lunes, 20 de abril de 2009

"La hija de los libros tristes", por Josefa González Cuesta (Pepi)

Cada vez que salvaba la calle que un día fue del Progreso, encogido el talle y el aliento por el peso de las viejas cacharras rebosantes de leche recién ordeñada, con las que surtía los almuerzos de los señoritos del centro. Antes o después, mejor después, no fuera en época de calina a cortárseme la mercancía, me arrimaba despacito, sin licencia por ser mujer a medio hacer y con aquellos relejes de miseria que aún se nos colgaban a muchos del pensamiento en semejantes años, al quiosco “El boulevard”, ya tenía localizado para ampararme detrás el más grueso de los chopos, justo al pie de uno de los bancos de forja, donde dejaba descansar las cantaras con un ojo encima por si acaso, el otro y todas mis ansias se esforzaban por alcanzar los titulares de la prensa que revoloteaba prendida en los cordeles, con alfileres de madera, alrededor del templete, hacedor de mis ensueños.
El dueño, con un guardapolvos tan roído como su gesto, se fijaba en mí como de refilón y me dejaba hacer en la distancia. Si acaso algún chusco de posibles, de los varios trajeados que por intelectuales se tenían cada vez que hacían tertulia mañanera, inspirados por el aire de las gacetillas, se sacaban alguna gracia vestida de impertinencia para obsequiarme con ella, consiguiendo que se me arrebolasen los ojos y emprendiera antes de tiempo el camino de regreso hasta la antigua vaquería, más allá del Camino del Molinico donde vivíamos el montón de hermanos, mis padres y las dos vacas supervivientes de la contienda, que nos ayudaban a espantar el hambre.
Mi madre que me tenía medida la hora salía a mi encuentro y me arrancaba la carga que a esas horas casi se apoderaba de mí. Acortábamos entonces los pasos para que ella pisase la luna con las palabras que mis ojos le traían escritas y que yo le desgranaba con fruición. Dichosa con su semblante reverdecido al escucharme, nadie hubiera creído al fijarse en sus dedos retorcidos de tanto escurrirle vida a las ubres de las reses, que por apego y empeño del republicano que la había sacado de pila, sabía leer y escribir y bastante más de las cuatro reglas con las que destetaban la ignorancia a los chiquillos en las escuelas que aún quedaban enteras. Solo es que la vida le había traicionado el sentir.
Así siempre medio a escondidas, mientras me enseñaba a repulgar o mullíamos los colchones de lana, calaba en mí sus recuerdos alimentados por paginas de libros que vivían bajo su piel, convencida de que solo con ellos llegaría más allá de lo que por hembra se me habría de permitir. Los hijos varones tenían de sobra con eso, con ser varones.
Aquella mañana, escuché como le decía a mi padre que me iba a acompañar en el reparto.
-Cosas de mujeres-le mintió-no se le vaya a agriar la leche con el trastorno.
No abrí la boca, a pesar de tener recién terminado mi mes, que mi madre era larga cuando las razones le eran propias. Caminamos con una cacharra cada una por la ruta diaria, pregonando el género que por una vez, me río por lo bajo ella, no habrían de caer en debilidad los señoritos si se calaban las sopas con vino en lugar de con leche. Fue al llegar al Mercado de abastos cuando desviamos los pasos por una cuesta a aquella hora preñada de tenderetes de hortelanos. El olor a fresco de las cajas no consiguió romper el ajetreo de interrogantes que se me amontonaban en la boca.
Subimos por un callejón escalonado de espolones, que se abría a un ensanche cuajado de barro y silencio donde la honestidad y la lujuria casi se abrazaban. En la esquina de más allá había una casa refugiada tras un enorme soportal, tiempo después me enteraría que era de las llamadas de “tolerancia”. No traspasamos el umbral. No hizo falta. En el chaflán anterior había una tienda apuntalada por adobes rebozados en cal que una vez fue blanca, con un escaparate diminuto donde se sorteaban el mejor puesto, unas cacerolas de porcelana, un par de cortes de sayas de domingo, hilos y hasta algún afeite para las descocadas vecinas. El viejo que nos abrió la puerta abrazó a mi madre con querencia contenida de años, me miró de arriba abajo, de dentro a fuera, suavizándose las arrugas que tenía cinceladas en el rostro con un viso de ternura que le cubrió al pronto. Se ve que las palabras no eran precisas, porque en silencio nos hizo entrar y con igual sigilo bajamos a una especie de sótano, dejando atrás la mercadería del bazar. La luz blanquecina del candil que prendió, se hizo de plata a mis ojos boquiabiertos. Todos los libros del mundo parecían dormir su magia en aquel lugar, de tal modo que a mí se me figuró aquello una quimera a punto de desmembrarse.
-Aquí están los libros que por intolerancia, desidia, desesperanza o que se yo- me dijo el valedor guardián de las palabras- nadie quiso leer. Son libros tristes a los que solo yo acaricio de vez en cuando. Ellos aguardan a que alguien como tú les infunda vida, les haga vibrar otra vez. Puedes venir siempre que quieras, con la condición de que no nos traiciones a tu madre, a mí o a ellos.
Creo que hasta que no repetí varias veces aquel camino, tanta era la inquietud y el recelo, no conseguí empaparme con la intima dicha de desgranar un libro. Mi madre aguzó su ingenio desperdiciado para construir mil historias que dieran crédito a mis ausencias, porque a mi padre, la época o la cortedad lo habían convencido que una hija, tan solo debe afanarse en guardar la honra y el ajuar, presta a parir y a obedecer llegado el instante. Cambiar de amo con cadenas semejantes.
Subí así en incontables ocasiones por la cuesta oscura sin que el olor a meretriz del barrio contiguo me consiguiera alcanzar, con pasos cada vez más firmes, y el alma repleta de historias con que alimentarme.
El padrino republicano me abrió las puertas del conocimiento, haciendo que la simiente de mi madre no cayera en baldío. Aprendí a desentrañar lo lícito y lo prohibido en aquel Edén clandestino, donde tan solo las leyes de las musas regían de cuando en cuando. Con la connivencia de mis dos mentores terminé de crecer, sentada entre las páginas que me enseñaron a ser algo más que una mujer de sueños castrados, respirando desde entonces con algo parecido a la libertad.

7 comentarios :

Anónimo dijo...

Tienes un lenguaje muy particular, me parece un buen cuento. Alicia.

Anónimo dijo...

Coincido con Alicia en el estilo tan personal que tienes de escribir, tan pulido, tan expresivo... y el relato es precioso.
Diana

Teresa dijo...

Me gustó mucho tu cuento y la forma en que lo leíste en clase. Me uno a lo que dice Alicia y Diana, tienes un estilo muy propio, con expresiones de la tierra que lo hacen muy entrañable.
Besos.

Anónimo dijo...

Desde luego no hay duda de que tienes un gran dominio del lenguaje. Lo moldeas a placer. Aunque he de confesar -y esto es una carencia por mi parte- que tal densidad de palabras me hace perder el hilo en algún momento.
Tu capacidad narrativa es increíble.
Creo que no tendrías problemas para escribir una novela; de hecho, es probable que ya la tengas.

Jose Arístides.

Toñi dijo...

Hola Pepi!!

De verdad es increíble tu dominio de las palabras. Todo el relato está lleno de sabor.

La idea de una biblioteca escondida me parece muy sugerente. Y el misterio que lo envuelve todo.

Un beso. Toñi

Anónimo dijo...

Es precioso y da mucho que pensan, eres la mejor un abrazo de Glori.

Anónimo dijo...

LEE Y MANDARAS, NO LEAS Y TE MANDARAN.
UN ABRAZO ENORME DE GLORI.