viernes, 26 de febrero de 2010

PROPUESTA PARA LA PRÓXIMA REUNIÓN


Como un anticipo a las actividades que tenemos en mente, el trabajo de esta semana hemos pensado que podría ser un cuento infantil. La extensión entre 1 y dos folios. El margen de lo considerado "infantil" entra dentro de la decisión del autor (de 0 a ??? sin pasarse...)

Para los más atrevidos, y rizando el rizo, a ver si somos capaces de aprendérnoslo de memoria y contarlo en directo, como un cuentacuentos.

domingo, 21 de febrero de 2010

MISIÓN CUMPLIDA. "SEGUNDAS INTENCIONES" HA SIDO PRESENTADO CON GRAN ÉXITO


Preparados para la función. De izquierda a derecha: Gracia, Toñi, Teresa,
Nieves, Pepi, Cristina, Ana, la frente de Mercedes, José María,
Julio, Alicia, Diana, José Arístides y el brazo precioso de Paula.
Todos con mucha ilusión.



Nuestra maestra de ceremonias, la periodista María José Sanz, hizo una
muy buena presentación que todos escuchamos muy atentos, como puede observarse en la foto.
Muchas gracias.


Tras las palabras de María José, Alicia leyó su relato.



Pepi hizo lo mismo con el suyo.


Julio...


y, para terminar, leyó Nieves.


Tras la presentación, todos quedamos más relajados.


Posando de manera muy profesional... (Ahora sí, Paula)


Poses, risas...


MISIÓN CUMPLIDA, CHICOS

SUERTE Y ÉXITOS

jueves, 18 de febrero de 2010

PRESENTACIÓN DEL LIBRO "SEGUNDAS INTENCIONES"



Comienza la cuenta atrás. La presentación del segundo libro del Club de Escritura la Biblioteca será mañana viernes, 19 de febrero, a las 19:30 horas en el Salón de Actos de la Biblioteca Pública (C/ San Jose de Calasanz). La presentación será a cargo de la periodista Mª José Sáiz.

Nos gustaría mucho contar con vuestra presencia.

sábado, 13 de febrero de 2010

COMPAÑEROS DE VIAJE

Ya hace tiempo de esta propuesta, pero me apetecía compartirla y no encontraba el momento de colgarla en el blog.


COMPAÑEROS DE VIAJE


No me preguntéis cuando ni como ocurrió. Todo ha ido surgiendo muy poco a poco, con el roce del día a día, durante estos últimos cuatro años en los que hemos vagado por todos los rincones de Ansalon. Ya ni puedo recordar cual fue el origen de nuestra aventura. En estos momentos para mí, ni siquiera es importante. Me conformo con estar a su lado cada mañana, despertar y sentirle cerca de mí, acompañarle en sus pasos, escuchar su voz melódica, perderme en sus ojos de color avellana, en sus rasgos pálidos y en su elegancia natural.
Mel, el viejo enano gruñón que nos acompaña en los últimos meses dice de él que es un elfo engreído.
-Es orgulloso incluso para ser elfo –murmura contrariado cada vez que discuten, cosa que ocurre cada vez con mayor frecuencia.
Pero a mí me parece adorable. ¿Es posible que alguien como él se fije alguna vez en una dragona plateada del montón como soy yo?
No lo sé. A veces, mientras duerme, me quedo mirándole fijamente. Un mechón de pelo sobre la frente, esos dedos esculturales de sus pequeñas manos, sus robustas piernas ligeramente arqueadas, sus labios delgados… Y pienso que, para un ser tan perfecto, tan equilibrado, tan poderoso, puede llegar a ser imposible enamorarse de alguien que no sea él mismo.
Tal vez por eso le guste caminar solo y busque la intimidad de los bosques cuando está decaído o cansado. En alguna ocasión lo he sorprendido mirando fijamente su reflejo en la claridad de un riachuelo, o palpando las facciones de su cara, buscando tal vez alguna arruga, o alguna imperfección de su rostro.
Hoy Mel está molesto y muy cansado. Han vuelto a discutir sobre cuestiones tan triviales como cuál era la posada más adecuada para pasar la noche. Lo cierto es que, si yo no estuviese perdidamente enamorada de él, también pensaría que es un poco prepotente. Insoportable incluso la mayoría de las veces.
Es ese tono irritante que emplea cuando se dirige a los demás, esa gesticulación tan marcada, ese punto pedante en sus argumentaciones…
Si no fuese tan atractivo, hasta yo lo habría dejado atrás en alguna que otra ocasión.
Hace tres semanas estuvimos a punto de hacerlo. Nos desafió a los dos con su arrogancia y llegó a decirnos que no nos necesitaba, que podía realizar la misión perfectamente sin nuestra ayuda. Mel y yo nos miramos, y yo tuve que morderme la lengua para no lanzarle mi aliento helado y dejarlo congelado allí mismo.
Aquella misma noche, bajo las estrellas, Mel me propuso dejarlo atrás y marcharnos los dos solos.
-Es una rémora, si lo piensas, se pasa el día buscando el enfrentamiento, y eso desgasta al más pintado. A mí me está minando la moral, y eso que soy un enano fuerte y tengo mucha más paciencia de la que cabría en mi cuerpo. Pero no lo soporto. Te aseguro que no sé cuanto tiempo más podré aguantarle.
Y mientras me miraba con sus pequeños ojos oscuros, yo observaba sus toscas facciones, su barba rojiza y su nariz ancha y pensaba que era una lástima que fuese tan feucho y tan desaliñado. Sin duda, para una dragona plateada del montón, como lo soy yo, habría sido mucho más práctico no haberme enamorado del compañero equivocado.

jueves, 11 de febrero de 2010

PALABRAS SIN VOZ por Pepi

Si la voz no tiene palabras, habrá que crearlas.

Por favor, sea breve, dijo Marui, que el olor a muerte de mi propia vez, me está mordiendo los ojos. Sea precisa en el tajo vieja, no vaya a arrancar ni una brizna de vida más de la precisa. No vacile, que los muslos de mi niña están llorando por dentro y sus entrañas y sus porqués, gritan sin voz.
Sea breve gitana, que no le tiemble el filo raído, ni las espinas de acacia para perforar. Cósale la vulva, la boca y la razón, para que las manos que alguna vez la gocen, rían necias sobre la digna cicatriz.
Pero acabe pronto, que hace ya me ronda en la piel un absurdo. ¿Acaso mi hija, rota o entera no es un ser humano?

SOMBRAS EN EL AULA por Pepi.

Para los amantes del género Gore.


La señorita Kane tenía paciencia. Era su mejor arma contra los vaivenes hormonales de sus alumnos. Toda una vida dedicada a la docencia. Había dejado atrás los amores que la pretendieron, los hijos que no tuvo tiempo de parir, la intimidad que nunca quiso gozar con ella. Lo había dado todo y no se arrepentía, se sentía bien pagada con las risas, con los destellos de niñez que anclados en los resquicios de los pasillos resonaban a diario en su internado.
Cruzó el umbral de aquella mañana de enero, sacudiéndose la nieve de los gastados zapatos. Blanco y rojo, blanco y rojo; paso a paso, hasta su clase de literatura.
En los primeros pupitres las manos pegadas a los lápices sin punta, grisáceas, con las uñas color violeta y las carnes deshechas, la sangre reseca sobre los cuadernos vacíos. Los ojos redondos, inmensos como luna escarlata, extraídos con mimo de sus cuencas, pintados en lágrimas carmesí. Descansando sobre las líneas sin escribir.
Era lo lógico. Los puestos delanteros eran para los peores alumnos, los que debía vigilar con más celo: Lucía, Rita, Jesús… Rostros con la expresión congelada por el tiempo que se fue. Clavados por el cuello en el tintero del extremo derecho de la mesa.
Era por su bien, lo mejor que podían encerrar en su cabeza. Era el oscuro fluido donde las plumas revivían para deslizarse sobre las páginas, pero ni eso eran capaces de hacer decorosamente. Aquel repugnante y viscoso fluido carmesí que a borbotones chorreaba de sus gargantas cercenadas, había mancillado la tinta del interior. Por eso permanecerían allí, erguidos para siempre. El resto según hubiera sido el curso.
Marta la engreída, la coqueta que provocaba la supuesta castidad de sus compañeros varones. Con el rostro sajado y vuelto a costurar, para encerrar si acaso la poca dignidad que escondía, amarrada en el asiento.
Hubo de atarlos a casi todos. En verdad desconocían el orden y el rigor, por más que intentó que guardaran la debida compostura en sus sillas, no obedecieron hasta que fueron empalados tras los escritorios. Y como convencerles de que todo aquello era por su bien. Héctor allá al fondo, su única esperanza, el orgullo de su promoción y como le había dado la espalda, cuando quiso aplicar la disciplina, no fue necesario ser demasiado severa con él, tan solo el vientre abierto, con los intestinos resecos al aire hablaban de la reprimenda con que hubo de sancionarle.
Debían expiar en el ahora, lo que en el pasado había estado a punto de convertirlos en unos adultos ignorantes y zafios.
Ese era su cometido, a él había dedicado toda su vida y se sentía satisfecha, orgullosa ¿por qué no? En aquel su último curso antes del retiro. Todos aquellos que tenía a su cargo, se lo agradecerían siempre.
La señorita Kane, repartió los exámenes de aquel día, el Romanticismo, era su favorito. Levantó las manos cortadas para dejarlos debajo, las pieles crepitaron apergaminadas, asustadas algunas de su propia hediondez. Acarició leve las cabezas clavadas en los tinteros, había que motivarlos de vez en cuando. Una de cal y otra de arena, siempre había sido su lema. Pasó los dedos rozando los cabellos yermos que aún pendían de las carnes corruptas y llagadas.
-Tenéis una hora para realizar la prueba. Que a nadie se le ocurra copiar o irá al despacho del director, Héctor salgo un instante, vigila a tus compañeros.
Los pasos de la maestra volvieron al desierto corredor. Rojo y blanco, rojo y blanco. Tuvo que hacer un gran esfuerzo, para arrastrar desde la escalinata de entrada el cadáver harapiento. El helor del día nevado había conseguido arrancarle la poca tibieza que su vida en la calle le prodigaba.
Tiró de sus pies hasta la entrada del aula dejando una estela de sangre fresca sobre sus propias huellas. No sin dificultad consiguió acarrear el cuerpo para que coronase en mitad de la estancia sembrada de sombras.
-Chicos, os presento a vuestro nuevo compañero. Se llama Luís y espero que lo recibáis como se merece.
Las paredes en ruinas del viejo colegio abandonado ya no lloraban ante la llegada de un nuevo indigente. Se habían acostumbrado al olor de la muerte. La señorita Kane era así, era su modo de educar, antiguo pero eficaz.

martes, 9 de febrero de 2010

"Segundas intenciones"

Nuestro segundo libro ya está editado. Su título es "SEGUNDAS INTENCIONES".
Lo forman 15 relatos de cada uno de los miembros de este club. El prólogo lo ha escrito Alberto López Aroca.
Lo presentaremos dentro de dos viernes, el 19 de febrero a las 7 y media en la B.P.E de Albacete.

martes, 2 de febrero de 2010

EL BAILE por T. Alicia.


Malena resplandecía, su belleza atraía las miradas de hombres y mujeres por igual. El vals vienés caracoleaba entre sus pies; Mario la abrazaba con suavidad y entre vuelta y vuelta la miraba embelesado, giraban y giraban…
Nadie la podía querer tanto, se decía a sí mismo Mario, y era consciente de la envidia que despertaba con semejante mujer a su lado. Claro, que le había costado sangre. Por ella dejó tantas cosas en el camino… Pero estaba aquí, con él, bailaban, le sonreía y sentía palpitar la cimbreante cintura bajo la palma de su mano.
El primer ministro se les acercó al terminar el baile; palabras e inclinaciones aduladoras para Malena y admiración hacía él; naturalmente, el pobre hombre por muy primer ministro que fuera, nunca lograría tener una mujer como ella. Bueno, tal vez con dinero, pero no era lo mismo, se decía Mario. Este placer, esta angustia, esta locura: ¡la amaba, la amaba, la amaba! Se lo repetía una y mil veces, ella sonreía y se dejaba querer, pero nunca le contestaba con un “yo también te quiero”, tenía que reconocer que era fría, pero ¡qué importaba si podía tener su compañía, su cuerpo y sus besos! Y es que, sus besos lo atormentaban.
La gente se arremolinó en torno al presidente, el primer ministro fue hacia allí, ellos le siguieron. Por donde Malena pasaba miradas de admiración la seguían, ella se daba cuenta y se crecía y paseaba sus grandes ojos de color turquesa entre la gente, mirándolos como de lejos. El mismo presidente esperó su llegada con impaciencia para comenzar el brindis, se celebraba la fiesta nacional del país. El presidente levantó su copa de cava y brindó por la paz y la libertad: ¡que durara muchos años! Todas las manos se alzaron con emoción y un entrechocar de cristal de bohemia llenó de tintineos brillantes el salón. Unas gotas mancharon el vestido violeta de Malena, sus ojos brillaron de ira y las delicadas venas de su frente, se hincharon agrandándola, la boca se torció en un gesto iracundo y de sus hermosos labios brotaron duras y soeces palabras, su rostro cambió de repente, los ojos se achicaron, merced a la ira, tal vez, cambiaron de color, su espalda se encorvó y una cojera más que evidente, torció su figura. Mario no sabía qué hacer ni a dónde mirar, la gente se arremolinaba en torno a ellos y reían entre divertidos y asombrados. Al mismo tiempo sonaron las doce y Malena, cojeando, echó a correr por la escalera. En el camino perdió un zapato, éste, ya desfigurado por el juanete rojizo, fue a caer en la calva del primer ministro, con tan mala pata (valga la expresión) que el buen señor perdió el conocimiento, quedando estirado cuán largo era junto a la mesa de los vinos. Cuando Malena llegó a lo que se suponía debía ser su carroza, un maloliente carretero la empujó con brusquedad del culo para subirla al carro, de tan malas formas que el vestido se desgarró, quedando al descubierto sus gordas y frondosas nalgas. El hombre, que iba un tanto “alumbrado”, le dio dos sonoros azotes en ellas, Malena dijo algo así como desgraciao, sentándose en el pescante.
Mario, tal parecía una estatua de hielo en el centro del salón, no comprendía nada, seguro que alguna bruja envidiosa les había jugado esta mala pasada. Cogió el zapato desfigurado y lo apretó contra su pecho, tuvo que retirarlo un poco porque un tufo nada agradable salía de él. Aún así, se prometió buscarla al otro día, se resistía a pensar que todo aquello era cierto. Tuvo que aguantar las chanzas de los conocidos y los brindis sobre su amada. Salió huyendo de allí…

Despertó con un sabor amargo en la boca, podía ser, pero, ¡seguro que no era del vino! Se dijo, de pronto los recuerdos se agolparon en su mente, temió enloquecer y su rostro palideció. Pensó que todo fue un mal sueño, miró la almohada, estaba vacía. Un olor a rosas salía del baño, fue hacía el con ilusión. Al final era un sueño, se repitió. Una mujer se estaba bañando, la toalla rodeaba su cabeza y un ligero vapor salía del agua.

_¡Malena, qué alegría! _exclamó.
Ella volvió hacia él unos ojos torcidos de color turquesa que lo miraron oblicuamente, sobresalía la verruga en la nariz gorda y colorada.
_No sé por qué te empeñas siempre en llamarme por ese nombre rebuscado _le contestó_, soy tu mujer, Maruja, ¿no te acuerdas? Mejor sería que me contaras algo de ese baile. Y saliendo del baño con dificultad, cogió una botella del armario y se sirvió un vaso del buen vino de Rechenna.
_¡Nunca dejarás de ser un idiota soñador!