martes, 28 de febrero de 2012

Certamen de Relatos Solidarios

Aquí están las bases del certamen que nos va a servir de ejercicio para la próxima reunión:

 
BASES

El tema de las obras versará sobre la solidaridad entre las personas. Las obras serán originales e inéditas.
Podrá optar al Certamen cualquier persona mayor de 16 años. Sólo se podrá presentar una única
obra por participante.

ENTREGA DE TRABAJOS

Las personas interesadas en participar deberán entregar sus obras en cualquiera de las 15 Bibliotecas Municipales o en la Biblioteca Pública del Estado, de Albacete. Se presentarán en dos sobres cerrados y en cada uno de ellos figurará el título de la obra y llevarán en su interior:
En el primer sobre la obra por triplicado (original y dos copias), escrita en Arial 12, extensión máxima de tres folios. Si lo quieres entregar escrito a mano la extensión será igualmente de
tres folios con letra mediana y clara. En el segundo sobre datos del participante (Fotocopia DNI, dirección y teléfono).

PLAZO DE ENTREGA

Hasta el 31 de marzo de 2012, a las 19:00 h.

PREMIOS

Se concederán un primero, un segundo y un tercer premio que consistirán en unas placas conmemorativas y la difusión en los medios de comunicación locales y pagina web de Medicus Mundi.

JURADO

El jurado estará compuesto por cinco miembros relacionados con la Literatura y la Solidaridad.

VEREDICTO

El fallo se hará público durante el mes de Abril. La entrega de premios será el día 25 de abril de 2012, a las 19 h., coincidiendo coincidiendo con la celebración de la Semana del Libro, en la Biblioteca Pública del Estado, C/ San José de Calasanz 14 de Albacete.

ACEPTACIÓN DE LAS BASES

La participación en el certamen lleva implícita la aceptación de las bases.
El jurado se reserva el derecho de declarar desierto alguno de los premios.

Una reunión del CELB


Ayer lunes celebramos la última reunión del mes de febrero. Estábamos siete: Ana, Diana, Toñi, Gracia, Alicia, Pepi y Nieves. Leimos nuestros ejercicios propuestos en un post anterior, hablamos de nuestros proyectos individuales, nuestros planes colectivos y sobre todo, nos reimos mucho.

 Alicia y Nieves


Pepi nos habló de su próxima novela,casi terminada.


Gracia, que no paraba de escribir


Tenemos grandes proyectos que ya iremos contando poco a poco. De momento, nos proponemos ir haciendo los ejercicios quincenales y seguir pasándolo bien con la escritura.


                                                                        Muchas gracias por seguirnos. Un abrazo ;-)


martes, 21 de febrero de 2012

Propuesta de escritura para la próxima reunión

Para la reunión del próximo lunes 27 de febrero Diana nos ha propuesto hacer un relato con los personajes que estamos creando. Un relato no demasiado largo en los que nuestros personajes cobren vida; verlos respirar, moverse, hablar, sentir ... unos primeros pasos para un proyecto más ambicioso.

Otro ejercicio (para quien tenga muchas ganas de escribir) es hacer un relato con un hecho en principio normal y cotidiano (por ejemplo, el arañazo de un gato a su dueña) y darle un giro fantástico. ¡A ver si nos sale divertido!

Los iremos colgando en el blog.


¡Ánimo y a ponerse a escribir!

jueves, 16 de febrero de 2012

Razones para amar la Biblioteca

La Biblioteca Pública del Estado de Albacete ha lanzado esta iniciativa y desde el CELB hemos decidido apoyarlos. Se trata de escribir cartas de amor a la biblioteca y hacérselas llegar via correo electrónico, facebook o dejándolas en la misma biblioteca.

A los que nos sigais en este blog, os animamos a participar escribiendo vuestras cartas de amor. Os podeis poner en contacto con la Biblioteca siguiendo las indicaciones que nos da en este video.

Seguro que tú también amas a la Biblioteca ¿verdad? Si es así, empieza a escribir tu carta ... y mándala. Vamos, no seas tímid@


domingo, 29 de enero de 2012

POESÍA EN MI VIDA, EN NUESTRA VIDA


Hola amigos, el jueves día 2 de febrero daré un recital de poesía en el salón de actos del Ayuntamiento viejo, Plaza del Altozano, a las 8 de la tarde, estaré acompañada por Nieves Jurado y Paula Martínez, escritoras, poetas y compañeras del Club de escritura la Biblioteca, que serán tan amables de leer mis poemas. ¡Gracias compañeras!  También yo, leeré varios de ellos.
¡Espero vuestra presencia y un abrazo para todos!
Alicia.

Sensación


 Me siento extraña, lejos.
 Escucho una voz:
¡Cierra los ojos, salta!
¡Abre las manos!
¡Vuela!

Me sorprenden las resonancias,
el viento y sus rumores,
rozan suaves mi piel,
las plumas de algún ave.
Vuelo, vuelo…

No sé hacia donde,
con los ojos cerrados,
vuelo, vuelo…

YA A LA VENTA LA TERCERA EDICIÓN DE JANA



Gracias a vosotros esto ha sido posible.
Para comprar el libro pincha AQUI


martes, 6 de diciembre de 2011

"Jana y el misterio de los Libros Secretos", el nuevo blog de Nieves.



Os presento el nuevo blog de Nieves basado en su novela de literatura fantástica juvenil "Jana y el misterio de los Libros Secretos". Esta página está creada como complemento y apoyo a la lectura del libro. Os invito a visitar el blog y, por supuesto, a leer la novela. Que vuestra imaginación no tenga límites...









jueves, 27 de octubre de 2011

EL PECADO CAPITAL (Diana)



El joven se detiene frente a la iglesia que le parece imponente, majestuosa, aunque no es más que una simple iglesia de pueblo en sus peores horas. La calle, surcada de huellas de carros, está desierta, el calor sofocante ahuyenta toda posibilidad de vida salvo en los precarios refugios de las casas destartaladas.

El muchacho está sudoroso, unas profundas ojeras desfiguran la belleza de la juventud, el pelo aceitoso se le pega a la frente como un casco. Su camiseta de color indefinido muestra amplias manchas de sudor alrededor del cuello y de sus axilas. De la bocamanga de su pantalón, en el tobillo izquierdo, asoma un aro de hierro con un resto de cadena colgando que el chico ya no se preocupa en esconder.

Mira la puerta de la iglesia con un atisbo de esperanza, con un desgastado deseo de salvación. Lentamente sube los cuatro escalones de piedra, empuja la puerta de madera, que conoció mejores tiempos, y atraviesa el umbral. La penumbra del interior lo ciega un momento, instante que le envuelve de olor a cera quemada, a suciedad y abandono, aunque para él estos olores le aportan algo de sosiego. Avanza con temor por entre los bancos de madera vacíos de una iglesia que, a esas horas, está desolada. Se detiene frente al altar, se persigna y busca como un sediento la cruz tallada que preside el altar. Se ve a sí mismo crucificado, expiando sus culpas eternamente, rogando por su alma de pecador.

Oye a su derecha una puerta que se abre y ve una figura que se le antoja enorme, recortada contra la luz que se cuela de la sacristía. Es el padre Marius, su confesor, su guía. Este avanza soberbio unos pasos hasta colocarse frente al muchacho, se diría que, pese a la negra sotana, irradia una luz personal, que prolonga la iluminación de la puerta.

—Padre necesito que me escuche— dice con la voz entrecortada y mirando hacia el confesionario.

—Hablemos aquí mismo —dice el cura señalando uno de los bancos— siéntate.

—Ha vuelto a ocurrir Padre, estoy condenado, he vuelto a manchar mis manos de sangre.

Y relata angustiado el enfrentamiento de la pasada noche en la que, sin poder contenerse, y presa de una ira que desconocía poseer, acuchilló hasta matar a un hombre cuyo único pecado había sido cruzarse en su camino y no haber podido refrenar el descontrol de sus caballos.

—No sé qué me ocurre Padre, no soy yo mismo. Ese hombre no merecía morir. Hay algo dentro de mí que no puedo controlar, un impulso, un poder que actúa a través de mí. Sé que no merezco su perdón Padre, que el Señor me ha abandonado hace tiempo, pero no quiero seguir así, no quiero seguir haciendo daño. Padre, ayúdeme por favor.

El padre Marius posa su enorme mano en el hombro huesudo del chico que, al instante, siente una corriente de sosiego, de paz, como un bálsamo puesto en una herida ardiente. Su cuerpo se relaja, inclina la cabeza de lado hasta rozar con su mejilla la mano del cura, como un perrillo apaleado buscando consuelo.

—Hijo mío, el Señor es el que traza el camino de sus corderos. Él tiene una misión para ti y tu no debes contradecir sus designios…

—Pero Padre, he matado a personas inocentes, he cometido el mayor de los pecados.

—Hijo, el Señor sabe por qué nos elije, y nosotros debemos aceptar la cruz que él nos imponga sin vacilación. No eres el primero, si nuestro Señor sacrificó a su hijo quién eres tú para negarte a cumplir su voluntad.

—Pero esto es pecado— dice el chico, con dolor en la mirada.

—Sus designios y sus razones se nos escapan muchacho, no peques más cuestionando su palabra. Y ahora arrodíllate y repite conmigo “Señor, yo soy tu siervo, muéstrame el camino y lo seguiré con humildad”. ¡Repite conmigo!

El chico se encoje bajo el peso de las palabras, las repite como un autómata por tres veces.

—Ahora márchate y no olvides quién guía tus pasos— dice con voz potente el Padre Marius mientras observa como el joven arrastra sus pasos hasta abandonar por fin la iglesia.

El Padre Marius se pone de pie, parece incluso más alto que antes de sentarse, más ancho de hombros, más luminoso aún. Levanta la vista hacia el cielo y una sonrisa se dibuja en su cara angulosa. Sus ojos, de un rojo encendido brillan en la oscuridad. Se siente satisfecho de su nueva oveja arrebatada al rebaño.

viernes, 26 de agosto de 2011

Amor Eterno

Regresó, como cada tarde, al puente de los candados. Le gustaba pasear a la puesta del sol e imaginar las historias que había apresadas en cada uno de ellos. Historias que, al menos por un instante, se juraban eternas. 
Candados que se oxidaban con la humedad y el paso del tiempo. Nombres escritos, que algún día acabarían borrados por el viento y la lluvia.
Como todo en la vida se va desgastando con el uso o el desuso.
A lo lejos, una pequeña isla le trajo un recuerdo de los que se pegan al cuerpo y remueven sensaciones que ya creía haber superado. El mar, el rompeolas, un atardecer perfecto, y las manos de aquel hombre recorriendo su cuerpo.
Se llamaba Scot.
Hacía muchos años de aquel verano y, por aquel entonces, nadie colgaba candados de ningún puente. Pero su historia también había sido eterna por un instante, y había quedado apresada en su memoria para siempre.
Su memoria... a menudo también parecía oxidarse con el paso de los años, pero algunos recuerdos permanecían muy nítidos.

En treinta y dos años de matrimonio, su marido jamás sospechó que pensaba en Scot cuando hacían el amor.

Igual que ella tampoco imaginó jamás, que Scot pensaba en ella cada vez que acariciaba a su esposa.


lunes, 15 de agosto de 2011

Ejercicio Candados Playeros. Teresa.

Llegó a la playa solo, un caluroso día de agosto.  Esa misma tarde compró el candado en una tienda de chinos del paseo marítimo. Luego se pasó un rato sentado en las escaleras hasta que le vino la inspiración, y escribió la frase en la superficie metálica del candado con letra primorosa: “Para mi amor, el regalo más bonito que me ha hecho la vida” después, permitiéndose un alarde romántico hizo un corazoncillo gordo, robusto, negro.  Escogió un sitio discreto, y enganchó su candado junto a los cientos que bordeaban la escalera como una puntilla metálica. Por la noche  lanzó la llave al mar después de saltar siete olas, encontrar siete conchas blancas y cruzarse con siete señores bisojos.  

A ella tardó dos días en encontrarla. Se quitaba la arena de las sandalias en uno de los bancos del paseo marítimo, y mientras lo hacía se le habían desparramado las cosas de la mochila por el suelo. Tenía la cara colorada por el sol y el aspecto un tanto salvaje que otorga el mar;  una chica corriente, después de todo,  pero nada más verla supo que sería ella. Llevaba un turbante rosa retirándole el pelo de la cara, un turbante con un enorme y casi ridículo lazo rosa. La pitonisa le dijo que hiciese caso de las señales, y él al verla lo primero que había pensado es que aquella chica parecía un regalo, que podría ser el regalo más bonito que le iba a brindar la vida. Se acercó a ella y le ofreció su ayuda. El destino de los dos ya estaba encadenado.

domingo, 14 de agosto de 2011

Las amigas




No podían creer que fuese la última noche de aquellas maravillosas vacaciones.  Días en los que habían sentido una compenetración absoluta. Compartir la habitación en el hotel había resultado divertido. El color canela conseguido tras horas de largas conversaciones al sol resaltaba sus bonitas facciones. Estaban y se sentían guapas. La camaradería les daba alas para comerse el mundo, que se mostraba apetitoso a sus tiernos recién cumplidos dieciocho años. Se habían cansado de hablar de sus planes, que eran muchos y diferentes. Y como muestra de la felicidad vivida durante esa semana juntas en la playa, esa noche se sumaron a la curiosa tradición que tantas sonrisas les provocaba. Escribieron sus tres nombres en el candado y lo cerraron junto a tantos otros sin dejar de reír. “Nosotras también nos queremos, y con esto sellamos la promesa de volver a encontrarnos aquí dentro de un año”.
Con el arrebato de la juventud, y convencidas de que cumplirían su ofrenda, se dirigieron a la discoteca de moda de las afueras del pueblo. Y cuando cruzaban la carretera, la soberbia de un cobarde conductor se llevó por delante sus sueños, sus alegrías  y sus cuerpos, que quedaron sobre el asfalto, muy cerca los tres, casi abrazados, como en un guiño absurdo de la muerte.

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La mujer da un fuerte golpe al teclado del ordenador. Le cuesta aceptar lo que lee. Hace demasiado tiempo de aquello, pero sigue rebuscando en las entrañas de internet cualquier palabra que la acerque a ella, a su querida hija, la que le quitaron una ya lejana noche de verano en un pueblo costero. Por eso ha ido a parar a la página de un club de escritura de una pequeña ciudad, y guiada por la curiosidad, se ha puesto a leer los relatos de un sorprendente ejercicio que alguien ha propuesto. Lo que no llega a comprender es cómo esa aprendiz de escritora ha podido recrear en tan pocas palabras la verdad de aquella triste historia.

viernes, 12 de agosto de 2011

Candados, por Toñi

Media noche de un día de agosto en Benidorm. Cerca del mar, en la penumbra, una pareja de enamorados se besa a la luz de la luna.




-Teresa: tengo una sorpresa para tí, dice él.


Ella lo mira sonriente. Él saca de su bolsillo un pequeño candado.


-Me hablaste tanto de este lugar que pensé que te haría ilusión que compartiéramos un candado. Incluso he escrito nuestros nombres con un rotulador permanente.


Teresa mira el candado. Sonríe aún más.


-¡Qué buena idea, Agustín! Es muy romántico. ¿Me dejas que lo ponga yo?


-Lo cerraremos entre los dos y tiraremos la llave al mar.


Teresa busca entre los cientos de candados un lugar libre. Algunos van prendidos a otros, es difícil encontrar un hueco libre. Entre la masa de metal llena de buenos deseos, uno que una vez estuvo en su mano:


Pere i Teresa, 30 de abril de 2011

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Este microrelato lo he publicado en esta dirección de mi blog. He escrito también otras dos historias más, os dejo los enlaces, por si quereis leerlas:

Candados - Dos
Candados - Tres

Animo a nuestros lectores a que nos manden sus historias de candados y las publicaremos en este espacio. Muchas gracias.

Un abrazo. Toñi

martes, 9 de agosto de 2011

ENCADENADOS (Ejercicio de Verano) por Trinidad Alicia García Valero

Pasaba por allí y me acerqué; nunca había visto nada semejante, encadenados a los leones de las Cortes, un grupo de hombres y mujeres aguantaban la lluvia que caía en torrente.
    Unos ojos febriles y orgullosos se clavaron en mí. Y así le conocí, se llamaba Lorenzo, era un sol hermoso bajo el diluvio. Un mechón de pelo negro y mojado le caía sobre la frente; en su boca la palabra Libertad sonaba con ansia.
    Ahora sé que tenía sobrados motivos para encadenarse, pero entonces lo aplaudí con entusiasmo porque me encandiló su esplendida anatomía y el brío de su mirada. Y me uní a sus quejas por amor. Yo, que era una miedica impresionante, que no hablaba jamás de ideas por no herir susceptibilidades, que huía de la palabra huelga… El miedo me atenazaba; ¿dije miedo? Terror me daba seguirlo. Tenía un buen trabajo, unos padres que nunca lo entenderían y una vida estable. Pero él me hablaba de sueños, proyectos de realidades, me contaba cosas… y le seguí. Alrededor, mucha gente se unía a nuestras protestas, gente consciente de todas las desigualdades y castigos que tenía que soportar la mansa humanidad, sin atreverse a ponerles cara, siempre pensando en que no somos lo suficientemente fuertes como para frenar los muchos desmanes de los poderosos. Hoy hemos despertado, reclamamos derechos que nos corresponden, hoy, esas ilusiones reinas de la vida, son las que nos hacen luchar soñando con verdades de igualdad y justicia, encadenándonos por ellas. Fue así, por amor; amarrada a los indomables leones junto a él, conocí un mundo diferente, mis ideales y los suyos crearon senderos de libertad.
    Dijo que me quería, me besó y le besé. En las cadenas cincelamos nuestros nombres, y un rumor de vínculos candentes agitó el aire. Al grito de igualdad nos amamos. Juramos morir por amor si fuera preciso…
Aún así, las desesperanzas nos envolvían y los sueños de vientos pacíficos se tornaron huracanes.
    _¡Fuera cadenas que no sean compartidas por amor! _gritamos.
Los gritos se sucedieron y una gran baraúnda llenó las calles. Uniformes y fuego andaban detrás. ¡El poder siempre grita más fuerte!
    Desde entonces, las quimeras de Lorenzo vuelan unidas a él por el infinito. Yo, continué sus pasos, sus espejismos son los míos, siempre batallando por la verdad. Un día no pude más, estaba tan cansada, subí a mi buhardilla y me encadené al ordenador. Merced a esta gran ayuda, puedo transitar el universo narrando miles de leyendas, todas ellas verídicas; risas y penas, cuentos de un mundo sin fronteras ni colores.

    ¡Agosto, pegajoso calor! Me despierta la voz profunda de Sergio Dalma cantando El jardín prohibido. Debí dejar la radio encendida. Espanto una mosca que me atosiga y bajo de la cama; me acerco al baño, luego a la cocina, retorno a la alcoba, siempre arrastrado mis cruces, como todos, y encendiendo el portátil, me dispongo a seguir relatándole al mundo todas las historias de pasión encadenadas que me quedan por contar. Vuelvo a poner la radio, a estas horas siempre suenan bellas canciones de amor.


martes, 2 de agosto de 2011

Propuesta para el verano: Candados


 




Estas fotografías las tomé en Benidorm y, como veis, parecen una réplica del puente Milvio de Roma, donde la tradición consiste en enganchar un candado, en el que los enamorados escriben sus iniciales, a las farolas del puente para después tirar la llave al río Tévere.

Leyendo los nombres de las parejas, las fechas y muchas veces, el estado de los candados, me inspiró la pregunta: ¿qué habrá sido de ellos? ¿cómo sería su historia de amor?  Muchas parecen de amistad: Jessy, Natalia y Raquel, por ejemplo. Y otras como Begoña y Bea, o Chloe y Mark ... ¿amigos? ¿amantes? ¿quienes fueron?

Pues ahí os dejo la propuesta: historias de amor (o desamor) inspiradas en los candados. Mejor en formato de microrelato. Mejor dos que una. O tantas como candados ...

El verano es largo. Así que mejor pasarlo pensando en el amor ... ¡venga, a escribir!

Un abrazo. Toñi

jueves, 28 de julio de 2011

"BOXING DAY"



Ya se puede adquirir por internet el libro de relatos finalistas en el I Certamen de Relato Corto "Boxing Day" convocado por la editorial LCK15. Uno de los relatos que aparecen es el titulado "Dos miradas" de nuestra compañera Josefa González Cuesta (Pepi) Para más información y para aquellos que estéis interesados en adquirir uno o más ejemplares os dejo el enlace de la página de la editorial.
http://www.lck15.com/

domingo, 17 de julio de 2011

"FOTOGRAFÍAS", Teresa Sandoval - 2º Premio AMUSYD 2011

Tres meses es mucho tiempo. O poco. Depende. Cuando uno se encuentra  perdido en el infierno y  espera que cada día traiga vientos benévolos que orienten la brújula de su vida,  pero esos aires nunca llegan,  tres meses se  pueden convertir en una  nube pesada y negra dispuesta siempre a descargar tormenta. Si simplemente se trata de dejarse llevar, día tras día,  de manera inconsciente, sin pensar demasiado, lo más probable es que el tiempo avance de una manera tan sutil que sus pies apenas dejen huella.
A Carlota le resultaba muy difícil precisar cuándo su  vida se medía de una o de otra manera. Tenía  la sensación de haber perdido para siempre la perspectiva del equilibrio,  de que su reloj biológico se había convertido en una burbuja de arena llena de partículas de distintos tamaños que arbitrariamente se daban turno para sucederse con un ritmo peculiar y caprichoso. A veces la arena era fina, tan fina que se escapaba como un suspiro; otras, eran pesadas piedras a las que costaba mucho empeño atravesar el delicado canal sin otro afán que seguir el ritmo de los días. Pensaba en eso, ahora, que ni siquiera era capaz de precisar cuánto tiempo había estado subida en el avión, cuánto tiempo había transcurrido desde que abandonara Kigali; otra vida, una eternidad. Una tarde metálica se extendía al otro lado de las cristaleras del aeropuerto, pero ¿de qué día? Aturdida se dejaba llevar junto al resto de los pasajeros por la cinta,  apretando  la bolsa de la cámara contra su cuerpo, como un apéndice más de sí misma, un apéndice vital para ella, y vulnerable, con conciencia propia.
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Era fácil distinguirla entre el resto de los pasajeros que acababan de desembarcar.  Su cabeza sobresalía por encima de la mayoría de ellos. Se había cortado el pelo, y parecía más delgada y mucho más frágil. Iba vestida con un traje de lino,  arrugado y deslucido después del largo viaje. Cargaba el equipaje con un cansancio que parecía crónico. Cuando distinguió a sus padres sonrió. Los vio jóvenes, un tanto extraños, como rescatados de un álbum de fotos donde sólo cupiesen recuerdos alegres. Cuando la abrazaron se sintió como una niña y tuvo que aguantar unas ganas enormes de llorar. Más aún cuando su madre comenzó a acariciarle la cara, a decirle lo delgada que estaba y a preguntar qué era aquella cicatriz que tenía sobre la ceja. Tuvo que pasar los dedos por ella para ser consciente de que la herida era suya, de que la había traído consigo desde el infierno. Una piedra perdida, dijo. No quiso contarle a su madre que en realidad aquel día habían estado a punto de acabar con su vida. Habían viajado hasta  Bangadi, a unos 40 km de la frontera del Congo con Sudán. Estaba fotografiando a un grupo de niños desnutridos a la entrada de una chabola. Instantáneas que se clavan en la retina para siempre. De pronto ruido de motores, gritos, un extraño tumulto. Apenas tiempo para proteger la cámara instintivamente,  reflejos lentos para una chica de ciudad que aún no se acostumbra a las guerras ajenas. Luego disparos, y más gritos. Madres raquíticas arrastrando a niños moribundos para apartarlos de una muerte aún más precoz. Hombres con ojos inyectados en sangre arrasando a su paso la escasa y pobre vida. Guerrilleros rebeldes masacrando  poblaciones enteras: secuestros, violaciones, saqueos, destrucción. Y ella apretando el disparador más por automatismo que por profesionalidad. Carlota está bloqueada, la cámara no, y es ella la que le incita a tomar aquellas fotos, las fotos que le han valido varias felicitaciones por parte de la directiva del  periódico y para las que le han organizado una exposición apenas tenga tiempo de incorporarse a la rutina.
Aquel día supo lo que era el verdadero pánico. No el miedo al que está acostumbrada  sino algo mucho más grande, más visceral, algo imposible de describir con palabras pero que quizá sí se deja entrever en alguna de sus instantáneas, porque desde que está cubriendo los reportajes sobre las guerras civiles en África tiene un archivo completo impregnado de pánico; de pánico, de desesperanza, un catálogo fulminante de desheredados de la Tierra. Ha visto la cara oculta de la vida, si puede seguir llamándosela así a esta manera de estar en el mundo. Incluso llegó a vislumbrar la cara de su propia muerte reflejada en los ojos de aquel hombre, apenas un muchacho que la apuntaba con un fusil a menos de tres metros. Ella sí tuvo tiempo de dispararle una foto, y luego de apartar la cámara de su cara para mirarle frente a frente unos segundos en los que no pudo pensar en nada, sólo en que todo se acababa.  No vio  pasar siquiera la película de su vida porque el terror la había paralizado, o quizá fue  porque estaba llorando. Fotos borrosas. No se puede enfocar bien con lágrimas en los ojos, y sin embargo ahí están, el mejor  trabajo que ha hecho hasta ahora. Luego vio como aquel muchacho dejaba de apuntarla, lentamente, el fusil se escapaba de sus manos mientras otro, uno de los aldeanos, le asestaba un golpe en el cráneo con un machete. Y luego una lluvia de piedras. Un dolor intenso en la frente y el mundo se volvió rojo. Todavía no sabe cómo salieron de allí. Su compañero surgió de algún lugar, la cogió de la mano  y la sacó de allí, arrastrando casi hasta que pudo reaccionar y echó a correr.
Fue esa misma noche,  ya en el hotel cuando salió a fotografiar la luna, llena, tan hermosa en África como en ningún otro sitio. Docenas de fotos. Estampas bellas para limpiar el horror de sus ojos, del objetivo. Trae consigo toda la miseria de África pero también su belleza, instantáneas de las que pudo haber tomado cualquier turista en un safari y con las que ha intentado aplacar las heridas del alma. Ha atrapado imágenes de hermosas garzas a la luz del atardecer, de un león soberbio, ignorante de las heridas por las que se desangran sus dominios; altivos antílopes, grullas coronadas, un ibis, patos egipcios de color anaranjado, mariposas...  También ha traído en su cabeza los olores, los sonidos al anochecer, ¡tantas sensaciones! un continuo choque entre devastación y  belleza.
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Recuperar su vida fue fácil pero extraño; se sentía como se hubiera sentido un exiliado que regresa a su patria después de mucho tiempo. Se quedó unos días en casa de sus padres antes de volver a su piso, un ático en las afueras que siempre le había encantado y que de pronto se le antojaba ajeno y vacío.
En cuanto al trabajo en el periódico,  lo retomó con la disciplina de quien se inicia de nuevo, como si fuera otra la que tuviese que encajar en el hueco que dejara una Carlota que ya nunca iba a volver.
La exposición sobre sus reportajes de las guerras civiles africanas estuvo montada en menos de un mes.  El día de la inauguración, mientras paseaba la mirada por las fotografías,  pensó que estaba incompleta, que  sólo mostraba la cara de una moneda,  que para reparar parte del daño que esas fotos podían hacer  a la conciencia el público había de ofrecerse también la segunda parte, la colección privada que empapela todas las paredes de su casa en espléndido desorden. Primero empezaron siendo las imágenes de la cara cautivadora de África, pero pronto se dio cuenta de que eran insuficientes. Ha seguido haciendo fotos desde entonces, también en Madrid, como un vicio con el que llenar un agujero que probablemente nunca vuelva a cerrarse. Sale a la calle, a los parques, atrapa con su cámara sonrisas de niños, besos de enamorados, un manojo de globos de colores, una cometa ondeando en el aire. Se ha convertido en cazadora de momentos felices, pequeñas piezas que ayudan a cerrarle durante un rato la boca al monstruo que le muerde por dentro.
Alguien en la exposición se acerca para decirle que sus fotos tienen alma. Ella le mira con una sonrisa triste, enigmática. No le contesta, no sabe que ha dado en el clavo, que sí, que tienen alma, que es la suya propia la que se fue evaporando en cada disparo. En cada una de ellas hay un trozo de Carlota, un poco de inocencia, de entusiasmo, de fe en el ser humano;  a cambio la desgarradura inevitable de la pérdida de la ingenuidad. Su alma colgada en las paredes, agazapada entre sangre, ojos llorosos, cuerpos desnudos, miseria, espanto y alguna sonrisa blanca de un niño negro, como una flor exótica y preciosa.