jueves, 30 de abril de 2009

"Dientes de león", por Toñi

La joven Emma era de naturaleza caprichosa y romántica. Se pasaba horas y horas tumbada encima la cama con un libro abierto entre las manos y un gato de color vainilla a sus pies. Le gustaba tanto leer que muchas veces se olvidaba del mundo exterior, lleno de obligaciones y circunstancias tediosas y necesarias. Y tantas horas pasaba leyendo que sus tareas quedaban indefinidamente postergadas, se olvidaba de comer y sus amigos dejaron de llamarla.

Pero a Emma no le importaban estos pequeños inconvenientes. Es más, prefería que la dejaran sola, en su mundo, en el silencio de su habitación, roto sólo por el sonido de pasar páginas o el runruneo del gato, que casi siempre estaba durmiendo. Sólo necesitaba aire para respirar y luz para leer. Y si alguien la buscaba en su cuarto es posible que no la viera, pues tan quieta y callada estaba que se diría que era transparente, o invisible como un camaleón. Y es que al abrir un libro su concentración era tan intensa, tanto que Emma entraba en el libro y desaparecía.

Y era cierto que no estaba. Entraba allí, en aquellas historias y vivía las vidas de sus personajes; sentía en su interior las mismas penas, alegrías o contradicciones a los que éstos se enfrentaban, vivía y moría con ellos y viajaba, pensaba, se enamoraba, …, y, al cerrar el libro, salía de él más fuerte y más sabia, con el peso de la experiencia que con sus casi dieciséis años no le estaba dado conocer (todavía). Y enseguida corría a la biblioteca a buscar más sensaciones para esa sed nunca del todo saciada.

A fuerza de leer, le sucedió a Emma un milagro raro, inexplicable y nunca visto y es que fue capaz de materializar, desde dentro del libro, objetos que eran testigo de sus lecturas, como el mago saca del sombrero de copa una paloma. Aunque en el caso de Emma no había truco.

La primera vez fue algo casi imperceptible: el polvillo de oro de las alas de un hada. Lo había descubierto porque al quedarse a oscuras brillaba en sus dedos. Los miró asombrada (se imaginaba qué podía ser, pero ¿cómo había llegado allí?) y al agitar sus manos algo tiró de ella hacia arriba: por unos instantes fue capaz de volar.

No se sabe si aquella magia le abrió la puerta a otros prodigios aún mayores; el caso es que Emma tenía un arcón lleno, lleno, de cosas hermosas y extravagantes que había traído de sus viajes literarios: un zapato de cristal, una punta de flecha, una perla grande, un diente de león (esa flor rara que al soplarla esparce sus semillas), unas monedas de plata antigua, un abanico chino hecho con delicado papel de arroz, un anillo de oro con extrañas inscripciones en su interior, un pañuelo rojo de seda… y siempre que cerraba un libro, en sus manos aparecía un nuevo objeto. ¿Qué sería esta vez? Todo dependía del libro que estuviera leyendo …

Un día Emma dejó de leer. No pasó nada especial: simplemente, pasó la vida. Emma se centró en otras cosas, aprendió a ser práctica y olvidó sus fantasías de juventud. Hay que vivir, se decía, y si alguna vez leía un libro era de cocina, de ingeniería, de derecho. En fin, de cosas útiles que necesitaba saber para aprender un oficio. Nada de aventuras, cuentos de dragones y princesas, nada de héroes, nada de románticos viajes alrededor del mundo. Perdió su facultad de materializar objetos, guardó el arcón debajo de la cama y se dedicó a seguir su camino (que es algo que debe hacer toda persona que se precie de serlo).

Emma creció y maduró. Se convirtió en una mujer estupenda, pues uno siempre guarda en su corazón la semilla de sus sueños (germinada o no) y los suyos eran unos buenos sueños. Pero
pasado un tiempo, empezó a sentir una especie de nostalgia que acariciaba la superficie de esa semilla. ¿Qué habrá pasado con el arcón? ¿Y con todas aquellas cosas? Emma lo buscó y lo encontró; era fácil encontrarlo: estaba debajo de la cama, cubierto de polvo, destrozado por las uñas del gato que lo había usado para afilárselas (los gatos no respetan nada). Y lo abrió.

Dentro no había nada. Estaba vacío. ¿De verdad, estaba vacío? No. Había que mirar bien, porque en el fondo todavía quedaban unas semillas de diente de león. Las cogió, las acarició y en ese instante tuvo la revelación de que sus sueños eran auténticos y que no se habían perdido. Y decidió ser escritora para volver a llenar el arcón con las hermosas palabras que esta vez también saldrían de sus manos.

De sus manos que todavía conservaban algo brillante, polvo de hadas, dientes de león o simplemente la luz que ella misma desprendía.

7 comentarios :

Anónimo dijo...

Es un bonito cuento. La fantasia siempre te lleva a los lugares soñados. Alicia.

Paula dijo...

Me pareció precioso cuando lo escuché por primera vez, y ahora que conozco al gato (aunque sólo sea en foto) me gusta mucho más.
Desprende ternura.

Anónimo dijo...

Bonito cuento y bonita foto.

Jose Arístides

Edurne dijo...

Algo parecido me ocurrió a mí. Por eso decidí ser una gran escritora... Estoy en ello, no seais impacientes.

Besos.

Edurne dijo...

Pero sin gato ¿eh? Es que me miran raro y no me gusta. Ea

Toñi dijo...

Gracias por vuestros comentarios.
Siempre hace ilusión saber que alguien te lee.

El gato vainilla, omnipresente casi tanto como yo, es que me tiene loca. Sobre todo cuando se sube al armario y rompe alguna cosa.

Un beso para todos.

Anónimo dijo...

Uno de esos cuentos que de vez en cuando hace falta escribir y leer, para no llegar a olvidar del todo esa magia de aquellas lecturas maravillosas y al mismo tiempo lejanas. Me ha pasado con tu cuento que una segunda lectura me ha tocado la fibre sensiblera, porque me he dado cuenta de que en cierto modo me siento identificada (con lo de los libros y eso de quedarte con algo de ellos que guardas durante mucho tiempo..., con lo de convertirme en escritora ojalá).
Que sí Toñi, que muy bonito.

Gracia