miércoles, 22 de septiembre de 2010

El Paseo de Ayer (Relato de Pepi sobre la Feria)

EL PASEO DEL AYER




            Cada vez que consiento a mis recuerdos traspasar airosos las cancelas de mi mente, prohibido como les tengo el albedrío, se soliviantan y antes o después acaban enganchados audaces en aquellas tardes a punto de parirse el otoño. Requiebros jubilosos por el aire septembrino ansioso por vestirse de gala. Oro blanco salpicando la noche que se siente casi coronada y coqueta comienza a componerse los atavíos de fiesta. Se me pierde entonces el pensar en aquellos días de feria y la memoria se pliega a sus encantos, abanicándose con retazos de niñez y mocedad construidos a su sombra.
Hoy cuando la mudez de la soledad se ha hecho inquilina en mi casa y restaña las rendijas haciéndoles crepitar a mis horas vacías, a poco que me esconda del ruido forastero,  puedo recrear lo que nunca fue, con un ayer que aun me sirve de alimento. El olvido comienza a desandar su camino y me dibuja bocanadas de luz, farolillos de papel amamantando con color a las bombillas que entrelazaban de lado a lado el Paseo. Aromas de gente bebiéndose los instantes de parranda por si acaso se revolvían otra vez los tiempos. Voces, sirenas jaraneras pregonando el interior de las casetas con la cadencia de su canto. Hogares de paso de la mujer barbuda, del hombre más fuerte del mundo… ¡qué se yo!...Ilusiones embusteras por cuatro perras chicas en un entreacto de diez días con que mitigar las heladas venideras.
            Como a toda la gente vieja, se me da mejor retornar a los recuerdos más distantes. Algunos se me abren tan frescos que casi podrían empujar las manecillas del reloj con la misma firmeza que el ahora. Se me enciende la sonrisa al revivir algunos, como aquel año en que una cuadrilla de guasones de la tierra montaron un medio estaribel en el mejor sitio del Paseo y por turnos, subidos a un cajón de madera de la lonja voceaban enardecidos:
            -¡Sólo para hombres!, ¡sólo para hombres! Usted señora no puede entrar, ni la mocica tampoco, ¡este espectáculo es sólo para hombres!
            Las mujeres, enrojecido el pensamiento, figurándose alguna picardía pasaban de claro, ligeras, mientras que ellos, osados,  hacían cola para descubrir cuanto de verdor se alojaba en el interior. Lo que todos se guardaban bien de dejar entrever al cruzar la cortina de saco de la salida , a pesar de las chanzas y requerimientos de los de fuera, es que se habían dado de bruces con un montón de picos, palas, legonas, durmiendo desperdigados por el suelo arenoso y a ver quién era el guapo que entraba en discordia con los artífices sacacuartos, si ciertamente de varones era el género hallado.
            El gran parque zoológico merecedor era también de una evocación cáustica a la fuerza, que la ingenuidad se pegaba de los rostros que hacían cola en taquilla. Un letrero de cartón colgado en la entrada rezaba más o menos así:
            “Pasen y vean viva a la célebre vaca de siete cuernos, brazo natural, pecho de mujer y sobaco de hombre”.
            No la llegué a ver, que la fantasía me trasteaba algún fenómeno fantasmal pero me contaron que dentro había una pobre res escuálida y jubilada de ordeño, con tantos anexos de trapo pegados a las costillas como ofrecimientos ostentaba la propaganda.
¡Ay! como se revuelve ahora la melancolía harta de dormitar a mi abrigo y me permite regresar, el tiempo le ha dado el derecho. La neblina se disipa y alcanzo al punto los ojos de mi padre, su ceño eternamente fruncido contrastando con las maneras amables. Lo veo levantando, vísperas de Feria, la botillería con la que apuntalaba el resto del año, el escueto salario de jornalero. Daba paz por unos días a la hoz y a la azuela para montar el tinglado de lonas y tablas donde se daba buena cuenta del vino negro de La Roda y el avío de la matanza que maduraba en las orzas. Socorrían a mi padre que faena sobraba, los dos hermanos grandes y los chiquillos que aunque poco para un apuro valían. A mí, por ser la única hembra, no se les antojaba a mis padres de decoro, que sirviera tras el raído mostrador, ni siquiera que partiera algún tomatico o enjuagase la loza en el lebrillo. Decían que eran días canallas donde la cazalla daba arcadas en las braguetas así que antes echaban mano de alguna cuñada recia de porte y boca si mi madre no daba a basto, que de mí.
            Me quedaba pues en la casa de la abuela Margarita, que vivía en las obras de Matacaballos, las que miraban a la plaza de toros y allí les enjaretábamos alguna tortilla de patatas, unos pimientos fritos o cualquier otro avio que precisase de lumbre.
 En las atardecidas cuando aún no se había puesto gris, se llegaban mis amigas hasta allí y puestas de domingo andorreábamos de una punta a la otra del Paseo, echando el tiempo en la ruleta de los barquillos o tras el aroma dulzón del barril de madera cuajado de helado, que el chambilero removía a cada poco para mantenerlo al punto o acaso para que el regusto a mantecado nos removiese los labios y entrásemos en gana de compartir el cucurucho delicioso entre la cuadrilla que nos juntábamos, que los cuartos alojados en la alcancía durante el verano, eran cortos y habían de durar hasta que se cerrase la Puerta de Hierros.
            El domingo o el día de la Virgen incluso nos sentábamos ufanas en un refrescante, en “La Rosaleda” o en “Los Corales”, alrededor de una de aquellas mesas abiertas en hojas de hierro forjado que nos volvían por unos instantes señoritas de casa bien.
            ¡Qué claros desfilan ya los recuerdos por entre los ojos de la mente, que si quisiera hasta rozarlos puedo!
Rondaba la primavera pasada los veinte años y el primer día que lo ví me quede como encogida, con las palabras huidas y el pensamiento traspuesto.
            -Algún día serás mía, morena, algún día -me espetó al verme. Las amigas que me acompañaban rieron con las mejillas en brasa viva la ocurrencia del apuesto gañan. Hasta las primas que nos hacían de “cesto” se chocaron los codos pudorosos. Pero yo, estrenando sentimientos de mujer, supe que podría peinarme cada mañana, mirándome en el espejo de sus ojos de agua fría. ¡Cuánta ternura derrochamos desde ese instante! Enojado teníamos al cariño de tanto reprimirlo, desterrado como estaba por las miradas furtivas que envidiosas le fueron enseguida con el cuento a mi padre.
            -Tío Ángel, que la Cortes se merece algo mas, que es un pobre perdido - le decían royéndole la voluntad, hasta que un día se me puso por delante enrejándome el corazón y el resuello.
            -Anda para dentro que hoy no sales -me plantó y el ensueño en que vivía se me hizo pedacicos tan pequeños que jamás pude volverlos a juntar.
            Hube de aprender a devanar el despropósito, que eran otros tiempos y las voces de las mujeres aun no habían nacido. Un día la prima Pilar me vino con el cuento, se marchaba,  decían que a hacer fortuna, quizás a forjar caminos que me devolvieran a su lado. Era mi última oportunidad, la última de empaparme con aquella quietud caliente que vivía cerca de su boca. Las amigas ablandadas por mis lágrimas me apañaron una cita antes de partir.
            Ocho de septiembre, el día grande de mi Feria y en la punta del Paseo me esperó. No importaba ya que la tasca familiar estuviera a cuatro pasos, ni que el lugar preñado de gente delatase nuestro atrevimiento. Con el silencio cómplice de la abuela que por mujer y por vieja comprendía mi ansia, salí de su casa, para pedir asilo a los árboles de los Jardinillos que a escondidas y en volandas me llevaron hasta el pie de la Caseta. Cipreses, cedros y tilos enjuagando entre sus ramas la tristeza de mis pasos.
            En las puertas del Teatro Rialto, acomodado en la frontera del Paseo con los Redondeles, una tonadillera cuarentona disfrazada de khol y carmín, desgranaba una copla de la Piquer, haciendo público para la función de la noche.
            -Ojos verdes, verdes como la albahaca.
            El compás casi roto de la canción me llevó a él y se abrazó a nosotros en un descuido.
Los farolillos lloraban agua de colores, los caballitos daban un respiro a la manivela contemplándonos entristecidos, mientras él con audacia de hombre enamorado me pedía al oído lo que no podía darle, que no había mamado yo esa libertad. El miedo le cortó las alas a mis quereres y no pude. Frunció el ceño al pronto, pero de seguida se le hizo de azúcar como siempre.
            Una idea me había castañeteado desde que supe de su marcha. ¡Qué le daría yo para que me recordase más allá de la ausencia! Se me vino a la mente el orgullo hiriente con que mi padre resguardaba su navaja, tras la burda faja de retorta y quise que mi amor supiera de ese gozo. Junté los ahorros que guardaba para las perolas del ajuar y allá, en la calle Tejares mandé hacer la faca más preciosa o quizás fuera la pasión de mis ojos  que me engatusaba la mirada.
            -Toma,  para que no te olvides de mi- le dije al ponérsela entre las manos. Me miró receloso y yo me adelanté a su agobio.
            -Dame una perrilla y será vendida, si eso es lo que penas.
            -Ni un céntimo me queda después de comprar esto.
            Y me puso al cuello una medallica con la imagen de la Virgen de Los Llanos que al instante se fundió con mi piel.
            -¿Sabes lo que haremos tal día como hoy? Espérame en este mismo lugar- me dijo con la voz quebrada por la soledad que llegaba presurosa- volveré para pagártela.
            Y su promesa subió al cielo. No sabía cuando, pero me juró regresar a saldar su deuda.
            Y yo le creí.
            Desde aquel instante mi vida se ha reducido a ver diluirse los días, cruzar las estaciones tras el umbral de mi puerta. Los años se consumen con la mirada puesta en semejante fecha, para verme volar allí entre el gentío, apuntalados mis pasos con el anhelo de volver a verlo, para regresar con el desengaño haciéndome burla.
            Se me casaron los hermanos, grandes y chicos y llenaron la casa de la Plaza de las Carretas con mil chiquillos y a mí cada noche se me arrebujaban en el vientre dormido los hijos que nunca parí y que día tras día mecía en el pensamiento. Se me murió la madre y al poco el padre le siguió la ruta ¡que eran muchos años juntos!, para caminar sin ella y fue quizás al recelarse mi desamparo, que cuando vio que se iba cogió de la mesilla, su navaja, la que lo velaba a mi lado y me la puso por delante.
            -Perdóname Cortes- enhebro un hilo de voz - ¡Cuánto me pesa dejarte tan solica!
            Al pronto me nació una protesta que hijos y nietos tenía para ese legado, pero sin querer abrí el bolsillo del delantal y allí la metí y un calor de ternuras sin confesar me subió a la boca recordando aquella otra que forjó una deuda de amor que me mantenía en pie, loca de ilusión absurda.
            Treinta años como treinta vidas han pasado. La piel de mi rostro se ha ajado, el cabello se ha entreverado de finas hebras de plata y el sosiego no pasa nunca por aquí, ni ofreciéndole goces de alcoba que jamás vieron la luz.
            Hoy es ocho de septiembre y la duda me ha corroído durante todo el día. Viejos porqués aburridos de repetirse. Son las siete de la tarde y rompo el momento viéndome a mi misma ir en busca del bullicio, el corazón de la fiesta, el Paseo de la Feria, ¿qué importa una decepción más? En mi casa caben de sobra.
            Hierve la gente en el lugar, miro a  mi alrededor y se me arañan los ojos de ver cómo ha cambiado todo. Ya no hay farolillos riendo luces y los caballitos cabalgan ahora cegados por su propio resplandor. Las lonas de las casetas se disolvieron con el tiempo y el teatro se jubiló harto de lidiar con las redondeces de las viejas tonadilleras. Y yo continúo allí, aliada con mi propia necedad.
            La mano me aseda el cabello. Me giro. El Paseo guarda silencio expectante.
            -Tengo una deuda de amor contigo, ¿recuerdas? -la voz es un poco más ronca que la que dormía en mi memoria, vuelan al momento los treinta años y se llevan los surcos que me cruzan el rostro y el envés de la piel.
            El paseo acongojado contempla la soledad y su mentira, la quimera que vehemente ha enraizado en los ojos de ella infundiéndoles vida, y de repente los brazos de la Feria hartos de llorar ausencias, se contagian sin pedir licencia del idilio yermo y comienzan a aplaudir.

4 comentarios :

Anónimo dijo...

Yo, ya lo había leido y me gustó.
las nostagias del ayer se unen a un presente nuevo y en el fondo, siempre igual. Un beso.
Alicia.

mojul8 dijo...

bonito, muy bonito nos lleva de cabeza a la feria del ayer. Fantástico relato.

Anónimo dijo...

Muy bonito Pepi. Me parece que la recreación de la Feria antigua está muy conseguida. Y es emotivo hasta el final. Un abrazo

Gracia

Pepi dijo...

Gracias a todos, la verdad es que esa época, en Albacete sobre todo, me llama mucho la atención. Si algún dia alcanzo el suficiente talento, tal vez me atreva con una novela.Besos. Pepi.