jueves, 28 de febrero de 2008

Propuesta de Enrique para el 12 de marzo de 2008

Propuesta de Enrique García para la reunión del 12 de marzo de 2008. La coordinadora de la reunión siguiente será Toñi.
  1. Escribe las 10 palabras de la Lengua Castellana que más te gusten desde el punto de vista de la sonoridad, de que suenen bien a tu oído.
  2. Por otro lado, escribe también las 10 palabras que te gusten más por su significado en general o que lo tenga en especial para tí.
  3. Escribe, ya sea en forma de carta a un amigo, o de crítica literaria o de recomendación literaria de un periódico o revista, sobre el último libro que hayas leído y te haya gustado especialmente.
  4. Recomienda 5 libros que te hayan gustado o que te gusten especialmente, todo ello según los siguientes géneros o manifestaciones de la escritura:

    * Ficción

    *No ficción.

    *Poesía (o poetas preferidos)

    *Referencia (Dentro de referencia, que viene a ser diccionarios, enciclopedias y demás, cuéntanos qué diccionario de la Lengua te gusta especialmente, tienes, usas, regalarías o te comprarías).

    Recomienda alguna página huevo (o web), relacionada con el mundo de la literatura o la creación literaria o del lenguaje, que te guste y visites habitualmente.

martes, 26 de febrero de 2008

Por el placer de la lectura (Un artículo de Jose Luis Sampedro)


POR EL PLACER DE LA LECTURA

La SGAE (Sociedad General de Autores) ataca de nuevo.

Escrito y firmado por José Luis Sampedro, escritor, filósofo y buena gente.

Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus 'clientes' éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.

Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y a veces también ellas quedaban prendadas. Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos.

Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos, fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.

Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir -eso dicen- a los autores del desgaste del préstamo. Me quedo confuso y no entiendo nada. En la vida corriente el que paga una suma es porque: a) obtiene algo a cambio. b) es objeto de una sanción. Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura? Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación?.¿Acaso dejaron de cobrar por el libro?. ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas?.¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos? Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil.

Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra. Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.

¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!
José Luis Sampedro

martes, 12 de febrero de 2008

RELATO: LA SOMBRA DE UN ESPERPENTO. AUTOR:TRINIDAD ALICIA GARCIA VALERO


LA SOMBRA DE UN ESPERPENTO.
El autobús me dejó en la parada de la playa. Miré alrededor, una gran explanada se abría ante mi vista. La gente iba y venía sin cesar: jóvenes señoras con sus niños en carritos, con bolsas llenas de cubitos, palas y más juguetes, abuelas dando su paseo vespertino, jovencitos acaramelados, hombretones en busca del ligue fácil, señoritas de vida alegre, turistas, gamberrillos, amigos de lo ajeno… timadores y mujeres como yo…
Negros, amarillos, tostados, blancos, una abigarrada población que se movía por la arena, en torno al mar.
A la izquierda, una fila de tiendas-chiringuitos, luciendo su cúpula oriental, donde podías encontrar desde comida y ropa (pasando por zapatos, bisutería y cacharros) hasta artesanía de todos los países, música y literatura; todo entre las voces y gritos en idiomas diferentes, que hacían de este lugar una singular Torre de Babel.
Otro paseo, un poco más adelante, con jardines, flores y banquitos franqueados a un lado y a otro por palmeras que daban un aire exótico a la exótica playa.
Y allí estaba yo, con mis bermudas y mi camiseta blancas, una bolsa grande con toalla y demás artilugios de playa, unas chanclas de goma con dibujos de estrellitas y un ridículo sombrerito rosa, eso sí, muy fresquito. Avancé entre la
arena, quemándome los pies (¡cuánta gente!), mirándolo todo con ojos de curiosidad cincuentona.
Cerca del mar extendí mi toalla azul y dejando al descubierto mi blanquecino cuerpo, cubierto sólo con un biquini de flores rosas y blancas, me dispuse a tomar el furibundo sol del mediodía, no sin antes embadurnarme bien de una crema pegajosa y amarillenta de altísima protección; creo que esa tarde, el astro rey no se acercó mucho a mí y si lo hizo, al olerme dio un salto al otro lado del mar, aunque cumpliendo con su deber volvió…
Aguanté como pude, diez, veinte, hasta treinta minutos boca arriba, después la vuelta (me sentía obligada a tostarme un poco, todos me decían: ¡qué blanca estás!).
Ya cansada de tanto sudar, me senté a la orillita del mar y, mientras las olas acariciaban mis pies y rompía la espuma en mi cuerpo abrasado, mis ojos miraban embelesados (como siempre) hacia la lejanía. Nunca dejaban de sorprenderme el colorido y la profundidad del mar y del cielo. Surcaban las aguas algunos veleros y a lo lejos, un gran barco daba la sensación de estar anclado.
Volaban cometas por el cielo, bajo la atenta mirada de los niños; otros jugaban haciendo los tradicionales castillitos de arena (a Dios gracias, los niños siempre serán niños).
Una pareja jugaba a la pelota cerca de mí. Me aparté, tenía la sensación de que la dichosa pelotita iría a parar a mí cabeza.
Terminé de mojarme, el agua salada me entró en los ojos y por unos instantes, que a mí me parecieron siglos, no vi nada: ¡qué horrible la sensación de ceguera cerca del mar! Y si a eso, añadimos la soledad de una mujer de más de cincuenta años, un tanto torpe, que no sabe nadar y se encuentra perdida y asustada por el tonto incidente… Salí como pude, me sacudí el agua como un perrillo. Poco a poco, fui recobrando la visión, recogí mi toalla y la bolsa y con ella en la mano, caminé a lo largo de la playa, mojándome los pies mientras observaba cómo el agua espumosa llegaba a la arena y bajaba otra vez al mar, formando escalerillas brillantes. Las gotas saltaban frescas y revoltosas a mi paso.
Las hamacas llenaban de colorido artificial la tarde, a lo largo y ancho de la arena, hombres y mujeres, se sumergían en ellas, bajo el sol, intentando olvidarse de lo cotidiano.
La verdad, me sentía importante, siempre que voy a la playa me siento importante y libre, como el mar que calza mis pies. Miro al cielo que me cubre a modo de velo misterioso. El sol empezaba poco a poco su retirada. ¿Quién ha dicho que a los cincuenta no hay sueños? Yo soy la reina de los sueños bobos, ¿y qué? Mi patética soledad y mis anticuados valores, junto con mi chiquita y anodina presencia, son inconfundibles: una vieja soñadora.
Las horas en los puestos pasan volando, una mira aquí y allá… Y cuando en el reloj del puerto sonaron las nueve de la noche, salí sin prisa camino del autobús, no sin antes echar una última mirada al mar que tanto me atrae, con mis bermudas blancas y mi camiseta del mismo color. Dentro del abarrotado autobús que me acercaba a casa de mi prima, sentía frío; el biquini estaba mojado y el aire acondicionado bastante fuerte (sería para paliar los diversos olores congregados en tan poco espacio).
Por fin, bajé. El calentito de la noche de julio me hizo sentir bien. Despeinada por el aire y el ridículo sombrero, con mis gafas en la cabeza y la bolsa colgada del hombro, me sentía joven y extrañada de las miradas que se clavaban en mi persona. Sería por los pelos, pensé.
Al llegar a casa de María y mirarme en el espejo, un rostro colorado, redondo, clavó sus ojos en mí; de ellos caían sendos chorreones de rimel a lo largo de la cara. Sentí vergüenza, mucha vergüenza… y abriendo el grifo del agua fría, me metí en la ducha, con el ansia de que el agua se llevara, junto con la arena y los negros chorreones, las miserias y podredumbres de mi solitaria vida cincuentona, esperpento de mí misma reflejado en el espejo del lavabo gris, aquella noche…

domingo, 3 de febrero de 2008

"Con otra luz" por Jose Arístides López de Rodas Campos

Relato ganador del concurso de cuentos "SUCEDIÓ EN UN HOTEL" convocado por la página web http://elrecepcionista.com/


CON OTRA LUZ

En el verano de 1982, trabajé en un hotelucho de las inmediaciones del puerto de una ciudad pesquera. El trabajo era infame, pero necesitaba el dinero para continuar mis estudios de medicina. Formaban la clientela prostitutas, proxenetas, marineros y jóvenes amantes que no podían permitirse un sitio mejor. Pero, sobre todo, putas. Mi trato con ellas era correcto, aunque distante; de alguna manera juzgaba su trabajo, y creo que ellas notaban mi soberbia. Era muy joven por entonces y me sentía inmune a los zarpazos de la vida; nada me hacía imaginar que, 25 años después y tras mil miserias superpuestas, recurrir al sexo mercenario sería la única forma de lograr que una mujer me acariciara. En aquel lupanar portuario, yo llevaba las maletas, hacía los recados y a veces ayudaba en la cocina.
La habitación 21, situada en la última planta del viejo edificio, era tan cutre como las demás: papel pintado desconchado en la pared, una cama de matrimonio con una colcha áspera y oscura, un lavabo y una butaca baja de terciopelo rojo. Pero, a diferencia de las otras, desde su ventana se veía el mar, en vez del sucio callejón donde daba la fachada. Las vistas al atardecer con el sol reflejándose en los mástiles de los barcos, la brisa fresca y el olor a salitre, mitigaban el aire sórdido que envolvía aquel tugurio. Nadie ocupaba aquella habitación, lo que no dejaba de sorprenderme, pues era la única estancia luminosa.
Un viernes a finales de julio vi una nota en mi hoja de tareas. La letra no era la del patrón, pero las instrucciones eran claras: tenía que comprar una rosa roja y una botella de champán francés y llevarlas, a eso de las diez, a la habitación 21, que por fin había sido ocupada. Me resultaba extraño: los idilios que allí se consumaban eran meras descargas pasionales que no requerían más amparo que el deseo y el alcohol barato. Nadie pedía champán, mucho menos una rosa. ¿Quién sería el galante caballero que citaba a su dama en semejante antro? ¿Quién sería la dama?
Cuando llamé a la puerta, sentí la boca seca y el pulso martilleándome en las sienes como si fuera yo quien tuviera aquella cita. Una voz dulce, algo inquietante, me pidió que entrara. Empujé la puerta. La habitación estaba casi a oscuras. Busqué a tientas el interruptor de la luz, pero algo en aquel silencio y en aquella penumbra me hizo pensar que encender la luz sería un sacrilegio. Miré hacia la tenue claridad de la ventana; apenas llegaba más allá de su contorno. Me acerqué. Entonces la vi.
Bajo la exigua luz del ocaso me pareció muy hermosa. Sin duda, ya había pasado su mejor momento, pero tenía ese último esplendor de algunas mujeres maduras poco antes de que la edad anule por completo su belleza. Estaba echada sobre
la butaca roja y miraba el mar con ojos melancólicos, como si echara de menos la franja azul que ya empezaba a borrar la noche. Me quedé frente a ella como un pasmarote, sin decir una sola palabra, con la rosa en una mano y la botella de champán en la otra, mirando atónito aquellos labios y aquellos ojos apenas visibles en la oscuridad, pero en los que intuía un ardor secreto, y la opulencia de aquel cuerpo maduro que aún conservaba su firmeza. Se levantó; era alta, casi como yo. Cogió la rosa y se la colocó en el pelo, me tomó de la mano y me dijo: “Ven, deja esa botella, ya beberemos luego...”
Hicimos el amor sobre aquella colcha oscura, envueltos en la creciente sombra, sumidos en una pasión que yo desconocía. No pensé ni un momento que el patrón pudiera andar buscándome, ni en los clientes que, a esas horas, solían molestarme con sus continuas demandas de café, tabaco y alcohol. Sobre las doce, mi extraña amante me pidió que me fuera. No quiso decirme su nombre. Tampoco contestó cuando, suplicante, le pregunté si volveríamos a vernos.
Ya en el pasillo, la luz mortecina del foco iluminando el dibujo hortera del papel pintado, me devolvió a la realidad. Empecé a temer una bronca del jefe. Fui a mi cuarto, me arreglé rápidamente y bajé a recepción. Sorprendentemente, el patrón no me dijo nada. Al parecer nadie me había echado de menos. Eché un vistazo al libro de registro; quería saber a nombre de quién estaba reservada la habitación 21. La casilla correspondiente estaba vacía. “¡Qué raro!”, pensé. “El jefe nunca olvida apuntar estas cosas.” Le miré: la cabeza le caía sobre el hombro derecho, había cerrado los ojos y estaba roncando. No sabía si era oportuno despertarle, pero entonces abrió sus ojos de sapo y me dijo:
―¿Qué coño miras?
―Perdone, jefe ―contesté―, creo que ha olvidado anotar los datos de la señora de la 21.
―¿Qué señora? ¿Qué dices? Nunca alquilo la 21. ¿Has estado bebiendo o qué?
Volvió a cerrar los ojos y no me atreví a despertarlo de nuevo. ¡Qué extraño todo aquella noche! Por un momento, pensé que había estado soñando: al fin y al cabo, ¿qué iba a hacer una mujer con clase en aquel burdel? Pero no, no lo había soñado, aún perduraba en mis manos el olor de su cuerpo. Seguro que el patrón, medio dormido, no me había escuchado. A la mañana siguiente hablaría con él.
Subí a mi cuarto, que también estaba en la última planta, pero el mío daba al callejón. Al cruzar el pasillo vi la puerta de la habitación 21 entreabierta. Sabía que no debía mirar, pero no resistí la tentación. “Quizás”, pensé, “ella quiere que entre, por eso no ha cerrado la puerta.” Yo sólo pensaba en besarla de nuevo y hundirme entre sus piernas, así que haciendo caso omiso del sentido común, asomé la cabeza y permanecí quieto escrutando el silencio y la oscuridad, intentando captar alguna señal que me invitara a entrar. Pero el silencio era absoluto, y cuando mis pupilas se dilataron, sólo alcancé a ver la cama vacía. No obstante, interpreté aquello como un signo a mi favor. “Me espera en la butaca roja”, me dije. Entré con sigilo. La luz de la luna entraba por la ventana creando reflejos en la butaca vacía. La cama estaba hecha y la habitación olía a rancio, como siempre, no al perfume que poco antes me había embriagado. Encendí la luz: no había nadie. Estúpidamente, miré en los armarios y debajo de la cama. Era increíble: ni rastro de ella, ni del champán, ni de nada que hiciera pensar que, media hora antes, en esa misma habitación, ahora lúgubre y sin alma, se había consumado el más glorioso de mis polvos.


Pasé la noche en vela, sin dejar de pensar en esa mujer, en lo que había sucedido, en su extraña desaparición. Al día siguiente me levanté temprano, antes de lo que exigían mis obligaciones. Al cruzar el pasillo vi que la puerta de la habitación 21 seguía abierta, como yo la había dejado por la noche. Contemplar el cuarto vacío me dolió; de alguna manera, guardaba la absurda esperanza de volver a verla. Me dirigí a la cocina para hacerme un café. La cocinera, una mujer rolliza y chismosa, ya se había levantado y trajinaba con los pucheros. Al verme dijo:
―¿Dónde vas con esa cara? ¡Pareces un desenterrado!
―Oye, Encarna ―dije―, ¿sabes quién ocupó ayer la 21?
―¿Qué dices hijo? ¿No sabes que esa habitación nunca se alquila?... ¿Nadie te lo ha contado?
Me estaba empezando a fastidiar tanto misterio. Me dolía la cabeza; la euforia del encuentro nocturno cedía, ahora, a la fatiga y al temor de no recuperar las dos mil castañas del champán francés, que con las prisas había pagado de mi bolsillo. Quería aclarar de una vez este maldito malentendido. Sin disimular mi impaciencia, dije:
―A ver... ¿Qué es lo que tengo que saber?
Encarna abrió un paquete de garbanzos y los puso en remojo. Luego cogió la cafetera, llenó dos tazas y se sentó a la mesa indicándome con un gesto que la acompañara. Tomé el café, pero no me senté.
―Verás ―dijo―, hace años, cuando yo empecé a trabajar aquí, esto era un lugar decente. El negocio prosperaba y el patrón se casó con una mujer muy guapa que le hizo feliz, al menos al principio. Él le hacía todo tipo de regalos; se gastó una fortuna con ella. Su pasión le absorbía tanto que empezó a descuidar el hotel y, poco a poco, los clientes distinguidos dieron paso a la chusma que tenemos ahora. Las cosas empeoraron cuando la señora, ya madura, reveló su afición por los jovencitos. Al principio actuaba discretamente, pero luego la cosa se desbordó y los rumores llegaron a oídos de su marido...
La interrumpí; en los hoteles de baja ralea circulan todo tipo de leyendas que el personal subalterno se encarga de alimentar.
―Corta el rollo. ¿Sabes o no sabes quién era la señora que alquiló la habitación?
Encarna dejó caer la taza sobre la mesa, salpicándole café en el delantal. Cuando volvió a hablar, su gesto y su voz eran tan patéticos que parecían teatrales.
―¡La has visto! ¡Has visto a la señora! Entonces es cierto lo que cuentan...
―¿Qué cuentan? ¿Qué pasa…? ¿Por qué pones esa cara?
No contestó. Tenía la mirada perdida y mis palabras no eran para ella más que un vago rumor. Repetí, casi gritando:
―Encarna, ¡coño! Di algo.
―¡Calla! ¡No grites! Pueden oírnos.
Parecía haber salido de su estupor y ahora miraba recelosa hacia la puerta. Se levantó y la cerró, se volvió hacia mí y dijo bajando la voz:
―El patrón la mató.
―¡Joder, Encarna! ¡No digas chorradas!
Yo conocía la tendencia a fabular de la cocinera; solía contarme batallitas de los buenos tiempos del hotel, pero, hasta ese momento, sus historias habían mantenido algún nexo con la realidad. Lo que ahora contaba me parecía absurdo. Me cogió del brazo y me llevó a un rincón, me miró muy seria y dijo:
―Escucha, hijo: el patrón pilló a su mujer en la cama con el botones. Al chico lo despidió y a la señora... fingió perdonarla, pero poco después ella murió en extrañas circunstancias.
―¿A qué llamas tú “extrañas circunstancias”? ¿Un cuchillo en el pecho, una soga en el cuello? –dije con sarcasmo, aunque lo cierto es que la historia empezaba a cobrar sentido y me estaba inquietando.
―No bromees con esto... Murió en su cama.
―Y ¿qué tiene eso de raro?
―El patrón la envenenó. El médico certificó muerte súbita, pero eso es falso, la señora era una mujer muy fuerte...
Encarna hablaba despacio, enfatizando cada palabra; desde luego creía lo que contaba, y yo ―escéptico por naturaleza― empezaba a dudar. Para no apearme de la razón, dije aferrándome a una lógica que ya me abandonaba:
―Eso no prueba nada, la muerte súbita puede sobrevenir en cualquier momento, incluso a personas previamente sanas. Yo no veo en esta historia más que una coincidencia; eso, si no es una fantasía de las tuyas.
―Eso dicen muchos, pero lo cierto es que el patrón tiene miedo. ¿No te has preguntado por qué duerme en ese cuchitril de la planta baja, pudiendo hacerlo en el único cuarto con vistas al mar? Son varios los testigos que afirman haber visto el espíritu...
―Ya, claro..., el espíritu... ¿Y cuando tiene a bien aparecerse esa señora? ―dije intentando imprimir cinismo a mis palabras.
―El último viernes de julio... en la habitación 21.
Un escalofrío me recorrió la nuca y la espalda. El relato era increíble, tenía todos los ingredientes de una novela barata, y lo contaba una vieja cotilla y supersticiosa; sin embargo, había demasiadas coincidencias y, aunque Encarna era fantasiosa, no la creía capaz de elaborar una trama tan compleja. Además, ella no sabía, no podía saber... Me sentía mal, un sudor frío mojaba mi rostro, pero me negaba a dejarme llevar por el pánico. Di la espalda a la cocinera y salí sin despedirme; quería buscar al patrón y preguntarle de inmediato quien había ocupado la habitación 21. Nada más cruzar la puerta, la oí decir:
―Espera hijo...
No quise escucharla, pero ella me alcanzó en el pasillo y me agarró del brazo.
―Hay un retrato de la señora en el segundo cajón del mostrador de recepción. Ve y míralo.
―Por favor, Encarna, ya está bien ―dije con un hilo de voz y apenas tuve fuerzas para desprenderme de su mano. Di un rodeo antes de dirigirme a recepción, pero una vez allí, me precipité ansioso sobre el cajón que Encarna me había indicado. Lo abrí y vi un portafotos antiguo que extraje temblando. Notaba el corazón en las sienes, en el cuello y en cada una de mis arterias. Lo miré. La vi.
Vi a la mujer por la que, supuestamente, el patrón había arruinado su vida. Era una mujer enlutada de mediana edad, con un peinado relamido de principios de siglo, una verruga oscura en su prominente nariz y una expresión taciturna y vulgar que, desde luego, no se parecía en nada a mi amante anónima. Sentí tanto alivio al comprobarlo que, sin pensar lo que hacía, besé aquel horrible retrato. Fue entonces cuando escuché la voz de trueno del patrón.
―¿Qué coño haces con la foto de mi madre?
―¿Su madre...? ¿No es su esposa...? Lo siento..., yo... Me habían dicho que era tan bella..., sentí curiosidad...
―¿Qué esposa ni qué leches? Yo nunca me he casado. Y eso de bella... Mi madre era una santa, pero más fea que un mono. Chico... estás muy raro. ¿No estarás fumando hierba?
―¿Entonces...? ¿Su mujer no murió en la 21?
―¿Tú eres tonto o qué? Deja de decir chorradas o te echo al pijo.
―Perdone, jefe, sólo una cosa más: ¿quien alquiló ayer la habitación?
―¿Aún sigues con eso? ¿No te dije anoche que no la alquilo? Esa es mi habitación.
―Y ¿por qué duerme aquí, en la planta baja?
―¿A ti qué coño te importa? ¡Largo de aquí! Vete a fregar los cacharros.
No entendía nada pero comprendí que no podía seguir interrogando al patrón. ¿Quién mentía? ¿Y por qué? Al cruzar el pasillo escuché un escándalo de voces y de risas. Todos los días ocurría lo mismo: las fulanas salientes del turno de noche se reunían en la cocina y bebían la última copa antes de irse a dormir. ¿Cómo podrían beber a esas horas? Me repugnaba fregar los platos mientras ellas contaban sus sucias anécdotas. Abrí la puerta. Al entrar, un fuerte aplauso me recibió. Estaban todas. De pie. Aclamándome como a un torero. Macarena, la más alta, pidió silencio, cogió de la mesa una botella de champán francés y llenó dos copas. Me ofreció una y dijo: “Bebe, machote, te lo mereces; anoche te portaste como un hombre.”
La miré perplejo. La miré a través de su gruesa capa de pintura. La miré despojando su imagen de aquella horrible peluca, aquella ropa hortera y aquellas cejas pintadas. La miré intentando no ver lo que siempre veía: una puta barata. La miré, ya libre de prejuicios, y por primera vez, vi en ella una mujer hermosa, la misma mujer que en otro contexto, con otro disfraz, con otra luz, me había parecido una diosa.