martes, 8 de abril de 2008

SMAHA... (ejercicio del 9/04/08) Cristina Prieto


SMAHA…


Se despidió de ella, y regresó sobre sus pasos por las callejuelas de la noche. Cuando se metió en la cama estaba amaneciendo. Recorrió con la memoria su piel fuerte y brillante de ébano. Acariciar su espalda, fue como asirse a un tronco serpenteante y fibroso, que resplandecía entre sus manos. Sus pechos le señalan impúdicos, erectos, casi expectantes en la penumbra, y sus piernas le abrazaron poderosas, mostrando la potencia de sus músculos… Toda ella era una fortaleza impensable, debajo de aquel sencillo vestido de algodón.

Se olió los dedos, y los introdujo en su boca ansiando su aroma, y su sabor. Aún desprendían su fragancia de hembra joven. Rememoró sus ojos, intensos y oblicuos, como los de una niña hambrienta de descubrir, y ser descubierta, pero era mucho más que eso.
La sintió arañándole la espalda, aferrándose a sus hombros para que él no se apartara, para que siguiera dentro de ella un minuto más, un segundo, o tal vez una eternidad. Después se quedó quieta sobre el lecho, con la respiración agitada, y un leve temblor. Entonces la vio por primera vez, desnuda, entregada, saciada, y aquella visión le conmovió. Ella, sin mediar palabra se incorporó de pronto, como si de repente hubiese recordado algo. Se puso la ropa despacio, con premeditada calma, mientras él la atisbaba en silencio, y se demoraba en los rasgos de su rostro sereno, en sus manos ágiles, en sus nalgas prietas y redondas…
Cuando estuvo vestida, se le acercó, y le susurró su nombre, SMAHA…

Era una mujer de mirada salvaje, que cuando se marchó, sólo cobijó el silencio, y aquel beso inocente que posó sobre sus labios, leve, casi un roce, cómo si vertiera toda la inocencia que anidaba en su interior… cómo si no estuviera completamente llena de él…

viernes, 4 de abril de 2008

EJERCICIOS PROPUESTOS PARA LA REUNIÓN DEL 9 DE ABRIL

PROPUESTA DE EJERCICIOS REUNIÓN 9 DE ABRIL

La coordinadora, Teresa, propone dos ejercicios.

. PRIMER EJERCICIO:

OBSERVA LAS SIGUIENTES IMÁGENES:













… ELIGE UNA DE LAS DOS, ... Y DESPUÉS:

1) Suponer que esta imagen ilustra una historia.
2) Escribir la historia, en forma de cuento breve (aproximadamente una página).


. SEGUNDO EJERCICIO

Elige un color. De forma breve, (en unas líneas), Intenta describírselo a alguien que no lo puede ver.

jueves, 27 de marzo de 2008

24 de abril lectura de nuestros textos


El jueves 24 de abril a las 7 de la tarde tenemos una cita en la Biblioteca del Depósito del Sol para leer nuestros textos, tal y como hemos hecho otros años con Rosa Villada.


Acabo de confirmarlo con Rosa, encargada de estas actividades en la biblioteca, quien lo publicará en el programa que se repartirá con motivo del Dia del Libro como "Lectura de textos de autor organizado por el Club de Escritura La Biblioteca". ((Toñi))



jueves, 13 de marzo de 2008

Propuesta para el 26 de marzo


EJERCICIOS PROPUESTOS PARA LA REUNIÓN DEL PRÓXIMO 26 DE MARZO POR TOÑI

Elegir una o varias de estas propuestas:

1.- Escribe un microrelato de 1000 a 2000 caracteres con contenido erótico
2.- Escribe dos haikus cuyo “kigo” (palabra que indica la estación) sea: fresa
3.- Con una o varias de tus palabras favoritas que has seleccionado en el ejercicio de Enrique, escribe un poema de 16 versos como máximo.

jueves, 28 de febrero de 2008

Propuesta de Enrique para el 12 de marzo de 2008

Propuesta de Enrique García para la reunión del 12 de marzo de 2008. La coordinadora de la reunión siguiente será Toñi.
  1. Escribe las 10 palabras de la Lengua Castellana que más te gusten desde el punto de vista de la sonoridad, de que suenen bien a tu oído.
  2. Por otro lado, escribe también las 10 palabras que te gusten más por su significado en general o que lo tenga en especial para tí.
  3. Escribe, ya sea en forma de carta a un amigo, o de crítica literaria o de recomendación literaria de un periódico o revista, sobre el último libro que hayas leído y te haya gustado especialmente.
  4. Recomienda 5 libros que te hayan gustado o que te gusten especialmente, todo ello según los siguientes géneros o manifestaciones de la escritura:

    * Ficción

    *No ficción.

    *Poesía (o poetas preferidos)

    *Referencia (Dentro de referencia, que viene a ser diccionarios, enciclopedias y demás, cuéntanos qué diccionario de la Lengua te gusta especialmente, tienes, usas, regalarías o te comprarías).

    Recomienda alguna página huevo (o web), relacionada con el mundo de la literatura o la creación literaria o del lenguaje, que te guste y visites habitualmente.

martes, 26 de febrero de 2008

Por el placer de la lectura (Un artículo de Jose Luis Sampedro)


POR EL PLACER DE LA LECTURA

La SGAE (Sociedad General de Autores) ataca de nuevo.

Escrito y firmado por José Luis Sampedro, escritor, filósofo y buena gente.

Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus 'clientes' éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.

Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y a veces también ellas quedaban prendadas. Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos.

Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos, fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.

Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir -eso dicen- a los autores del desgaste del préstamo. Me quedo confuso y no entiendo nada. En la vida corriente el que paga una suma es porque: a) obtiene algo a cambio. b) es objeto de una sanción. Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura? Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación?.¿Acaso dejaron de cobrar por el libro?. ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas?.¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos? Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil.

Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra. Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.

¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!
José Luis Sampedro

domingo, 3 de febrero de 2008

"Con otra luz" por Jose Arístides López de Rodas Campos

Relato ganador del concurso de cuentos "SUCEDIÓ EN UN HOTEL" convocado por la página web http://elrecepcionista.com/


CON OTRA LUZ

En el verano de 1982, trabajé en un hotelucho de las inmediaciones del puerto de una ciudad pesquera. El trabajo era infame, pero necesitaba el dinero para continuar mis estudios de medicina. Formaban la clientela prostitutas, proxenetas, marineros y jóvenes amantes que no podían permitirse un sitio mejor. Pero, sobre todo, putas. Mi trato con ellas era correcto, aunque distante; de alguna manera juzgaba su trabajo, y creo que ellas notaban mi soberbia. Era muy joven por entonces y me sentía inmune a los zarpazos de la vida; nada me hacía imaginar que, 25 años después y tras mil miserias superpuestas, recurrir al sexo mercenario sería la única forma de lograr que una mujer me acariciara. En aquel lupanar portuario, yo llevaba las maletas, hacía los recados y a veces ayudaba en la cocina.
La habitación 21, situada en la última planta del viejo edificio, era tan cutre como las demás: papel pintado desconchado en la pared, una cama de matrimonio con una colcha áspera y oscura, un lavabo y una butaca baja de terciopelo rojo. Pero, a diferencia de las otras, desde su ventana se veía el mar, en vez del sucio callejón donde daba la fachada. Las vistas al atardecer con el sol reflejándose en los mástiles de los barcos, la brisa fresca y el olor a salitre, mitigaban el aire sórdido que envolvía aquel tugurio. Nadie ocupaba aquella habitación, lo que no dejaba de sorprenderme, pues era la única estancia luminosa.
Un viernes a finales de julio vi una nota en mi hoja de tareas. La letra no era la del patrón, pero las instrucciones eran claras: tenía que comprar una rosa roja y una botella de champán francés y llevarlas, a eso de las diez, a la habitación 21, que por fin había sido ocupada. Me resultaba extraño: los idilios que allí se consumaban eran meras descargas pasionales que no requerían más amparo que el deseo y el alcohol barato. Nadie pedía champán, mucho menos una rosa. ¿Quién sería el galante caballero que citaba a su dama en semejante antro? ¿Quién sería la dama?
Cuando llamé a la puerta, sentí la boca seca y el pulso martilleándome en las sienes como si fuera yo quien tuviera aquella cita. Una voz dulce, algo inquietante, me pidió que entrara. Empujé la puerta. La habitación estaba casi a oscuras. Busqué a tientas el interruptor de la luz, pero algo en aquel silencio y en aquella penumbra me hizo pensar que encender la luz sería un sacrilegio. Miré hacia la tenue claridad de la ventana; apenas llegaba más allá de su contorno. Me acerqué. Entonces la vi.
Bajo la exigua luz del ocaso me pareció muy hermosa. Sin duda, ya había pasado su mejor momento, pero tenía ese último esplendor de algunas mujeres maduras poco antes de que la edad anule por completo su belleza. Estaba echada sobre
la butaca roja y miraba el mar con ojos melancólicos, como si echara de menos la franja azul que ya empezaba a borrar la noche. Me quedé frente a ella como un pasmarote, sin decir una sola palabra, con la rosa en una mano y la botella de champán en la otra, mirando atónito aquellos labios y aquellos ojos apenas visibles en la oscuridad, pero en los que intuía un ardor secreto, y la opulencia de aquel cuerpo maduro que aún conservaba su firmeza. Se levantó; era alta, casi como yo. Cogió la rosa y se la colocó en el pelo, me tomó de la mano y me dijo: “Ven, deja esa botella, ya beberemos luego...”
Hicimos el amor sobre aquella colcha oscura, envueltos en la creciente sombra, sumidos en una pasión que yo desconocía. No pensé ni un momento que el patrón pudiera andar buscándome, ni en los clientes que, a esas horas, solían molestarme con sus continuas demandas de café, tabaco y alcohol. Sobre las doce, mi extraña amante me pidió que me fuera. No quiso decirme su nombre. Tampoco contestó cuando, suplicante, le pregunté si volveríamos a vernos.
Ya en el pasillo, la luz mortecina del foco iluminando el dibujo hortera del papel pintado, me devolvió a la realidad. Empecé a temer una bronca del jefe. Fui a mi cuarto, me arreglé rápidamente y bajé a recepción. Sorprendentemente, el patrón no me dijo nada. Al parecer nadie me había echado de menos. Eché un vistazo al libro de registro; quería saber a nombre de quién estaba reservada la habitación 21. La casilla correspondiente estaba vacía. “¡Qué raro!”, pensé. “El jefe nunca olvida apuntar estas cosas.” Le miré: la cabeza le caía sobre el hombro derecho, había cerrado los ojos y estaba roncando. No sabía si era oportuno despertarle, pero entonces abrió sus ojos de sapo y me dijo:
―¿Qué coño miras?
―Perdone, jefe ―contesté―, creo que ha olvidado anotar los datos de la señora de la 21.
―¿Qué señora? ¿Qué dices? Nunca alquilo la 21. ¿Has estado bebiendo o qué?
Volvió a cerrar los ojos y no me atreví a despertarlo de nuevo. ¡Qué extraño todo aquella noche! Por un momento, pensé que había estado soñando: al fin y al cabo, ¿qué iba a hacer una mujer con clase en aquel burdel? Pero no, no lo había soñado, aún perduraba en mis manos el olor de su cuerpo. Seguro que el patrón, medio dormido, no me había escuchado. A la mañana siguiente hablaría con él.
Subí a mi cuarto, que también estaba en la última planta, pero el mío daba al callejón. Al cruzar el pasillo vi la puerta de la habitación 21 entreabierta. Sabía que no debía mirar, pero no resistí la tentación. “Quizás”, pensé, “ella quiere que entre, por eso no ha cerrado la puerta.” Yo sólo pensaba en besarla de nuevo y hundirme entre sus piernas, así que haciendo caso omiso del sentido común, asomé la cabeza y permanecí quieto escrutando el silencio y la oscuridad, intentando captar alguna señal que me invitara a entrar. Pero el silencio era absoluto, y cuando mis pupilas se dilataron, sólo alcancé a ver la cama vacía. No obstante, interpreté aquello como un signo a mi favor. “Me espera en la butaca roja”, me dije. Entré con sigilo. La luz de la luna entraba por la ventana creando reflejos en la butaca vacía. La cama estaba hecha y la habitación olía a rancio, como siempre, no al perfume que poco antes me había embriagado. Encendí la luz: no había nadie. Estúpidamente, miré en los armarios y debajo de la cama. Era increíble: ni rastro de ella, ni del champán, ni de nada que hiciera pensar que, media hora antes, en esa misma habitación, ahora lúgubre y sin alma, se había consumado el más glorioso de mis polvos.


Pasé la noche en vela, sin dejar de pensar en esa mujer, en lo que había sucedido, en su extraña desaparición. Al día siguiente me levanté temprano, antes de lo que exigían mis obligaciones. Al cruzar el pasillo vi que la puerta de la habitación 21 seguía abierta, como yo la había dejado por la noche. Contemplar el cuarto vacío me dolió; de alguna manera, guardaba la absurda esperanza de volver a verla. Me dirigí a la cocina para hacerme un café. La cocinera, una mujer rolliza y chismosa, ya se había levantado y trajinaba con los pucheros. Al verme dijo:
―¿Dónde vas con esa cara? ¡Pareces un desenterrado!
―Oye, Encarna ―dije―, ¿sabes quién ocupó ayer la 21?
―¿Qué dices hijo? ¿No sabes que esa habitación nunca se alquila?... ¿Nadie te lo ha contado?
Me estaba empezando a fastidiar tanto misterio. Me dolía la cabeza; la euforia del encuentro nocturno cedía, ahora, a la fatiga y al temor de no recuperar las dos mil castañas del champán francés, que con las prisas había pagado de mi bolsillo. Quería aclarar de una vez este maldito malentendido. Sin disimular mi impaciencia, dije:
―A ver... ¿Qué es lo que tengo que saber?
Encarna abrió un paquete de garbanzos y los puso en remojo. Luego cogió la cafetera, llenó dos tazas y se sentó a la mesa indicándome con un gesto que la acompañara. Tomé el café, pero no me senté.
―Verás ―dijo―, hace años, cuando yo empecé a trabajar aquí, esto era un lugar decente. El negocio prosperaba y el patrón se casó con una mujer muy guapa que le hizo feliz, al menos al principio. Él le hacía todo tipo de regalos; se gastó una fortuna con ella. Su pasión le absorbía tanto que empezó a descuidar el hotel y, poco a poco, los clientes distinguidos dieron paso a la chusma que tenemos ahora. Las cosas empeoraron cuando la señora, ya madura, reveló su afición por los jovencitos. Al principio actuaba discretamente, pero luego la cosa se desbordó y los rumores llegaron a oídos de su marido...
La interrumpí; en los hoteles de baja ralea circulan todo tipo de leyendas que el personal subalterno se encarga de alimentar.
―Corta el rollo. ¿Sabes o no sabes quién era la señora que alquiló la habitación?
Encarna dejó caer la taza sobre la mesa, salpicándole café en el delantal. Cuando volvió a hablar, su gesto y su voz eran tan patéticos que parecían teatrales.
―¡La has visto! ¡Has visto a la señora! Entonces es cierto lo que cuentan...
―¿Qué cuentan? ¿Qué pasa…? ¿Por qué pones esa cara?
No contestó. Tenía la mirada perdida y mis palabras no eran para ella más que un vago rumor. Repetí, casi gritando:
―Encarna, ¡coño! Di algo.
―¡Calla! ¡No grites! Pueden oírnos.
Parecía haber salido de su estupor y ahora miraba recelosa hacia la puerta. Se levantó y la cerró, se volvió hacia mí y dijo bajando la voz:
―El patrón la mató.
―¡Joder, Encarna! ¡No digas chorradas!
Yo conocía la tendencia a fabular de la cocinera; solía contarme batallitas de los buenos tiempos del hotel, pero, hasta ese momento, sus historias habían mantenido algún nexo con la realidad. Lo que ahora contaba me parecía absurdo. Me cogió del brazo y me llevó a un rincón, me miró muy seria y dijo:
―Escucha, hijo: el patrón pilló a su mujer en la cama con el botones. Al chico lo despidió y a la señora... fingió perdonarla, pero poco después ella murió en extrañas circunstancias.
―¿A qué llamas tú “extrañas circunstancias”? ¿Un cuchillo en el pecho, una soga en el cuello? –dije con sarcasmo, aunque lo cierto es que la historia empezaba a cobrar sentido y me estaba inquietando.
―No bromees con esto... Murió en su cama.
―Y ¿qué tiene eso de raro?
―El patrón la envenenó. El médico certificó muerte súbita, pero eso es falso, la señora era una mujer muy fuerte...
Encarna hablaba despacio, enfatizando cada palabra; desde luego creía lo que contaba, y yo ―escéptico por naturaleza― empezaba a dudar. Para no apearme de la razón, dije aferrándome a una lógica que ya me abandonaba:
―Eso no prueba nada, la muerte súbita puede sobrevenir en cualquier momento, incluso a personas previamente sanas. Yo no veo en esta historia más que una coincidencia; eso, si no es una fantasía de las tuyas.
―Eso dicen muchos, pero lo cierto es que el patrón tiene miedo. ¿No te has preguntado por qué duerme en ese cuchitril de la planta baja, pudiendo hacerlo en el único cuarto con vistas al mar? Son varios los testigos que afirman haber visto el espíritu...
―Ya, claro..., el espíritu... ¿Y cuando tiene a bien aparecerse esa señora? ―dije intentando imprimir cinismo a mis palabras.
―El último viernes de julio... en la habitación 21.
Un escalofrío me recorrió la nuca y la espalda. El relato era increíble, tenía todos los ingredientes de una novela barata, y lo contaba una vieja cotilla y supersticiosa; sin embargo, había demasiadas coincidencias y, aunque Encarna era fantasiosa, no la creía capaz de elaborar una trama tan compleja. Además, ella no sabía, no podía saber... Me sentía mal, un sudor frío mojaba mi rostro, pero me negaba a dejarme llevar por el pánico. Di la espalda a la cocinera y salí sin despedirme; quería buscar al patrón y preguntarle de inmediato quien había ocupado la habitación 21. Nada más cruzar la puerta, la oí decir:
―Espera hijo...
No quise escucharla, pero ella me alcanzó en el pasillo y me agarró del brazo.
―Hay un retrato de la señora en el segundo cajón del mostrador de recepción. Ve y míralo.
―Por favor, Encarna, ya está bien ―dije con un hilo de voz y apenas tuve fuerzas para desprenderme de su mano. Di un rodeo antes de dirigirme a recepción, pero una vez allí, me precipité ansioso sobre el cajón que Encarna me había indicado. Lo abrí y vi un portafotos antiguo que extraje temblando. Notaba el corazón en las sienes, en el cuello y en cada una de mis arterias. Lo miré. La vi.
Vi a la mujer por la que, supuestamente, el patrón había arruinado su vida. Era una mujer enlutada de mediana edad, con un peinado relamido de principios de siglo, una verruga oscura en su prominente nariz y una expresión taciturna y vulgar que, desde luego, no se parecía en nada a mi amante anónima. Sentí tanto alivio al comprobarlo que, sin pensar lo que hacía, besé aquel horrible retrato. Fue entonces cuando escuché la voz de trueno del patrón.
―¿Qué coño haces con la foto de mi madre?
―¿Su madre...? ¿No es su esposa...? Lo siento..., yo... Me habían dicho que era tan bella..., sentí curiosidad...
―¿Qué esposa ni qué leches? Yo nunca me he casado. Y eso de bella... Mi madre era una santa, pero más fea que un mono. Chico... estás muy raro. ¿No estarás fumando hierba?
―¿Entonces...? ¿Su mujer no murió en la 21?
―¿Tú eres tonto o qué? Deja de decir chorradas o te echo al pijo.
―Perdone, jefe, sólo una cosa más: ¿quien alquiló ayer la habitación?
―¿Aún sigues con eso? ¿No te dije anoche que no la alquilo? Esa es mi habitación.
―Y ¿por qué duerme aquí, en la planta baja?
―¿A ti qué coño te importa? ¡Largo de aquí! Vete a fregar los cacharros.
No entendía nada pero comprendí que no podía seguir interrogando al patrón. ¿Quién mentía? ¿Y por qué? Al cruzar el pasillo escuché un escándalo de voces y de risas. Todos los días ocurría lo mismo: las fulanas salientes del turno de noche se reunían en la cocina y bebían la última copa antes de irse a dormir. ¿Cómo podrían beber a esas horas? Me repugnaba fregar los platos mientras ellas contaban sus sucias anécdotas. Abrí la puerta. Al entrar, un fuerte aplauso me recibió. Estaban todas. De pie. Aclamándome como a un torero. Macarena, la más alta, pidió silencio, cogió de la mesa una botella de champán francés y llenó dos copas. Me ofreció una y dijo: “Bebe, machote, te lo mereces; anoche te portaste como un hombre.”
La miré perplejo. La miré a través de su gruesa capa de pintura. La miré despojando su imagen de aquella horrible peluca, aquella ropa hortera y aquellas cejas pintadas. La miré intentando no ver lo que siempre veía: una puta barata. La miré, ya libre de prejuicios, y por primera vez, vi en ella una mujer hermosa, la misma mujer que en otro contexto, con otro disfraz, con otra luz, me había parecido una diosa.

jueves, 31 de enero de 2008

Ejercicio propuesto para la reunión del 13 de Febrero

La próxima coordinadora, Diana, ha propuesto redactar una carta partiendo del siguiente supuesto:
Marco Vardaro es biólogo. Lleva cinco años trabajando en la Universidad de Bolonia, en Italia, en un proyecto ultra secreto sobre biología molecular aplicada a la paleontología. Hace aproximadamente un año hizo un descubrimiento sobre el cual aún no ha elaborado un informe definitivo. Sabe que en cuanto lo haga será apartado del proyecto y éste pasará a estar controlado por el organismo rector de investigaciones.
A pesar de haber firmado un contrato de confidencialidad de lo más estricto, no puede resistir la tentación de comunicarle a su amigo y colega Sandro Agneli la trascendencia de su descubrimiento. Le ha escrito una carta que aún no se atreve a enviar.

jueves, 17 de enero de 2008

Artículo de Antonio Muñoz Molina (Enrique)

Leí este artículo de Antonio Muñoz Molina, bueno ahí abajo vienen los datos de donde y la fecha, y me pareció genial. Me gusta cómo escribe y alguna de sus novelas me ha encantado. Vosotros ¿Qué pensáis? Por cierto, ¿Quién de vosotros, como se dice en el artículo, no ha ido en Metro, tren o autobús queriendo saber qué leches estaba leyendo el pasajero del otro asiento? A mi me ha pasado muchas veces.


IDA Y VUELTA El libro ilimitado Antonio Muñoz Molina

BABELIA - 15-12-2007
Voy en el metro a media mañana camino de una de mis librerías más queridas de Madrid y aunque llevo abierto el periódico miro de soslayo con un gesto reflejo cada vez que entra en el vagón alguien con un libro en las manos. No siempre es fácil identificar su título, y hay que tener mucho cuidado para que la curiosidad no se confunda con la metijonería. Es como ser un mirón digno que por nada del mundo quiere verse metido en un trance embarazoso. El libro está a veces en una posición casi horizontal, para que reciba mejor la luz del techo, y no es cuestión de adelantar la cabeza y torcer el cuello queriendo mirar la cubierta desde abajo. ¿Cuál será ese libro de bolsillo tan grueso del que no ha apartado los ojos ni siquiera al dar una zancada desde el andén ese lector que acaba de sentarse frente a mí? Lo ha doblado por la mitad, con riesgo de descuadernarlo, lo aprieta como estrujándolo entre las dos manos. Es un joven de veintitantos años con el pelo encrespado de rizos casi africanos, sin afeitar, con una mochila pequeña a la espalda. Da la impresión de que se levantó de la cama con el libro en la mano y que pasó así con él delante del espejo del baño.
Mantengo la vigilancia mientras leo el periódico. El titular de la primera página es el desastre de los índices escolares de lectura en España. Sólo hace unos días la enigmática ministra de Educación aseguró que ella no ve ningún problema en que los chicos usen el teléfono móvil mientras están en clase. La enseñanza pública se deteriora irreparablemente en España gracias a una conspiración de ignorancia tramada desde hace años por la chusma política y la secta pedagógica y las autoridades ya tienen un culpable: el franquismo. Quién si no. Como mi tierra natal está incluso a la cola del desastre leo que la consejera de Educación de la Junta de Andalucía ha descubierto una causa todavía más lejana: nuestro atraso histórico. A ellos, los socialistas que llevan gobernando en Andalucía un cuarto de siglo, que los registren. Pienso en mis maestros, los que me enseñaron contra viento y marea a leer y a escribir y a amar el conocimiento en años de oscurantismo y pobreza; pienso en tantos profesores vocacionales y derrotados que conozco, en las cartas despectivas o perdonavidas o del todo insultantes de pedagogos y expertos, de enchufados de diverso pelaje, que he recibido sin falta cada vez que he escrito sobre las quejas amargas de mis amigos profesores y sobre lo que yo estaba descubriendo con mis propios ojos con sólo hojear los libros de texto de mis hijos y escuchar las historias que me contaban al volver de la escuela.
A los expertos, a los gurús de la jerga psicopedagógica y a los enchufados no les cabía la menor duda: los que alertábamos sobre la degradación de la enseñanza nos habíamos vuelto de derechas y no sabíamos nada, no entendíamos de nada. Ellos sí que entendían: a la vista están los resultados. Cierro el periódico con asco y el hombre joven que leía frente a mí levanta los ojos de su libro. A mi atención de espía le basta un segundo para descubrir el título: es el Viaje al fin de la noche. Ahora parece evidente que el aire de ligero trastorno que tenía ese hombre desde que entró en el vagón procedía de la lectura de Céline. Vamos en el mismo tren de la línea 4 pero su viaje es mucho más hondo y más terrible, un descenso de fiebre por los espantos del mundo. Yo voy por los túneles del metro de Madrid y por el presente inmediato y más bien desolado del periódico: él por las trincheras de la guerra, por la miseria de los suburbios proletarios de París, por el Nueva York futurista de los años veinte, por las tinieblas coloniales del Congo que ya había roturado para la literatura Joseph Conrad.
Ahí lo dejo, sumergido en el libro, continuando su viaje, con su barba de varios días y su mochila de vagabundo celineano. ¿Cuántos lectores como él no llegarán a existir gracias a la gran conjura de los necios y de los comisarios políticos que ha asolado la educación española? Pero no se trata sólo de esa embriaguez, del dulce vicio que le acompaña a uno en la soledad y le hace gratos los minutos de un viaje en el metro: mucho más grave es que la escuela esté fracasando en su tarea de despertar en cada uno sus mejores facultades, de actuar como palanca de progreso social. ¿Qué porvenir laboral tiene un hijo de trabajador o de inmigrante que a los quince años no es capaz de comprender un párrafo de tres líneas? ¿Qué podrá aprender sobre la complejidad del mundo y la de su propia alma quien no cuenta con la luz de las palabras escritas? El nivel cultural y académico de los padres es factor decisivo, asegura el periódico. Subiendo por las escaleras del metro me pregunto con ira y dolor qué habría sido de mí, de tantos de nosotros, si no hubiera sido por la escuela y por el instituto. Nuestros padres, niños en la guerra, escribían y leían con dificultad. En nuestras casas, donde había tan poco, mal podía haber libros. La escuela nos hizo lo que somos.
Soy lo que he leído. Me gano la vida gracias a que existen lectores. En el escaparate de la librería distingo con expectación impaciente el libro que vengo buscando. Verlo me da tanta felicidad como descubrir en un escaparate de la infancia la cubierta en colores de una novela de Julio Verne. Son Los ensayos de Montaigne que acaba de publicar Acantilado, editados y traducidos admirablemente por Jordi Bayod Brau. Muy pronto el gozo de las manos se añade al de la mirada: sopeso el volumen, paso los dedos por su tapa tan sólida, lo abro y rozo las páginas con las yemas de los dedos, y al hacerlo percibo un olor exquisito de papel y de tinta. Por cualquier página que se abra este libro ilimitado se reconocerá la voz sabia y serena, la inteligencia irónica y voluble, la curiosidad entre erudita y chismosa de aquel hombre feliz que se retiró hace más cuatro siglos a escribir y a leer en la biblioteca circular de su torre. Como Cervantes o Shakespeare si empezamos a leerlo nos acompañará a lo largo de toda nuestra vida, y a medida que pase el tiempo y sigamos leyendo nos enseñará cosas que ni siquiera habíamos sospechado en las primeras lecturas. Como el señor don Quijote de la letanía de Rubén el señor de Montaigne nos asistirá en nuestra diatriba contra los fanáticos y los propagadores de la ignorancia, contra los sinvergüenzas, contra los estafadores de la jerga psicopedagógica, contra los políticos que sólo pueden eternizarse en su parasitismo gracias a una ciudadanía analfabeta y embotada. En el viaje de vuelta soy yo quien entra en el vagón del metro con la nariz hundida en el libro, quien se queda tan absorto leyendo a Montaigne que cuando levanta los ojos descubre que se ha pasado de estación. -

jueves, 10 de enero de 2008

UNA LARGA MADRUGADA. Cristina Prieto

UNA LARGA MADRUGADA


Hacía las once de la mañana, Rosina y Elvira, entraron con su llave maestra en la habitación 169 para hacer la limpieza acostumbrada. A esas alturas, Don Evelio Duarte, el huésped de la misma, estaría sin duda dando su paseo matutino.
Les sorprendió que las persianas estuvieran aún bajadas, y encendieron la luz. Rosina gritó de repente, mientras Elvira se ocupaba en abrir las ventanas para ventilar el cuarto, cuya atmósfera estaba un tanto enrarecida.
- ¡Está muerto! -exclamó llevándose las manos a la boca. A Elvira le temblaban las piernas, y las dos decidieron salir inmediatamente de allí, e ir en busca del Sr. Gutiérrez, el encargado, para confirmar sus sospechas, ya que en ningún momento tocaron al presunto difunto, por lo que no podían aseverar que en efecto hubiera fallecido.
Pocos minutos después, el encargado, acompañado por las dos empleadas de la limpieza, se personó en la habitación. Se acercó a la cama e inspeccionó al pobre Don Evelio, que no presentaba buen aspecto. Tenía la piel tan pálida como la cera, y en su rostro, un tanto desfigurado, lo único que destacaba, era el color morado de sus labios. Buscó en el cuello la arteria carótida para comprobar si aún tenía pulso, pero tras varios intentos infructuosos, y sobretodo por la frialdad de la piel, confirmó la muerte del viejo, al parecer mientras dormía.
- Habrá que avisar al gerente - dijo lacónico - no os mováis de aquí - les indicó -volveré en un instante.
Cinco minutos más tarde regresó, esta vez con Don Jacinto Soler, quien a juzgar por su expresión ceñuda, estaba realmente disgustado ante la noticia.
- ¡Maldita sea! ¡Lo que nos faltaba, un fiambre!, y en estas fechas, con la ocupación al completo del hotel. No puedo creerlo, este viejo estúpido, bien podía haberse muerto en cualquier cuartucho de pensión barata. Sabía que este pájaro, nos traería problemas  exclamó casi al borde de un ataque.
- Vamos Don Jacinto, no diga eso. El pobre diablo, llevaba viviendo aquí más de tres meses, y siempre ha sido buen cliente y buen pagador -Gutiérrez trataba de calmar a su jefe, por que sabía como se las gastaba.
- Habrá que solucionar esto cuanto antes - Dijo sin dejar de mirar el cuerpo desfigurado
- Si, me ocuparé de llamar a la policía. Tendrá que venir un forense para certificar la muerte, y un juez para que ordene el levantamiento del cadáver - Se ofreció Gutiérrez solícito.
- ¿Pero qué dice hombre? ¿Se ha vuelto loco? No podemos llamar a la policía, todos los clientes se enterarían del incidente, y estaríamos perdidos. Un fallecimiento en un hotel, le da mala fama, y en menos de veinticuatro horas más de la mitad de las reservas serían anuladas. Ni hablar, no lo consentiré - Añadió enfurecido -Hemos de solventar el problema nosotros mismos, y de la forma más discreta posible ¿Entendido?
- Pero Señor, si no seguimos las disposiciones adecuadas para un caso como este, podemos tener problemas con la justicia. Antes o después, alguien reclamará a este hombre, y si nos denuncian, nos veremos envueltos en una investigación policial.
- ¡Silencio! - gritó - creo que ya le he explicado la cuestión Gutiérrez, no voy a repetirlo. No pienso poner en juego el prestigio del Hotel, por un viejo sesentón que decidió hace unas semanas, venir a morirse aquí, a mi establecimiento. Hay que deshacerse del cuerpo inmediatamente, y llevarlo cuanto más lejos mejor, y por supuesto sin que nadie, absolutamente nadie, se entere de nada. Piense cómo hacerlo, y queda claro que no intervendrá hasta pasada la medianoche, a esa hora, resultará más difícil que alguien pueda verles.
- ¿No pretenderá que entierre el cuerpo por ahí, así sin más y que actuemos como si no hubiese sucedido nada?
- Veo que ya me entiende. Si, eso es lo que quiero. Si no actúa según mis indicaciones, me veré obligado a ponerle de patitas en la calle. Por cierto eso las incluye a ustedes - agregó girándose en dirección a Rosina y Elvira, que lloriqueaban en un rincón - Asegúrense que esta desafortunada eventualidad, queda entre nosotros. Cuanta menos gente sepa lo acontecido mejor. Gutiérrez, comuníqueselo exclusivamente a alguien más del personal, para que le ayude en lo que haga falta. Dígale que son órdenes mías. En cuanto a ustedes Señoras, será mejor que no hablen sobre esto. Terminen su trabajo y tómense lo que resta de día libre, si es que Gutiérrez no les necesita.
El encargado cerró la habitación, una vez hubieron salido todos. Mandó a las mujeres a la cocina para que se tomaran una tila, y calmaran un poco los nervios, y después se metió en el pequeño cuarto que hacía las veces de despacho, para pensar. Las instrucciones del Gerente estaban claras, y si no actuaba según las mismas se jugaba el puesto. Necesitaba una buena idea, para sacar de allí el cadáver sin levantar sospechas, y un lugar dónde deshacerse de él. Al pensar esto, sintió una punzada de dolor. Don Evelio llevaba tanto tiempo allí, que era como de la familia. Todo el personal se había encariñado con el viejo marino, que gastaba bromas y solía estar de buen humor. Incluso jugaban por las noches, alguna que otra partida de poker, que le aliviaba la soledad de las madrugadas sin dormir. Se había apegado a él, porque era agradable, servicial y educado. Vestía exquisitamente, y no salía del hotel, sin perfumarse y sin que alguna de las camareras le cepillara el traje. Tenía sus peculiaridades, por ejemplo, todas las noches gustaba de tomar un chupito de ron añejo, y justificaba aquella costumbre aduciendo razones digestivas. Supo mientras le recordaba, que su ausencia se dejaría notar. Pensándolo bien, ya le estaba echando de menos.
Miró el reloj, eran las once y cuarenta y cinco minutos, disponía de unas trece horas para elaborar un plan, aunque el alma se le encogía ante la mera idea de llevar a cabo aquel disparatado propósito. Se levantó indignado y se puso la gabardina. En recepción dejó dicho a Luís, que precisaba salir un rato. Ya en la calle, caminó lo más deprisa que pudo, sin rumbo por las callejuelas, con el único afán de liberar toda la adrenalina que se acumulaba en su interior. Una hora más tarde, entró en un bar y pidió una copa. El alcohol acallaría la voz de la conciencia, y le permitiría acometer semejante inmoralidad.
La tarde pasó en una especie de telaraña pegajosa y desagradable, que le sumió en un estado de ensimismamiento. No consiguió concentrarse en el trabajo pendiente. Los clientes, que aquel día llegaban al hotel para pasar el puente en la ciudad, fueron personándose durante varias horas. Sobre las diez de la noche, pareció que el éxodo de huéspedes, cesaba. Revisó entonces las reservas que aún no habían sido cubiertas, comprobó que al menos dos personas todavía no habían hecho acto de aparición.
Habló con Luís, el chico de recepción, y le comunicó en pocas palabras lo sucedido, y las órdenes del Sr. Soler. El muchacho se negó en un principio a intervenir en un asunto tan delicado como macabro, pero cuando Gutiérrez le explicó que si no cumplían aquellas disposiciones, les despedirían, lo pensó mejor. Le contó cómo iban a hacerlo, y que ante todo, debían evitar encontrarse con nadie.
Subieron a la habitación, hasta entonces clausurada, y una vez dentro procedieron a preparar el cadáver. Le vistieron con sus mejores galas, un traje azul marino, elegante y discreto. Le cepillaron los cabellos blancos, y Rosina puso un poco de maquillaje sobre la cérea piel de la cara, para dotarla de un poco de color. Cuando estuvo listo, le colocaron el abrigo largo y un sombrero que él solía utilizar. La operación les llevó más de una hora, y terminaron agotados de cargar y movilizar un peso muerto de más de ochenta kilos. Le sentaron en un butacón y bajaron al despacho para descansar un poco y ultimar los detalles.
- Rosina, puede irse a casa. Gracias por su ayuda, y recuerde que no debe decir una sola palabra de esto a nadie. La veré esta noche.- indicó Gutiérrez poniendo la mano sobre su hombro, demostrándole su aprecio. La mujer se marchó con la cabeza baja, y los ojos huidizos ante las miradas del resto de la gente. Temía que su expresión pudiera delatarla.
Una hora después, Luís y Gutiérrez, regresaron a su cita con Don Evelio que les aguardaba tranquilamente sentado frente al televisor. Subieron una silla de ruedas, propiedad del hotel para los clientes disminuidos, y que también usaban en caso de algún accidente leve. Acomodaron al hombre en aquel medio de transporte que no levantaría sospechas, y le bajaron al hall por el ascensor de servicio. Una vez allí, le metieron en el despacho, mientras Luís, se dirigía al garaje para preparar el vehículo. Una llamada perdida fue la señal. Gutiérrez empujó la silla hasta el parking, y entre ambos, le introdujeron en el coche, no sin antes inspeccionar a su alrededor para comprobar que nadie les observaba.
Hacía las seis de la madrugada, el Sr. Soler se personó en el hotel. Hizo un gesto a Gutiérrez que tenía el turno de noche, para que le acompañara al despacho. Una vez dentro, le rogó que tomara asiento y le sirvió un vaso de ron.
-¿Y bien? ¿Ya está todo solucionado? - preguntó tomando un trago y paladeando la bebida.
- Si señor, todo arreglado - contestó el empleado con un deje de rencor en la voz.
- De acuerdo, sabía que podía confiar en usted. Siempre le he considerado un buen trabajador, y lo que más me gusta es que es capaz de resolver los imprevistos con pericia e imaginación -adujo con aire conciliador. - Cuénteme como lo ha conseguido, estoy deseando que me ponga al corriente - añadió dándole la espalda para encender un buen habano.
-Me temo que la solución me la dio usted mismo, cuando dijo que le enviara lo más lejos posible de aquí - aclaró Gutiérrez.
- Explíquese
- Fue sencillo, le mande de vuelta a casa
- No comprendo ¿qué quiere decir?
-Le compre un billete de vuelta, y le dejé en el autobús - dijo Gutiérrez, que ahora se despojaba de la chaqueta de su uniforme, y la puso sobre el sillón - He tomado más de una decisión importante hoy, Sr. Soler. Creo que nuestra relación laboral, ha finalizado.
- ¿No lo dirá en serio? - le espetó perplejo
-Me temo que así es. Dimito -Dijo saliendo por la puerta.

A media mañana, la policía hizo acto de aparición. Buscaban al Gerente del establecimiento.
- Me temo que tiene muchas cosas que aclararnos Sr. Soler, al respecto de un individuo que se alojaba aquí, hasta la noche pasada. Al parecer han encontrado su cadáver, en un autobús, en la estación.
- ¿Y qué tengo yo que ver con eso? - preguntó visiblemente alterado
- Más de lo que le gustaría. En uno de los bolsillos de su abrigo, había una tarjeta de este hotel, y al reverso, una anotación muy significativa “Busquen al Sr, Soler, el Gerente, él sabrá explicarles que hago aquí”. Eso sin contar que el billete fue abonado a través de una cuenta para imprevistos de este establecimiento, e iba expedido a su nombre. ¿Si es tan amable de acompañarnos?...

viernes, 28 de diciembre de 2007

"Dolce Vita" (Toñi)

DOLCE VITA

Por Toñi Sánchez Verdejo


El sonido insistente de un timbre me despierta. La primera impresión es de extrañeza; estoy acostada en una cama que no reconozco como mía. En la penumbra tanteo el espacio buscando el interruptor de alguna lámpara; lo encuentro. La luz ilumina una habitación de hotel. A mi lado un hombre duerme aovillado hacia el otro lado. Lo que suena es un teléfono heraldo de color gris. Lo descuelgo y alguien me dice con voz cantarina:

- Bon giorno, signora. Sone le sette.
- Bene, grazie –contesto, y tras escuchar el consabido « Prego », dejo caer el auricular sobre su base.

Siento el malestar típico de la resaca; me incorporo despacio, me estoy mareando; trato de tranquilizarme masajeándome las sienes. Este hombre que duerme conmigo no es mi marido; no sé nada de él, aunque mis labios guardan un nombre que he estado repitiendo, como un mantra, toda la noche:

- Marcello.

Lo pronuncio en voz baja y vuelvo la cabeza para contemplarlo. Está desnudo (yo también) y tiene un cuerpo joven y musculoso. Lo que veo no me disgusta, el pelo negro y largo revuelto sobre la cabecera; la piel bronceada y sobre el hombro derecho un tatuaje que, de eso estoy segura, he besado varias veces antes de dormirme. Poco a poco voy recordando que, antes de haber sido despertada de forma tan brusca, estaba abrazada a él, sintiendo su olor a colonia cara y el rumor de su respiración cerca de mi oído. Lo toco con timidez y se remueve perezosamente, así que me vuelvo a meter entre las sábanas, innecesarias porque es verano, suficientes para cubrir nuestros cuerpos desnudos. Me acuesto hacia el lado contrario a él intentando calmarme, pues mi corazón late tan deprisa que temo despertarle.

La habitación es espaciosa, está decorada con elegancia y huele a madera recién barnizada. Veo un boureau de color caoba con una silla tapizada en seda donde se mezclan nuestras ropas. Un complicado cortinaje en tonos azules, que parece el telón de un teatro, oculta la claridad del amanecer.

Hago ademán de levantarme para mirar por la ventana, pero en ese momento Marcello se da la vuelta y me abraza, haciéndome cosquillas en el cuello. Y sigue haciéndome cosquillas más abajo, más, recorriendo mi cuerpo con estudiada lentitud. Me dejo llevar por el momento y me inunda un sopor dulce en el que sólo importa su calor y la suavidad de su piel.

- Marcello. Marcello...
- ¿Quién coño es Marcello?

Abro los ojos sobresaltada. Manolo, mi marido, ha encendido la luz de su mesita. Por el tono de su voz sé que está enfadado otra vez. Veo sus ojeras y sus ojos enrojecidos, su espesa barba donde destaca el color blanco. Le tiembla el labio inferior mientras espera que le responda.

- Anda, déjame tranquila y apaga la luz. Estaba soñando...
- ¡Siempre igual! Me tienes muy mosqueado con el dichoso Marcello.

Refunfuñando apaga la luz. Me doy la vuelta contra él, tratando de no rozar absolutamente ningún punto de su cuerpo, pegajoso por el sudor. Y sigo recreándome en mis recuerdos.

Hace cinco años. Roma. Hotel Internazionale. A un paseo de la Fontana de Trevi, donde tiré una moneda para volver otra vez. Y siempre vuelvo a Roma. Fue un viaje inolvidable; una de esas ocasiones en las que una encuentra una oferta en internet y no quiere dejarla escapar. Manolo, siempre tan reacio a hacer cosas nuevas, no quiso venirse conmigo, pero al final me decidí a ir sin él, con un grupo de amigas. Conocí a Marcello en la cafetería del hotel. Él estaba solo, yo también. Congeniamos, bebimos juntos. Me dijo que era hermosa y le dejé que me acompañara a mi habitación. Sólo fue una noche que no ha trascendido nada en mi estabilidad matrimonial, pero ... qué bien besaba. Qué bien se movía bajo las sábanas.

Siempre vuelvo a Roma. Porque con Marcello, en aquella habitación tan lujosa, probé una noche el sabor del pecado y de la “dolce vita”.

viernes, 21 de diciembre de 2007

LA NOCHE IMAGINADA (Fermín Gallego)

La portada renacentista que tenía ante mí hizo que mis pasos abordaran la recepción del hotel con cierto complejo de inferioridad, como si resultara imposible que fuera yo quien estaba allí en esos momentos. Pero sí, ese era el lugar asignado para alojarme a fin de asistir al curso organizado por mi empresa, un hotel que con mucho sobrepasaba mis posibilidades económicas si me hubiera planteado acudir por mi cuenta. Un trato educado y exquisito me acompañó durante las formalidades de recepción, lo cual acentuaba mi sensación de incomodidad, aunque más bien se trataba de un sentimiento de no pertenencia a una clase social que solía alojarse en lugares como ese, mientras yo, acudía a las ofertas con pocas estrellas cuando iba de viaje. Por fin una última sonrisa dibujó las palabras de la amable muchacha que me entregaba la tarjeta de mi habitación.
Me dirigí a los ascensores a través del antiguo claustro bellamente restaurado, acompañado por el sonido cadencioso y relajante del agua que manaba de la fuente situada en su centro.
Al abrir la habitación, me sorprendió la decoración minimalista que tanto contrastaba con la arquitectura del edificio. A pesar de mi sorpresa inicial, todo parecía perfecto, ubicado en el sitio preciso. Me dio la sensación de que encontraría en ella cualquier cosa que pudiera precisar durante mi estancia. Tal vez por ello, al cerrar la puerta, experimenté una satisfacción brotando de mi interior, como si quisiera atestiguar lo a gusto que pensaba sentirme en los próximos días.
Atardecía cuando salí del hotel. Quería reconocer la población, volver a pasear por sus estrechas callejas que tanto me habían gustado en anteriores visitas. Fue un corto paseo porque tenía que acudir a cenar al hotel. Cuando estaba finalizando de atravesar el puente sobre el río que comunicaba la ciudad vieja con mi alojamiento, me fijé en el bello rostro de una chica que venía hacia mí, con el pelo muy negro, a lo garçón, hablaba distraída por su móvil. Nuestras miradas se cruzaron por un instante, me pareció que se detenían, como si intentasen memorizar las facciones que cada uno tenía delante.
El antiguo refectorio del monasterio había recuperado su función primitiva. Me señalaron las tres mesas reservadas en las que ya estaban sentados otros comensales y que por lo tanto, suponía serían compañeros míos del curso que en ese mismo momento iba a conocer. En todas ellas quedaba algún hueco y elegí una al azar. Al ocupar mi silla creí oportuno identificarme básicamente, es decir mi nombre y de donde venía. Cada uno de ellos fue haciendo lo mismo, desgranando los mismos datos en una ceremonia que alguno ya repetía varias veces y que volvería a repetirse en cuanto se ocuparon los dos sitios que todavía quedaban vacíos en mi mesa. Llegó primero un señor que no sé por qué razón, encontré bastante mayor para estar allí. Y a continuación, apareció la bella chica del puente. Al quitarse la gabardina negra, dejó al descubierto un bello vestido rojo dibujando las formas de un cuerpo sensual que de nuevo y más intensamente me hizo pensar en la imagen de una mujer francesa. A pesar de no estar a su lado nuestras miradas se cruzaron a lo largo de la velada. La charla de los comensales se limitaba al único mundo que en ese momento teníamos en común: la empresa que nos había unido en aquel curso que comenzaría a primera hora del día siguiente.
Al acabar la cena, la mayoría optó por retirarse a sus habitaciones. Un pequeño grupo decidimos volver a la ciudad aprovechando la magnífica noche otoñal, con la única pretensión de bajar la cena durante un pequeño recorrido y regresar pronto al hotel. Yo era el único que ya había estado allí y actué de anfitrión por las empedradas calles casi desiertas, iluminadas con farolas que con su amarillenta luz tapizaban de misterio y encanto nuestros pasos. También estaba ella, compartiendo la conversación general hasta que en un momento del recorrido coincidimos y pudimos confirmar que por la tarde en el puente, los dos habíamos presentido que éramos compañeros del curso.
Poco a poco, intentamos hurgar con nuestras preguntas en una vertiente más íntima de nuestra vida. En su presencia no sabía por qué, me sentía como en una nube. ¿Qué pretendía con mi actitud de embeleso?, tal vez soñar despierto, pero ¡por qué en esos momentos! quizá había leído demasiadas novelas románticas y quería transformar lo que tan solo era un suceso ordinario y corriente en una aureola mágica que irradiara durante los días que iba a tener por delante. Y ¿a cuento de qué?, nada me había dado el más mínimo pie para ello, pero el caso es que ahí seguía, prendado de su figura.
Las voces de los demás me hicieron recobrar la realidad cuando me pidieron que regresáramos al hotel. Ya en el umbral del claustro, nos fuimos despidiendo hasta el día siguiente. La chica objeto de mi sueño y yo, decidimos utilizar la escalera ya que nuestras habitaciones estaban en la primera planta.
Llegamos primero a su puerta, ella inició su despedida mientras yo, mudo entre el deseo de no sabía qué y la imposibilidad de quitar mis ojos de ella, no acertaba a desearle buenas noches. Por fin después de unas balbucientes y atropelladas palabras, me dirigí a mi habitación a la vez que sentía cómo un desasosiego iba inundando mi interior, acentuándose cuando cerré la puerta tras de mí. No quería maldecirme porque no tenía ningún sentido ni nada lo motivaba y por ello, trataba de convencerme que lo más oportuno, lo coherente y natural era lo que había ocurrido, es decir, nada. Y por lo tanto, no tenía por qué convertirlo en una decepción por haber desperdiciado una aventura pasional que simplemente era fruto de mi imaginación, porque estaba casi seguro que era solo eso. Pero al momento, sin dejar reposo a esa idea volvía a ver sus ojos en mi recuerdo y trataba de nuevo de interpretar su mirada con el deseo que se forjaba únicamente en mí como un espejismo.
Me metí en la cama con un libro que había traído a medio leer desde mi casa, quizá lograría sumergirme en sus páginas, esperaba que esa historia me arrastrara por un mundo de ficción y me hiciera olvidar esa otra quimera que construía mi fantasía a pasos agigantados sin ninguna base lógica. A las pocas páginas, como consecuencia del largo viaje, conseguí dormirme.
A la mañana siguiente, me presenté puntual en el comedor para tomar el desayuno, preámbulo del curso objeto del viaje. Fui de los primeros en llegar y conforme se oía la puerta, levantaba la mirada tratando de atisbar quien entraba. Y lo fueron haciendo mis compañeros, únicos comensales a esa hora tan temprana, pero no, la musa de mi fantasía no acababa de llegar. Quizás se le había hecho tarde e iría directamente al aula.
Eran las nueve en punto cuando el Jefe de Formación de la empresa presentó el curso y al moderador que lo iba a impartir. El salón elegido estaba primorosamente decorado, como el resto de las estancias del edificio. Alrededor de una mesa ovalada estábamos sentados los asistentes. Bueno, todos no, faltaba ella y antes de que mi mente hiciera más divagaciones, el ponente nos comentó que lamentaba la ausencia de nuestra compañera, pero había recibido una llamada familiar urgente, que le había hecho abandonar el hotel en el transcurso de la noche.
No sé si alguien me miró en ese momento, pero mi rostro debía ser una mezcla de perplejidad, decepción y tristeza. Todo a la vez. El curso, imagino que empezó en esos instantes pero yo sólo sentía un vacío, una sensación de irrealidad que hizo al compañero de al lado preguntarme si mi encontraba bien, si me ocurría algo. Le dije que no, a la vez que me levantaba para salir al baño, abrir el grifo y echarme agua en la cara, como para lograr despertar de un sueño. Volví al salón pensando que quizá me había equivocado, que tal vez ella estuviera allí. Pero no, además del mío, existía otro sillón vacío que ya nadie iba a ocupar durante aquel Curso que acababa de comenzar.

jueves, 20 de diciembre de 2007

RESUMEN DE LA ÚLTIMA REUNIÓN

El martes celebramos nuestra última reunión del año. Como viene siendo habitual (y encomiable) casi todo el mundo trajo los deberes hechos, y una vez más tengo que decir que el nivel del grupo me parece excelente, opinión más que subjetiva si tenemos en cuenta que además tres de nuestros compañeros ayer mismo fueron premiados (una vez más felicidades a Toñi, Nieves y Miguel Ángel) ... Y siguiendo con la reunión, se nos ocurrió introducir el juego de escribir los relatos de forma anónima e intercambiarlos a la hora de leerlos. Resultó muy curioso el experimento ya que nos llevamos muchas sorpresas: salvo Fermín, que leyó el suyo propio por cuestiones prácticas, entre todos los demás hubo confusión: en la quiniela algunos apostaron porque el de Arístides podía haberlo escrito Toñi, el de Alicia,Cristina; el de Cristina, Alicia o Diana; el cuento de Nieves podía haber sido de Diana, el mío de Diana también, o el de Diana el mío... hasta a Miguel Ángel lo metieron en el saco y eso que esta vez no había escrito cuento. En fin, nadie acertó de pleno la quiniela así que el jamón lo guardamos para la próxima ocasión.
Después de jugar a las adivinanzas, repartirmos los folletos (¡ha quedado chulísimo!) y entre todos acordamos distribuirlos por los sitios más emblemáticos de la ciudad (culturalmente hablando). El resto del tiempo lo empleamos en hablar de aburridos pero necesrios temas burocráticos y tuvimos que abandonar el aula antes de tiempo con lo cual nos quedaron pendientes algunos ejercicios que llevaba preparados para vosotros y que guardaré junto al jamón.
En fin ... eso fue más o menos todo. Ya sólo me queda desearos una Feliz Navidad y que el 2008 sea un buen año para todos; muchos días blancos para llenar con ilusiones, sueños y palabras... Nos vemos en enero.

Teresa

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Una mañana torcida

UNA MAÑANA TORCIDA

A Julia se le había torcido la mañana. Había hecho planes que ahora debería cambiar y, sobre todo, las prisas, era lo que más le disgustaba.
Introdujo la tarjeta magnética en la puerta de la habitación 215, la que tenía las mejores vistas de todo el hotel. La cama estaba aún deshecha. Estiró un poco la colcha y abrió las puertas del ropero. Se detuvo a contemplar los vestidos colgados, esta vez eligió tres, el negro de tirantes y lentejuelas, el rojo con volantes en los puños y el dorado con el enorme escote. Los acomodó sobre la colcha estirada. Abrió los cajones de la cómoda y se decidió por un conjunto de ropa interior de encaje negro. Se desnudó deprisa. Se puso las bragas diminutas y el sujetador que le iba un poco estrecho, detalle que desmerecía la abundancia de sus pechos aunque, con resignación pensó, hoy no había tiempo para seleccionar otro que le sentara mejor. Se miró al espejo de frente, no estaba mal; de perfil, le abultaba un poco la barriga, contuvo la respiración y mejoró la imagen. Finalmente se decidió por el vestido negro. Tenía una caída estupenda y era el que más le gustaba porque no le marcaba demasiado. Se veían los tirantes del sujetador pero no quedaba mal, en cualquier caso ya no había tiempo de elegir otro. Se decidió por el par de zapatos que se puso hacía dos días y que eran los que menos daño le hacían, sin medias, con las prisas temía romperlas. Dentro de la bolsa de aseo encontró el pequeño sobre de terciopelo con el collar de piedras verdes y los pendientes a juego. Se los puso y se soltó el cabello, sacudió la cabeza y le cayeron unos rizos negros sobre la frente dándole un aire sensual. Ahora sólo quedaba un poco de carmín y unas gotas de perfume. Volvió a mirarse en el espejo del armario, se sentó en la pequeña butaca sin dejar de observar sus movimientos, cruzó las piernas, las descruzó, se echó el pelo hacia atrás, volvió a poner los rizos sobre la frente, se sentó de lado, se puso de pié y dio unos pasos por la habitación. Se sentía satisfecha con el resultado. Lástima que la mañana se había torcido, con lo guapa que se veía. Se echó el abrigo por los hombros, le fascinaba el tacto cálido de la piel y volvió a dar un par de vueltas por la habitación sin dejar de mirarse en el espejo. Consultó el reloj, apenas disponía de unos minutos. Colgó el abrigo en el perchero. Se desnudó nuevamente y volvió a guardar el vestido en la percha vacía. Se quitó la ropa interior, la dobló cuidadosamente y la colocó en el cajón abierto. Se puso las bragas de algodón y el sujetador que descansaban en una silla, se recogió el pelo y se puso la bata blanca. La mañana se había torcido, la rumana estaba enferma y aún le quedaban cuatro habitaciones más para limpiar.

FIN

Vota tu relato favorito

Ya se pueden votar los relatos leídos en la reunión del día 18 de Diciembre y cuya temática común era estar ambientados en un hotel.
Los autores pueden ir colgando sus textos para que puedan ser leídos por aquellos que todavía no lo hayan hecho.

jueves, 13 de diciembre de 2007

Atención: la última reunión del año cambia de fecha

Por cierre de la Biblioteca la tarde del día 19 de Diciembre, la reunión del Club se adelanta un día, al día 18 martes. El horario es el mismo, de 7 a 9, y el lugar, posiblemente, el salón de actos.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

BLOG O BITACORA POR ENRIQUE

Sólo quería decir que acabo de probar esto de escribir algo en el blog, -que para mí habría que llamarle bitácora según la RAE, por cierto que transcribo aquí la entrada de bitácora.

bitácora. ‘Armario, junto al timón, donde está la brújula’. Se emplea a menudo en la locución cuaderno de bitácora, ‘libro en que se apunta el rumbo, la velocidad, las maniobras y demás accidentes de la navegación’. A partir de esta expresión, se ha tomado la voz bitácora para traducir el término inglés weblog (de web + log(book); abreviado, blog), que significa ‘sitio electrónico personal, actualizado con mucha frecuencia, donde alguien escribe a modo de diario o sobre temas que despiertan su interés, y donde quedan recopilados asimismo los comentarios que esos textos suscitan en sus lectores’. La equivalencia (cuaderno de) bitácora se halla bastante difundida en español y traduce con precisión el término inglés log(book): «Los corresponsales de guerra italianos ofrecen nuevas perspectivas del conflicto iraquí a través de sus cuadernos de bitácora en Internet» (País [Esp.] 2.9.04); «No es cosa de broma esto de las bitácoras, como también se conoce a tales webs» (Luna [Esp.] 14.3.03). Para hacer más explícita su vinculación con Internet (como hace el inglés weblog), podría usarse el término ciberbitácora o, como ya hacen algunos, ciberdiario (→ ciber-): «Como en otras ocasiones, no le quedó otra opción que publicar el hallazgo en su ciberdiario» (Mundo@ [Esp.] 25.4.02); no obstante, este último término tiene el inconveniente de que también se emplea como equivalente de periódico digital.

Bueno, lo dicho, que me parece una maravilla esto de poder leer lo que otros opinan o escriben y viceversa. Por cierto, el tema de lo de la habitación de un hotel es superliterario cien por cien. Estoy deseando leer alguno de vuestros relatos y lo mismo hasta yo mismo me animo, no lo sé, no prometo nada. Un saludo a todos los cibermiembros (que no cibermembrillos) del club.

martes, 11 de diciembre de 2007

La Fuga (Miguel Angel)


Antes de que la televisión diera un chispazo, yéndose a tomar por culo la imagen y todo el sistema eléctrico, el presentador del telediario de la primera conminaba con vehemencia a que se sellaran puertas y ventanas de manera urgente. “Es la única medida para protegerse de la nube tóxica”, aseguró.
Una nave con productos químicos había reventado en las afueras de Madrid, y con ella medio polígono industrial del que formaba parte. De lo del apagón nada habían dicho en las noticias, así que supuse que aquel progresivo desastre también habría alcanzado la central eléctrica que abastece mi zona. Con el adosado cerrado a cal y canto, sin luz, y mi mujer de compañía como mal menor, el panorama era dantesco, no hacía falta que me lo advirtiera Lorenzo Milá. Por lo menos tenía a los niños de acampada en Somosierra y no jodiendo la marrana, como siempre. Aunque no me salió de balde, porque con lo que me costaba la inscripción, ya podían tener montadas las tiendas en el puto Meliá Castilla.
“Josefa, ¿dónde cojones están las velas?”, grité mientras rebuscaba a tientas en uno de los cajones del aparador del salón. “En esta casa siempre estamos igual, me cago en la hostia, cuando uno necesita algo nunca lo encuentra”. “Tranquilo, Mariano. Ya las saco yo”, respondió ella desde la cocina.
Veinte minutos después de producirse el apagón, el gélido aire del invierno madrileño se había mudado dentro del adosado. Nuestra calefacción es eléctrica, como nuestra vitrocerámica, nuestra caldera y nuestra televisión. ¡Joder!, no me importaba lo más mínimo morirme de frío; ni comerme una lata de sardinas; y mucho menos masajearme los cojones con los chorros del yacusi; pero, por el amor de Dios, sólo pedía una cosa: que funcionara la puta televisión.
“Mariano, ¿se puede saber qué estás haciendo?”, dijo mi mujer viéndome manipular el mando del televisor. “¡Qué voy a hacer!”, contesté yo. “¡El gilipollas! ¡Eso es lo que estoy haciendo, el gilipollas! Manejando el mando a distancia como si fuera la espada láser de Luke Skye Walker, intenté desafiar a la compañía eléctrica y al sentido común buscando irradiar energía a aquel cadáver de cuarenta y dos pulgadas y pantalla de plasma. “Así no vas a conseguir nada, ¿es qué no te das cuenta?”, prosiguió ella. “Claro que me doy cuenta. Eso es lo malo, que me doy jodida cuenta de que ya ha empezado la segunda parte del partido de Champions”, protesté estrellando el mando contra la pared. Mi mujer me miró como si nada hubiera pasado y dijo: “Mariano, mírale el lado bueno: ahora podemos dedicarnos ese tiempo que siempre nos falta. ¡Venga, anímate! Vamos abajo, que te he preparado una cena de lo más romántico”. Aquella noche, mientras descendíamos las escaleras que conducen a la bodeguilla, yo destilaba toneladas de romanticismo, por los cojones.
Aunque me sepa mal, debo reconocer que mi mujer siempre ha sido muy detallista. A la mesa no le faltaba nada: las imprescindibles velas, las copas de cristal de Murano, el mejor vino de mi coqueta colección, la vajilla de loza y en medio de todo aquel despliegue, una fuente con un kilo de la cosa que más me gusta de este mundo: langostinos del Mar Menor.
Al estar en un sótano, la temperatura, comparada con la del resto del adosado, era casi acogedora. Me quité el anorak que me había comprado para ir a Baqueira y, entonces, escuché de fondo la voz de Rafael Farina. Al final, la noche no iba a ser tan catastrófica como preveía. Josefa había estado en todo, rescatando, de no se sabía dónde, un par de pilas con las que darle brío al rey de la copla en un compacto. “Cariño”, le dije. “Todo esto es perfecto, y si hubiera un poco de mayonesa para los langostinos ya sería sublime”. “Ahora mismo subo a por el bote”, anunció ella complaciente.
La idea me vino de pronto, al descabezar el primer crustáceo. Me levanté, cerré la puerta de la bodega pasándole el cerrojo y volví a mi asiento para retomar la cabeza que me había dejado pendiente. En eso, regresó mi mujer: “Mariano, abre la puerta”. No contesté, estaba demasiado ocupado sorbiéndole la sustancia al langostino. “Mariano, no seas tonto y abre la puerta”. Le quité la cáscara y me lo metí entero en la boca. “Mariano, no me hacen ninguna gracia estas bromas tuyas”, insistió ella. Mastiqué con parsimonia, deleitándome en cada dentellada. “¡Mariano, abre la puta puerta! Tragué y alargué la mano para hacerme con otro ejemplar. “¡Mariano, cabronazo, me cago en todos tus muertos!”, gritó Josefa al borde del histerismo. Menuda boca tiene la hija de puta, pensé. Me limpié la comisura de los labios con una servilleta de papel y me dije: “La gilipollas ésta todavía no sabe que los langostinos no se comen con mayonesa. Les mata el sabor.”

lunes, 10 de diciembre de 2007

Tormenta, por Toñi

Después de convencerse de que no hay nada que hacer, ha dejado de maldecir. Lo observo sin hacer ningún comentario; ya lo he visto así otras veces, demasiadas, aunque el hecho que provoca esta crisis está justificado: la tormenta ha paralizado la ciudad. La policía recomienda que la gente permanezca en sus casas, además de que nada funciona correctamente: no hay electricidad, han cortado el suministro de agua y las calles se han vuelto intransitables.

Yo estoy tranquila. Me imagino que el agua anega la ciudad y las calles se convierten en canales navegables, como los de Venecia; esto me pone de buen humor y sonrío. Sebastián repara en mi gesto y me dice con tono agrio:

- ¿Es que eres tonta? ¿La ciudad es un caos y tú te ríes?

Sin hacerle caso huyo a la cocina. Sigo imaginándome que estoy en otra parte mientras busco entre las latas de conserva algo con qué preparar la cena. He encendido algunas velas, pues está cayendo la tarde y la oscuridad empieza a desdibujar los contornos. Cuando acabo me pregunto qué estará haciendo Sebastián y salgo al salón para encontrarlo sentado en el sofá con la mirada perdida. Hay algo extraño: ah, sí. La televisión está apagada. Sin decir una palabra, para evitar problemas, saco el mantel de hule y preparo la mesa. Cuando acabo, le aviso a Sebastián con voz neutra y nos sentamos, uno frente a otro, a la mesa iluminada por un par de velas.

Cualquiera que nos vea pensará que es una cena romántica. Nada más lejos de la realidad. Después de treinta años de convivencia, Sebastián y yo estamos cansados; a pesar de ello, parecemos un matrimonio estable. Sobre todo porque hemos acordado, de forma tácita, vivir sin tocarnos las narices. Yo voy por mi lado y él por el suyo; dormimos en camas separadas y ninguno interfiere en la vida del otro. Me han dicho que tiene a alguien, pero nunca he querido saber nada. Yo, por mi parte, me hice amiga de Ansiolit y de Orfidal y gracias a ellos vivo más tranquila. Vamos juntos a los acontecimientos sociales y familiares donde no tenemos más remedio que figurar y parece que “hacemos una buena pareja” a la miope vista de los demás... es mejor así, más cómodo y mi vida, de todos modos, ya está en su recta final.

Sin embargo, esta noche, ante una cena fría compartida con él a la luz de las velas, siento nostalgia y ... no sé qué sensación de haber sido estafada. Y lo miro y me siento incómoda al no encontrar nada que decirle.

- Tenía que haberte hecho caso cuando me dijiste que era mejor poner el gas. Así ahora habríamos cenado algo caliente –le digo, por decir algo.
- Qué más da.- me contesta con amargura, mientras concentra toda su atención en pinchar una aceituna con la punta del cuchillo. Pero la aceituna se resbala cada vez que él la pincha y el cuchillo da en el plato haciendo un ruido estridente.
- No hagas eso, por favor. Me estás poniendo nerviosa...

Sebastián me mira con fastidio. Suspira, deja caer el cuchillo sobre la mesa y coge finalmente la aceituna con la mano. Hay en él una expresión de aburrimiento tan poco disimulado que me dan ganas de irme a otra habitación.

Seguimos comiendo en silencio. Sólo se oye la lluvia caer desmesuradamente y algunas veces rayos que me asustan, pero intento disimular la tensión. A pesar del esfuerzo, la presión en mi pecho se hace más y más fuerte.

- ¿Crees que estamos seguros? Tengo miedo... No para de llover y ...

Las lágrimas, tantas veces reprimidas, empiezan a salir de mis ojos, tan torrencialmente como la lluvia. Lloro desconsoladamente y él me mira, incómodo. Por fin reacciona: se levanta y pone su mano sobre mi hombro. Con torpeza hace que me levante de la silla y me conduce al sofá. Me arropa con una manta, intenta consolarme diciendo: “No pasa nada, ya verás como no...” pero hace tanto tiempo que no me toca que el contacto de sus manos sobre mi espalda me hace llorar con más fuerza. Se ha desatado una tormenta en mi interior.

Finalmente va a la cocina y trae dos vasos. Vierte sobre ellos un líquido y me da a beber. Esperaba que fuera agua, pero mis labios se queman al contacto con el alcohol. Bebo dócilmente. Él también bebe. Me limpio la cara con la manta. Después de algunos tragos me dice:

- ¿Estás mejor?
- Sí, gracias. – Mi voz suena rara, un poco gangosa por la mucosidad del llanto. Me paso las manos por la cara y echo otro trago de coñac.- Esto es un buen reconstituyente.

Bebemos sentados en el sofá. Le miro de reojo: mi marido. Era guapo cuando era joven. Siempre de buen humor, tan simpático.
- Tú no solías ser tan llorona –me dice, como si me hubiera leído el pensamiento.- Hacía falta que cayera el diluvio universal para verte perder los estribos.

Trato de sonreir. No sé qué contestarle. Sólo puedo tragar a grandes sorbos el coñac. Pronto se acaba la botella. Buscamos otra.

- No está mal este sustituto de la televisión – comenta, buscando mi complicidad. No la encuentra.

Porque ni siquiera esto desata mi lengua. Se me han podrido las buenas palabras hace mucho, mucho tiempo. Siento que la cabeza me da vueltas; inconscientemente busco el hueco de su hombro, aquel lugar donde yo solía refugiarme en el pasado, pero ha hecho un gesto de rechazo tal que he huido, como catapultada, al rincón más alejado de él en el sofá. Arrebujada en la manta, lo observo con rencor preguntándome, una vez más, quién es este hombre con el que vivo.
- ¿Cuándo acabará esto? –pregunta, después de un largo silencio. Yo no le contesto, no sé a qué se refiere, si a la tormenta, a la incomodidad de la situación o a nuestro matrimonio. Estoy haciendo la cuenta de los años que nos quedan y qué voy hacer con tanto tiempo inútil.
Un relámpago me saca de mis pensamientos. Me doy cuenta de que estoy a oscuras en la habitación vacía. Sólo una vela chisporrotea sobre la mesa, a punto de apagarse.




Con el permiso de Teresa, que es la próxima coordinadora, quiero recordaros que, en la pre-cena de navidad, decidimos, para este próximo encuentro, mezclar nuestros cuentos y que no los leyeran los propios autores, sino otros. Así podríamos "jugar" a adivinar quién lo ha escrito y si suena igual o mejora o empeora en otra voz. ¿Qué os parece? ¿Os gusta la idea?

Pues ya sabeis, el miércoles de la semana que viene jugamos al amigo lector invisible.

Toñi