jueves, 17 de enero de 2008

Artículo de Antonio Muñoz Molina (Enrique)

Leí este artículo de Antonio Muñoz Molina, bueno ahí abajo vienen los datos de donde y la fecha, y me pareció genial. Me gusta cómo escribe y alguna de sus novelas me ha encantado. Vosotros ¿Qué pensáis? Por cierto, ¿Quién de vosotros, como se dice en el artículo, no ha ido en Metro, tren o autobús queriendo saber qué leches estaba leyendo el pasajero del otro asiento? A mi me ha pasado muchas veces.


IDA Y VUELTA El libro ilimitado Antonio Muñoz Molina

BABELIA - 15-12-2007
Voy en el metro a media mañana camino de una de mis librerías más queridas de Madrid y aunque llevo abierto el periódico miro de soslayo con un gesto reflejo cada vez que entra en el vagón alguien con un libro en las manos. No siempre es fácil identificar su título, y hay que tener mucho cuidado para que la curiosidad no se confunda con la metijonería. Es como ser un mirón digno que por nada del mundo quiere verse metido en un trance embarazoso. El libro está a veces en una posición casi horizontal, para que reciba mejor la luz del techo, y no es cuestión de adelantar la cabeza y torcer el cuello queriendo mirar la cubierta desde abajo. ¿Cuál será ese libro de bolsillo tan grueso del que no ha apartado los ojos ni siquiera al dar una zancada desde el andén ese lector que acaba de sentarse frente a mí? Lo ha doblado por la mitad, con riesgo de descuadernarlo, lo aprieta como estrujándolo entre las dos manos. Es un joven de veintitantos años con el pelo encrespado de rizos casi africanos, sin afeitar, con una mochila pequeña a la espalda. Da la impresión de que se levantó de la cama con el libro en la mano y que pasó así con él delante del espejo del baño.
Mantengo la vigilancia mientras leo el periódico. El titular de la primera página es el desastre de los índices escolares de lectura en España. Sólo hace unos días la enigmática ministra de Educación aseguró que ella no ve ningún problema en que los chicos usen el teléfono móvil mientras están en clase. La enseñanza pública se deteriora irreparablemente en España gracias a una conspiración de ignorancia tramada desde hace años por la chusma política y la secta pedagógica y las autoridades ya tienen un culpable: el franquismo. Quién si no. Como mi tierra natal está incluso a la cola del desastre leo que la consejera de Educación de la Junta de Andalucía ha descubierto una causa todavía más lejana: nuestro atraso histórico. A ellos, los socialistas que llevan gobernando en Andalucía un cuarto de siglo, que los registren. Pienso en mis maestros, los que me enseñaron contra viento y marea a leer y a escribir y a amar el conocimiento en años de oscurantismo y pobreza; pienso en tantos profesores vocacionales y derrotados que conozco, en las cartas despectivas o perdonavidas o del todo insultantes de pedagogos y expertos, de enchufados de diverso pelaje, que he recibido sin falta cada vez que he escrito sobre las quejas amargas de mis amigos profesores y sobre lo que yo estaba descubriendo con mis propios ojos con sólo hojear los libros de texto de mis hijos y escuchar las historias que me contaban al volver de la escuela.
A los expertos, a los gurús de la jerga psicopedagógica y a los enchufados no les cabía la menor duda: los que alertábamos sobre la degradación de la enseñanza nos habíamos vuelto de derechas y no sabíamos nada, no entendíamos de nada. Ellos sí que entendían: a la vista están los resultados. Cierro el periódico con asco y el hombre joven que leía frente a mí levanta los ojos de su libro. A mi atención de espía le basta un segundo para descubrir el título: es el Viaje al fin de la noche. Ahora parece evidente que el aire de ligero trastorno que tenía ese hombre desde que entró en el vagón procedía de la lectura de Céline. Vamos en el mismo tren de la línea 4 pero su viaje es mucho más hondo y más terrible, un descenso de fiebre por los espantos del mundo. Yo voy por los túneles del metro de Madrid y por el presente inmediato y más bien desolado del periódico: él por las trincheras de la guerra, por la miseria de los suburbios proletarios de París, por el Nueva York futurista de los años veinte, por las tinieblas coloniales del Congo que ya había roturado para la literatura Joseph Conrad.
Ahí lo dejo, sumergido en el libro, continuando su viaje, con su barba de varios días y su mochila de vagabundo celineano. ¿Cuántos lectores como él no llegarán a existir gracias a la gran conjura de los necios y de los comisarios políticos que ha asolado la educación española? Pero no se trata sólo de esa embriaguez, del dulce vicio que le acompaña a uno en la soledad y le hace gratos los minutos de un viaje en el metro: mucho más grave es que la escuela esté fracasando en su tarea de despertar en cada uno sus mejores facultades, de actuar como palanca de progreso social. ¿Qué porvenir laboral tiene un hijo de trabajador o de inmigrante que a los quince años no es capaz de comprender un párrafo de tres líneas? ¿Qué podrá aprender sobre la complejidad del mundo y la de su propia alma quien no cuenta con la luz de las palabras escritas? El nivel cultural y académico de los padres es factor decisivo, asegura el periódico. Subiendo por las escaleras del metro me pregunto con ira y dolor qué habría sido de mí, de tantos de nosotros, si no hubiera sido por la escuela y por el instituto. Nuestros padres, niños en la guerra, escribían y leían con dificultad. En nuestras casas, donde había tan poco, mal podía haber libros. La escuela nos hizo lo que somos.
Soy lo que he leído. Me gano la vida gracias a que existen lectores. En el escaparate de la librería distingo con expectación impaciente el libro que vengo buscando. Verlo me da tanta felicidad como descubrir en un escaparate de la infancia la cubierta en colores de una novela de Julio Verne. Son Los ensayos de Montaigne que acaba de publicar Acantilado, editados y traducidos admirablemente por Jordi Bayod Brau. Muy pronto el gozo de las manos se añade al de la mirada: sopeso el volumen, paso los dedos por su tapa tan sólida, lo abro y rozo las páginas con las yemas de los dedos, y al hacerlo percibo un olor exquisito de papel y de tinta. Por cualquier página que se abra este libro ilimitado se reconocerá la voz sabia y serena, la inteligencia irónica y voluble, la curiosidad entre erudita y chismosa de aquel hombre feliz que se retiró hace más cuatro siglos a escribir y a leer en la biblioteca circular de su torre. Como Cervantes o Shakespeare si empezamos a leerlo nos acompañará a lo largo de toda nuestra vida, y a medida que pase el tiempo y sigamos leyendo nos enseñará cosas que ni siquiera habíamos sospechado en las primeras lecturas. Como el señor don Quijote de la letanía de Rubén el señor de Montaigne nos asistirá en nuestra diatriba contra los fanáticos y los propagadores de la ignorancia, contra los sinvergüenzas, contra los estafadores de la jerga psicopedagógica, contra los políticos que sólo pueden eternizarse en su parasitismo gracias a una ciudadanía analfabeta y embotada. En el viaje de vuelta soy yo quien entra en el vagón del metro con la nariz hundida en el libro, quien se queda tan absorto leyendo a Montaigne que cuando levanta los ojos descubre que se ha pasado de estación. -

7 comentarios :

Toñi dijo...

Vaya, Enrique, me has pillado. También pertenezco a ese híbrido de lector y cotilla de las lecturas ajenas. La última vez me pasó en Madrid(es muy difícil que suceda en Albacete, me refiero a la proximidad casual de un desconocido): Viajaba en metro y a mi lado, en esas sillas que dan la espalda a la venta,había una señora de unos cincuenta, bien vestida, devorando más que leyendo un libro, que además subrayaba. Yo me debatía entre la mordiente curiosidad y la disciplina de parecer indiferente... hasta que ella cerró el libro para bajar en su parada y así pude leer, con toque de trompetas triunfal, el nombre del escritor: Jose Antonio Marina. El título no lo recuerdo, pero ya con eso me dí por satisfecha.
Me gusta el artículo, aunque prefiero los textos de la señora del escritor: Elvira Lindo. Sobre todo los Manolito Gafotas (como ves, soy toda una intelectual)

Fermín dijo...

El artículo que reproduces ya lo había leído en Babelia, pero aún así, he vuelto a hacerlo con el gran placer que me producen las palabras de Antonio Muñoz Molina. Soy un acérrimo seguidor de su obra literaria y también me identifico plenamente con sus artículos.
La curiosidad por las lecturas de otros, creo que es algo innato a los que nos gustan los libros y creo que todos tratamos de hurgar con miradas ávidas en esas lecturas ajenas. En verano, todos los días estoy en la piscina y allí, en determinados momentos la lectura propia y ajena forma parte del decorado. Y sí, a veces hasta me han sorprendido en mi poco disimulo y abiertamente me han mostrado el título objeto de su atención ante mi indisimulada mirada.
Pero el artículo en cuestión también contiene otro tema muy interesante, los desastres escolares. Creo que la educación es la gran asignatura pendiente de todos los gobiernos. Debe ser difícil pero nadie ha sabido encauzarlos. Tal vez sean estos tiempos, aunque deben existir expertos que sean capaces de adecuar el sistema de enseñanza a los mismos. La lectura, no sé exactamente de donde se mama. De padres y casas sin libros han salido grandes lectores. A nuestra generación como dice Muñoz Molina, le pasó eso. Pero también en el otro lado de la balanza mi experiencia me dice que en casas donde hay una natrida biblioteca y donde una imagen cotidiana de los padres los refleja sentados, cada uno absorvido en su lectura, no significa que los hijos salgan lectores. A veces ocurre todo lo contrario. En fín, es un tema largo para debatir.
Por cierto, también sería interesante un día de reunión dedicarlo a conversar y expresar nuestros puntos de vista de temas como éste u otros afines a la literatura. Al fin y al cabo, la mesa cuadrada de debate ya la tenemos.

Miguel Angel Molina dijo...

Yo en el metro, más que fijarme en los títulos de los libros que se leen, tengo otro tipo de obsesión: no puedo evitar mirar a la gente y elucubrar sobre que puedan estar pensando. Por motivos ineludibles (no elegí donde me hubiera gustado que me pariera mi madre), vuelvo a Madrid muchas veces: a visitar a un amigo, a mi hermana, a correrme una juerga o por algún otro motivo más peregrino. Me gusta el metro, a pesar de su aire denso y su tacto sucio, y, mira por dónde, tengo un relato sobre esto mismo titulado "el vagón de los besos perdidos". Lo colgaré en mi blog. Es un homenaje a Buñuel y, para mí, algo más.
En cuanto a Muñoz Molina, sólo le he leído Sefarad. Me pareció un coñazo. Aquí estoy con Toñi: prefiero al Manolito Gafotas de Carabanchel Alto. Debe ser porque hasta los 10 años, el penal es lo primero que veía al mirar por la ventana de mi habitación.

Miguel Angel Molina dijo...

¿He escrito Buñuel?, qué tiene que ver Buñuel con mi relato. Quería decir Cortázar, tal vez esté demasiado espeso esta mañana.

Teresa dijo...

Me ha gustado mucho el artículo Enrique. Yo no lo conocía, pero me siento totalmente identificada con lo que dice Muñoz Molina. Yo, soy madrileña. El metro forma parte de mi vida... desde cuando era pequeña y lo cogía con mis padres o mis amigas para ir al Retiro, a la Casa de Campo o a hacer compras a la calle Preciados, hasta los últimos años que estuve en Madrid, cuando lo tenía que coger todos los días cuatro veces para ir a trabajar. A mí también me gusta el Metro. Son los subterráneos de Babel. Me encanta también, como a Miguel Ángel, fijarme en la gente e imaginar su antes y su después. Y eso de cotillear los libros... pues también, porque es una gran pista para mi afición de espía de capotilla: dime que lees y te diré quién eres. ¿O no?
Por cierto, de Muñoz Molina os recomiendo "Pleninulio", me gustó mucho cuando lo leí. Es una historia dura pero me pareció muy bien escrita.
Besitos.

Toñi dijo...

El cuento de Miguel Ángel ilustra muy bien esto de lo que estamos hablando.
Gente en el metro, pensamientos que una quiere adivinar y pequeñas historias que surgen y se pierden en cada parada, en cada estación.

Toñi dijo...

Una cosa más: parece que da cierta timidez hacer comentarios sobre algo que se dice en el blog (en este o en cualquiera) pero creo que es bueno hacerlos (sin pasarse y sin ofender a nadie) porque al menos uno recibe la confirmación de que al menos ALGUIEN lee lo que escribe.