo.
-Bueno, ¿nos da los regalos de una vez?- intervino la madre.
Noel abrió su maltrecho saco y su semblante cambió de color. –Encima me he equivocado de saco. Perdónenme, voy ahora mismo a por el suyo. Si no les importa, utilizaré la puerta.
Noel salió a la calle, la cabeza comenzaba a darle vueltas. El trineo continuaba donde lo había dejado pero los renos ya no estaban. Al lado, las luces intermitentes de la policía iluminaban la escena mientras la grúa cargaba con el vehículo navideño.
-Pero ¿y los renos?, fue lo primero que preguntó.
-Los hemos soltado -contestó el agente- Como comprenderá ya tenemos bastante con llevar el depósito todos los coches multados. Encima, no querrá que tengamos unas cuadras para los animales.
-Pero no hay derecho. ¿Y qué hago yo ahora?.
-Ud. sabrá, ¿no tiene la facultad de hacer magia?. Y que conste que hemos estado aguardando, pero aquí no venía nadie.
-Pero es que me he quedado atascado….
-¡Cállese! –el agente no le dejó acabar-. Todos iguales, siempre buscando alguna excusa. Además, usted huele que apesta a alcohol, vamos a hacerle la prueba si no le importa.
Efectivamente, los efectos del orujo en el abstemio Noel no se habían hecho esperar y sobrepasaba los límites admitidos.
-Usted no tiene vergüenza. Menudo ejemplo para los niños
-Les aseguro que yo no lo sabía. Por favor si quieren después pueden llevarme detenido pero ahora tengo que repartir los regalos que faltan. Tengo que volver a esa casa a entregarles el suyo, pues me había equivocado de saco.
-Encima de borracho, incompetente. Venga, vaya usted aprisa-.Los policías habían hablado entre ellos y decidieron dada la noche de que se trataba, dejarle continuar con el reparto. No obstante, permanecieron allí, sin quitarle el ojo de encima. Noel se dirigía de nuevo a casa de los García. El padre lo estaba esperando el la puerta y malhumorado le arrebató el saco.
-Traiga, no quiero verlo más por aquí.
Noel, completamente mareado, volvió a su trineo y le costó un gran esfuerzo encontrar y después coger el saco siguiente. Haciendo eses, logró llegar con la bolsa a cuestas al domicilio del número 34. Inesperadamente, llamó al timbre. Cuando la puerta se abrió, no daban crédito a la pinta de Noel que tambaleándose y con voz de borracho preguntó:
-Buenas noches, ¿podría indicarme por donde se accede a la chimenea?- Al mismo tiempo que hacía la pregunta, se derrumbó en el suelo.
-Agentes, vengan por favor. Además de tarde miren en qué estado viene. Llévenselo, es lamentable, no queremos que los niños lo vean-. Los policías cargaron como pudieron con Noel introduciéndolo en el coche patrulla.
Y aquella noche, ya no hubo más reparto de regalos en aquel barrio de la ciudad.
A la mañana siguiente, en todos los hogares se recibió una carta por correo urgente:
“Por problemas de distribución, anoche fue imposible repartir los encargos efectuados por todos ustedes. Estamos contactando con una nueva empresa, por lo que previsiblemente sufrirán unos días de demora. Pero no se preocupen, en la noche del 5 de Enero, tres empleados ataviados con trajes reales, les harán entrega de los mismos. Rogamos disculpen las molestias causadas.”
Mientras tanto, Noel había sido despedido. Las explicaciones que intentó ofrecer a sus jefes, no fueron suficientes. Habían pasado unos días desde aquella aciaga noche. Sentado en el sillón de su casa, leía los anuncios de trabajo del periódico. Su mujer tratando de animarle le comentó:
-Tú no te preocupes, ya encontrarás algo. Además, las próximas Navidades nos podemos ir de vacaciones a Lanzarote.

viernes, 23 de noviembre de 2007

"OTRA CANCIÓN... DE NAVIDAD" Teresa Sandoval

El señor Salmerón me despidió en vísperas de Nochebuena. Llevaba trabajando para él algo más de un año, y aquella mañana cuando acudí como cada día a la asesoría nada me hacía sospechar que sería la última. La carta de despido me la entregó Rodrigo, el jefe de personal, con cara de circunstancias. Me dijo que sentía mucho tener que despedirme, especialmente en estas fechas, pero que las órdenes habían venido directamente de arriba y que él no podía hacer nada. Junto a la carta de despido la última nómina, y como paga extraordinaria un exiguo finiquito que no daría ni para comprar una lata de uvas peladas y sin pepitas, como me gustan a mí. Estaba aturdido, tanto que ni se me pasó por la cabeza montar un escándalo; así que dignamente, al menos en apariencia, fui a mi despacho, recogí mis enseres personales (calendario, un portalápices, un cenicero de bolsillo), los metí en una caja de cartón que gentilmente alguien había puesto a mi alcance y me marché. Ni siquiera llegué a gritar desde la puerta ¡esto no va a quedar así! Quizá por eso, por no haberla expulsado a tiempo, la frase se quedó mordiéndome por dentro.
En cuanto a los motivos que el viejo había tenido para despedirme, los sospechaba. Alguna que otra mañana se me habían pegado las sábanas, era cierto, tan cierto como que era del dominio público mi costumbre de fumarme un cigarrillo de vez en cuando en los lavabos; y otra cosa no, pero el decreto antitabaco el viejo la había recibido con el mismo compromiso que Moisés las tablas de la Ley. Aún así, y reconociendo mis deslices, despedir a alguien en Navidad seguía pareciéndome inhumano. ¿No podía haber esperado el viejo hasta enero y dejarme caer por la cuesta por propia inercia? El viejo era un miserable y un rastrero. Pero “esto no va a quedar así. Yo le amargo las Pascuas como el me ha amargado las mías”. Hubiese estado bien que al señor Salmerón, como en un cuento de Dikens, se le hubiesen aparecido los tres espíritus de la navidad, mostrándole mi pasado, presente y futuro, a cual más amargo, pero yo a esas alturas ya no creía en la magia, así que quise aportar mi granito de arena y le pedí al fantasma de mi primo Gustavo que él mismo se encargara de visitarle para recordarle que el Espíritu Navideño era una cosa muy seria.

Entre en un bar de la plaza Mayor. Las vidrieras y el mostrador estaban adornados con guirnaldas, bolas, Papas Noeles colgantes y toda clase de horteradas mil. A mi alrededor se respiraba ya un ambiente empalagoso y eso que no eran siquiera las once de la mañana. Pedí un café y una copa de ponche y me acodé en la barra observando a la gente. La mayoría iban con paquetes, hablaban de las vacaciones, de lo que iban a ponerse esa noche; muchos de ellos se quejaban de lo que esperaba y hubiese sido creíble si no les hubiese delatado el brillo torpe en los ojillos. ¿Y yo? Yo también tenía cena familiar, y normalmente solía sobrellevarla con más o menos moral, pero ese día se me había cortado el rollo para todas las Pascuas. En cuanto al señor Salmerón, imaginaba que tendría reservada alguna cena íntima con una de esas amiguitas suyas a las que obsequiaba generosamente (a ellas sí) a cambio de compañía. No tenía familia, al menos familia que quisiera compartir mesa con él. Por miserable. Y sin embargo algo me hacía sospechar que su noche iba a ser mejor que la mía. Entonces fue cuando acabé de calentarme y llamé a Gustavo. Hacía años que no nos veíamos. Él era la oveja negra de la familia. Yo sólo la gris. Me llevaba un par de años y siempre habíamos tenido una relación cordial a pesar de que nuestros caminos discurrían por senderos distintos. Desde muy joven se había dedicado al boxeo. Ahora, con el dinero que había ganado, había abierto un bar muy cutre en la zona de Vallecas; un antro frecuentado por putas, borrachos y otra gente de mal pelaje, como diría mi madre. Después del consabido ritual de cortesía le expliqué que quería hacer un regalo navideño. Un escarmiento eficaz y poco espiritual. Me dijo que él ya era un hombre de negocios y no se dedicaba a asuntos menores, pero que conocía a gente discreta dispuesta a hacerlo por lo que costaba un cotillón. Le di la dirección de la casa del señor Salmerón, una descripción bastante detallada de él y de su coche y la hora a la que aproximadamente podrían abordarle en el garaje de su casa. Lo demás lo dejé todo en sus manos. Después pasé brevemente por casa y preparé un equipaje ligero para viajar hasta el pueblo de la sierra donde viven mis padres.

La cena de Navidad transcurrió con pocas variaciones respecto a la del año anterior, y a la del otro. Lo único que variaba era la cantidad de criaturas que mis hermanos iban aportado a la familia: más ruido y menos espacio. Por lo demás cada Navidad era una estampa que nunca hubiese podido ser de ese elegante color sepia con el que se maquilla los recuerdos. Todo igual que siempre si no hubiese sonado mi móvil poco antes de medianoche. El primo Gustavo desde el otro lado me informó de que el trabajo ya había sido llevado a cabo limpiamente, con la única salvedad de que al ejecutante se le había ido un poquito la mano y había dejado al viejo muerto en el suelo del aparcamiento. Eso sí, para guardar las formas había tenido la discreción de robarle la cartera. Cuando colgué el teléfono me sentí mareado. Los efectos del alcohol se habían multiplicado por mil. Había dejado de escuchar el alboroto, las canciones del programa de varietés que ponían en la tele. La venganza se me había escapado de las manos. Yo tan sólo quería darle un escarmiento; me hubiese contentado con que ese año se quedase sin probar el turrón duro, pero ahora el señor Salmerón estaba muerto… ¡Muerto…! ¿Y qué?, me replicó el otro lado de la conciencia ¿A quién va a importarle? Después de todo era un miserable, un cerdo y no merecía disfrutar de la fiesta de las almas puras.

Para no levantar sospechas volví a incorporarme a la reunión familiar y la fiesta siguió dentro de sus cauces hasta que poco a poco mis hermanos se fueron marchando y yo me acosté en la que antes era mi habitación juvenil. Eran las tres de la mañana. Caí en un sueño pesado y plácido hasta que me despertaron las campanadas de una iglesia cercana dando las horas. Un, dos, tres, cuatro… inconscientemente conté los tilines hasta el número siete. Imposible pensé, tenía la sensación de haberme acostado hacía sólo un momento. Probé a darme la vuelta en la cama para seguir durmiendo pero entonces sentí como alguien con violencia apartaba las cortinas de la ventana y me retiraba de encima la ropa de la cama. Abrí los ojos. Mentiría si no dijera que casi me muero allí mismo al distinguir en la penumbra la cara del señor Salmerón. Estaba distinto, con los morros hinchados, las gafas torcidas y un halo sobrenatural e inquietante, pero sin duda era él.

“¡Arriba, gandul! Te aseguro que a partir de ahora no vas a dormirte ningún día” Intenté ignorarlo. Pensé que eran alucinaciones sufridas por la cena copiosa, por el alcohol. Quise volver a cubrirme con las mantas, pero el señor Salmerón con una fuerza descomunal me sacó de la cama. “¡Arriba, he dicho! Ha llegado la hora de que te muestre tu futuro”. Y sin saber cómo, fui sacado casi desnudo de mi cuarto, y sobrevolamos el pueblo y luego la ciudad hasta que divisamos un complejo de edificios siniestros que identifiqué como un penal. Entonces comprendí. Me puse a implorarle al fantasma de Don Salmerón piedad, conmiseración en nombre de la Navidad. Él contestó que mi condena era de siete años y un día, pero que quizá pudiera conmutarla por otra no menos oscura. Así seguimos planeando sobre la ciudad hasta llegar a un sitio que me era bastante más familiar. La oficina del paro estaba llena de personas o espectros, no sé. La cola infinita salía de la oficina y rodeaba el edificio varias veces. Mi cuerpo ingrávido hasta entonces retomó toda su pesadez al ocupar el último lugar en la cola. Lo peor de todo es que ni siquiera pude encender un pitillo. No sé si he dicho que el señor Salmerón odia el tabaco.

Teresa Sandoval

LA MUDA (Diana Disavoia)


Las Navidades son para Gerardo una fecha muy especial. Sabe que lo son para la mayoría de las personas pero a él le afectan de forma singular. Es la época del cambio, de la transformación. A sus cuarenta y dos años ya ha pasado por la experiencia en innumerables ocasiones y está de sobra familiarizado con el proceso. Bien es cierto que desde que se hizo mayor la frecuencia, naturalmente, se ha ralentizado. Ahora el cambio se produce cada tres o cuatro años, siempre coincidiendo con la Navidad. Tiene su lógica puesto que nació un veintiséis de diciembre.
El primer cambio del que conserva recuerdos ocurrió a los diez años. Iba con su madre mirando escaparates y decidiendo mentalmente qué regalo le pediría a los Reyes Magos, cuando comenzó a sentirse mal, algo mareado al principio, instantes más tarde se le nubló la vista y sintió que sus piernas no le sostenían. Recuerda que su madre lo sujetó por debajo de los brazos y una vecina lo dejó pasar al portal de su casa. A partir de ese momento los recuerdos son confusos. Evoca la voz de su madre hablando con la vecina “estas cosas siempre pillan por sorpresa, por muy natural que sea, si pudiéramos preverlas sería más cómodo, pero nunca sabemos exactamente cuándo va a ocurrir”. Recuerda que al llegar a su casa la madre le dijo que debía estar contento, que había dado un estirón y que eso, en los niños, era signo de que estaban creciendo sanos. “¿A ti también te pasa?” preguntó a su madre, “por supuesto, sólo que las personas mayores cambiamos menos que los niños”.
Gerardo siente ternura al evocar aquellos recuerdos de infancia. Bien es cierto que nunca llegó a vivirlos realmente con naturalidad y ahora, de mayor, siempre que puede anticipar la llegada del cambio, de la muda, como le llamaba su madre, prefiere estar en casa, o al menos en un lugar donde no haya gente, sabe que a nadie le llamaría la atención, pero él se siente desnudo por unos instantes, por eso se alegra de que esta vez le haya pillado en casa, por la mañana, justo antes de salir para la oficina.
El proceso es muy rápido, aunque no deja de maravillarle la magia que encierra. Siente una sensación de mareo que precede al proceso. Sabe cómo afrontarlo, simplemente debe relajar los músculos, no oponer resistencia y dejarse llevar. Mira sus manos, la piel está muy reseca, tensa, sin elasticidad. Cierra los puños y la tensión que supone este gesto, rasga la piel en varios puntos con un sonido leve. La rasgadura, una vez producida, es ya imparable. Avanza por los brazos dejando entrever debajo una epidermis rosada, húmeda y suave. Mueve un poco los hombros y unos jirones de piel acartonada caen al suelo. Las facciones de su cara se desfiguran por un instante pero, rápidamente, ayudándose con las manos, despega la piel de la frente, de los pómulos, de la nariz y siente la liberación de su cuerpo. Todo el proceso dura unos pocos minutos, la espalda, el pecho, las piernas. Su envoltorio cae al suelo inerte, sin más vida que un cuero reseco. En apenas unos instantes ha dejado sobre las baldosas un montoncillo de células muertas, dos o tres años vividos y un poco de fatiga. Otro estirón, diría su madre, otra muda y un nuevo cuerpo, rosado, fresco, elástico, que se irá deteriorando poco a poco hasta que, en unos años, en unas Navidades, vuelva a mudar la piel nuevamente.

jueves, 22 de noviembre de 2007

RESUMEN DE LA REUNIÓN DEL DÍA 21 DE NOVIEMBRE

Ayer dimos lectura a los relatos "antinavidad" que puse como deberes. La verdad es que lo pasamos muy bien oyéndolos y leyéndolos. Hubo de todo, como corresponde a unos escritores con tanta imaginación y talento. Toñi acabó, muy acertadamente, con los asistentes a las campanadas de fin de año en la Puerta del Sol; J. Arístides, narró de una forma muy divertida una típica cena de trabajo; Pepi, contó un bonito cuento con tintes surrealistas; Teresa, expuso una original y divertida versión de "Cuento de Navidad" de Charles Dickens; Miguel Ángel, nos leyó un estupendo relato cargado de humor negro, sobre un trabajador del Corte Inglés; Inmaculada, tan original ella, nos llevó al espacio a comer turrón; Alicia le dio un revolcón a una suegra con su yerno; Diana nos contó la extraña y original historia de un ser que muda la piel cada Navidad, ya se sabe, renovarse o morir; y, finalmente, yo liquidé a toda una familia de esperpentos durante la cena de Nochebuena, real como la vida misma.
A continuación, propuse un ejercicio de escritura automática, para realizar en clase. Consistió en continuar el siguiente microrelato de Fredic Brown titulado "Lamada":

"El último hombre sobre la tierra está sentado a solas en una habitación. Todos los demás han muerto. Llaman a la puerta".

Como es habitual, los relatos que salieron fueron divertidos y muy originales. Aunque el que dio un aire distinto fue Arístides, salvando de la muerte a todas las mujeres, muy listo. También recuerdo el de Teresa, muy bueno, con ese regalo tan peculiar pedido a Papá Noël, jejeje.

Después hablamos de sacar una especie de folleto, al estilo del que hace la biblioteca, con los relatos. La intención es publicar los realizados ahora para Navidad. Pero, también se acordó ir sacando cuadernillos con los relatos que vayamos haciendo con un tema común, dependiendo de la época del año; como, por ejemplo, carnavales, Semana Santa,... Ya iremos viendo. Miguel Ángel, dando muestras una vez más de su gran eficacia, se está encargando de ver cómo lo hacemos.

La cena se acordó hacerla después de Navidad, pues casi no quedan fechas y la gente ya tiene otras cenas. Aún así, en la cerveza, se dijo que si había gente que no se iba de puente, podríamos irnos de cena el viernes 7 de diciembre, además de ir a la de enero con todos los que no puedan asistir a esta. Bueno, es una propuesta más. Ya lo hablaremos.

Pues creo que esto es todo. Si a alguien se le ocurre otra cosa, que lo añada. Por cierto, id colgando los relatos para que los leamos y así los podamos recordar. Yo ya he puesto el mío.
El siguiente coordinador para el 5 de diciembre es José Arístides, que ya entregó su propuesta, y para el día 19 será Teresa.

Nieves.

¡¡FELIZ NAVIDAD, FAMILIA!! Nieves Jurado

Hablemos de la Navidad, usted y yo. Hablemos tranquilamente de esa noche tan entrañable y feliz: Nochebuena. La familia se reúne a cenar en torno a una gran mesa, llena de selectos manjares y de caras sonrientes. Guirnaldas de colores, villancicos, turrón, regalos… todo es maravilloso, ¿verdad? Pues bien, ahora hablemos de otra Navidad. Es una Navidad distinta, no tan entrañable, pero sí más real. Y no crea que le voy a contar cómo hay gente que vive sin nada que comer y en la más absoluta de las miserias. No, no me corresponde a mí limpiar las conciencias de los demás. Si no le importa, hablemos de mi Navidad.
Antes de comenzar, le diré que para esa noche tan especial y como acto de buena voluntad, mi familia me saca de la residencia de ancianos, donde me encerraron como a un preso peligroso hace ya algún tiempo. Me llevan a casa de mi hijo mayor, Jacinto, y de mi encantadora nuera Pilar, y me colocan en una esquina como si formara parte, un año más, del típico ornamento navideño que decora el comedor con total ausencia del más mínimo sentido del ridículo. Y así, comienza la velada. Estamos sentados alrededor de una mesa alargada con multitud de platos repletos de comida, cuya única opción es montarse unos sobre otros para poder hacerse con un sitio digno; pues mi nuera, en una muestra más de su pésimo gusto, ha colocado en el centro de la mesa tres candelabros decorados con unos enormes lazos dorados y unas velas rojas que sólo sirven para que cada vez que alguien estire el brazo se queme con la llama.
Jacinto es un hombre de 45 años, con una prominente barriga, un cierto grado de falsedad y una incontenible inclinación hacia la pornografía. Mi querida nuera Pilar, como es habitual en ella, a la hora de la cena ya da muestras de haber sido la primera en probar, generosamente, el vino tinto, el rosado y el blanco. Es una mujer tetona, con un gran culo y una increíble mala leche. Al lado de mi nuera, se sienta Rosita, mi nieta, un angelito de 11 años, rubio, regordete y con unas ganas tremendas de joder a todo el mundo, en especial a su primo Daniel, el niño con la cabeza más grande que jamás he visto, pero que, a juzgar por su comportamiento, no le debe servir de mucho. Daniel es el hijo de Laura, mi pequeña, una mujer escuálida, histérica y fumadora compulsiva, casada con Miguel, el hombre más gilipollas que existe en el planeta, el cual se empeña todos los años en ejercer de chef preparando, como él mismo se atreve a decir, una deliciosa exquisitez sorpresa, aunque la verdadera sorpresa es que alguien se atreva a comerla. Y finalmente, sentado a mi lado está el hermano menor de mi nuera, Rafita, un expresidiario colgado y drogadicto, con los ojos inyectados en sangre y la cara desvaída, y del que nunca logro entender ni una sola palabra.
Conforme pasan los minutos, los comensales van dando buena cuenta de la comida. Gula, auténtica gula es lo que yo veo. Bocas insaciables devorando todo lo que encuentran, restos de salsas y de grasa deslizándose por sus barbillas, copas que se vacían y se llenan como por arte de magia. Yo los contemplo con una gran repulsa, especialmente porque a mí sólo me han puesto una sopita y una pechuga asada.
- ¡Abuelo, ya sabe que a su edad no puede comer otra cosa! – me grita la odiosa de mi nuera con una estúpida sonrisa. Sé que la muy zorra está disfrutando.
- ¡Joder, Laura! Deja ya de fumar, das asco siempre con el cigarro en la boca – le regaña mi hijo Jacinto a su hermana.
Bien, pues aquí comienza mi auténtica Nochebuena, cuando el vino se adueña de las mentes y la lengua de la familia. Mi yerno Miguel saca al exterior el macarra que lleva dentro y le dice a Jacinto:
- Tú cállate, degenerado hijo de puta. Mi mujer se fuma los cigarros que le da la gana y sólo yo tengo derecho a decirle algo.
- ¿Tú?, ¿y quién te crees que eres tú? – le contesta Laura a su marido.
- Pues te guste o no, soy tu marido, ¿entiendes? Tu ma-ri-do- le grita con la mano levantada.
- Ya salió el salvaje soplapollas como siempre levantándole la mano a su mujer – añade Jacinto.
- ¿Quieres ver cómo te meto una hostia y así compruebas lo salvaje que puedo llegar a ser? – le amenaza su cuñado.
- ¡Venga, ya está bien! Estamos de fiesta. ¡Viva la Navidad! – aúlla con una desagradable voz de soprano y totalmente borracha mi nuera Pilar, que en un intento de levantarse de la silla, tira dos copas manchando de vino el ridículo vestido morado comprado para la ocasión de mi hija Laura.
- ¡Borracha de mierda!, ¡mira lo que has hecho! – le increpa, mientras se limpia con la servilleta.
- De todas formas ese “festido” te sienta como el culo. Te marca todos los huesos, pareces una momia con traje de noche - añade Laura.
- Más quisieras tú tener mi cuerpo, bola de sebo - le contesta la otra.
Como usted comprenderá, yo observo la escena divertido y ajeno a toda discusión, porque es lo mismo de siempre y disfruto viéndolos. De pronto un trozo de pan me da en la frente. Ya han empezado. Llega el momento de los niños. Ese momento tan especial en que comienzan a volar los restos de la comida, migas de pan, trozos de carne con hueso incluido,… una auténtica batalla.
- ¡Me cago en la puta!…. Murmura entre dientes Rafita cuando le alcanza en la nariz algo pringoso que le gotea hasta su camiseta negra de los Sex Pistols.
- ¡Niña, estate quieta!, que siempre la tienes que liar – dice mi yerno Miguel.
- Oye, tú a mi hija ni la miras ¿Me oyes, chulo de mierda? Además, siempre empieza el imbécil de tu hijo – añade Jacinto, poniéndose en pie y rascándose sus partes con total impunidad.
- ¿Qué has dicho?, ¿a quien le has llamado imbécil? – le grita Laura.
La escena parece sacada de una película de Almodóvar. Totalmente surrealista. Mi nuera Pilar consigue levantarse al tercer intento y comienza a retirar los platos de la mesa. Como su andar es oscilante, al pasar por el gigantesco árbol de Navidad tira unas cuantas bolas que se hacen añicos en cuanto tocan el suelo. Todo el mundo calla de pronto; es como si hubiera cometido el peor crimen de la historia. Ella se para, los mira con ojos de besugo y entre balbuceos consigue decir:
-¿Quién ha puesto aquí el puto árbol?
Todos saben que el puto árbol lo coloca ella en ese mismo lugar todos los años, pero nadie dice nada. Se levantan y ayudan a recoger la mesa. Llega la hora de los turrones. Los niños siguen con sus peleas hasta que se fijan en mí. Es la parte de la noche que más temo. Rosita se acerca y pega su cara a la mía.
- Abuelo, tienes muchas arrugas. Estás muy viejo y se te cae la baba.
Los dos niños comienzan a reír y a estirarme del escaso pelo que aún me queda.
- Niños, dejad al abuelo, que es muy mayor y no se entera de nada – les dice Miguel.
Y por fin llega ese momento tan esperado. El del turrón. Una hermosa bandeja de turrones de varios sabores ocupa el centro de la mesa. Todos se lanzan a por el pedazo más grande. Mi nuera, dando muestras una vez más de su mala leche, me da una mierda de trozo de yema tostada.
- Tome abuelo, que con esa dentadura no puede comer otro – me dice entre risas y echándome su apestoso aliento de borracha. Me doy cuenta de que sus dientes están manchados de resto de comida. Siento auténtico asco hacia ella.
De pronto, mi hija Laura empieza a encontrarse mal. Está azulada y muy mareada. Con un fuerte impulso comienza a vomitar encima de la mesa. Al verla las náuseas y el malestar se extienden por el resto de la gente. Todos vomitan y se quejan de fuertes dolores de estómago. La primera en morir es Laura. Un grito propio de un cochinillo en el matadero se adueña del ambiente. Es mi nieto Daniel, que mira a su madre con los ojos muy abiertos mientras cae al suelo con los pantalones mojados de orines. Poco a poco todos van muriendo entre espasmos y calambres. Yo contemplo impasible la escena, sin una mueca. La verdad es que no siento nada.
Se ha hecho el silencio, sólo quedamos mi nieta y yo. Ella mordisquea un trozo de turrón de chocolate que acaba de coger, mientras yo observo el mío de yema tostada. La niña, como ausente, susurra:
- No te preocupes, abuelo, a tu trozo de turrón no le he echado veneno. Total, te vas a morir pronto. Eres demasiado viejo.
Una sonrisa se dibuja en mis labios. Levanto los ojos, miro aquel angelito rubio y, con suavidad, le digo.
- Pero yo al tuyo sí, cariño.



Nieves Jurado

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Vota tu relato favorito (reunión 21/11/2007)

Ya podéis votar el relato antinavideño propuesto por Nieves que más os haya gustado (reunión del 21/11/2007)
El procedimiento es muy sencillo: pinchad en "comentarios" y escribid el que más os haya gustado y la autora, luego marcad la casilla "anónimo" y, acto seguido, "publicad comentario".

Los relatos propuestos son:


  • "Una nochevieja de muerte", de Toñi (una muerte despistada en la Puerta del Sol en Nochevieja. Publicado en el blog: elvinodelestio.blogspot.com)
  • "Una declaración de culpabilidad", de Miguel Angel (declaración ante la policía de un empleado de la campaña de Navidad de El Corte Inglés, se puede leer en su blog "derramesdellobulofrontal.blogspot.com)
  • "Objetivos comunes", de Jose Arístides (cena de navidad del equipo de urgencias de un hospital. El más macarra de los médicos intenta ligar con la más ingenua de las enfermeras...)
  • "Otra canción de Navidad", de Teresa (haciendo alguna que otra referencia al famoso cuento de Dikens, el relato trata sobre un sujeto que pierde el empleo en vísperas de Nochebuena. Intenta vengarse de su jefe pero la cosa se le va de la manos, y entonces...)
  • ...

martes, 20 de noviembre de 2007

Papá Nöel (Relato de Diana Disavoia)

Según los votos recibidos, el relato de Diana, con cuatro votos, ha resultado el ganador de la reunión del día 07/11. Aquí lo tenéis.
PAPÁ NOEL

Marta, tumbada en la cama, mira con los ojos llenos de deseo a Jorge, desnudo de cintura para abajo y con una botella de cava medio vacía en la mano. Ella luce el picardías morado que se compró en las rebajas y que desequilibró la economía familiar del mes. Las medias y los ligueros, que ahora yacen en el suelo, a los pies de la cama, los conservaba desde el día de su boda. Ambos están achispados, con ese punto que da una buena cena y un vino exquisito. Marta se ocupó de todo, no descuidó detalle, unos canapés para empezar, cazuela de gulas, según una receta que le pasó su hermana, la tradicional pechuga de pavo rellena y de postre, helado de vainilla con salsa de menta, velas y música romántica. Llevaba mucho tiempo esperando la ocasión de jugar con su fantasía, aunque ahora, llegado el momento, una pequeña mota de culpa empaña el encuentro. Cuando le hizo la propuesta a Jorge, él se mostró encantado, disfrutó de los preparativos como un adolescente encendido. Ahora, tumbada en la cama, con su picardías morado, Marta decide no permitirle a su conciencia enturbiar el instante y se concentra en la barba de Jorge, tan erótica, tan provocadora. Se imagina su tacto, levemente áspero, recorriéndole el cuerpo. Levanta una pierna lentamente y sitúa el pié a la altura del pecho del hombre, éste, con los reflejos un poco lentos por el alcohol, sonríe divertido y vierte unas gotas de cava en el empeine que se deslizan por la pierna hasta el muslo y resbalan hacia la parte interior, casi rozando las ingles. Marta se estremece de placer. Sin embargo se siente traidora, sabe que este momento delicioso ha sido obtenido con engaño. A Jorge no parece afectarle y le sigue el juego, da un pequeño sorbo a la botella y se atusa el bigote con ojos pícaros. Marta se dice que ya no hay vuelta atrás y que no merece la pena malograr ese momento tan deseado. Le costó muchas promesas lograr que los niños se fueran temprano a la cama, muchas mentiras para aplacar sus protestas. En el último instante estuvo a punto de claudicar al verles la carita de decepción con que le dieron el beso de buenas noches. Vuelve a ahuyentar los pensamientos y se concentra en Jorge que ha llegado a la altura de la rodilla lamiendo el cava vertido. Hacía mucho tiempo que no se permitía algún capricho, el trabajo, los niños, las obligaciones cotidianas la absorbían casi por completo. Ésta vez contó con la complicidad de su madre que le ayudó a buscar una excusa creíble para librarse de la cena de Nochebuena con sus suegros. Fue también ella la que explicó a los niños que este año Papá Noel había tenido demasiado trabajo y no había podido pasar personalmente a dejar los regalos y que por eso se los traía ella. Marta no podía dejar de pensar que les había robado una noche especial. Allí, tumbada en la cama, con su picardías morado, observa a su marido, desnudo de cintura para abajo, concentrado en el caminito de líquido burbujeante que se desliza por su pierna y que le conduce directo hacia sus ingles, decide entonces que el engaño ya no se puede deshacer y se concentra en la barba de Jorge, algo áspera, blanca, tapándole casi toda la cara, en las espesas cejas algodonosas, en el gorro y en la chaqueta de paño rojo con enormes botones blancos, se concentra en la abultada barriga con relleno de gomaespuma y piensa que esta versión de Papá Noel no era para los niños.

martes, 13 de noviembre de 2007

La Tesorera informa

Hola amigos, quería contaros que ayer me estuve enterando de los papeles que necesitamos para abrir la cuenta a nombre de la asociación. Me han dicho que sería mejor esperar a que la asociación estuviese ya legalmente admitida ya que nos tendrán que facilitar un CIF o algún otro número de identificación. No obstante dicen que si tenemos prisa podemos hacerla ya. Los papeles que necesitamos presentar son los siguientes:

- Acta fundacional
- Copia de los estatutos
- Fotocopia del DNI de las personas que ocupan (ocupamos) los cuatro cargos

Si queréis el miércoles lo hablamos y decidimos si se hace ya o esperamos a la respuesta burocrática. De momento guardad los 50 euros en el calcetín y que nadie se los gaste en turrones ni en picardías.

Besos para todos.

Teresa


lunes, 12 de noviembre de 2007

Pensamiento de "La Perra" del retrato de Cranach (Inmaculada Belda)

Me pregunto cómo puede estar mi ama tan tranquila raspando el palito. Ella debería saber, debería estar alerta, debería poner a los tres querubines a salvo del hombre blanco.

Si yo fuera ella tomaría precauciones. No permitiría que el hombre gigante agarrara a los angelitos por el cuello mientras juegan a la pelota y los metiera en la caja. No dejaría que me los quitara un buen día, cuando las mamas no tienen leche, cuando las crías ya no son torpes, cuando la madre solo da cobijo y calor en la noche pero no amamanta.

Ah, amita. Cuídate del hombre blanco o acabarás como yo, hambrienta de hijos, sedienta de ladridos, vacía de ganas.

viernes, 9 de noviembre de 2007

Un poema de Bukowski


Para todos aquellos que tenemos muchas excusas para no ponernos a escribir, aquí os dejo uno de mis poemas favoritos de Bukowski. Que él puso en práctica, sin ninguna duda.
Para disfrutarlo y pensar también. Toñi


Aire y luz y tiempo y espacio

de su libro Poemas, Volumen 1 editora a.c. de Argentina (1995)


Ya sabes, la familia, el trabajo,siempre ha habido algo

en mi camino
pero ahora

he vendido mi casa, he encontrado este

sitio, un estudio grande, tienes que ver qué espacio y

qué luz.

Por primera vez en mi vida voy a tener un sitio y tiempo para

crear

No, hijo, si vas a crear

crearás aunque trabajes16 horas diarias en una mina de carbón

o

crearás en un cuarto pequeño con 3 niños

mientras que no cobras más que

el paro.

Crearás como parte de tu mente y de tu

cuerpo

destrozados.

Crearás ciego

mutilado

demente,

crearás con un gato subiéndote por la espalda mientras

la ciudad entera se estremece ante un terremoto,

un bombardeo,

una inundación,

un incendio.

Hijo, aire y luz y tiempo y espacio

no tienen nada que ver con la creación

y no crean nada

más que, quizás, una vida más larga para

encontrar nuevas

excusas para no hacerlo.

jueves, 8 de noviembre de 2007

Vota tu relato favorito

Teresa ha tenido una idea genial. Propone lo siguiente:
Después de cada reunión, según los ejercicios que se hayan leido podríamos elegir el que más nos gusta de manera anónima.
El procedimiento es sencillo, se publicará una nota como la presente y los miembros del club podrán pinchar en comentarios y poner el relato o ejercicio que más les ha gustado, luego marcarán la casilla "anónimo" y, acto seguido, "publicar comentario". El que más votos reciba (no se puede votar el propio) se publicará en el blog.
Si os parece bien, ya podéis empezar a votar el relato navideño que más os gustó.
Adelante.

EJERCICIOS Y ACTIVIDADES A REALIZAR EN LA REUNIÓN DEL 21 DE NOVIEMBRE.

-La coordindora, Nieves, propone el siguiente ejercicio para realizar por todo el mundo en casa:

Certamen de Relato y Microrelato "No más turrón, por favor"
Ya se acercan las Fiestas Navideñas, una época para la generosidad, los regalos y las encantadoras comidas familiares... ¿o no? Bueno, reconozcamos que a veces no todo son campanillas y turrones.
Desde Portaldelescritor queremos animaros a que nos contéis historias de esa otra Navidad, la que no siempre es como en los cuentos de Disney.
Portaldelescritor, en colaboración con Grupobuho y Canal Literatura, convoca este Premio para relatos cuyas historias transcurran en la época Navideña y que lancen una mirada diferente sobre a estas Fiestas.
Así, esperamos recibir:
* Relatos o microrelatos de terror o de humor encuadrados en las fechas o fiestas navideñas
* Sátiras de relatos navideños clásicos o relatos que contemplen la Navidad con ironía.
* Relatos realistas, de historias que transcurran -al menos en parte- en la época navideña, pero sin el típico y obligado "final feliz" de los cuentos de Navidad.
* Cualquier relato o microrelato que se acerque a la temática de las fiestas huyendo de los tópicos.
Los cuentos deben atenerse a las siguientes BASES:
1. Puede participar cualquier persona que lo desee, con un máximo de dos relatos o microrelatos no premiados anteriormente en ningún otro certamen.
2. Los relatos tendrán una extensión máxima de 10.000 caracteres (con espacios). Unas 4 páginas aprox. con letra Times New Roman, tamaño 12, interlineado doble. No hay extensión mínima.
3. Su temática deberá atenerse a lo expuesto en el párrafo introductorio: relatos o microrelatos que transcurran (al menos en parte) durante las fiestas navideñas y que nos cuenten una historia atípica en este tipo de relatos.
4. Los relatos serán enviados a través del formulario que encontraréis aquí:
FORMULARIO PARA ENVIAR RELATOS Y MICRORELATOS AL CERTAMEN
5. PlAZO DE PRESENTACIÓN: hasta 1 de Diciembre.
6. El Jurado, seleccionado por Portal del escritor, Grupobuho y Canal Literatura hará público su veredicto el día 10 de diciembre.
7. Se concederán los siguientes Premios:
RELATO (O MICRORELATO) GANADOR: El autor/a recibirá un curso de relato online, a su elección de entre los ofertados por Portaldelescritor. FINALISTAS: Se seleccionarán dos relatos o microrelatos finalistas, cuyos autores -al igual que la persona que el primer premiado- podrán participar como colaboradores habituales en el Blog colectivo Literaturate.com. Los relatos ganador y finalistas serán publicados en un libro a cargo de la Editorial Grupobuho. Para este libro, además, se SELECCIONARÁN, de entre los relatos y microrelatos participantes, aquellos que, a juicio del jurado, tengan calidad para ser publicados.
8. El hecho de participar en este concurso presupone la total aceptación de estas bases y la renuncia a cualquier reclamación. Cualquier imprevisto será resuelto por la Organización o el Jurado.

Para quien quiera enviar el relato debe hacerlo desde la página: www.portaldelescritor.es/certamen

- Al terminar la lectura de los trabajos realizados, la coordinadora, osea Nieves, propondrá la realización de un ejercicio de escritura rápida en unos tres o cuatro minutos, depende. Leerá un pequeño texto que finalizarán los estupendos escritores que forman el club. El tema será de terror o suspense. Faltaría más.

- A continuación, la coordinadora, que aún seguirá siendo Nieves, recomendará algunas páginas webs que podrían ser interesantes para todos, y recordará la cercanía de diciembre, por lo que se intentará poner fecha a la tradicional y bienvenida cena de Navidad.

- Para finalizar, José Arístides, coordinador del día 5 de diciembre, dirá sus propuestas.

Resumen de la reunión del día 7 de noviembre




Ayer miércoles 7 de noviembre nos reunimos por segunda vez en la 5ª planta de la Biblioteca. Estuvimos 12. De los ejercicios propuestos el resultado fue el siguiente:

- En el cuadro de Cranach hubo un empate entre los pensamientos del ángel y el perro, además de dos trabajos desde la perspectiva de uno de los niños que aparecen en la pintura. Teresa de una forma poética; Miguel Ángel reivindicando los derechos de los niños; Jose reflexionando que en el Renacimiento aún no se había inventado la goma; Alicia que hablaba de una buena vida de perros... estuvieron graciosos aunque el ángel del cuadro no tenía cara de tener buenas intenciones, sin parar de afilar la vara de abedul. De todos me llamó la atención el de Pilar, que es digno de figurar en los catálogos del Thyssen (ya quisiera la baronesa tener tan buenos críticos de arte)

- El cuento de navidad podría haber sido de menor extensión, lo que se tendrá en cuenta para más adelante. Había para todos los gustos, cada uno se metió en una navidad diferente, desde la erótica de Diana hasta la magia de Teresa, los efectos especiales en el relato de Miguel Ángel, uno muy tierno de Alicia, una navidad diferente de Pilar, un poema crítico de Jose... son los que más recuerdo.

No todos llevamos nuestros ejercicios, pero lo pasamos bien; a pesar de ello el tiempo nos jugó una mala pasada y no pude hacer el ejercicio de escritura rápida, por lo que lo guardaré para una mejor ocasión.

Al final de la reunión se decidieron los cargos de nuestra asociación, que han quedado así:

PRESIDENTE: Yo (Toñi)
VICEPRESIDENTE: Jose Arístides
TESORERA: Teresa
SECRETARIO: Miguel Ángel


Hemos decidido que en la próxima reunión llevaremos 50 € para dárselos a Teresa, nuestra tesorera, y así empezar con un capital para la Asociación.

Al final Nieves repartió los ejercicios propuestos para la próxima reunión, el 21 de noviembre.

Y Jose Arístides será el futuro coordinador para la próxima.

Esta mañana he presentado los papeles para nuestra Asociación, que ayer rellenamos entre todos (¡cuántas firmas! ¿eh?). Me han dicho que me llamarán cuando sepan algo.

Una cosa: me gustaría que quien quisiera pusiera en nuestro blog los textos del cuadro de Cranach.

Y nada más. Tenemos dos semanas para escribir un cuento "diferente" de navidad, según la propuesta de Nieves. Aunque haya que subir a papá noel en una Vespa (como en la foto ¿se han declarado los renos en huelga? ¿por fin se moderniza el gordo de la barba blanca? Lo sabremos en la próxima reunión)

También recordaros que esta tarde a las 8 da una conferencia Juan Manuel de Prada, en el centro de CCM (muy cerca de la biblioteca) y que estaría bien ir, quien pueda.