lunes, 18 de enero de 2010

"SAMUEL" por Nieves Jurado



-¿A qué tienes miedo? -le pregunté a mi hermano.

-No sé. Creo que a nada -me contestó.

-¿A nada? -le insistí.

-Bueno, supongo que si viera un león entrar por la puerta me cagaría de miedo -afirmó con los ojos apuntando al techo.

Samuel tenía trece años, como yo. Era mi hermano gemelo y dormíamos en la misma habitación. La que estaba al final del pasillo, hacia la izquierda. Samuel era el más alto de los dos y el más fuerte. Mi abuela decía que él fue quien más chupó dentro de la barriga de mi madre, por eso era casi el doble de grande que yo y que cualquier niño de nuestra edad. Imponía respeto. Con sus puños y su carácter sabía muy bien cómo ganarse a los chicos del barrio. Por eso no me apartaba de su lado, primero para conseguir que me respetaran aunque sólo fuera un poco y segundo para que me defendiera cuando alguien se metía conmigo a causa de mi “pequeña anomalía”, como lo llamaban mis padres. En realidad me faltaba la mano derecha, nací sin ella. En su lugar había un muñón rojizo con tres trozos pequeños y amorfos de carne. Siempre estuve seguro de que fue Samuel quien se comió mi mano antes de que naciéramos, incluso en algunas ocasiones, cuando se reía o bostezaba, me parecía ver los dedos asomando por su boca.

Mi hermano tenía una mirada vacía, como si sus ojos estuvieran hechos de porcelana y les diera lo mismo ver o no ver. A veces resultaba bastante siniestro, otras, simplemente pensaba que eran imaginaciones mías.

-¿Y tú, David?, ¿a qué tienes miedo? -me preguntó.

-A la oscuridad -respondí sin dudarlo- Creo que en ella vive el diablo.

-Eres tonto, el diablo no existe. Son cuentos de curas, ¿aún te los crees?

Samuel se había incorporado y ahora estaba sentado en su cama observándome como si yo fuera el ser más estúpido que vivía sobre la tierra.

Miré hacia la ventana, en ese momento la lluvia golpeaba el cristal con tanta fuerza que parecía arena. Tras unos segundos respondí:

-Sí existe. Yo lo he visto, tiene los ojos rojos como el fuego.

Una risa brutal surgió de la garganta de mi hermano. Nunca lo vi reír así. No parecía un niño, ni siquiera parecía humano. Era como si su carcajada sonara a través de un megáfono.

Un haz de luz azulada iluminó por un momento la calle. La habitación tembló cuando el trueno explotó sobre la ciudad. Las luces se apagaron.

-Y ahora, David, ¿tienes miedo? -Preguntó Samuel- Ten cuidado, el diablo anda suelto -Añadió. Su risa era desagradable y chillona como la de una hiena.

-No, listo. Ahora no tengo miedo -mentí- ¿Ves?, no se puede hablar contigo. Me voy a dormir.

Me tapé con la sábana y me di la vuelta en la cama para darle la espalda a mi hermano que reía y reía como un idiota. Al cabo de unos minutos dejé de oírle. “Menos mal, ya se ha dormido” -pensé.

Nunca conseguí hablar de nada serio con él. Era un bruto sin cerebro que sólo se dedicaba a quitarles dinero a mis padres y a mantener su liderazgo en el barrio a base de peleas. Los profesores le odiaban, todo el mundo le odiaba, incluso creo que mis padres sentían por él cierto desprecio. Sin embargo, debo reconocer que si Samuel despertaba en quien le conocía sentimientos de odio, yo provocaba auténtica aversión. Me daba cuenta perfectamente del gesto que hacía la gente cuando miraba mi muñón. Al verlo, todo el mundo retrocedía con una mueca entre horror y asco, pero me acostumbré y con el tiempo dejé de darle importancia. Aunque intentaba disimularlo metiéndome aquel trozo de carne deforme que llevaba pegado a la muñeca en el bolsillo de mi pantalón.

La noche calló de lleno en la furia de la tormenta. Los relámpagos no paraban de arañar el cielo y las sombras bailaban extrañas por la habitación. Sentí frío. Entre trueno y trueno se escuchaba perfectamente la respiración de Samuel. ¿Una respiración o más bien un ronquido? Sí, parecía como si tuviera en la garganta un montón de lava hirviendo a punto de ser vomitada por la boca de un volcán. Intenté pensar en otra cosa, pero me fue imposible. Aquel resuello de mi hermano se hacía cada vez más fuerte, incluso se oía por encima de los truenos. No podía creerlo, ¿cómo alguien era capaz de hacer semejante ruido espantoso al dormir?

-Bueno, a la mierda -dije- ¡Samuel, Samuel! -Llamé en voz alta- ¡estás roncando como un cerdo!

El ruido cesó. Ya sólo se oía la lluvia. La oscuridad era más profunda que nunca, como si estuviéramos dentro de un pozo. Cerré los ojos e intenté dormir. Pero cuando estaba a punto de conseguirlo, una especie de gruñido áspero surgió del interior de mi hermano.

Ahora sí tenía miedo.

Un miedo tan irracional que por un momento olvidé que aquel ser de la cama de al lado era Samuel, mi hermano gemelo. El muñón empezó a quemarme como si lo hubieran puesto a cocinar a fuego lento. El dolor se hacía insoportable. ¿Qué me estaba pasando?, ¿había caído una vez más en otra de mis horribles pesadillas?

Los párpados se me abrieron bruscamente y mis ojos, desesperados por encontrar algo de luz, se movieron descontrolados hacia todas las direcciones: derecha, izquierda, arriba, abajo, derecha, izquierda, arriba, abajo... La oscuridad era absoluta, y también el silencio. Ni lluvia, ni ronquido. Estaba claro que me había quedado dormido. Me giré hacia la cama de mi hermano. No se veía nada. Desde la calle un relámpago iluminó la estancia durante menos de un segundo, lo suficiente como para comprobar que Samuel no estaba en su cama. Otra vez llegó la penumbra, ahora acompañada de un leve murmullo que me aceleró el corazón. Me tapé la cabeza con la sábana. El rumor se hizo más intenso.

-¡Samuel! -grité.

Un suave viento helado me hizo estremecer de frío.

-¡Samuel! -grité de nuevo.

El murmullo cesó. Retiré despacio la sábana de mi cara e intenté ver algo dentro de la negrura pero no lo conseguí. Percibí un olor tan nauseabundo que me produjo náuseas y calambres en el estómago. De pronto, unos ojos rojos como el fuego surgieron justo encima de los míos.

-¿Me buscabas hermanito? -me preguntó.

7 comentarios :

Alicia dijo...

¡CHAN CHAN! Ese si que era un demonio de hermano. Un beso. Alicia.

Toñi タンポポ dijo...

Inquietante final ...
y
da miedo.

Un beso.

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