sábado, 21 de febrero de 2009

Retales de historias, por Rosa Villada

Este es el cuento hecho con retales de nuestras historias que ha escrito Rosa Villada y que leyó el viernes en la Biblioteca, en la presentación de nuestro libro. He reproducido en colores y negrita los párrafos correspondientes a nuestras historias.

Retales de historias

Rosa Villada, con párrafos de once relatos y un poema del Club de Escritura “La Biblioteca”

Sin duda he perdido hace rato la cuenta de las copas que he tomado, pero me da igual, esta noche no tengo que conducir, sólo recoger mis zapatos del suelo, bajarme del taburete, si soy capaz de no caerme, entrar en el ascensor y subir a mi habitación de la cuarta planta.
¿Qué hago aquí?, me pregunto, aunque conozco perfectamente la respuesta. He venido para profundizar en mi herida, para revolcarme en mi sufrimiento, para que el dolor pueda tocar el fundo de mi alma y cuando se haya saturado de bajeza, pueda empezar a elevarse. Necesito estar aquí para exorcizar a los fantasmas que me acechan y me impiden seguir viviendo.
No sé por qué, pero recuerdo
la tarde en que Felipe bajó las escaleras del Metropolitano. Sacó el billete y se detuvo frente a un plano para consultar el itinerario. Había dos formas de llegar, pero eligió la más larga, con trasbordo incluido. Felipe siguió bajando escaleras, sumergiéndose en las entrañas de la ciudad con la inquietud de un explorador.
Recuerdo cuando me relató esa experiencia, como si fuera un chiquillo en busca de aventuras. Hoy soy yo la que se sumerge en un agujero negro situado en las entrañas de mis propias vivencias.
Cuando lo conocí
era el hombre más guapo que yo había visto nunca, rubio de ojos verdes, musculoso, simpático. Me quedé prendada y él lo notó (¿cómo no hacerlo?). Y se aprovechó de ello. Yo, una niña de 18 años, hice todo lo que me pidió, ¡que fueron muchas cosas!
Abandoné un trabajo en una buena empresa, con la condición de que me incorporara en el plazo de un mes … Pero perdí esa oportunidad, como tantas otras.
Tengo que confesar que los recuerdos que están acudiendo a mi memoria no son sólo desagradables. Me llegan imágenes de nuestros juegos eróticos en el ascensor. Hacíamos como si no nos conociéramos, yo le daba la espalda y él, con una sola mano, me subía la falda hasta la altura de los riñones. Él no necesitaba mucho más, sabía que era sólo un animal que se dejaba llevar por las urgencias.
En estos momentos de tristeza, recuerdo también con cariño los viajes que hacíamos juntos, nuestras caminatas, uno al lado del otro. Cómo preparábamos la pequeña mochila con lo estrictamente necesario: agua y algo de comida. Nos ajustábamos bien las botas e iniciábamos la marcha … Nos internábamos entre los montes por carriles de tierras oscuras, paradas, negras, rojizas, tierras férricas, oxidadas por un sol inclemente.
Y cuando llegábamos a nuestro destino nos quedábamos los dos, como pasmarotes, observando el cielo limpio de nubes. Él llevaba razón.
Las aves nunca se perdían, su memoria siempre las llevaba hacia el lugar donde pasarían la nueva temporada. Ojalá mi memoria me lleve a mí también a ese nuevo lugar en el que no habitan los recuerdos.
Si cierro los ojos, aún puedo escuchar la melodía que solía tocar para mí, con aquella flauta de caña que o le regalé, y que tanto le gustaba. Era una canción triste, la canción más triste que jamás se haya escuchado. Y, sin embargo, se colaba en los oídos con tanto sigilo, que antes de que uno llegase a ser consciente de ella, ya se había apoderado por completo del espíritu y se había hecho dueña de tu voluntad.
¡Y cómo no acordarme de aquel fin de semana que pasamos metidos en la habitación 21, la misma que hoy ocupo en este hotel! Hicimos el amor sobre aquella colcha oscura, envueltos en la creciente sombra, sumidos en una pasión que yo desconocía.
Su tacto sugería apenas un roce, diríase una caricia, algo casi etéreo.
Recuerdo la envidia que sentían cuando nos veían juntos.
Las mujeres cuchicheaban rabiosas y se reían de sus propias maldades, esperando que yo me sintiera intimidada. Pero lejos de ello, al sentir que era objeto de las malas lenguas, yo me sentaba en las piedras de la fuente con un gesto desafiante, dejando que el chorro de agua salpicase mis ropas. Abría las piernas, mostrando una suculenta parte de mis pantorrillas, enfundadas en medias de seda sujetas con ligas de color carmesí.
Sigo bebiendo, ahogando mis recuerdos en alcohol. Lo bueno de beber sin límites es que no te sientes ridícula por dejar que las lágrimas te estropeen tu bonito maquillaje.
De pronto, al ver mi imagen reflejada en el espejo que hay frente a la barra del bar, me viene a la memoria un libro que leí hace muchos años: “Alicia en el país de las maravillas”. Y comprendo, al igual que Alicia, que estoy atrapada en estos recuerdos que yo misma he ido tejiendo a mi alrededor, y que están aprisionando mi vida. En mi mente resuena un diálogo que figuraba en aquel libro:
—¿Quisiera usted decirme qué camino debo tomar para salir de aquí?
—Eso depende en mucho del lugar adonde quiera ir —respondió el Gato.
—¡No me preocupa mayormente el lugar! —dijo Alicia.
—En tal caso poco importa el camino —declaró el Gato.
—… Con tal de llegar a alguna parte —añadió Alicia, a modo de explicación.
—¡Oh! —dijo el Gato—. Puede usted estar segura de llegar, con tal de que camine durante un tiempo bastante largo.

Estas palabras actúan en mí como un detonante. Me sorbo los mocos, me limpio los ojos con una servilleta de papel, aún a riesgo de que seme corra todavía más el rímel, saco una pequeña libreta que siempre llevo en el bolso y escribo:

Tus ojos verdes,
El frío eco de la memoria,
El sonido del agua,
Un encuentro y el amante
Fiel, ambiguo lenguaje,
Insinúan aquel viaje
En que te tuve un segundo
Entre mis labios.

Sin releer el poema, lo dejo sobre la barra del bar junto con mis recuerdos y, sin mirar atrás,

Regreso sola a casa.

2 comentarios :

Anónimo dijo...

Gracias Rosa por tu presentación, y gracias también por este relato, en el que cada párrafo es un pedacito de nuestras historias...

Un besazo

Cristina

Teresa dijo...

Rosa, yo también quiero agradecerte una vez más que estuvieses con nosotros, y el detalle tan precioso de elaborar un cuento en el que todos estuvimos presentes.
Un beso.