jueves, 11 de febrero de 2010

SOMBRAS EN EL AULA por Pepi.

Para los amantes del género Gore.


La señorita Kane tenía paciencia. Era su mejor arma contra los vaivenes hormonales de sus alumnos. Toda una vida dedicada a la docencia. Había dejado atrás los amores que la pretendieron, los hijos que no tuvo tiempo de parir, la intimidad que nunca quiso gozar con ella. Lo había dado todo y no se arrepentía, se sentía bien pagada con las risas, con los destellos de niñez que anclados en los resquicios de los pasillos resonaban a diario en su internado.
Cruzó el umbral de aquella mañana de enero, sacudiéndose la nieve de los gastados zapatos. Blanco y rojo, blanco y rojo; paso a paso, hasta su clase de literatura.
En los primeros pupitres las manos pegadas a los lápices sin punta, grisáceas, con las uñas color violeta y las carnes deshechas, la sangre reseca sobre los cuadernos vacíos. Los ojos redondos, inmensos como luna escarlata, extraídos con mimo de sus cuencas, pintados en lágrimas carmesí. Descansando sobre las líneas sin escribir.
Era lo lógico. Los puestos delanteros eran para los peores alumnos, los que debía vigilar con más celo: Lucía, Rita, Jesús… Rostros con la expresión congelada por el tiempo que se fue. Clavados por el cuello en el tintero del extremo derecho de la mesa.
Era por su bien, lo mejor que podían encerrar en su cabeza. Era el oscuro fluido donde las plumas revivían para deslizarse sobre las páginas, pero ni eso eran capaces de hacer decorosamente. Aquel repugnante y viscoso fluido carmesí que a borbotones chorreaba de sus gargantas cercenadas, había mancillado la tinta del interior. Por eso permanecerían allí, erguidos para siempre. El resto según hubiera sido el curso.
Marta la engreída, la coqueta que provocaba la supuesta castidad de sus compañeros varones. Con el rostro sajado y vuelto a costurar, para encerrar si acaso la poca dignidad que escondía, amarrada en el asiento.
Hubo de atarlos a casi todos. En verdad desconocían el orden y el rigor, por más que intentó que guardaran la debida compostura en sus sillas, no obedecieron hasta que fueron empalados tras los escritorios. Y como convencerles de que todo aquello era por su bien. Héctor allá al fondo, su única esperanza, el orgullo de su promoción y como le había dado la espalda, cuando quiso aplicar la disciplina, no fue necesario ser demasiado severa con él, tan solo el vientre abierto, con los intestinos resecos al aire hablaban de la reprimenda con que hubo de sancionarle.
Debían expiar en el ahora, lo que en el pasado había estado a punto de convertirlos en unos adultos ignorantes y zafios.
Ese era su cometido, a él había dedicado toda su vida y se sentía satisfecha, orgullosa ¿por qué no? En aquel su último curso antes del retiro. Todos aquellos que tenía a su cargo, se lo agradecerían siempre.
La señorita Kane, repartió los exámenes de aquel día, el Romanticismo, era su favorito. Levantó las manos cortadas para dejarlos debajo, las pieles crepitaron apergaminadas, asustadas algunas de su propia hediondez. Acarició leve las cabezas clavadas en los tinteros, había que motivarlos de vez en cuando. Una de cal y otra de arena, siempre había sido su lema. Pasó los dedos rozando los cabellos yermos que aún pendían de las carnes corruptas y llagadas.
-Tenéis una hora para realizar la prueba. Que a nadie se le ocurra copiar o irá al despacho del director, Héctor salgo un instante, vigila a tus compañeros.
Los pasos de la maestra volvieron al desierto corredor. Rojo y blanco, rojo y blanco. Tuvo que hacer un gran esfuerzo, para arrastrar desde la escalinata de entrada el cadáver harapiento. El helor del día nevado había conseguido arrancarle la poca tibieza que su vida en la calle le prodigaba.
Tiró de sus pies hasta la entrada del aula dejando una estela de sangre fresca sobre sus propias huellas. No sin dificultad consiguió acarrear el cuerpo para que coronase en mitad de la estancia sembrada de sombras.
-Chicos, os presento a vuestro nuevo compañero. Se llama Luís y espero que lo recibáis como se merece.
Las paredes en ruinas del viejo colegio abandonado ya no lloraban ante la llegada de un nuevo indigente. Se habían acostumbrado al olor de la muerte. La señorita Kane era así, era su modo de educar, antiguo pero eficaz.

5 comentarios :

Anónimo dijo...

Muchas gracias por colgarlo Pepi, como te dije, me encantó.
Diana

Pepi dijo...

Gracias a tí Diana,me animó mucho pensar que pueda gustarle a alguien, un género que nunca he practicado y al que le tenía tan poca "fé". Pepi.

Anónimo dijo...

Madre mía Pepi, qué cambio de registro. Y sinceramente, lo has bordado. Me parece muy conseguido.
Gracia

Anónimo dijo...

¡Estuoendo! Ya decían nuestros antepasados que "la letra con sangre entra" me gusta mucho.
Alicia.

Pepi dijo...

Gracias amigas, que subidón me habeís dado, con la faltita que me hacía. Besos a todas. Pepi.