jueves, 31 de julio de 2008

Las chanclas de Teresa - Escrito por Toñi


Éste es el relato que me han publicado en La Voz del mes de Julio. Espero que os guste.
Un beso. Toñi


Las chanclas de Teresa

Las compró en una tienda de baratijas que había enfrente de la playa. Unas chanclas del número 41 para una chica de 17 años. No era su costumbre ir sola a la playa, pero esa mañana de julio decidió que era una lástima pasarse todo el día estudiando en la biblioteca. Y sin decirle nada a nadie, cambió los libros y cuadernos por la toalla y el bronceador.


Pero olvidó las playeras, por eso compró aquellas, a rayas azul marino y blancas, que no le gustaban demasiado. El bikini, blanco con lunares rojos, lo llevaba debajo de la ropa. Se sentía contenta y audaz mientras esperaba el autobús y pensaba que era una suerte vivir en una ciudad con mar, aunque aquel verano había suspendido tres asignaturas y tenía que preparar sus exámenes.


Llegó a la playa y extendió su toalla en una parte alejada y tranquila, protegida del bullicio por unas rocas. Se quitó el sujetador y se echó crema. Después se puso los cascos de su mp4 y se tumbó a tomar el sol. Se quedó dormida y soñó que era una sirena y en sus cabellos se enredaban las estrellas de mar. Una de ellas no quería desprenderse de sus dedos, haciéndole cosquillas. Se despertó sobresaltada y decidió ir a nadar, así que caminó descalza hasta el agua, pero a medio camino tuvo que regresar para ponerse sus chanclas: la arena le quemaba demasiado la planta de los pies.

Se descalzó en la orilla, justo en ese punto en el que la arena está húmeda pero no mojada. Dejó allí las chanclas y entró en el mar. El agua estaba fresca, tan clara y transparente que podía ver en el fondo bancos de peces casi invisibles y viscosas algas que evitaba pisar.
Pasó una hora. El viento, como un gato travieso, empezó a dar zarpazos de arena a las chanclas, que permanecían fieles esperando a su dueña. Pasaron más horas y el horizonte se volvió malva y el azul del mar se oscureció como un enorme párpado en el rostro de la noche. Después subió la marea y las olas empezaron a exigir tesoros a la tierra. Así, las chanclas fueron atraídas por las olas. Primero se quedaron flotando en la orilla. Después desaparecieron.

Se decía que aquella playa era peligrosa. Que tenía fuertes corrientes, como ríos que siguieran cauces misteriosos dentro del mar. Era necesario bañarse con precaución. Decían ..., no, prefiero no contar nada más, porque a veces la gente dice muchas cosas, quizás sin mala intención. Además, una chica joven y buena nadadora no tenía por qué tenerle miedo al mar.
Aquel día ella había cumplido su sueño: era una sirena y en sus cabellos se enredaban las estrellas y las algas.

Mi sobrina Teresa (ocho años, ojos de color caramelo y una insana pasión por escuchar historias) me mira con tristeza.
—¿Qué pasó con las chanclas?
—Después de viajar de aquí para allá por la superficie del agua, el mar las rechazó. Se obstinaban en permanecer juntas, esperando a su recién estrenada propietaria. Aunque las sirenas no necesitan calzado. Y a ella no le gustaban especialmente. Sólo las había comprado para salir del paso en una pequeña tienda enfrente de la playa.
—¿Y la chica? —Teresa está a punto de llorar, pero, antes de que pueda responderle, la vemos salir del agua. Largas piernas, pies grandes, bikini blanco con topos rojos y una estrella de mar brillante enredada en su cabello. Se pone las chanclas haciendo un guiño a mi sobrina y, caminando despacio, se pierde entre las rocas.
—¿Quieres un helado de fresa? —le pregunto, pero ya sé que me va a decir que sí.

FIN
Toñi Sánchez Verdejo
Albacete, 10 de junio de 2008

miércoles, 30 de julio de 2008

"TRES MOSQUETEROS", TRINIDAD ALICIA GARCÍA VALERO.



TRES MOSQUETEROS


Pasaba el tren veloz, su pitido sonoro y sostenido se perdía a lo lejos. Mientras, entre las piedras vigas y trozos de viejas vías que se desparramaban aquí y allá, un joven, casi un niño, con una mochila a la espalda, iba recogiendo trozos de hierro, cartones y pedazos de uralita. Un pitillo colgando en los labios y una expresión madura en su rostro moreno, el pelo rubio cayéndole hasta el cuello desordenado, unos vaqueros muy gastados y una chaqueta que un día fuera azul, larga y rota. Delante de él, otros dos muchachos muy morenos, con pelo de pincho, realizaban la misma operación, con sus mochilas a la espalda. Luego se lo llevarían al tío Sebastián; él les daba unos euros para sus gastos y así iban viviendo. El barrio estaba detrás de las vías del tren, todos sabían que era un sitio peligroso, le llamaban “el barrio de los santos”, dichoso nombrecito para los pobres desheredados del cielo.
David, que ese era el nombre del muchacho rubio, se puso los dedos entre los labios y silbó con fuerza, los otros dos se volvieron a mirarlo, no había curiosidad en su rostro.
_Tenemos que irnos _dijo_, el tío Sebastián me advirtió que iba a cerrar pronto, ¡se va de fiesta! Los otros, refunfuñando volvieron atrás.
_¡Siempre está de juerga el tío Sebastián! ¡Vamos, al menos que nos pague! _contestaron y cerrando las mochilas, saltaron por entre los montículos de tierra y los trozos de vías muertas, en dirección al barrio.
Para ellos no existían los colegios, ni los institutos: recoger chatarra, vender chocolate y alguna papelina que les daba Pascual, eran sus ocupaciones. El resto del tiempo lo pasaban en la puerta del antro que tenían por bar. Fumaban, bebían sus cervezas y hablaban de mujeres como si tuvieran treinta años, de vez en cuando se iban con Isabel, una de las putillas del barrio, que por cinco euros les hacía un trabajo completo, salían eufóricos y se emborrachaban. El día los sorprendía en algún banco de la plaza, se espabilaban en la fuente y entraban al bar a tomar un café. Algunas veces no tenían ganas de trabajar y lo dejaban hasta que se acababan los recursos. No tenían padres, o al menos se sentían huérfanos. Los servicios sociales se interesaban por ellos, algunas veces ingresaban en un correccional, luego, o les dejaban ir o se escapaban. Ellos seguían su vida de mierda, entre los restos de hierro y la venta de chocolate, la coca, las putillas y el garito.
En casa de “la Julia”, solían descansar. “La Julia”, una mujer mayor, de edad indescifrable, que les dejaba bañarse por dos euros cincuenta todas las semanas y tumbarse un rato en una de sus camas podridas, que alquilaba a las muchachas que ejercían el noble trabajo de la prostitución… Los quince años de David, más parecían cuarenta en conocimientos; igual les ocurría a Raúl y Jaime, estos últimos eran gitanos, de catorce y dieciséis años respectivamente. David era mechero, recordaba apenas a su madre, una guapa calé que lo dejó en casa de “la Julia” con cinco años, ésta pronto lo puso a trabajar. Su padre, decían que era un payo rubio y que Soledad, su madre, bebía los vientos por él. No le importó dejar al hijo por el payo, estaba maldita por los suyos y también por David. _No tengo madre _respondía a quien le preguntaba.
Los otros veían a sus viejos a veces, cuando estos venían de alguno de sus negocios. Vendían de todo y para todo y por supuesto, los hijos no les estorbaban. Les llamaban “los tres mosqueteros” y siempre andaban a la par. También había buenas familias en el barrio: estaban Samuel y Lola, su mujer, que cuidaban de siete hijos y morirían por ellos si fuera necesario; y Mariano y Pilar y otras muchas; pero ellos no tenían esa suerte, aunque estaban a gusto así y tal vez, no sabrían vivir de otra forma, al menos eso es lo que se decía David, desde su madurez de quince años.
Todo el mundo lo conocía, a él y a sus compinches. Los apreciaban, no se metían con nadie y vivían su vida…
Estaban en la puerta del bar, reían y se pasaban un porro. Fernando “el rojo” salió del garito y se encaró con ellos:
_¡Ya está bien! ¡fumad esa guarrería lejos de aquí! la policía está al caer y van a cerrarme el local por vuestra culpa! _escupió y volvió a meterse en él bar.
Los chicos rieron más fuerte y corrieron a la plazuela. Allí, al atardecer, gentes de todas las clases sociales iban y venían. Vender, comprar, el negocio no cesaba. Había quien cambiaba o vendía mujer e hijos y, por supuesto, su alma por una dosis. Y chicas de quince o catorce años, que ofrecían su cuerpo por la misma razón. Harapos de la civilización. Jóvenes y viejos arrastrándose; gente que moría de sobredosis, en medio de la plaza; niños de ocho o diez años vendiendo, mientras fumaban o probaban la coca para demostrar su pureza. Impúdica verdad que arrastra al fango, y todo era fango allí.
David y Raúl se colocaron en su rincón, los clientes de siempre se acercaron.
_¿Dónde está Jaime? _Pregunto David.
_No sé, venía detrás… _contestó Raúl.
Una pelea se había fraguado enfrente de ellos, cuatro hombres pegaban a alguien y con pesar vieron que éste era Jaime. Los dos muchachos corrieron a socorrerlo. Como otras muchas veces, se enzarzaron en una lucha a muerte: brillaban las navajas, alguien disparó una vieja pistola, la sangre se escapaba del cuerpo del muchacho, que caía inerte al suelo. Los amigos lo atendían llorando. De repente, sonaron sirenas y la plaza se iluminó… dos, cuatro, cinco coches de policía y un furgón les rodeaban. Todos corrieron en desbandada. Los maderos iban cogiendo a los menos rápidos y el furgón se iba llenando. A la vista de las placas y pistolas, todos chillaban y maldecían su maldita suerte. Putas, macarras, chulos, ladronzuelos y estafadores de poca monta y caballeros de la alta sociedad, revueltos en el mismo lodo.
_¡Subid todos al furgón! _gritaban los policías_. ¡Eh, vosotros! _señalando a los dos muchachos que intentaban recoger al amigo herido_ ¿qué estáis haciendo? ¡Subid al furgón, vamos!
Ellos, enfrentándose al policía le suplicaron:
_¡Nuestro amigo está herido! Llame a una ambulancia, ¡se está desangrando!
El hombre los miró de arriba abajo.
_¡Subid al furgón, escoria, de esto ya nos encargamos nosotros!
Obedientes, fueron hacia el furgón.
_¡Malditos sean, ellos se lo han buscado! _decía el madero a su compinche mientras daba una patada al inconsciente cuerpo de Jaime.
David, que se había vuelto en ese momento, saltó del furgón como un rayo, cogió una botella del suelo y se la estampó al policía, que cayó como fulminado con una gran brecha en la cabeza. El compañero sacó la pistola y una, dos, tres, cuatro balas se incrustaron en el pecho del muchacho, que cayó sacudido por los balazos gritando: ¡Cobardes de mierda!
Raúl se abalanzó sobre ellos, que le repelieron con sus porras y patadas. Muchos bajaron del furgón a mirar, Raúl pudo llegar hasta David, que sangraba copiosamente.
_¡David, no te preocupes, voy a llevarte al hospital! _le decía llorando.
El muchacho sangraba por la boca, se moría. Inconscientemente pensó que su madre lo abrazaba contra su pecho y lloraba, pero no, era Raúl, su compañero. Una última bocanada de sangre y después nada… Raúl tiritaba de dolor y frío, la gente volvía al furgón, un coche se acercaba para recoger a los muertos y dejar limpia la plaza.

"Parto de Ninfa", Trinidad Alicia García Valero.




PARTO DE NINFA

Nació un día loco de febrero,
cuando la lluvia, el sol, la nieve
y el viento
luchaban entre ellos,
rompiendo aguas
entre mares revueltos.
Y aquí está…

Desnuda, sin complejos,
llorando como todos;
no lucia en sus dedos
anillos, ni en el cuello
una perla. Pies trotando
en el aire, al compás
de risas emocionadas.

Ojos cerrados.
Piel suave.
Sabor dulce, color rosado.
Sabanas blancas,
agua caliente,
olor a café.

Parto de ninfa.

Ahora ruge el viento,
entre los árboles nuevos
el día tiene sabor primaveral.
Este febrerillo corto y matón…

Hoy igual que ayer y,
a través de los siglos,
una vida se abre
a la esperanza.
Siempre la hermosa
incógnita y,
ya está aquí.
Ninfa y mortal,
desnuda, atrevida, insolente,
misteriosa, sencilla.

Nació un día loco de
febrero, cuando la
lluvia, el sol,
la nieve y el viento
luchaban entre ellos.

lunes, 28 de julio de 2008

ONANISMO de Nieves Jurado (Otro poema, para levantar el ánimo)


Siento mis manos
acariciar el estanque
de los suspiros.
Aquel que por placer
sedujo al hombre.
Dedos inquietos,
bailes impúdicos,
gemidos arrancados
ante las puertas del infierno.
Son instantes etéreos.
Onanismo pleno,
soledad deseada.
Verdadero origen
de lo divino.

miércoles, 23 de julio de 2008

SOMOS de Nieves Jurado


Somos un instante en el tiempo.
Tú,
yo
y ese maldito espacio
que siempre nos separa.
Mis labios
rozan las palabras
y silencian
los besos.
Te invito a permanecer
con los ojos cerrados.
Siénteme.

martes, 8 de julio de 2008

Hola a todas/os. Sólo quería desearos un buen verano, que disfrutéis del sol, la playa, los cuerpos dorados y ligeritos de ropa, los helados, un viajecito al otro lado del mundo, y el descanso, que invita a leer un buen libro, y a compartir después esa historia con alguien, a ser posible, muy, muy especial... Ummm!
Y otra cosa, comunicaros que envié a "La voz" mi texto, en teoría para el nº de Agosto, pero recibí respuesta indicándome que en Agosto, no hay revista, están de vacaciones como es natural, y por tanto el relato será publicado en Septiembre. Os lo comunico por que la lista corre un puesto para todos, tenedlo en cuenta.
A disfrutar, y si se tercia a escribir, que el veranito puede ser una buena fuente de inspiración, aunque yo prefiero vivirlo que imaginarlo jajaja...
Besos
Cristina