domingo, 19 de abril de 2009

LOLA Y LOS LIBROS por Trinidad Alicia García Valero

LOLA Y LOS LIBROS.


_¡Venga deja ya ese libro y sal a la barra, tienes trabajo!
Lola dice algo en voz baja, cierra el libro con lentitud, se pone de pie, se alisa el vestido y se mira al espejo que tiene enfrente: un poco de colorete en los pómulos, sombra violeta en los ojos azules y rojo en los labios; el verde del vestido favorece su rostro cetrino y le va bien al pelo castaño, el espejo aprueba su imagen. Con movimientos felinos corre la cortina y sale, la barra está llena de hombres variopintos que acogen su salida con piropos subidos de tono y gritos:
_¡Viva mi Lola! ¡Qué buena estás! ¡Te voy a poner morá a besos, nena!
Ella se encoge de hombros y sonríe, está acostumbrada. El dandi y los otros siempre hacen lo mismo.
_Mucho lirili y poco lerele _dice riendo, y dirigiéndose al dandi con ironía_. ¿Qué haces esta noche, mi dandi? ¿o te espera la parienta?
El hombre saca pecho y pide otra copa que ella le sirve enseguida.
_Sí, me espera la parienta, pero da igual, el hombre soy yo, chica.
Risotadas; el bar de techo bajo y fondo alargado, es uno de esos bares con piso arriba, donde la Lola satisface a los clientes. Ella se lleva lo suyo, que no es mucho, y Miguel, el dueño, el resto. Vivía allí, de vez en cuando se acostaba con él, porque le gustaba. Su mujer, Antonia, lo sabía y estaba conforme, a veces formaban un trío. La verdad, Lola era un buen negocio para ellos. Buena trabajadora, guapa, fiel, un poco tonta, más bien inocente, no tenía ambiciones, sus canitas al aíre eran comprarse un par de vestiditos de colores chillones (que, por cierto, iban muy bien para el negocio) y… su gran vicio… comprar libros: novela, poesía, teatro, además del periódico todos los días; leía cualquier cosa que caía en sus manos.
Miguel y Antonia la querían, eran como una familia; pero esa adicción a los dichosos libros los ponía fuera de si, ellos nunca leían y nunca habían visto a nadie hacerlo tanto. Porque Lola leía mucho, era su peor defecto. ¿Cómo una puta cómo ella podía leer? ¿qué buscaba en esos papeluchos? se preguntaban; y lo sorprendente, es que no faltaba al trabajo ni ponía excusas, seguía su ritmo, ganaba dinero.
Miguel y Antonia hablaban entre ellos, tejían planes para que dejara de leer, pensaban que debía ser por su educación del convento. Lola se crió con las monjitas en un orfanato, donde la dejaron recién nacida. Ella siempre hablaba bien de las monjas, decía que eran sus madres, las quería. Y cuando cumplió los dieciocho y fue puesta en la calle, con su atillo de ropas usadas que alguna alma buena le dio, junto con una dirección para trabajar de criada en casa de un noble, lloró. Desde entonces, siguiendo sus consejos, apuraba sus minutos y horas libres leyendo.
Un buen día, el señor la mandó llamar a su habitación. Le hizo el amor, prometiéndole cosas que, por supuesto, no iba a cumplir y después le regaló unos pendientes. Así pasaron varios meses, y en una de esas veces a Lola se le iluminó una bombillita en el cerebro y, perdida en sus sueños de príncipes azules, pensó que mejor cobrar que recibir pendientes o cualquier otra baratija.
Una tarde conoció a Miguel en un parque; la conquistó con su labia y buena planta, le propuso el trabajo, ella accedió, marcharon al bar y, hasta hoy, Lola se encontraba bien así… mientras la dejaran leer; los libros la sacaban de paseo, la llevaban de viaje, le hacían conocer a gentes distintas, y ella era feliz con eso. Después, se ponía el vestido verde, rojo o negro y subía al piso de arriba con cualquier cliente y mientras el tipo se desahogaba, ella navegaba por un mar que nunca había visto, o caminaba por una calle llena de sol. Al terminar bajaba con su mejor sonrisa a poner copas y volvía a subir. Y así un día y otro y otro…
Antonia y Miguel hablan entre ellos, comentan esa pasión de Lola por los libros; les parece destructiva, no está en la realidad y hay que darle un escarmiento. Deciden quemárselos cuando ella esté “atendiendo”.
Esa noche los tres hacen el amor.
Al sábado siguiente, mientras Lola va al piso de arriba con el dandi, ellos entran en su habitación, cogen los libros y los llevan al cuarto de baño, los ponen en la bañera y les prenden fuego. El humo se expande por la casa. Aunque abren las ventanas, Lola nota el olor; algo le ronda por la mente, deja al dandi, que protesta diciendo que en esa casa no existía la seriedad, y corre siguiendo la pista del humo. Las llamas de colores suben al techo; Lola ve en ellas pájaros azules y sueños dorados que lloran, escapando por la ventana y, sin pensarlo dos veces, se arroja a la bañera para intentar salvarlos, pero el fuego ya está muy avanzado y sólo puede coger alguna hoja suelta; las llamas alcanzan el pequeño camisón de gasa, se enredan en su pelo, rodean sus brazos, sus piernas, su cuerpo… un grito rompe el crepitar del fuego. Antonia y Miguel, horrorizados, miran la escena sin siquiera poder gritar. Alguien ve las llamas y llama a los bomberos. Cuando éstos llegaron ya era tarde. Lola yacía en la bañera, rodeada de carboncitos y pavesas negras que antes fueron libros.
En una camilla, liada en mantas, sacan a Lola. Un espíritu libre.

5 comentarios :

Teresa dijo...

Me gustó mucho tu cuento cuando lo leíste en clase, aunque me dio mucha lástima de la pobre Lola.La frase del final me parece muy buena.
Besos.

pepi dijo...

En el mundo debe haber muchas lolas y merecen que alguien como tú las describa

Anónimo dijo...

Muchas gracias chicas. Alicia.

Anónimo dijo...

Es un excelente relato, sin concesiones.
Diana

Toñi dijo...

Hola Alicia!!

Me gusta el ritmo del cuento y el original planteamiento del trio entre los personajes. Lola me parece fresca, inocente y natural y me gusta como hablas de ella.

El final dramatico no deja indiferente.

Un relato original y se lee de un tiron.

Besos desde un ordenador sin acentos.