martes, 24 de junio de 2008

DEBERES PARA EL VERANO



¡No os asustéis! Ya sé que estamos todos aprobados y con buena nota, pero se me ha ocurrido una idea que pienso que luego nos puede dar mucho juego.

Como ahora llegan las vacaciones y con ellas los viajes a la playa, montaña, ciudades extranjeras o simplemnte desconocidas, o al bar de abajo, sin ir más lejos, propongo que no bajemos la guardia, y que esa mente de escritor que se supone tenemos todos, trabaje un poquito y si puede ser detrás de un objetivo. Mi propuesta es hallar entre los días de verano una imagen literaria y sacarle una foto. Nada más y nada menos que eso. Buscar una foto donde se esconda un buena historia. Después en septiembre podremos trabajar con ellas, escribiendo cada uno la historia de su foto, o intercambiándolas o haciendo cuentos colectivos... qué se yo (eso ya lo pensaremos a la vuelta; los esfuerzos de uno en uno). ¿Qué os parece? ¿Os apuntáis?
Teresa

lunes, 23 de junio de 2008

LLUVIA DE SEXO por Nieves Jurado


Me gusta hacer el amor cuando llueve. El sonido de la lluvia me incita a desear que mi amante me posea sin descanso. Es una sensación inexplicable. La lluvia purifica la atmósfera, riega la tierra y la llena de vida. Y así como la tierra se presenta dispuesta a recibir la savia del cielo, yo me preparo para que el hombre me entregue su esencia. Me excita sentir el calor de su cuerpo en contraste con el frío aguacero. Nuestra humedad frente a la humedad de ahí fuera. Y entonces deseo que sus labios acaricien mi cuello y desciendan despacio hasta alcanzar mis pezones que aguardan duros la calidez de su saliva. Siento su pene palpitar con furia, mientras le manan sin control unas gotas que van dejando suaves huellas en mi piel. Mi sexo está tenso y jugoso a la espera de que él lo alcance para saborearlo incansable hasta que una oleada de placer contraiga todo mi cuerpo y me haga desear con urgencia que me penetre. Pero aún hay tiempo para más, pues sigue incesante la lluvia. Mis manos sujetan ahora con firmeza su miembro y mi lengua se desliza tibia por él. Me encanta lamerlo, deleitarme con el latir de sus venas a punto de estallar, introducírmelo en la boca hasta rozar mi garganta. Sé que me va a penetrar de forma salvaje y así se lo pido. Con el éxtasis, enmudece la lluvia y llega el silencio.

SIN TÍTULO de Nieves Jurado ( Poema publicado en la Antología Poética II del taller de posía)


Un día más te espero sentada
en la línea del horizonte,
mirando hacia ese fuego inquieto
en el que mi cuerpo desea transformarse.
No es más que un instante,
¿dolor?
No, mejor no hablemos de mí.

QUIERO MARCARTE CON ALGO MÁS QUE POESÍA por Nieves Jurado (poema publicado en Antología Poética II del taller de poesía)



Quiero marcarte con algo más que poesía
Y entrelazar mis sueños
con tu vacío despertar.
Quiero deslizarme por tu mirada,
y cerrar mis ojos.
Es la palabra la que inunda mi boca
y desciende despacio, muy despacio
hacia mi sexo,
sacudiendo con fuerza
mi embravecida sangre.
Quiero marcarte con algo más que poesía
Y perderme en las noches
recordando tu olor.

Las notas

Para Ares
Las notas van cayendo como gotas de un torrente de sonidos y silencios. Podrían parecer, en un principio, una cadencia desordenada y caótica que, como en un alumbramiento, va reordenándose de cierta manera, aparentemente azarosa, y hace que cobren su significado preciso unas junto a las otras.
A veces se precipitan como una cascada furiosa, amontonándose entre ellas, como una carrera de aguas que pugnan por adelantarse, por cubrirse y que, más allá de su valor singular, logran un conjunto armónico, un juego vibratorio sobre el que cabalga el cuerpo, acumulando una sensación vertiginosa que escapa a la razón, que pertenece a ese otro mundo misterioso y oculto de lo invisible.
A veces parece que corran solitarias, una tras otra, como pidiéndose permiso para no taparse, y que el sonido tenue permita la calma y el sosiego. Entonces cierro los ojos y las notas obran de forma milagrosa. No hay paisaje, ni de flores, ni de rios, ni de nubes de formas caprichosas. Lo que hay es un retorno en el tiempo, una vuelta a los ancestros más primitivos, al calor del primer fuego, al olor de la tierra mojada de las tormentas pasajeras, a la humedad misma del útero materno, que transita ahora por los ojos entreabiertos. Y oigo las notas antes de que las cuerdas vibren, antes incluso de que los mazos las golpeen, y y también antes de que los dedos bailen sobre las teclas, como jugando con el aire. Intentando que la música que habita en lo más hondo de su alma soñadora pueda viajar con el viento, como una manada de alas locas que susurran las palabras más simples, las más bellas, y acarician mi piel con un plumón tejido de sueños infantiles, que son los que transmiten el aire a los pulmones y aceleran la sangre hasta quemarme.
¿Cómo hacer que el tiempo detenido recobre el pulso sin matarme?
A veces, lo más pesado se alza sobre la tierra árida y polvorienta, sobre matorrales y espinos quebrados por el sol y la sed de siglos secos. Y pende de un fino hilo trenzado de abrazos y de risas, y de dolor y tristezas que alimentan y crecen como espigas.
Al final el silencio y la sonrisa, y una certeza infinita que anida en las vísceras más hondas, como esponjas empapadas en sangre caliente que, poco a poco, se derrama en una sensación de sueño. La vida se escapa y ahora sé que puedo morir tranquilo.

viernes, 20 de junio de 2008

"CANTO DE SIRENAS", Mª Teresa Sandoval

La primera vez que escuché la melodía creí que había nacido dentro de mis sueños, sin embargo, poco a poco, a medida que despertaba, fui percibiendo que venía de fuera, que las notas de guitarra y la dulce voz habían conquistado parte de mi consciencia y la arrastraban hacia fuera, hacia la vida, con la cadencia de un mar en calma.
Debían de ser poco más de las siete de la tarde. La noche anterior había tenido guardia en el hospital y después de comer me había quedado dormido en el sofá. En otra ocasión me hubiese molestado la interrupción del sueño, pero despertar arropado por aquella melodía me hizo sentir extrañamente sereno. El canto era tan bello que sólo deseaba investigar de dónde procedía. Me asomé al balcón. Al otro lado del patio de luces se abría otro ventanal un piso más abajo. Pertenecía a una especie de academia. En realidad se trataba de una anciana melindrosa, seca como un sarmiento, que daba clases de música y canto. Había sido profesora en el conservatorio y cantante profesional, y ahora jubilada seguía recibiendo en su domicilio a algunos estudiantes. De vez en cuando, sobretodo por las tardes, solía llegar hasta mi casa el sonido repetitivo y cansino de algún instrumento, pero llevaba viviendo poco tiempo allí y era algo a lo que apenas le prestaba atención. Con ella, Doña Martina, me había cruzado varias veces en el portal o en el ascensor y nunca habíamos intercambiado más allá de los correctos saludos entre vecinos. Fuera de este obligado civismo no existía demasiada simpatía entre nosotros. A mí me daba un poco de grima su piel apergaminada, siempre excesivamente maquillada, y sus falsas cejas de carboncillo que cada día ofrecían a su rostro una expresión diferente, atendiendo al acierto con el que fueron pintadas. Cuando la veía no podía evitar pensar que parecía un cuadro de Julio Romero de Torres mal restaurado. En contrapartida era evidente que ella me miraba con cierto desprecio, como si quisiese hacerme comprender de un solo vistazo que mis vaqueros rotos y mi todavía juventud no encajaban en aquel portal decimonónico.
Pero en esos momentos mientras permanecía allí en pie, callado y quieto, sintiéndome como un argonauta con el juicio aniquilado por completo, olvidé el cansancio que acumulaba mi cuerpo y la poca química con mi vecina; de pronto sólo existía aquella melodía triste, colmada de bellas promesas. Y la voz,… ¡Aquella voz!. Salí al exiguo balcón y estire el cuerpo hacia abajo para poder atisbar algo más. Desde allí sólo podía contemplar uno de los extremos de lo que debía ser un piano de cola y una lámpara Tiffani de colores intensos colgando del techo, pero no pude ver mucho más ya que de pronto, como si hubiese sido descubierto en falta, una mano nudosa cerró bruscamente la ventana amortiguando con ello la música.

Desde esa tarde la voz se convirtió en una obsesión. De una manera absurda que ni yo mismo podía explicarme comencé a cambiar los turnos para pasarme las tardes enteras encerrado en casa, con las hojas del balcón abiertas de par en par esperando a que volviese a suceder el milagro. Y no ocurría siempre, pero de vez en cuando, al caer la luz, la voz volvía a trepar por el patio hasta mi casa, se volvía a anudar en mi alma y tiraba de ella, balcón abajo. Pensé que debía pertenecer a alguna de las alumnas de la anciana. La imaginé bella; bella y triste; bella, triste y por ello peligrosa, pero después de escucharla solo quería seguir escuchándola siempre, dejar que su voz marcara mi rumbo aunque éste fuera estrellarse contra el mundo, una vez más. Un amor loco, excéntrico y desesperado me llevó a comportarme de nuevo como un adolescente, y comencé a espiar cada ruido del piso y también los ruidos de la escalera, para salir corriendo escaleras abajo cuando escuchaba el sonido de una puerta al cerrarse con la finalidad de intentar sorprender a la chica antes de que volviese a salir a la calle y desapareciera entre el resto de los mortales.

Y ocurrió. Un día, poco después de escuchar la canción, percibí que se abría una puerta en el piso de abajo. Salí corriendo y bajé los peldaños de dos en dos. Entonces la vi. Estaba en el rellano del segundo piso, esperando el ascensor. Se quedó mirándome extrañada por mi agitación; debí de parecerle un loco, sin embargo me saludó con naturalidad. Sin duda era ella. Tenía que ser ella, la sirena. Veintipocos años; alta, flexible, con una melena larga y desordenada de rizos cobrizos sobre la espalda y el estuche de una guitarra acústica colgado al hombro. Tenía aspecto de bailarina o de actriz. Intenté recuperar la compostura y aguardé junto a ella a que se abrieran las puertas del ascensor. Entramos juntos en el habitáculo y se formó un espeso silencio. Yo notaba la boca seca y un pálpito en la garganta. ¡Cuánto naufragio cabe dentro de un ascensor!. A mitad de trayecto me atreví a mirarla. Ella también me miraba, quizá con algo de desconfianza. Y por fin hablé, casi sin darme cuenta de que empezaba a hacerlo: “¿Eres alumna de la academia? “Sí, qué listo… ¿cómo lo ha sabido?”, se puso a reír, una risa cantarina que removió las mareas. “Vivo en el piso de arriba. A veces os escucho. Precisamente esta tarde te he oído cantar. Tienes una voz maravillosa.” El ascensor había llegado al bajo. Se abrieron las puertas, pero ella tardó unos segundos de más en hacer intención de salir. Sus ojos redondos, oscuros, me examinaban con atención. “Creo que te equivocas. Yo no canto. La que canta es doña Martina. Yo toco la guitarra” , me mostró el instrumento con sorna, por si yo todavía no lo había visto, después salió riendo, y yo que quedé allí perplejo, sin poder reaccionar. Por un momento pensé que mentía, que sólo era una estrategia para despistar a los marineros intrépidos que se pasaban de listos. Pensé en seguirla pero era demasiado tarde. El influjo había cesado y yo había perdido definitivamente el rumbo mientras intentaba mantenerme a flote con el peso de aquella revelación.
Lo peor de todo es que ella sigue cantando. Y yo no puedo dejar de escucharla, ni de ignorar que he comenzado a mirarla con otros ojos cuando nos cruzamos en el portal. Como sigo siendo un hombre prudente he tomado la precaución de comprarme unos tapones de cera para los oídos por si la tentación llega a ser demasiado difícil de contener. Si el remedio no funciona, a falta de mástil, siempre me quedará el heroico recurso de atarme a la cama.

jueves, 19 de junio de 2008

TRINIDAD ALICIA GARCÍA VALERO.

EL SUEÑO DEL CAMINANTE
Andaba por las calles, los pies descalzos pegados al pavimento, el abrigo pardo y viejo y la mochila a la espalda, llena de recuerdos. Amenazaba tormenta y buscaba un lugar para guarecerme. Era muy tarde, vi un portal abierto y entré, me senté en un rincón y allí, arrebujado, me quedé adormecido. De alguna casa llegaba una bella melodía; no hacía mucho que en mis incursiones al Corte Inglés, buscando cobijo y entretenimiento y, sobre todo música (porque he de decir que yo soy, fui, y tal vez siga siendo un buen músico), la había oído: “O Paraíso” se llamaba, y a mí me transportaba al misterioso y espléndido país de la música, mi país.
Me sumerjo ahora en ella. Siento como acaricia la brisa mi frente entre sus notas. Me adentro por el murmullo suave de las frondas y entre ellas, aparece un bello animal, mitad ave, mitad équido, lanzando al aíre sus alas e invitándome a subir en ellas. Me acomodo feliz y empieza a elevarse… Abajo los tejados, las luces prepotentes, las miserias…
Entreveo los sueños montados en nubes vaporosas. Alcanzo a las gaviotas, el mar encrespado alza sus olas al cielo. Quiere cogerme, pero yo sé muy bien que nunca podrá. Aunque confundidos en la raya del horizonte, ¡están tan lejanos como yo del mundo en éste momento! Un día tal vez, caminaron por sendas paralelas, puede que, en algún cruce del sendero, cambiaran un tímido “hasta luego “y, cada cual su camino…
Mi lugar está allá, ¿sabes? en aquella estrella. Y subo y subo buscándola, me saludan luceros locos y aves transparentes. Mi alma es ahora la cumbre, mi cuerpo es ligero, alzo las manos al cielo, danzan mis pies que quieren ser majestuosos y, se abre la música al viento… Soy una hoja ambulante, una pluma desprendida, soy un soplo de brisa, un sueño… soy una melodía.
El paisaje se torna inquieto y cambiante, se agita. El firmamento es púrpura y a lo lejos vislumbro oscuridad.
Suena estridente y sin compás ahora la música. Se descompone en estrofas quebradas, tiemblan los astros y las olas se acercan… Las nubes se confunden y los pájaros huyen.… Todo se tambalea, una lluvia espesa, un fuerte vendaval, un charco gris en el suelo.
Pero yo, asido a sus plumas asciendo veloz, mientras Ángeles blancos me rodean entre cantos celestiales. Brilla la estrella: mi destino. Y vuelve suave la brisa, besan mis labios la punta de las alas de cristal, ya está más cerca el paraíso…
Tambaleante me incorporo, y salgo del portal. Sucio y mojado mí abrigo pardusco, miro al cielo mientras escupo y maldigo mi suerte, y entre el desespero y la ironía rompo a reír.
Empiezo a caminar o mejor dicho, sigo el camino, pisando los charcos recientes, por alguna ventana entreabierta llega otra vez a mis oídos, la dulce melodía.

O Paraíso (Por Toñi)

Escucho tu voz de azúcar
Desde el otro lado del mundo.

Debe hacer frío allá afuera.

Yo me columpio en tu voz
Y sonrío,
Sabiendo que sufres.

Te acuerdas de mí y tu única
Ambición es el regreso.

Pero yo he cerrado la puerta
Con llave,
Una llave que
No es posible
Encontrar.

Está en el glacial de mis ojos,
Donde nunca hubo lágrimas.

Ven a buscarla, si te atreves.

Desliza tus dedos sobre mi boca
Y te los arrancaré de un mordisco.
Acaricia mi cuerdo desnudo.
Mi piel está envenenada para ti.

En otro tiempo fuiste
La reina de las estrellas
Y yo comía en tu mano.
Amaba tu sonrisa con sabor
A manzana,
Tus ojos únicos,
Tu belleza absoluta.

Sigues cantando porque sabes
Que lo único que me llega es tu voz.
Tu voz. ¡Ah, tu voz!

Si pudiera llegarte a la garganta
Me enroscaría alrededor de ella
Como un collar
Hasta que tu voz se extinguiera
Lenta, lentamente
Igual que la llama de una vela en el fin de la noche.

Quedaría flotando sobre todas las cosas
Y ellas recuperarían su luz, la que tenían
Porque tú estabas aquí.

Sabes que te amaba.
Por eso te propuse el desafío
Pero tú elegiste a Adán
Y ahora él ¿dónde está?

Estás sola.
Sola allá fuera, donde tanto frío hace.

Quieres volver y no sabes cómo.
Llegar al Paraíso.
Pero esto ya no es el Paraíso.
Dios se ha marchado y todos los demás se han muerto.

Sólo quedo yo.

Y un árbol lleno de manzanas.
Donde arrancaste tú la primera.

Mordisqueada y sucia, la guardé
Junto a la llave.

Me enrosco sobre las dos, llave y manzana,
Cierro los ojos,
Mis ojos que nunca han llorado.
Pienso en ti.

Pienso en tus manos.
Tus manos, que acariciaban mi piel.
Para olvidarte, me desprendo de mi piel.

No quiero nada tuyo, ya.

Nunca volverás al Paraíso.
Ni yo tampoco.

lunes, 16 de junio de 2008

ASOMÓ A TUS LABIOS

Poesía del cuadernillo del taller de poesía, de Trinidad Alicia Garcia Valero.


ASOMÓ A TUS LABIOS…


La luna espumeaba en el río,
a tu labios asomó terrible
la odiada palabra, la sombra
del amor, ese “no”, cual serpiente
lasciva, que se
enreda en tu pelo,
recorre mi cuerpo
en un escalofrío.
Giraban las nubes, blancas, imposibles;
asomaban sus crestas las montañas,
algún búho gemía.

Los árboles miedosos
agitaban las ramas
y en mis manos se amontonaban
sombras.
Tu maldita sonrisa lucía, entre el
fragor de un viento caliente.
A mis labios asomó la queja,
en los ojos, la oscuridad
se oscureció.

La luna se ocultaba.
Amanecía.
La espuma ya era sangre,
era sangre en el río…

Poetas en la Popular


El jueves 12 de junio se presentó en la librería Popular de Albacete un cuadernillo con poemas escritos por los que hemos participado en el curso de poesía de la UP con Arturo Tendero. En el acto de presentación estuvo la concejala de cultura Rosario Gualda. Cada poeta leyó sus trabajos y al final lo celebramos tomando una cerveza en el bar Fiesta y Paz.
En la foto aparecemos Enrique, Nieves, Alicia y yo además de nuestros amigos Arturo, Frutos, Rubén y muchos más.
Un abrazo para todos y enhorabuena.
Toñi

jueves, 12 de junio de 2008

Sobre el diseño del blog. Por uno de los presuntos perros del hortelano.

Como quiera que un humilde servidor cree que cualquiera de nosotros (no sólo el autor original) puede hacer juicios de valor sobre el diseño, atentamente expone:

1. No me parece que expresar una opinión sea ser como el perro del hortelano.

2. Todos agradecemos los desvelos de los de siempre (que sería de nosotros sin ellos), pero si los de siempre nos recuerdan siempre lo mucho que hacen unos pocos y lo poco que hacen unos muchos, acabaremos por no valorar, como Dios manda, dichos desvelos, que reitero, agradecemos en el alma.
3. No hay nada personal en todo esto, al menos por mi parte, así que hágase la paz y sigamos con lo nuestro...

Y emprendamos el vuelo hacia objetivos más altos.

Jose Arístides

miércoles, 11 de junio de 2008

SOBRE EL DISEÑO DEL BLOG. Por el autor original

Parece ser que el nuevo diseño del Blog, del que se ha encargado Toñi, ha desencadenado la polémica. Puesto que fui yo quien se encargó de darle vida a este chisme, así como de diseñarlo en origen, creo que soy el más indicado para hacer juicios de valor.
1º El nuevo blog me parece más accesible a la vista y de mejor lectura que el anterior. Tiene más aspecto de página en blanco, que es lo que, en definitiva, más se parece a un libro.
2º Para volver al diseño original habría que elegir la plantilla y las características que se pusieron entonces. Yo ya no me acuerdo. Además, estoy en mi derecho de no querer hacerlo.
3º Todos tienen las claves para acceder al blog. Así que si alguno quiere otra cosa no tiene más que modificarlo él mismo y dejarse de ser como el perro del hortelano. Podríamos proponer un diseñador semanal o, tal vez mejor, diario. Cada vez que nos metamos en el blog nos encontraríamos una sorpresa nueva. Sobre todo yo, que comprobaría que, además de los de siempre, hay alguien más con iniciativa y ganas de trabajar que ya no se conforma con verlas venir.
4º He dicho.

Miguel Angel

ZAPATILLAS BRILLANTES por Trinidad Alicia García Valero




ZAPATILLAS BRILLANTES



Abrí los ojos, miré hacia arriba, un cielo rojo me cubría, algunas nubecillas pasaban veloces por él. El paisaje era desolador, rocas oscuras, piedras pequeñas y extrañas; un árbol reseco dejaba caer sus ramas retorcidas con aire plañidero. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, era como si un esqueleto me mirara suplicante y un llanto seco aflorara a sus nudosos ojos. Un llano desolador al frente, recorrido por entrecruzadas ventiscas.
El autobús me había dejado en la carretera, desierta, como siempre en esta época. Era verano y yo estaba de vacaciones, me senté en una gran piedra esperando que mi padre me recogiera, ¿me quedé dormido…? Anduve buscando el sendero que parecía haber desaparecido y volví a sentarme con el rostro entre las manos. No conocía nada de esto. ¿Dónde estaba mi casa? Parecía un sueño, más bien una pesadilla. Miré alrededor intentando descubrir la calle nueva donde teníamos la zapatería. Al atardecer, mi abuelo salía a la puerta y se sentaba en la mecedora; desde allí saludaba a los vecinos que salían a esas horas a tomar el fresco.
¡Esto era desconcertante! Pellizqué fuertemente mi brazo y me levanté. Las chinas se clavaron en mis pies… ¡estaba descalzo! Un personaje alto y huesudo pasó corriendo delante de mí, reía extrañamente y llevaba mis zapatillas en una mano; en la otra una especie de bayeta con la que les daba brillo, pero lo que más me desconcertó fue su rostro: ¡era la cara de mi madre! Y me miraba con pena…
¡No podía comprenderlo! Eché a andar despacio, las piedras estaban por todas partes. Sobre un montículo, un grupo de personas (por llamarlas de alguna forma). No hacían nada, excepto mirarme. Como el otro ser, eran altos y extremadamente delgados, de ojos muy grandes con expresión de asombro; vestían viejas túnicas blancas deshilachadas. Vinieron hacia mí, me rodearon y empezaron a tocarme tímidamente, con aprehensión; sus huesudas manos eran suaves y frías, todos iban descalzos como yo.
Apareció el primer personaje, mis zapatillas en sus manos brillaban. Todos las miraban con adoración, después los ojos tristes se clavaban en sus pies. Mi madre, con expresión severa, parecía querer decirme algo. Yo estaba atónito, siempre esperando despertar… Mis padres debían de estar en casa, mirando la tele, y de un momento a otro entrarían en la habitación a llamarme, era la hora de la cena. ¡Todo era tan absurdo! Tenía la boca seca y pedí agua, lo dije fuerte y utilicé las manos para que me entendieran, me sentía muy extraño… ¿Qué planeta ilusorio me había tocado? Se miraron, pensé que no me entendían, pero como respuesta, una mujer y un hombre se adelantaron y me cogieron de la mano, andamos por el llano, entre las ventiscas, los otros nos seguían de cerca, todos repetían la palabra agua, igual que una oración. Un cauce a la derecha por el que antes corría el río y unos matorrales muertos a su lado. ¡Seco, todo seco! ¡Yo tenía sed, quería agua! Y me daba cuenta de que todos querían lo mismo que yo. El llano y el monte respiraban polvo bajo la luz rojiza de un sol cansado de lucir sin tregua; bajo él, las plantas se retorcían. Ya no dudaba, éste era mi pueblo y allá, cerca del río seco, estaba mi casa. Renegrida, reconocí la mecedora del abuelo que en la puerta se mecía con lentitud. Encima se leía ZAPATERÍA. Mi perro aullaba lastimosamente, el eco de otros aullidos le seguía. Comprendí… Me dejé caer sin fuerzas mirando el paisaje duro y callado, seco, muy seco, sus gentes largas, huesudas y
envejecidas prematuramente. Parecían los extraterrestres de mis películas de niño. Recordé que hacía mucho tiempo que no llovía. Y no soñaba, no, todo era una realidad, una dura realidad. Mi perro seguía aullando y la mecedora del abuelo se mecía impaciente, el letrero se había descolgado. Yo tenía sed, ¡ todos teníamos sed!
Se sentaron a mi alrededor, un relámpago alumbró nuestros rostros tensos, al que siguió una cadena de truenos que rompió el aíre. Cayó un rayo terrible y la tierra reseca se abrió y empezó a arder. Miramos hacia arriba con horror y esperanza. ¡El cielo ahora era gris! Una lágrima resbaló por mis mejillas, muchas lágrimas en muchas mejillas… La lluvia caía con extrema fuerza sobre nosotros y las bocas se abrieron con ansia de agua. ¡Por Dios, estaba lloviendo! Mi madre, con gesto amable, me acercaba las zapatillas, que relucían bajo sus gotas. Me calcé y ofrecí mis manos a la gente que lloraba como yo de alegría, y juntos corrimos al río que empezaba a llenarse. Dentro, tímidamente, tropezándose unas con otras, navegaban miles de zapatillas brillantes…


MI AMANTE BÚLGARO por Trinidad Alicia García Valero

MI AMANTE BÚLGARO.

La noche era suave, Marta me esperaba en la puerta con su descapotable color cereza, tocaba el claxon con impaciencia. -¡Ya voy, ya voy!- Contestaba yo, cerrando.
Era mi cumpleaños y por esa razón me invitaban a cenar, era su regalo. Siete mujeres solas a veces son peligrosas, pero sólo a veces, la verdad es que todas, somos adorables.
Por el camino recogimos a Laura, Paqui y Manuela, Sonia y Rakel nos esperarían en el restaurante. Estaba realmente animada, atrás quedaron los años difíciles y agrios. No es que yo sea una pollita, ¡ni mucho menos! Me Llamo Elena y soy viuda hace cuatro años. Soy una mujer madura, de vuelta de muchas cosas y también con muchas carencias. Ellas lo saben y me quieren, por eso me acompañan esta noche.
Llegamos, el restaurante tenia buenas pintas, los camareros, todos como siempre, de rigurosa etiqueta, nos llevaron a un salón dispuesto para la cena, era acogedor, no demasiado grande, manteles en color salmón y temperatura agradable, con flores en la mesa. Sonia y Rakel ya estaban sentadas esperando, habían pedido unos martines, nos unimos a ellas. Enseguida vinieron a informarnos del menú.
La cena fue sabrosa, entre buen vino y risas. Siempre Ayudados nuestros recuerdos, por la fantasía y el deseo de divertirnos. Marta y laura no cesaban de mirarse, con sospechosa complicidad…La verdad, para mí, ¡estábamos, radiantes!
Trajeron los postres y los licores.( Todo perfecto), y cerraron tras de si. Seguimos nuestras bromas mientras saboreábamos, las diversas frutas.
Por la puerta del fondo, que no he mencionado, apareció un camarero que, anunció con mucha solemnidad:- ¡La tarta! Y ante mis asombrados ojos, una enorme tarta empujada por otros dos empleados, se colocaba en el centro de la sala. Era preciosa y aparte de las velas encendidas, bengalas de colores, nos llenaron de júbilo. Yo, estaba emocionada nunca hubiera esperado este cumpleaños tan fastuoso y así lo dije. –Espera,- contestó Marta- ¡falta la guinda!
¿Qué guinda?-pregunté- un tanto inocente-si la tarta tiene de todo…- y así era, recubierta de nata y chocolate, adornada con frutas escarchadas y fresas naturales, acabada en una bella cúpula y en ella, trufas y guindas colocadas con maestría y regadas con jarabe de azúcar tostada sobre todo ello un conjunto de coloridas golosinas y una bengala encendida de color rojo. –Rieron entre ellas- cogí el largo cuchillo y me fui directamente a cortarla, diciendo:¡ -A ti si que te falta la guinda hermosa! Y añadí emocionada: -¡Gracias amigas! Sonia se acercó y me retiró un poco.-¿Qué pasa pregunté? No me dio tiempo a más especulaciones, la tarta se abrió y de su interior salió un Dios, al menos eso es, lo que a mí me pareció… Un hombre joven, moreno, con cuerpo de atleta griego y ojos claros, que sonreía dejando ver unos dientes blanquísimos, iba cubierto con un minúsculo taparrabos de leopardo, brotaba, más bien, como una rama verde y florida. Yo estaba perpleja y con una cara de tonta…lo veía en los ojos de mis amigas. -¡Vaya…regalo!- Pude decir, tartamudeando, el calor me subía al rostro.
-¡No creas que es tuyo!-Aclaró Laura- sólo es un vale por esta noche. -Todas reían la ocurrencia. El chico terminó su salida y bailó para nosotras, exhibiendo sus músculos y demás dones, el final fue apoteósico, con oficio y gracia, me tiró el taparrabos a las narices, (nunca mejor dicho). Seguimos bebiendo y llegó la hora de las despedidas. ¿-Que hago yo ahora?- Pregunté a Rakel, que se acercaba a decirme adiós.
¿Pues que vas hacer chica? ¡Llevártelo a casa,! por esta noche es tuyo, es un regalo, ¡disfrútalo!.
Se fueron la mar de divertidas mirándome, debía tener una jeta de boba que… El hombre se vistió y me ayudó a ponerme el abrigo muy galante, no era tan joven como me pareció al principio, unos cuarenta años, bien, bien- pensé- tampoco me gustaba sentirme una “asalta cunas”- y en voz alta-No tengo coche-cogeremos un taxi.
¡-No por favor!- Se escandalizó- yo tengo coche- tenía un bonito acento y por supuesto no pronunciaba bien, pero me gustaba… aunque estaba como un flan. Fuimos a mi casa (mis hijos se habían ido de fin de semana, como otras veces, pero esta, era una suerte). Entramos en el salón y le ofrecí una copa que el rechazó-Prefiero algo caliente- dijo- no me extrañaba toda la noche en bolas… Le llevé un caldito y me contó que era Búlgaro y que a pesar de ser filosofo, se tenía que ganar la vida de tarta en tarta…Yo muy dignamente le aclaré, que no estaba obligado a nada, eran cosas de mis amigas.- No, no, si a mí me gustas- dijo con un tono que me pareció convencido, o eran mis ganas…Seguimos hablando de él: Pensaba trabajar dando clases en cuanto pudiera y dejar las “tartas”. Parecía haber entrado en calor y se quedó en mangas de camisa. Me sentí mucho mejor, al ver como se ponía cómodo.
Se acercó a mí (estábamos en el sofá) - me gustas!- dijo- me puse colorada aunque supuse, que eso se lo diría a todas, era su trabajo.-Me llamo Christopher y aún no sé tú nombre…-El acento meloso y ese físico…- Yo, Elena- contesté tímidamente- Fuimos a mi alcoba, ¡que diría mi difunto si me viera en estas lides! Deseché pensamientos inoportunos y le miré a los ojos. Me desnudó lentamente, yo no sabía donde mirar al principio, él, me cogió la mano y la llevó a su camisa. Fui desabrochándola y seguí por el pantalón, de pronto nos encontramos frente a frente, desnudos. Se acercó a mí, me acarició los pechos y no sé… pero al momento, como un sólo cuerpo nos revolvíamos entre las sábanas de mi cama de matrimonio. Cerré los ojos y me dejé llevar por la pasión. ¡Dios si no se me había olvidado! Ya lo dice el refrán:”es, como montar en bicicleta…”
Desperté pensando que se habría ido, pero no, entró en la habitación cubierto por una toalla que al momento estaba en el suelo. Ese día no fui al trabajo.
Al siguiente y al otro y al otro, Christopher me esperaba en la puerta, paseábamos y hacíamos planes de futuro. Lo presenté a mis hijos y aparte de alguna objeción, como la edad, no dijeron nada, era mi vida. Nos casamos en una sencilla y bonita ceremonia, mis amigas nos miraban embobadas y suspirando, nunca olvidarían que ellas eran las artífices de mi felicidad.
La noche de bodas en el mejor hotel de la ciudad fue maravillosa, entre champagne y fresas con chocolate. Nunca creí volver a sentir así. Por la mañana después del desayuno, se puso serio y me dijo que tenía que contarme una cosa, que me había mentido y no sabía si lo perdonaría, me asusté, aunque pensé que le perdonaría todo, era muy feliz. Nos sentamos y cogiéndome una mano me confesó que no era filosofo, que el, era dentista, ( ahora me explicaba lo blanco de sus dientes) eso lo decía, para dar un aíre de más romanticismo a su trabajo,-me dijo- pero conmigo todo había sido diferente y no sabía como aclararlo, tenía miedo de que lo dejara. Me eché a reír- ¡Era eso! ¡Que peso me quitó de encima! Le dije que le pondría una consulta y que él, con esos bonitos dientes sería el mejor reclamo. Hicimos el amor enfebrecidos.
Llegué a casa, mis hijos ahora vivían por su cuenta, llamé a Christopher y nadie contestó, pasé a la sala, donde habíamos puesto la consulta y volví a llamar-¡Christopher!, nadie contestó, en el perchero vi su bata blanca colgada. Me temí lo peor… un ruido detrás de mí me hizo volver la cabeza y…¡ zas! Allí estaba el. ¡Sorpresa!- dijo- lucia (porque lucia) el taparrabos de leopardo y una hermosa tarta en la mano, toda cubierta de nata y llena de guindas. me pareció volver a la noche gloriosa (yo, me sentía en ella) ¡Un Díos si, un Dios ¡ me quitó la ropa e hicimos el amor allí mismo! Mientras sentía junto a mí el cuerpo musculoso de mi joven Apolo pensaba que estaba arañando un poco de felicidad a la vida. ¿Qué importaba la edad, ni los prejuicios caducos? y abrazada a mi filosofo, dentista, olvidé las preguntas inoportunas.

martes, 10 de junio de 2008

Nuevo diseño del blog


No os asusteis. Esto no se ha roto. Sólo he cambiado la plantilla.


Pido disculpas a Miguel Ángel, que es el artífice de este blog, pero he encontrado una plantilla mejor para visualizar y escribir nuestros textos. Las fotos y los enlaces a otros blogs, además del archivo, no han desaparecido, sino que están al final de éste. He dejado arriba los enlaces más interesantes, para acceder rápidamente a ellos. Siempre dejaremos en ese lugar los que sean necesarios y los que estén vigentes, en este caso, el "vota tu relato de amor favorito", ya que estamos colgando los relatos de amor y el que permanecerá durante casi un año (espero), la lista para publicar en La Voz.


El funcionamiento es el mismo que el del anterior, pero al publicar, ya veis, se queda todo más claro. También se pueden poner fotos y vídeos.


Pues nada. Usarlo, que es de todos y para todos, compararlo y si encontrais algo mejor, cambiarlo.


Toñi

lunes, 9 de junio de 2008

"MORRIÑA", Mª Teresa Sandoval Parrado

Ahí va mi fantasía galleguiña:


Morriña es una palabra que sólo puede entenderse si va unida a paisajes verdes y azules, a acantilados donde comienza o se acaba el mundo. Morriña es el maullido de un gato triste que le canta penas de amor a la luna; una palabra densa y dulce como una cucharada de miel entre los labios. Morriña, mirando la lluvia desde la ventana del piso de Madrid. Cierro los ojos y dejo que una ráfaga de gotas furiosas moje mi cara y mi pelo. Auténtica morriña en una noche de invierno que oprime el corazón con dedos blandos. Es imposible confundir el olor de la ciudad con el olor de la costa, pero la lluvia sirve de placebo, y por un instante pienso que estoy allí, y no aquí, que la ciudad que intenta borrar la tormenta es tan irreal como la playa, que ahora, en el nimbo de los recuerdos, es posible cualquier cosa.

Ya conocía aquel lugar mucho antes de ir allí por primera vez. Era el sitio con el que soñaba despierta cuando necesitaba huir de la realidad. Un balcón de piedra solitario frente a un océano infinito salpicado de pequeñas islas, y todo azul, tan azul que anulaba el resto de los colores. El rumor de las olas, el viento y los gritos de las gaviotas que bajaban hasta el mar acababan por silenciar al resto de mundo.

El curso que me había llevado hasta Galicia daba a su fin, y yo había ido allí cada tarde de aquel mes de septiembre, a ocupar el mismo sitio, siempre llevando encima una libreta que apenas había usado porque era una lástima apartar la vista del paisaje siquiera para describirlo en papel; aún así lo había intentado. Él apareció en el paisaje en esas últimas tardes en las que yo intentaba con todas mis fuerzas grabar una imagen en mi memoria que durara para siempre. Cuando yo llegaba él ya estaba allí, instalado sobre alguna de las rocas de la playa de abajo, mirando el océano, y casi siempre seguía allí cuando me marchaba. Desde donde yo me encontraba no podía distinguirle la cara, pero era un hombre joven, alto, de espaldas anchas y cuerpo flexible; me llamaba la atención su pelo, del color dulce de los castaños, y aunque me moría de ganas de verle de cerca nunca me atreví a bajar hasta la playa.

Una noche, cuando ya finalizaba el curso, nos reunimos unos cuantos compañeros del mismo y salimos a cenar y a degustar el vino de la tierra. Cenamos en una elegante marisquería junto al mar. El segundo local que visitamos fue una tasca de sabor añejo en el casco antiguo donde servían el ribeiro en pequeños tazones de loza blanca. Creo que iba por la segunda o tercera “cuncas”, que así se llamaban, cuando tuve el presentimiento de otros ojos sobre mí. Giré y entonces le vi y le reconocí inmediatamente, a pesar de que nunca antes había visto su cara. Nos miramos durante unos instantes con una intensidad propia de los sueños, hasta que sonrió y yo acabé devolviéndole la sonrisa. Ambos deshicimos a la vez la distancia que nos separaba con pasos cortos. Cuando nos detuvimos uno al lado del otro seguíamos observándonos con detenimiento, como se observa la fotografía de un paisaje. Era más alto que yo, más fuerte de lo que me había parecido en la distancia. Tenía los ojos azules, casi grises, del color del mar en invierno, y el flequillo castaño, suave, le caía sobre la cara. Me gustó mucho, muchísimo, desde antes incluso de que abriera los labios y dejara escapar la primera frase, tan ingenua y tan experta a la vez. “Tú eres la escritora de la playa…Anoche soñé contigo”. No le dije que era un fraude, que no había escrito nada, que mis esfuerzos por escribir habían sido tan inútiles como inútil era intentar decir algo inteligente en esos momentos en los que el corazón había comenzado a latir de forma alborotada. Pero ni siquiera eso fue necesario. Tuve la impresión de que ya nos habíamos conocido antes, igual que aquel lugar de la playa donde me sentaba cada tarde. Por eso no me extrañó en absoluto que me propusiese salir de allí y que yo aceptara, sin haberme parado a imaginar lo que pensaría el grupo que me acompañaba después de las vagas explicaciones que les di antes de desaparecer con él.

Caminamos. Era agradable pasear por la playa, bajo la luna, viendo el mar regado de las lucecitas minúsculas de los barcos, como si fuera un espejo donde se reflejaba el cielo. Escuchaba su voz con la cadencia melosa del acento gallego, mientras me contaba que era marinero, que formaba parte de la tripulación de un petrolero portugués que zarpaba de nuevo en unos días rumbo al mar Negro. Me dijo que se llamaba Manuel. Me dijo tantas cosas y en realidad tan pocas. Éramos dos desconocidos que se han buscado siempre y se encuentran en un fugaz cruce de caminos. Y ambos éramos conscientes de ello. Esa noche el futuro había dejado de esperarnos. Por eso, cuando me acompañó hasta la puerta del hotel supe también que al formular la pregunta, tan ingenua y tan experta a la vez: “Y por cierto, ¿… qué soñaste?” me contestaría con un beso largo, hondo, porque yo también lo había soñado. Subimos a la habitación, cogidos de la mano, sin disimular la prisa que afloraba intacta desde algún tiempo lejano. Apenas hubimos traspasado el umbral de la habitación comenzamos a desnudarnos, torpemente y sin protocolos. Olía a tabaco, a mar, una mezcla de olores salvajes que excitaban aún más mi deseo. Tenía las manos ásperas y grandes, y la piel curtida por muchos soles. No sé cómo llegamos hasta la cama. Lo que sí recuerdo es que la primera vez nos amamos de una forma urgente y salvaje; recuerdo el peso de su cuerpo, la avidez de sus ojos, el roce de su barba, el contraste que me producía su aspecto de guerrero épico con la sonoridad azucarada y sedante de sus palabras, que no podía entender pero que quería que siguiera repitiendo una y otra vez. Recuerdo la facilidad con la que se desarrollaba todo, como si cada uno de nosotros conociera ya desde mucho antes los secretos del otro cuerpo. Recuerdo que fue entonces cuando vi su espalda reflejada en el espejo del armario y por primera vez reparé en que llevaba tatuadas en ella dos alas grandes, las alas de un arcángel soberbio. Perdí la noción del tiempo hasta que a través de la ventana abierta vimos amanecer un día nublado, un día de lluvia que preludiaba el otoño, mientras la morriña, como un gato travieso comenzaba ya a arañar las horas.

Dos días después tomé el tren que me llevaba de vuelta a Madrid. Lo último que recuerdo es su imagen en el andén de la estación, las manos en los bolsillos, la sonrisa triste de las despedidas. La realidad nos arrastraba de nuevo, a mí tierra adentro, a él unos días más tarde al otro lado del océano, y en ese momento, cuando el tren se alejaba firme, implacable, es cuando alcancé a comprender el significado de la palabra morriña, ese animal que había comenzado a crecer de pronto, desmesuradamente, extendiendo a su alrededor unos tentáculos tan largos como los raíles del tren, como las estelas que los barcos van dejando sobre el mar.



≈ FIN ≈

EL IRLANDÉS (Diana)

―¿Le pongo otra copa?, invita la casa.
Levanto la vista y miro sin ver.
―Esta vez sin alcohol, creo que por esta noche ha bebido usted demasiado ―dice con un acento que no logro identificar.
Pienso en decirle que quién coño se cree que es para opinar si he bebido o no demasiado, pero no tengo fuerzas más que para encender otro cigarrillo y seguir fumando.
Sin duda he bebido más de la cuenta, pero me da igual, no tengo que conducir, sólo recoger mis zapatos del suelo, bajarme del taburete, si soy capaz de no caerme, entrar en el ascensor y subir a mi habitación de la cuarta planta. Pienso en todo eso mientras me bebo el café helado que don habebidousteddemasiado acaba de servirme. Me digo que me vendría bien una ducha caliente, media docena de aspirinas y un somnífero. Me lo digo mientras continúo acodada en la barra del bar del hotel de cinco estrellas en el que me alojo.
Lo bueno de beber sin límites es que no te sientes ridícula por dejar que las lágrimas te estropeen el bonito maquillaje con el que te habías presentado a la entrevista de la mañana. Puedes recordar cómo rechazaron sin más explicaciones el proyecto en el que habías trabajado durante todo un año y puedes limpiarte los mocos con el pañuelo que te ofrece el camarero sin avergonzarte.
En realidad lo que quiero es seguir bebiendo para sentirme aún más desdichada si cabe.
―¿Un mal día? ―pregunta el hombre mientras recoge el cenicero rebosante de colillas.
Quiero contestarle que se meta en sus asuntos pero unos hipidos me ahogan la garganta y sólo puedo seguir llorando compadeciéndome de mi fracaso.
Miro al camarero a través de mis lágrimas. Lo veo secándose las manos con una servilleta, quitarse el delantal y, rodeando el mostrador, situarse frente a mí.
Quiero preguntarle que qué diablos cree que está haciendo pero, en cambio, dejo que me ayude a bajar del taburete sin perder el equilibrio, dejo que recoja mis zapatos y que, tomándome de la cintura, me conduzca hasta uno de los enormes sillones de piel color crema del salón principal, donde unos pocos huéspedes hablan en voz baja. Quiero decirle que me deje en paz con mi humillación pero en lugar de eso le cuento mi vida, sin omitir el divorcio, la muerte de mi padre y el último fracaso sentimental del que aún no me he recuperado, sin omitir tampoco el desastre de esta mañana.
Pienso en decirle que, al fin y al cabo, a él qué pueden importarle mis desdichas, pero en cambio dejo que acerque su butaca a la mía, me tome con delicadeza los pies descalzos y doloridos y con mano experta acaricie mis dedos, empezando por el pequeño, uno a uno, deteniéndose luego en la base del arco que, para mi sorpresa, no me produce cosquillas sino una suave sensación relajante. Intento decirle que creo que se está tomando demasiadas confianzas para ser dos extraños que acaban de conocerse, pero no lo hago, cierro los ojos, y me entrego al gusto de sentir unas manos desconocidas, fuertes pero suaves, en contacto con mi piel. Me quedaría así toda la vida, sin pensar en nada, sintiendo solamente sus dedos que suben por mis tobillos. Creo que debo parar antes de que ocurra algo de lo que pueda arrepentirme. Sin embargo abro los ojos, extiendo mi mano derecha y digo con voz pastosa:
―Me llamo Silvia.
―Y yo Liam, encantado ―dice.
Pienso que es un nombre ridículo, no sé si lo pienso o lo digo en voz alta, en cualquier caso él responde:
―Es Guillermo en irlandés.
Quiero decirle que me la trae fresca su nacionalidad, pero no digo nada, sólo miro sus ojos azules, sus hombros musculosos dibujándose a través de su camiseta blanca.
―Quizás debería usted acostarse, ha tenido un día duro. Puedo acompañarla hasta su habitación si quiere.
Abro la boca para decirle que me deje en paz pero vuelvo a cerrarla y dejo que me ayude a levantarme, me apoyo en su brazo y me dejo conducir hasta el ascensor. Una vez dentro me miro en el espejo y veo una imagen desconocida con los ojos hinchados y la nariz enrojecida, afortunadamente el rimmel, a prueba de agua, sigue en su sitio. Miro a don deberíaustedacostarse que me saca una cabeza y sostiene mi chaqueta y mi maletín en una mano.
Ante la puerta de mi habitación, me extiende el bolso y dice:
―Busque la llave por favor.
Quiero decirle que se meta su amabilidad por donde le quepa pero no lo hago y rebusco obediente hasta encontrar la tarjeta magnética que abre la puerta. Siento la cabeza un poco más despejada, el café cargado que me tomé ha hecho su efecto.
―¿Necesita que la ayude? ―pregunta empujando la puerta y franqueándome la entrada.
Quiero decirle que se vaya a la mierda, que todos los hombres son iguales por muy irlandés que sea, pero en cambio me escucho decir:
―Podría ayudarme a desvestirme, no sé si seré capaz… ―digo tirando de él hacia adentro y cerrando la puerta a sus espaldas.
Se queda de pié mirándome con una leve sonrisa.
―¿Está usted segura?
Me gustaría decirle que si es tan gilipollas que no ha entendido el mensaje, pero no lo hago, me acerco más a él y, sorprendida de la habilidad de mis manos, dadas las circunstancias, estiro su camiseta hacia arriba hasta que sale por su cabeza y deja al descubierto el pecho desnudo.
Palpo su entrepierna y compruebo que sí, que ha entendido el mensaje. Le ayudo a desabrocharse el cinturón, él continúa con el botón de sus vaqueros, cremallera, zapatos, calcetines, en tanto me desnudo en tres movimientos y me tumbo sobre la cama. Lo observo, es un buen espécimen irlandés o de donde coño sea.
Con un gesto decidido le ordeno:
―Empieza por los pies.
Quiero decirle que no pienso mover un solo dedo, que tendrá que hacerlo todo él solito pero compruebo que esta vez, también, ha entendido el mensaje porque su boca ya ha empezado a subir por mis muslos.

FIN

domingo, 8 de junio de 2008

Algo tarde y reducido, pero ahí va mi relato parisino

NOCHE DE LUJO (Cristina)

Aquella noche gané un dinero extra sin tener que trabajar, y cómo recompensa decidí aprovechar la reserva que Monsieur Dubois, había hecho para ambos en un pequeño, pero lujoso restaurante de la Avenue Marceau, uno de los más selectos de la ciudad. Nuestra cita se había malogrado por un asunto de extrema gravedad, dijo con la voz alterada desde el otro lado del hilo telefónico. Me comunicó así mismo que había reservado para cenar.
-Es una lástima que tengamos que cancelar nuestra noche. De verás que lo siento. Te recompensaré la próxima vez que venga a París.
Me vestí para la ocasión con un traje de noche de color rojo, cuyo escote de vértigo discurría por toda mi espalda, y un pequeño chal de seda que coloqué sobre los hombros. Ilusionada llamé a un taxi. Me apetecía dedicarme aquella noche.
Llegué puntual, mencioné el nombre del Sr. Dubois al maitre, y esté me acompañó en un abrir y cerrar de ojos, hasta una mesa situada estratégicamente en un rincón, justo frente a una cristalera desde dónde se podía admirar el puente del alma.
Pedí un chardonnay y mientras lo paladeaba, me entretuve observando a la clientela. El local de decoración exquisita, era el punto de encuentro para parejas bastante dispares, como pude comprobar. Todos los comensales exhibían trajes de corte elegante, y las damas modelos de alta costura. Mi humor se tornó melancólico, en parte por la soledad que sentía, y en gran medida por el vino. Reconozco que cuando me sirvieron el primer plato estaba algo achispada.
No había comenzado a comer, cuando se acercó un caballero hasta mi mesa, y sin presentarse, me espetó:
-Perdón Madame, la he estado observando, y me ha parecido que no espera usted a nadie ¿me equivoco?
-En efecto. He venido sola –contesté admirando con disimulo la anatomía de aquel magnífico ejemplar.
-Carezco de reserva y el local está completo. ¿Le importaría compartir mesa conmigo?
-En absoluto –contesté sin perder de vista su trasero provocador.
Se llamaba Antoine, y tenía los ojos más chispeantes que he visto jamás. Alto, distinguido, y con los cabellos algo desordenados, al estilo de Vigo Mortensen, me pareció un tipo de lo más apetecible.
Vestía una americana que le quedaba como un guante. Tenía clase, y una elegancia innata. Su voz cálida me envolvió en una telaraña sosegada, a lo que también contribuyó la media botella de chardonnay que llevaba encima.
La velada fue agradable y divertida, y no dejó de halagarme en toda la noche. Me habló de su trabajo, era pintor, y aunque yo no había oído hablar de él, gozaba de cierta reputación en parte de Europa. Precisamente en aquellas fechas, su obra podía admirarse en una importante galería de París.
Pagó la cuenta, una puñalada en el mismo centro de la cartera, y después me propuso acompañarle hasta su apartamento. Vivía en una de las zonas más caras de la ciudad, en un antiguo edificio de estilo parisino de finales del siglo XIX, reformado, y dotado de un hall que me dejó boquiabierta. He estado en hoteles lujosos, y en algunas viviendas de los barrios ricos, pero aquello era otro mundo.
El hall no fue nada para lo que encontré en su casa. Era un lugar diáfano, con muebles estilo Luís XIV, y un refinado papel pintado que recreaba una atmósfera palaciega. El dormitorio estaba presidido por una gran cama con dosel, y el baño de mármol travertino, era del tamaño de mi propio apartamento. Todo lujo y excentricidad.
Sus óleos colgaban de las paredes, exhibiendo su maestría con el pincel. Captaban el realismo de forma casi brutal.
-Es solo una pequeña muestra –dijo situándose a mi lado para admirar juntos el cuadro de una mujer sentada en un taburete, desnuda, con la mirada ausente.
-Me encanta. Tienes mucho talento –Comenté apurando una copa de Domperiñon, de un solo trago.
-No tan aprisa. Hay que saborearlo, dejar que impregne el paladar y el olfato.
-Sí, lo sé, lo sé.- Dije algo azorada. Yo que me consideraba una mujer experta en las altas esferas, estaba descubriendo que había mucho que aprender todavía.
Puso música. Puccini invadió el aire, y se acercó con una sonrisa tentadora. No recordaba la última vez que me había permitido actuar con total libertad, y disfrutar a mis anchas con alguien. Sentí cierto temblor, la bebida hacía estragos.
Bailamos unos compases, y entonces me besó. Un mecanismo automático se disparó dentro de mí, y comencé a desnudarme. Lo hice muy despacio, dejando que el vestido se deslizara por mi cuerpo. Después, en ropa interior, me acerqué a él, le empujé con suavidad, y le llevé hasta el dormitorio. Le indiqué sin palabras que se sentara en un pequeño diván de terciopelo, y me paseé por la habitación en actitud seductora. Me quité las medias con deliberada calma, apoyando mi pie sobre su rodilla. Le acaricié el rostro con una de ellas, antes de dejarla caer. Luego me deshice del sujetador, y acerqué mis pechos a su boca. Más tarde abandoné mi tanga de encaje, que cayó abrazando mis piernas hasta tocar el suelo.
Me situé de espaldas, y me agaché para dejar ver mi grupa expectante. Coloqué sus manos sobre mis nalgas, que oprimió con fuerza, mientras yo me acariciaba la vulva.
Se impacientaba, pero mis travesuras le complacían. Yo quería postergar aún más el momento. Provocarle sin que me tocara apenas, a una distancia prudencial. Un juego visual y maquiavélico que por mi experiencia, resultaba siempre infalible.
Metí mi lengua en su boca y la exploré despacio. Sus manos se ciñeron entonces a mi cintura. Me giro de improviso, y lamió y mordisqueó mis hombros. Mi sexo ardía de motu propio. No sucedía a menudo, es más, habían pasado varios meses sin que me excitara tanto. Le quité los pantalones y le pellizque el trasero, duro como una piedra.
Al fin me cogió por detrás. Cuerpo contra cuerpo, el sudor resbalando por la piel. Me tumbó sobre la cama, y derramó champagne sobre mis pechos para beberlo a sorbos lentos. Y cuanto todo estallaba, me sentó sobre él a horcajadas, y me penetró. Mis caderas se movían deprisa, ávidas de llegar a la cumbre.
-No –me susurró – Despacio, para, para. Quédate quieta. No debes moverte.
-No puedo… –dije casi sin voz
-Sí, quieta. Déjame hacer a mí.
A duras penas pude refrenar el deseo. Antoine comenzó a moverse muy lentamente, a entrar y salir despacio, en oleadas rítmicas y medidas, con un dominio de sí mismo que me sorprendió. Alcanzamos el climax al unísono, y apenas podía creerlo. Demasiado tiempo fingiendo orgasmos que casi nunca llegaban. Mi cuerpo se tensó de nuevo como la cuerda de un violín, preciso, anhelante. Quería más, mucho más. Y en efecto lo hubo. Una noche memorable de sexo y lujuria. Aún humedezco la ropa interior al recordarla.
Pero todo tiene un final, también aquella madrugada de placeres y buena compañía.
Insistió en que le diera mi número, quería volver a verme, pero yo sabía que no era posible. Sin duda me rechazaría cuando supiera a qué me dedicaba. O puede que no, pero entonces, solo me tomaría como a una puta, y ya nunca sería lo mismo…

viernes, 6 de junio de 2008

El ascensor (historias de amor)

Como todos los jueves, durante los últimos dos años, se acerca con cierto nerviosismo a la cocina. Recoger la basura, para bajarla al contenedor que hay próximo al portal de su vivienda, no deja de ser una actividad rutinaria y ya mecanizada, pero al tratarse del jueves un ligero hormigueo le sube por sus muslos y cree que su pulso se acelera. Ata la cuerda de la bolsa y espera que la radio emita los pitidos de la señal horaria de las once de la noche, mientras sus pies comienzan a sudar y piensa si no hubiera sido mejor cambiarse las zapatillas de paño por unas sandalias más veraniegas. Pero son las once en punto y ya no hay tiempo. Sale de su piso, llama al ascensor y aguarda en silencio para averiguar si no hay ningún ruido que altere la normalidad. Cuando llega entra rápidamente, con un movimiento furtivo, pese a que a esas horas es raro que alguien lo vea. Sus vecinos acostumbran a sacar la basura con bastante antelación, y sentados frente a sus televisores son incapaces de vivir algo que exceda el ámbito de las pantallas. Espera en el interior del recinto metálico, sin atreverse a ver su mirada en el espejo situado en la pared del fondo, sabiendo que alguien llamará pronto para bajar también a la calle.
No puede evitar el sobresalto en el momento en que el ascensor se pone en marcha, ascendiendo hasta el último piso. Después de tantos días ya sabe lo que le espera, aunque siempre existen ciertos detalles que pueden variar el guión previsto. Por experiencia sabe que lo mejor es no predeterminar ningún plan, pues en estos asuntos se ha dejado llevar por ella. Cuando el ascensor vuelve a detenerse comprueba rápidamente, sobre los pliegues de un albornoz algo gastado, que su pasión ha crecido al mismo ritmo que el ascenso hasta el ático. Entonces se abre el mecanismo de la puerta y comienza a aparecer el rostro maquillado de su vecina, que parece esbozar una media sonrisa con la comisura derecha de sus labios. Aunque su mirada atrapa sus ojos, ve que ese día ha elegido el vestido negro de viscosa, con su amplio escote imperio que presenta un generoso fragmento de sus pechos, mientras la falda sólo llega hasta la parte alta de sus rodillas. Ya lo ha visto otras veces, pero eso no impide que vuelva a disfrutar con el comienzo de sus muslos tostados, y la ventaja de estas repeticiones cotidianas consiste en que también puede prever algo de lo que oculta. Con ese vestido ella nunca se ha puesto bragas.
Tras su entrada la puerta vuelva a cerrarse, y antes de presionar ningún botón, su vecina se acerca hasta el espejo del fondo, le da la espalda y con una sola mano sube el final de la falda hasta la altura de los riñones. Él no necesita mucho más, sabe que ahora sólo es un animal que se deja llevar por las urgencias. Aparta su albornoz y acerca su piel a la suya sabiendo que, con la mano libre que le queda, ella hará el resto de la faena. Y al notar que el calor que ocultaba su vestido le abraza desde el centro de su carne, comienza a golpear contra ese culo que sus manos sujetan como anclas. Acerca su rostro al suyo y los dos se apoyan en la luna, para que el cristal les devuelva las miradas que se buscan, como las gotas de lluvia cuando resbalan, mientras el vapor del aliento los desfigura y borra.
Cuando él se separa, exhausto y relajado, ella se vuelve lentamente, de nuevo su sonrisa maliciosa, y oprime el pulsador del bajo. Con tres movimientos tenues de caderas la falda recupera su diseño, y él percibe en su imagen reflejada el caos en su pelo, el albornoz entreabierto y, a sus pies, esa bolsa de basura que siempre le acompaña. El camino de regreso es largo, eterno sin palabras, pero él lanza su mirada al fondo de sus ojos, queriendo preguntar sin atreverse a hacerlo, temiendo que se rompa el silencio y esperando, resignado, otra nueva semana. Abre las puertas y cede el paso para que pase la sombra de sus sueños. Aspira el aroma de la piel humedecida, mezclada con la sal de los deseos, hasta que el aire de la calle le devuelve el alma.
La ve girar hacia la izquierda, firme en el paso, cómo se aleja al compás de sus tacones. El aire juega con su falda negra y ella se ahueca el pelo con la mano. Sabe que jamás volverá el rostro, pero quiere imaginarse su mirada, y queda mudo y quieto, con forma de estatua de sal, seguro de que vendrá la culpa en el momento en que la pasión se escapa. Ahora tiene que tirar la basura como el que se quita un lastre o un pasado turbio. Y volver sobre sus pasos, como todos los jueves, durante los últimos dos años.

José María Aguilar Idáñez

jueves, 5 de junio de 2008

ENTREVISTA EN PUNTO RADIO

Esta tarde, como ya sabéis, una pequeña representación del grupo (Toñi, Nieves y yo misma), hemos acudido a la emisora Punto Radio donde nos han hecho una entrevista para explicar en grandes líneas quiénes somos y qué hacemos. Gracias a la atención y profesionalidad de Carmen, la locutora, la entrevista ha sido todo un éxito. Mañana viernes a eso de las 13:30 podréis escucharla en Punto Radio (96.0) Esperamos que os sintáis bien representados.

Teresa

"O Paraíso", Madredeus Ballet

O Paraiso: próximo ejercicio para la reunión del 18 de junio



Para la próxima reunión, última de la temporada 2007/2008, os propongo el siguiente ejercicio: se trata de dejarse llevar por la música de la canción "O Paraíso", de Madredeus, y escribir una historia que te sugiera el tono de la canción. Dejar que el sentimiento fluya y tratar que la música, y no el mensaje o la letra de la canción en portugués, y el tono sean los que guíen el ejercicio.

Así que nada de ponerse en el momento más estresante del día ... al contrario, hay que descalzarse, desabrocharse el cinturón, abrir la ventana a la noche de junio, aspirar el aroma de las florecillas silvestres (o los cardos borriqueros, depende de donde viva cada uno y lo que le llegue por la ventana), darle al clic del mp3 y dejar que los dedos escriban solos.

¿Os atreveis?

Pues os he mandado por correo la canción. Está en Youtube pero no tengo ni idea de cómo colgarla (después de varios intentos fallidos me rindo) pero creo que Nieves podía hacerlo. Anda, Nieves, ponla tú, ¿vale?

Pues ¡hala! A escribir, que nos queda poco.

Toñi

martes, 3 de junio de 2008

Desde Londres




Hola wapas/os, para daros envidia ahí van unas instantáneas de London City, para ir abriendo boca. Lo demás ya os lo contaré en persona. Solo adelantaos que es una ciudad muy cosmopolita, aunque llueve casi todos los días... Jose, esto va por tí, pues no sé como vas a sujetar el paraguas y el bastón, al tiempo que haces fotografías, me temo que tendras que hacer el casting..., ya me entiendes.......


Un beso. Cristina