lunes, 23 de junio de 2008

Las notas

Para Ares
Las notas van cayendo como gotas de un torrente de sonidos y silencios. Podrían parecer, en un principio, una cadencia desordenada y caótica que, como en un alumbramiento, va reordenándose de cierta manera, aparentemente azarosa, y hace que cobren su significado preciso unas junto a las otras.
A veces se precipitan como una cascada furiosa, amontonándose entre ellas, como una carrera de aguas que pugnan por adelantarse, por cubrirse y que, más allá de su valor singular, logran un conjunto armónico, un juego vibratorio sobre el que cabalga el cuerpo, acumulando una sensación vertiginosa que escapa a la razón, que pertenece a ese otro mundo misterioso y oculto de lo invisible.
A veces parece que corran solitarias, una tras otra, como pidiéndose permiso para no taparse, y que el sonido tenue permita la calma y el sosiego. Entonces cierro los ojos y las notas obran de forma milagrosa. No hay paisaje, ni de flores, ni de rios, ni de nubes de formas caprichosas. Lo que hay es un retorno en el tiempo, una vuelta a los ancestros más primitivos, al calor del primer fuego, al olor de la tierra mojada de las tormentas pasajeras, a la humedad misma del útero materno, que transita ahora por los ojos entreabiertos. Y oigo las notas antes de que las cuerdas vibren, antes incluso de que los mazos las golpeen, y y también antes de que los dedos bailen sobre las teclas, como jugando con el aire. Intentando que la música que habita en lo más hondo de su alma soñadora pueda viajar con el viento, como una manada de alas locas que susurran las palabras más simples, las más bellas, y acarician mi piel con un plumón tejido de sueños infantiles, que son los que transmiten el aire a los pulmones y aceleran la sangre hasta quemarme.
¿Cómo hacer que el tiempo detenido recobre el pulso sin matarme?
A veces, lo más pesado se alza sobre la tierra árida y polvorienta, sobre matorrales y espinos quebrados por el sol y la sed de siglos secos. Y pende de un fino hilo trenzado de abrazos y de risas, y de dolor y tristezas que alimentan y crecen como espigas.
Al final el silencio y la sonrisa, y una certeza infinita que anida en las vísceras más hondas, como esponjas empapadas en sangre caliente que, poco a poco, se derrama en una sensación de sueño. La vida se escapa y ahora sé que puedo morir tranquilo.

5 comentarios :

Anónimo dijo...

Sin duda, un ejercicio de estilo.
Pero... ¿te gustó la canción?

Arístides

Teresa dijo...

Tu texto me parece pura poesía. Es fácil recordar que todo eso que describes alguna vez nos lo produjo la música en propias carnes. Muy hermoso.

Anónimo dijo...

¡Qué belleza!
Diana

josé maría aguilar dijo...

Pues la canción me gusta, pero tiene una tonalidad melancólica y una monotonía armónica que me recuerda a los mantras tibetanos. Eso, tal vez, fue lo que me produjo un cierto estado de introspección que me llevó directamente a otras experiencias musicales (por eso la foto y la dedicatoria), que son las que están detrás del texto.

Toñi dijo...

Sin duda es un texto muy personal, lleno de imágenes bellas. Me da la impresión de caleidoscopio, un dejarse llevar a través de la música y el lenguaje.

Un abrazo.Toñi