viernes, 6 de junio de 2008

El ascensor (historias de amor)

Como todos los jueves, durante los últimos dos años, se acerca con cierto nerviosismo a la cocina. Recoger la basura, para bajarla al contenedor que hay próximo al portal de su vivienda, no deja de ser una actividad rutinaria y ya mecanizada, pero al tratarse del jueves un ligero hormigueo le sube por sus muslos y cree que su pulso se acelera. Ata la cuerda de la bolsa y espera que la radio emita los pitidos de la señal horaria de las once de la noche, mientras sus pies comienzan a sudar y piensa si no hubiera sido mejor cambiarse las zapatillas de paño por unas sandalias más veraniegas. Pero son las once en punto y ya no hay tiempo. Sale de su piso, llama al ascensor y aguarda en silencio para averiguar si no hay ningún ruido que altere la normalidad. Cuando llega entra rápidamente, con un movimiento furtivo, pese a que a esas horas es raro que alguien lo vea. Sus vecinos acostumbran a sacar la basura con bastante antelación, y sentados frente a sus televisores son incapaces de vivir algo que exceda el ámbito de las pantallas. Espera en el interior del recinto metálico, sin atreverse a ver su mirada en el espejo situado en la pared del fondo, sabiendo que alguien llamará pronto para bajar también a la calle.
No puede evitar el sobresalto en el momento en que el ascensor se pone en marcha, ascendiendo hasta el último piso. Después de tantos días ya sabe lo que le espera, aunque siempre existen ciertos detalles que pueden variar el guión previsto. Por experiencia sabe que lo mejor es no predeterminar ningún plan, pues en estos asuntos se ha dejado llevar por ella. Cuando el ascensor vuelve a detenerse comprueba rápidamente, sobre los pliegues de un albornoz algo gastado, que su pasión ha crecido al mismo ritmo que el ascenso hasta el ático. Entonces se abre el mecanismo de la puerta y comienza a aparecer el rostro maquillado de su vecina, que parece esbozar una media sonrisa con la comisura derecha de sus labios. Aunque su mirada atrapa sus ojos, ve que ese día ha elegido el vestido negro de viscosa, con su amplio escote imperio que presenta un generoso fragmento de sus pechos, mientras la falda sólo llega hasta la parte alta de sus rodillas. Ya lo ha visto otras veces, pero eso no impide que vuelva a disfrutar con el comienzo de sus muslos tostados, y la ventaja de estas repeticiones cotidianas consiste en que también puede prever algo de lo que oculta. Con ese vestido ella nunca se ha puesto bragas.
Tras su entrada la puerta vuelva a cerrarse, y antes de presionar ningún botón, su vecina se acerca hasta el espejo del fondo, le da la espalda y con una sola mano sube el final de la falda hasta la altura de los riñones. Él no necesita mucho más, sabe que ahora sólo es un animal que se deja llevar por las urgencias. Aparta su albornoz y acerca su piel a la suya sabiendo que, con la mano libre que le queda, ella hará el resto de la faena. Y al notar que el calor que ocultaba su vestido le abraza desde el centro de su carne, comienza a golpear contra ese culo que sus manos sujetan como anclas. Acerca su rostro al suyo y los dos se apoyan en la luna, para que el cristal les devuelva las miradas que se buscan, como las gotas de lluvia cuando resbalan, mientras el vapor del aliento los desfigura y borra.
Cuando él se separa, exhausto y relajado, ella se vuelve lentamente, de nuevo su sonrisa maliciosa, y oprime el pulsador del bajo. Con tres movimientos tenues de caderas la falda recupera su diseño, y él percibe en su imagen reflejada el caos en su pelo, el albornoz entreabierto y, a sus pies, esa bolsa de basura que siempre le acompaña. El camino de regreso es largo, eterno sin palabras, pero él lanza su mirada al fondo de sus ojos, queriendo preguntar sin atreverse a hacerlo, temiendo que se rompa el silencio y esperando, resignado, otra nueva semana. Abre las puertas y cede el paso para que pase la sombra de sus sueños. Aspira el aroma de la piel humedecida, mezclada con la sal de los deseos, hasta que el aire de la calle le devuelve el alma.
La ve girar hacia la izquierda, firme en el paso, cómo se aleja al compás de sus tacones. El aire juega con su falda negra y ella se ahueca el pelo con la mano. Sabe que jamás volverá el rostro, pero quiere imaginarse su mirada, y queda mudo y quieto, con forma de estatua de sal, seguro de que vendrá la culpa en el momento en que la pasión se escapa. Ahora tiene que tirar la basura como el que se quita un lastre o un pasado turbio. Y volver sobre sus pasos, como todos los jueves, durante los últimos dos años.

José María Aguilar Idáñez

6 comentarios :

Teresa dijo...

Hola Jose María. Muchas gracias por haber colgado tu cuento en el blog. Me gustó mucho cuando lo leíste el otro día, y me apetecía mucho volver a leerlo. Me parece muy erótico, y al mismo tiempo un poco triste. Más allá del erotismo del momento queda el sabor de la tensión emocional del hombre; su imagen sudada, descuidada, con su bolsa de basura, es una fotografía de la frustración y quizá también del miedo. Ella en cambio con cuatro pinceladas aparece como un personaje fuerte, el que lleva las riendas.
Bueno, no me enrollo más. Que me ha gustado mucho, vaya.

Anónimo dijo...

Me ha gustado mucho tu cuento, José María y estoy con Teresa respecto al buen tratamiento de los personajes. Aunque lo más excitante del relato es la vivencia, cada uno a su manera, de una situación prohibida. Lo prohibido siempre es interesante, y no me digáis que no ¿eh?.
Nieves.

Anónimo dijo...

Me transmitió un sabor agridulce, sobre todo el final: él con su albornoz gastado, las chanclas y la bolsa de basura esperando que ella se dé la vuelta y ella perdiéndose en sus taconeos. Muy logrado José María, muy visual. Me ha gustado mucho. Diana

Anónimo dijo...

Me gusta tu cuento.
A mí también me ocurre los jueves, eso del ascensor, solo que, en mi caso, no hay remordimientos posteriores.

Arístides.

Toñi dijo...

Es un buen cuento y está muy bien narrado, sobre todo porque tiene un buen ritmo. Me gusta. Me gustó cuando lo leíste.

En cuanto al tema, me parece muy pícara esa vecina que se beneficia de las salidas de su buen vecino para satisfacer las suyas propias. Seguro que luego se va de picos pardos toda contenta.Lo tiene claro y reduce al sexo a lo que es: sexo. Bien por ella.

Él ... en mi escalera lo tendría muy difícil, porque nos recogen la basura... Y además ¿quién va a ser esa vecina que se ponga para él un traje negro y además vaya sin bragas? ¡Por dios, por dios, por dios! Yo no he sido ¿eh?

Y es más, si yo fuera la esposa del sujeto, siempre sospecharía de un hombre que baja la basura sin tener que tirarle de las orejas.

Un abrazo con humor. Toñi

Anónimo dijo...

Tu cuento me ha gustado mucho, lo he vuelto a leer hoy y hasta me ha parecido mejor, que cuando lo leiste y me encantó. Muy erótico, con un poso de tristeza.
En mi escalera no podrían pasar esas cosas, no hay ascensor.
Eso es lo bueno de los ascensores...
Un saludo.
Alicia