lunes, 9 de junio de 2008

EL IRLANDÉS (Diana)

―¿Le pongo otra copa?, invita la casa.
Levanto la vista y miro sin ver.
―Esta vez sin alcohol, creo que por esta noche ha bebido usted demasiado ―dice con un acento que no logro identificar.
Pienso en decirle que quién coño se cree que es para opinar si he bebido o no demasiado, pero no tengo fuerzas más que para encender otro cigarrillo y seguir fumando.
Sin duda he bebido más de la cuenta, pero me da igual, no tengo que conducir, sólo recoger mis zapatos del suelo, bajarme del taburete, si soy capaz de no caerme, entrar en el ascensor y subir a mi habitación de la cuarta planta. Pienso en todo eso mientras me bebo el café helado que don habebidousteddemasiado acaba de servirme. Me digo que me vendría bien una ducha caliente, media docena de aspirinas y un somnífero. Me lo digo mientras continúo acodada en la barra del bar del hotel de cinco estrellas en el que me alojo.
Lo bueno de beber sin límites es que no te sientes ridícula por dejar que las lágrimas te estropeen el bonito maquillaje con el que te habías presentado a la entrevista de la mañana. Puedes recordar cómo rechazaron sin más explicaciones el proyecto en el que habías trabajado durante todo un año y puedes limpiarte los mocos con el pañuelo que te ofrece el camarero sin avergonzarte.
En realidad lo que quiero es seguir bebiendo para sentirme aún más desdichada si cabe.
―¿Un mal día? ―pregunta el hombre mientras recoge el cenicero rebosante de colillas.
Quiero contestarle que se meta en sus asuntos pero unos hipidos me ahogan la garganta y sólo puedo seguir llorando compadeciéndome de mi fracaso.
Miro al camarero a través de mis lágrimas. Lo veo secándose las manos con una servilleta, quitarse el delantal y, rodeando el mostrador, situarse frente a mí.
Quiero preguntarle que qué diablos cree que está haciendo pero, en cambio, dejo que me ayude a bajar del taburete sin perder el equilibrio, dejo que recoja mis zapatos y que, tomándome de la cintura, me conduzca hasta uno de los enormes sillones de piel color crema del salón principal, donde unos pocos huéspedes hablan en voz baja. Quiero decirle que me deje en paz con mi humillación pero en lugar de eso le cuento mi vida, sin omitir el divorcio, la muerte de mi padre y el último fracaso sentimental del que aún no me he recuperado, sin omitir tampoco el desastre de esta mañana.
Pienso en decirle que, al fin y al cabo, a él qué pueden importarle mis desdichas, pero en cambio dejo que acerque su butaca a la mía, me tome con delicadeza los pies descalzos y doloridos y con mano experta acaricie mis dedos, empezando por el pequeño, uno a uno, deteniéndose luego en la base del arco que, para mi sorpresa, no me produce cosquillas sino una suave sensación relajante. Intento decirle que creo que se está tomando demasiadas confianzas para ser dos extraños que acaban de conocerse, pero no lo hago, cierro los ojos, y me entrego al gusto de sentir unas manos desconocidas, fuertes pero suaves, en contacto con mi piel. Me quedaría así toda la vida, sin pensar en nada, sintiendo solamente sus dedos que suben por mis tobillos. Creo que debo parar antes de que ocurra algo de lo que pueda arrepentirme. Sin embargo abro los ojos, extiendo mi mano derecha y digo con voz pastosa:
―Me llamo Silvia.
―Y yo Liam, encantado ―dice.
Pienso que es un nombre ridículo, no sé si lo pienso o lo digo en voz alta, en cualquier caso él responde:
―Es Guillermo en irlandés.
Quiero decirle que me la trae fresca su nacionalidad, pero no digo nada, sólo miro sus ojos azules, sus hombros musculosos dibujándose a través de su camiseta blanca.
―Quizás debería usted acostarse, ha tenido un día duro. Puedo acompañarla hasta su habitación si quiere.
Abro la boca para decirle que me deje en paz pero vuelvo a cerrarla y dejo que me ayude a levantarme, me apoyo en su brazo y me dejo conducir hasta el ascensor. Una vez dentro me miro en el espejo y veo una imagen desconocida con los ojos hinchados y la nariz enrojecida, afortunadamente el rimmel, a prueba de agua, sigue en su sitio. Miro a don deberíaustedacostarse que me saca una cabeza y sostiene mi chaqueta y mi maletín en una mano.
Ante la puerta de mi habitación, me extiende el bolso y dice:
―Busque la llave por favor.
Quiero decirle que se meta su amabilidad por donde le quepa pero no lo hago y rebusco obediente hasta encontrar la tarjeta magnética que abre la puerta. Siento la cabeza un poco más despejada, el café cargado que me tomé ha hecho su efecto.
―¿Necesita que la ayude? ―pregunta empujando la puerta y franqueándome la entrada.
Quiero decirle que se vaya a la mierda, que todos los hombres son iguales por muy irlandés que sea, pero en cambio me escucho decir:
―Podría ayudarme a desvestirme, no sé si seré capaz… ―digo tirando de él hacia adentro y cerrando la puerta a sus espaldas.
Se queda de pié mirándome con una leve sonrisa.
―¿Está usted segura?
Me gustaría decirle que si es tan gilipollas que no ha entendido el mensaje, pero no lo hago, me acerco más a él y, sorprendida de la habilidad de mis manos, dadas las circunstancias, estiro su camiseta hacia arriba hasta que sale por su cabeza y deja al descubierto el pecho desnudo.
Palpo su entrepierna y compruebo que sí, que ha entendido el mensaje. Le ayudo a desabrocharse el cinturón, él continúa con el botón de sus vaqueros, cremallera, zapatos, calcetines, en tanto me desnudo en tres movimientos y me tumbo sobre la cama. Lo observo, es un buen espécimen irlandés o de donde coño sea.
Con un gesto decidido le ordeno:
―Empieza por los pies.
Quiero decirle que no pienso mover un solo dedo, que tendrá que hacerlo todo él solito pero compruebo que esta vez, también, ha entendido el mensaje porque su boca ya ha empezado a subir por mis muslos.

FIN

5 comentarios :

Anónimo dijo...

Con lo fácil que resulta decir las cosas tal y como se piensan en lugar de pensar algo y decir lo contrario. La hipocresía domina el mundo, incluso en los relatos...

josé maría aguilar dijo...

Me gusta bastante por lo mismo que me gusta la buena novela negra: hay una historia, cosas que pasan, que tiene interés propio, pero además sirve de vehículo para algo más, lo que pasa por la mente de los personajes, que trasciende a la historia concreta y que, eso sí, forma parte de nuestra vida cotidiana.

Club de Escritura "La Biblioteca" dijo...

Me ha gustado mucho tu cuento, Diana. Especialmente el tono jocoso-canalla con el que está escrito. Pero no vale esconderse detrás del seudónimo: es trampa. :D

Toñi dijo...

Diana:

Me gusta mucho el juego de lo que hace el personaje y lo que siente.

Y el irlandés me parece la mejor compañía para los momentos de derrota. Y para los otros, más divertidos.

Estuvo muy bien el juego que entre todas propusimos. Y fue una cena muy agradable.

Un beso. Toñi

Anónimo dijo...

Me gusta el cuento, el tono y el irlandés. Un beso.
Alicia