martes, 8 de mayo de 2012

EN LOS OJOS DEL MUNDO, por Trinidad Alicia García Valero. 2º Premio de relatos solidarios de Medicus Mundi.


Sus enormes ojos, capaces eran de albergar el universo entero.
En ellos, asombrado se reflejaba el infinito, pero sus pies chiquitos y descalzos recubiertos de puparrones, lloraban gotas de sangre. Llegó sola, la desnutrición era tan grande que no podía hablar, ni siquiera entendí cómo pudo alcanzar el campamento; le eché una manta por encima y, levantando a otro en mejores condiciones que ella de la hamaca, la acosté y le di agua a tragos cortos. Apenas podía beber. Me dejó hacer, ¿acaso podía ser de otra forma? Los grandes ojos seguían clavados en mí, esperando un milagro tal vez, y que va, aquí no hay milagros, sólo basta girar la vista en rededor y lo comprendes… Nos encontramos en la frontera Somalí con Etiopía y Kenia, lo que se conoce como el Cuerno de África. Miles de refugiados llegan buscando comida y  huyendo de la sequía.
Nuestro lugar de trabajo y lo más parecido a un hogar es el centro médico, desde el que nos desdoblamos para atender tantas enfermedades derivadas de la hambruna. Está ubicado dentro de una tienda de campaña y cuenta con dos rudimentarias camillas,  un escaso material quirúrgico, siete hamacas hechas de palo y lona, media docena de sillas viejas, y en el centro, encima de un pequeño mueble, el laboratorio con los distintos utensilios de las curas (alcohol, gasas, desinfectantes), dentro del mueble su más preciado tesoro: las diversas y nunca suficientes medicinas para calmar e intentar curar tantos padecimientos. Me retracto, el más preciado tesoro es la cocina, un rincón entre telas de saco, donde acumulamos con amor y mucho cuidado, los alimentos y el agua que recibimos de las distintas organizaciones, que no suelen llegar tan a menudo como se les necesita, pues los caminos son difíciles, eso unido a la falta de escrúpulos de los muchos traficantes que pululan por la zona, lo hace más complicado si cabe.
No puede faltar una pileta, sin agua corriente claro, aunque debajo de ella siempre hay varias bombonas para su uso inmediato.
Lavé con cuidado a la niña, desinfecté sus heridas y le hice beber zumo. Estaba muy desfallecida.  
Ángel, el médico, me llamó, Anika, la mujer que había llegado una semana antes terminaba de morir. Me caló la tristeza, cada día me revelaba más ante la suerte de estas personas que veía sufrir sin remedio, y verlas morir… ¡Dios! Venían desde tan lejos buscando una esperanza de vida, una ilusión… ¡luchábamos por ellas con todas nuestras fuerzas!  
Dos años en el país, dos años peleando contra el hambre y las enfermedades, estremeciéndome ante tanta pobreza, llorando y gritándole al mundo, al viento, me  sentía tan inútil, tan pequeña ante la negra inmensidad de la muerte.
Los hombres más recuperados, la enterraron en el humilde camposanto que se había construido a instancias de sor María, dada la cantidad de fallecimientos ocasionados por la hambruna; yo abogué por un sitio para sepultar también a las bestias, pero aún  estaban demasiado débiles y a nosotros nos faltaba tiempo.
Les acompañé en el sepelio, me sentía profundamente triste. Mi mirada deambuló  en rededor. La grandiosidad del paisaje se extendía hasta la raya del horizonte, la tierra reseca crujía bajo mis pies, los animales muertos yacían en los caminos y los árboles eran sombras retorcidas donde los carroñeros aguardaban al silencio. De trecho en trecho, se veían grupos de personas que caminaban lentamente hacia el campamento en busca de ayuda, otros, en las afueras habían hecho hogueras y se calentaban del relente que empezaba a llegar con la anochecida. El hermoso atardecer teñía de rojo el vacío de la inmensa miseria que aumentaba todavía  más, la frontera del cielo.
Y entre aquella sinrazón, retazos de infancia tomaron fuerza en mi memoria.
La pequeña ciudad en donde fui feliz, la casa llena de risas, mis hermanos, mis padres, la escuela y la parroquia, desde donde salíamos los críos gozosos el día del Domund, con nuestras huchas, a recaudar fondos para los niños pobres del Congo. ¿Algo ha cambiado? No, todo sigue igual o peor. ¡Vergonzoso! Me sentía terriblemente dolida e indignada. Si no hubieran desmantelado sus minas, si no hubieran fomentado las guerras con la venta de armas… Y siguen traficando, sobre todo los países ricos.  África es principio de vida, la piadosa mirada del mundo hoy está puesta en ella, ¿y mañana…?
Ángel y sor María llegaban a buscarme sudorosos, mientras yo divagaba ellos contribuían con su trabajo en el enterramiento de la desdichada Nika. Rompí a llorar, me miraron comprensivos, aún era muy joven. En silencio, emprendimos el camino al campamento. Ya en él, nos dedicamos a cuidar a nuestros enfermos. Entre otros,  yo me ocupaba de la recién llegada, y cual no fue mi sorpresa cuando encontré a la nena sentada en la hamaca; con los ojos muy abiertos me señaló el agua, bebió un largo trago y otra vez se durmió. Volví a verla al rato; estaba despierta, le di zumo. Hasta una semana después no pudo pronunciar su nombre, se llamaba Noa. Pasaron varios días. La niña iba mejor, incluso sonreía al verme llegar, ya comía y al fin volvió a andar.
Me sentía tan orgullosa, tan feliz, ella estaba allí, comía, aprendía a correr otra vez, reía, sus ojos grandes, inocentes, relatores de carencias, también eran anuncio y reflejo de vida; sí, podía ser, podíamos lograrlo, lo vi en ellos, profundos, vitales, faros vivos plenos de ilusión, y tal vez, pecando de optimista, vislumbré la esperanza de un mundo mejor en sus ojos.

6 comentarios :

Pepi dijo...

Que ternura y que bien escrito amiga. Me gusta mucho.

Robert dijo...

Global,solidario y con estilo,
como tú-
Un abrazo.
Robert.

Paula dijo...

Esos ojos enormes creo que nos persiguen a todos, porque tienen la costumbre de mirar fijamente a la cámara cuando los fotografían, para decirnos "aquí estoy, por mucho que quieras evitar mirarme. Aquí estoy, para removerte algo porque en el fondo sabes que este mundo está desequilibrado y yo nací en la parte de abajo"
Gracias por la imagen y gracias por el rayito de esperanza que nos dejas al final de relato. Me ha gustado mucho.

Alicia dijo...

Gracias a vosotros.
un abrazo.
Alicia.

Rafael Castillo Morales dijo...

Excelente relato,lleno de ternura...y detalles de una gran escritora.
Un abrazo.

Alicia dijo...

Gracias Rafa,celebro que te guste.
Un abrazo.
Alicia.