lunes, 20 de abril de 2009

LA FÁBRICA DE SUEÑOS de Ana Sofía de Gregorio


Era una casa vieja, no antigua ni con encanto, sólo desvencijada y vieja. Encima de la puerta colgaba un destartalado cartel castigado por la acción de los elementos sobre cuya madera, maltratadas por el tiempo pendían las letras “l” e “i” formando una extraña mueca que, como una sonrisa invertida, parecía burlarse de cualquier visitante que se atreviera a cruzarla. Sandra la miró tan sólo un instante y aún con el abrazo protector del sol que le acariciaba la espalda, y la mano apretada de su madre sobre la suya, al mirarla no pudo evitar que un suave temblor le recorriera todo el cuerpo. Su madre, en un gesto mecánico, interpretó el estremecimiento como una señal de frío y con mano experta le apretó la bufanda alrededor del cuello, tanto que al instante ella emitió la oportuna protesta que su madre, con la cabeza puesta en otras cosas, decidió ignorar.
Sandra desvió la mirada de la vieja casa mientras se veía arrastrada a la que estaba situada justo enfrente, su nueva casa y en ella su nueva vida, en un lugar desconocido con niños extraños. Se había negado con fuerza cuando sus padres los sentaron en el sofá del salón y cogiéndole las manos le habían explicado que si la crisis, el trabajo de papá, las deudas... obligados a dejar la casa... al pueblo con los abuelos. Pero ella lo único que comprendía era que ya no estarían sus amigos, que su habitación y su casa serían tan sólo un recuerdo y que la vida que conocía se disolvía a través de las lágrimas que como un río se desbordaban por sus mejillas. Parpadeó con fuerza incrédula cuando su padre le indicó el que a partir de ese momento ese sería su mundo, una reducida habitación con una cama y un pequeño ventanuco que apenas se distinguía del marrón de las paredes. - Esta es vuestra habitación – había dicho su padre con una falsa sonrisa - ¿Nuestra? Había contestado Sandra mirando a su hermano, que en ese momento se afanaba en ponerse el chupete. – Tienes que entenderlo hija, es sólo temporal. Sandra miró a su padre y la infinita tristeza que le devolvió su mirada la convenció de que no debía llorar más, se enjuagó las lágrimas y se sintió un poco más mayor.
De día la casa vieja era sólo eso, vieja, pero de noche se transformaba en un lugar oscuro y gris que atraía como un imán su curiosidad.
El azar había hecho que la ventana de la habitación que Sandra estaba obligada a compartir estuviera situada justo enfrente del desvencijado cartel, por ello la primera noche de su nueva vida se dedicó a realizar denodados esfuerzos por descubrir la palabra secreta que se escondía en el mismo. El problema era que sólo alcanzaba a observarlo si se ponía de puntillas mientras se agarraba con fuerza a la ventana de madera de la que emanaba un fuerte olor a humedad. No había ningún lugar al que subirse o trepar y el esfuerzo le arrancaba profundos suspiros y perladas gotas de sudor que furiosamente espantaba con la mano. Su hermano se removía a su lado en la cuna y ella sabía que por nada del mundo debía despertarlo, así que con silencio y determinación fue desgranando una a una las letras, una “l”, ahora una “i”, un hueco, una “b” …
La madrugada sorprendió a Sandra inquieta y exhausta, y casi sin querer un sueño intranquilo se instaló en su cuerpo y la venció sobre la cama, pero ni siquiera entonces fue capaz de dejar de pensar intentando componer en su mente la palabra que le rondaba en la cabeza pero que, como el humo, se escapaba de sus manos cada vez que creía haberla atrapado.
A la mañana siguiente un leve quejido de su hermano seguido de un gorgojeo la trajo de nuevo a la consciencia. Se sentía tremendamente agotada y cada movimiento le dolía en el alma, pero su mente estaba sorprendentemente clara
y despejada y una palabra infinitamente multiplicada resplandecía en ella como el tesoro que por fin había hallado,“libros”, por fin, pensó, es una librería.
Al bajar vio como su padre y su abuelo con semblante serio languidecían sobre una taza de café. Ninguno parecía darse cuenta de su presencia, así que cogió una tostada y anunció que se marchaba de la casa sin recibir ninguna respuesta perceptible.
La calle estaba brillante y clara y a falta de otra cosa más interesante que hacer decidió sentarse a observar como otras chicas jugaban con muñecas que habían visto tiempos mejores. En su interior esperaba que la invitaran a jugar pero sabía que las cosas no funcionaban así, debía ser ella la que se ganara su atención. Le costó unos minutos armarse del valor suficiente para dirigirse a la que parecía el líder del grupo, así que con paso decidido se encaminó hacia la pelirroja de las pecas que, a modo de respuesta, tan sólo le dirigió una profunda mirada de desprecio
- Sólo si te atreves a entrar en esa casa vieja podrá jugar con nosotras, dijo con una sonrisa malvada.
Se encaminó hacia la casa con miedo y llamó a la puerta pero nadie acudió a abrir, así que con precaución se introdujo en una estancia pequeña, rodeada de cientos de libros apretados que parecían luchar entre sí por el espacio. Estaba sola, y asustada pero no pasó mucho tiempo antes de que un hombre, el más viejo y arrugado que Sandra había visto nunca, se asomara a través de una pequeña puerta. Ella pensó que si no hubiera sido por la expresión de aquel hombre, ceñuda y con un rictus que se asemejaba a las letras del cartel de la vieja casa, podría tratarse del mismo “Papa Noel”. Nunca había visto un pelo tan largo, una barba tan blanca y unos ojos tan verdes como aquellos. - ¿Te pasa algo, niña? – dijo con una voz áspera y de infinito hastío. – No, nada, contestó. – Bueno, pues ya puedes ir volviéndote a tu casa, no me gusta mucho tener niños merodeando por aquí, los ojos infantiles ven cosas que no se deben ver....
Sandra corrió hacia su casa si mirar atrás, el dueño le asustaba aún más que la vieja casa, así que venciendo la resistencia de su miedo, cruzó los escasos metros que le separaban de su casa a la velocidad que sus piernas le permitían.
Su madre, con las manos sobre la cara le recibió con un angustioso abrazo mientras le cubría de besos - ¿Dónde has estado? Repetía constantemente sin esperar respuesta. Era una pregunta vacía cargada de lágrimas de desahogo, la oportunidad que esperaba para llorar.
La noche las sorprendió abrazadas, y una vez seco el torrente de la desilusión, cuando ya no les quedaba más que decir, se fueron a descansar.
Sandra dormía profundamente sobre la almohada cuando un suave resplandor inundó su habitación. Se despertó sobresaltada, intentando localizar el origen del mismo e inmediatamente lo hizo, el ventanuco brillaba como si la luz del sol acariciara su exterior. Sin embargo, aún era de noche. Se subió a una silla que por precaución había decidido introducir en su estancia y se asomó, desde esa altura podía observar sin problema el cartel y la puerta de entrada de la librería que era el lugar de donde salía la extraña luz. Dentro de la luminaria empezaron a deslizarse extrañas formas que Sandra creía identificar pero que al instante descartaba “no puede ser, pensaba, no puede ser”. Unos minutos después finalizó el desfile y ella, confundida, creyéndose víctima de una pesadilla, se volvió a dormir.
Cada noche durante una semana se repitió la misma escena con la misma duración pero con distintos personajes, La niña creyó adivinar entre esas formas una dama con pamela. Otro día incluso creyó ver … un lobo. “¿Un lobo? se decía, imposible”. Los días pasaban y la incertidumbre crecía en su interior hasta que una mañana venciendo su miedo decidió entrar a la vieja librería y preguntarle al anciano. Estaba vacía o al menos eso parecía, porque la oscuridad que rodeaba todo le impedía ver más allá de sus propias manos. Como si de la boca de una cueva se tratara el espacio parecía infinito y tenebroso, pero no se arredró y se internó en la estancia tratando de recordar el recorrido que días antes había hecho a la inversa.
Una pequeña luz al final del túnel le indicó por donde debía ir y lo hizo tratando de no levantar ni una mota de polvo con sus pasos. Una puerta entreabierta le separaba del anciano que en ese momento estaba encorvado sobre una mesa escribiendo algo sobre un pequeño cuaderno. La sensación de verse observado debió alertarle porque al instante levantó esos ojos infinitamente verdes que ella recordaba y la atravesó con la mirada, de tal forma que se sintió descubierta y avergonzada.- ¿No sabes llamar a la puerta, verdad? – dijo el anciano - ¿No te dije que no me gustaba ver niños por aquí?. Sandra se frotó las manos nerviosamente, tenía la misma sensación en la nuca que notaba cuando sus padres le iban a imponer un castigo, pero la curiosidad le picaba en la lengua, no podía salir de allí sin una respuesta, así que sin pensárselo dos veces afirmó – He visto a personas entrando aquí por la noche.
-¿Personas? Inquirió el anciano con sorna. – Bueno, no sé... dijo – lo parecían, también había animales... apuntó sin mucha convicción.
- Umm, masculló entre dientes el anciano – Ya sabía yo que me ibas a traer problemas, ¡Olvídate de lo que has visto niña, son sólo sueños! ¿Me oyes? ¡Lárgate de aquí! Y si quieres saber dedícate a leer libros en vez de andar vagueando y molestando a las personas mayores.
Sandra se marchó con un tremendo desconcierto y una profunda rabia, odiaba todo, aquel pueblo, a esas niñas que no querían jugar con ella y sobre todo la vieja librería y aquel anciano tan desagradable de ojos verdes. Se quería ir de allí, quería volver a su casa, necesitaba recobrar su antigua vida. Las lágrimas congestionaban su rostro cuando su madre le recogió entre sus brazos como tantas otras veces, - Todo pasará cariño, le decía mientras le acariciaba la cabeza.
Y pasó..., las semanas transcurrieron lentas dejando un rastro imperceptible y Sandra comenzó a disfrutar de su nueva vida y de sus nuevos amigos, María la pelirroja se convirtió en su mejor aliada y con ella y la panda las mañanas de colegio y las tardes de bizcocho y chocolate se convertirían en el mejor recuerdo.
Algunos meses después llegó su cumpleaños. Para entonces su vida anterior se había difuminado en el tiempo y no había otra realidad que la que entonces disfrutaba. La mañana de su cumpleaños estaba un poco triste, no habría regalos, no había dinero y ella lo sabía pero no podía evitar que una fuerte congoja le apretara el corazón. Un cumpleaños feliz a tres voces le animó cuando atravesó la puerta de la cocina arrastrando con él su tristeza, una gran tarta y un paquete con un enorme lazo rojo presidían el comedor, su hermano destrozó el envoltorio y en su interior... un libro con un sugerente título “El Lobo y la vieja dama”.- Está dedicado – dijo su madre. Sandra abrió con precaución la primera página, en el margen derecho una letra picuda dibujaba:

“Para mi guardiana de los secretos” y una flecha, Siguiendo la misma giró el libro para observar como desde la contraportada unos ojos verdes le miraban divertidos ante su cara de sorpresa. “Este va a ser un gran cumpleaños” pensó.


Ana Sofía de Gregorio Moro

5 comentarios :

Anónimo dijo...

Tiene hechizo esos ojos verdes. Interesante. Un beso Alicia.

Teresa dijo...

Muy bonito el cuento. Es mágico. Creo que si algo nos une a todos nosotros es que también hemos sido de la clase de niños que en vez de contar ovejitas contamos lobos, señoras con pamelas, hadas y brujos en las noches de insonmio.
Un besito.

pepi dijo...

Tiene un halo de ternura que engancha. Un beso Pepi

Anónimo dijo...

Es un relato que te deja con ganas de más. ¿Qué pasará con el viejo de los ojos verdes?, ¿cómo crecerá la niña?, ¿cómo cambiaran su vida los libros?... es un relato muy rico, con mucha vida.
Lo mismo te animas y lo transformas en una novela...
Diana

Toñi dijo...

Hola Ana!!

Al igual que Diana, yo le pido más a la historia. Me gusta ese viejo de ojos verdes; me gustan los personajes que ve la niña, que parecen salidos de un sueño. Y que al final todo esté en un libro.

La idea del letrero con las letras que tiene que ir adivinando me parece muy buena.

Y el enlace con la crisis me hace sonreir.

Un cuento con magia.

Besos.Toñi