viernes, 10 de octubre de 2008

Desencuentro. Cristina Prieto

Hola a todos, cuelgo mi "relato" de la voz que ha salido en el mes de Octubre por si alguno no puede hacerse con la revista.


DESENCUENTRO


Tu minuto nunca será mi minuto….
El tuyo fluye como si un huracán te empujara con fuerza. Pasa así, en un chasquido de dedos, en lo que se tarda en exhalar un suspiro, porque tú eres impaciente y jamás te detienes. La inercia te guía, y sientes que no tienes tiempo que perder; ni siquiera ese preciso minuto en el que yo, sentada en el metro, te busco con los ojos cuando subes en Argüelles, de regreso al final de la jornada, ya tarde, cuando los sonidos de la ciudad languidecen, y la gente desaparece tras las ventanas de sus casas. El tren avanza veloz hacia su destino circular, como tú, que poco después sales corriendo del vagón, a cuestas con tu maletín, y consultando continuamente la hora.
Te miro en ese inefable momento cotidiano, y observo tu gesto crispado, tus grandes zancadas avanzando inexorables hacía la salida de la estación, ansioso por cruzar la calle y regresar a tu batalla particular. Héroe titánico que sujeta sobre sus espaldas, todo el peso del mundo.
Así transcurre este minuto fugaz y repetitivo para ti, que sin embargo es nuevo y eterno a mis ojos. En estos sesenta segundos contados, que caen a golpes lentos del reloj, cada noche me despiertas el deseo, la sonrisa, la lucidez de un instante que aunque real, es casi un sueño. Aguardo expectante ese lapso irrefutable, que va ganando terreno en la esfera de mi muñeca. Las manecillas giran incansables, las estaciones se suceden, la muchedumbre entra y sale del vagón, empuja, avanza, se estira buscando algo a lo que asirse. Y entonces el pulso de la urbe se interrumpe dentro de este habitáculo sobrecargado, dónde los moradores efímeros, se creen a salvo del frenético carrusel de sus vidas. Apretados unos contra otros, usurpan unos instantes a su desquiciado futuro, aminorando la marcha del pensamiento, que amenaza con apresarles en un laberinto de autómatas urbanos perdidos en el caos.
Dos ausencias más, dos, equidistantes, precisas, para descubrirte atravesando las puertas, mientras los demás se lanzan de nuevo al ritmo desenfrenado de la ciudad… y ahí estás, adentrándote en mi universo de emociones contenidas, con tus inconfundibles ojos distraídos, esa tibieza que acaricia con manos invisibles, y tu boca de besos imaginados. Abriéndote paso entre los pies y las maletas de los viajeros, como cada noche, en un recorrido infinito que dispara el cronómetro de mis sensaciones. El alma entonces, tira de mí hacía tu lado, para rozar con disimulo tu cuerpo tentador, para perderme en tus gestos, y respirar el mismo aire. El momento nos atrapa y no acerca, nos hace prisioneros en este breve viaje nocturno, que va a morir una vez más bordeando el filo de la madrugada. Solos, sin apenas testigos que delaten la inquietud, y la excitación, me abandono en ese instante tan esperado, que me conduce a un lugar carente de coordenadas temporales, para vislumbrar mi anhelo de estar aquí, sintiendo tu proximidad, tan etérea como real, explorando la distancia entre los deseos y tu presencia, calculando las dimensiones de nuestro pequeño mundo, cerrado y reducido. El único lugar en el que ambos, somos nosotros, o tal vez podríamos serlo. Y dibujas mi sonrisa otra vez, sorprendiéndome con algo nuevo. Hoy he apreciado que te gustan los sombreros en día de lluvia, y que pese a la urgencia cotidiana, jamás olvidas tu colonia, que viertes sobre mí cuando pasas dejando tu estela inequívoca.
Desapareces tras los cristales, justo una parada antes que la mía. Y otra vez me quedo sola, pensando en mañana, contemplando el hueco de mis brazos vacíos, como ahora…
Pero tu tiempo no es el mío, porque tras haber transcurrido el invierno, y ya bien entrada la primavera, tus ojos no se detuvieron en mí; sigo siendo una desconocida en cuyo rostro jamás te has fijado; una anónima cualquiera que viaja sentada frente a ti, formando parte de esa ingente masa atormentada por la prisa.
Somos soledades que se sienten acompañadas, por las soledades que se derraman en el vagón. Y sin embargo nunca me has visto en realidad, ni has sentido mi presencia, a pesar de que nuestros relojes se detengan cada día, a esa misma hora del desencuentro….





Cristina Prieto (Miembro Club de Escritura La Biblioteca)

3 comentarios :

Teresa dijo...

Me ha gustado mucho tu cuento, Cristina. Me gustan los cuentos que se desarrollan en el metro (será que me recuerda los viejos tiempos). La cadencia suave de las palabras de ella y el ritmo frenético de él y de la gente entrando y saliendo marcan un compás muy singular. Es una historia muy romántica.
Además, ya te lo dije el otro día, has salido muy guapa en la foto de la resvista. El lunes voy a por una.
Besos.

Anónimo dijo...

Me gusta la historia y la forma en la que está contada. YO también iré a por la revista.
Un beso Alicia.

Toñi dijo...

Me gusta mucho el inicio de tu relato, muy poético y que invita a leer más.

Cuando fui a por la revista ya se había agotado, pero de una forma muy poco ortodoxa la conseguí en la consulta del oftalmólogo.

Un beso.