viernes, 27 de agosto de 2010
¿Qué es poesía....? ¿Alguien se anima a dar más definiciones?
martes, 24 de agosto de 2010
And the winner is...
Tengo que decir que ha habido dos acertantes, aunque la primera de ellas me dio la solución en mi blog para mantener la tensión durante un tiempo más.
Y sí, la primera acertante fue Sherlock Holmes, o sea, Toñi (con un poco de ayuda informática, todo hay que decirlo)
El segundo acertante fue Arístides, al que aprovecho para agradecerle el comentario que me envió. Como habrás visto, he tomado nota de la corrección. A mí también me sonaba un poco mal, la verdad.
No tengo ni idea de si lo de Arístides fue intuición, inspiración, o si también se valió de San Google para adivinarlo, pero en cualquier caso...
¡¡TENEMOS DOS GANADORES!!
Vais a tener que compartir el premio, pero merece la pena. Este es vuestro jamón. La verdad es que tiene una pinta estupenda
miércoles, 18 de agosto de 2010
Para despertarnos de esta siesta estival...
¿Podría alguien adivinar quien soy a partir de uno de mis poemas?
El ganador recibirá, además del reconocimiento de todos los ciberlectores de este blog, un sabroso jamón ibérico y un viaje a la isla del caribe que él mismo elija (todo de modo virtual, se entiende)
Y los demás... espero que al menos disfruteis un poquito del poema.
COMO EL MAR
Como el mar
te imaginé inabarcable;
cargado de misterios
ocultos en tu pecho.
Y como eras mar
intenté navegarte,
trenzarme con tus algas,
volverme acantilado
para morder tus olas
y beberme tu espuma.
Pero ya no eras mar,
ni aun agua,
ni fuente.
Sólo en ti quedó la sal
para arañarme los labios.
FELIZ VERANO A TODOS
domingo, 13 de junio de 2010
"LAS VERDADES A MEDIAS" Nieves Jurado
lunes, 7 de junio de 2010
LA CENA", por Pepi González
LA CENA
-¿Puede sentarse a mi lado mientras ceno?- las palabras se derramaron de su boca casi sin querer. Llevaba demasiado tiempo pensando en aquel instante, demasiado para un hombre solo.
-No es lo normal. No es, digamos ortodoxo-contestó la figura gris.
-¿Legal…?-preguntó el chico moviendo compulsivamente los cubiertos de plástico que adornaban la bandeja-¡Qué absurdo!-continuó dándoles rostro a los pensamientos que le martilleaban en las sienes-Ni siquiera en una noche como esta puedo sentirme ya un ser humano.
-Son las normas, Harry. ¡Vamos! Cómete la hamburguesa. Tiene buena pinta ¿sabes? Nunca me ha gustado demasiado la carne. Podría decirse que soy casi vegetariano. No me va lo de comer animales muertos-sintió como las últimas palabras le erosionaban el aliento, en verdad eran inoportunas. Intentó taparlas con más frases desaliñadas, pero no le surgió ninguna.
-Por favor señor, acompáñeme ¡Hace tanto que no como con alguien al lado, que no quisiera marcharme sin hacerlo otra vez!
-Tampoco pide tanto-la reflexión cobró cuerpo- te voy a dar en el gusto. Pero dejamos la puerta entornada y no olvides que mis compañeros están tras el muro.- No se sentó junto a él, pero cruzó el umbral y le regaló su cercanía. Había sabido a quien debía pedírselo. Cualquiera de los otros, habría rumiado un gruñido, por encima de la fuente de metal como única respuesta. Pero aquel hombre se le antojaba tratable. No murmuraba residuos soeces igual que los demás y los gritos dejaron de ser bramidos tras los primeros momentos. Solía sentirse mirado, escuchado cuando se acercaba.
-Date prisa- le increpó el hombre vestido de plomo-Sabes que estoy incumpliendo la normativa al entrar.
-Ya, el reglamento, siempre el reglamento, ¿le he contado alguna vez como llegue aquí?
-Si chico, me sé tu vida paso a paso- quería ser compasivo, pero ya apenas recordaba como hacerlo y eso que cuando se desnudaba, salía a la calle y respiraba el aire otra vez, podía beberse lo que faltaba en el interior y seguir caminando. Pero en noches como aquella se le desdibujaba la cortina de hielo, con que solía arroparse para lidiar con los rostros que aguardaban la llamada.
-A mí siempre me gustó la comida basura, devoraba los perritos cargados de mostaza, hasta el olor a fritanga del burguer de mi barrio me parecía delicioso.
El hombre hizo un gesto de urgencia. La mirada iba y venía, tras cualquier sonido que avisase de lo que estaba por llegar.
-Ya voy, ya voy- la voz del chico se hacía más pequeña conforme pasaban los minutos- le agradezco de veras lo que ha hecho por mí. Se lo agradeceré siempre ¡que ironía!-rió sin sonrisa-siempre.
-Vamos Harry, debo llevarme la bandeja. Se han oído los cerrojos, dichosos goznes, alguien debía quitarles la herrumbre de una vez- las palabras se le atropellaban, le solía pasar, cuando le tocaba en suerte el oscuro cometido.
-Venga muchacho debes prepararte, sabías que antes o después llegaría.
-Si señor, no pienso acobardarme, de verdad que no. Gracias por su compañía, me ha servido de mucho.
Las voces cruzaron el silencio respetuoso que se le ofrecía desde las otras bocas. El hombre teñido de sombra el semblante, cerró la puerta tras de sí.
jueves, 13 de mayo de 2010
"FLORECER" (Propuesta de Julio), por Pepi González
Se me venían unos espasmos al centro del cuerpo, que para la úlcera digo yo que no serían buenos. Así que empecé a frecuentar el hogar del barrio del sol, que me habían dicho que había buen ganado (perdonen las señoras, pero es que yo me entiendo mejor en castellano antiguo).
Allí la conocí, en una sesión de bingo, entre línea y línea, bajita, con el rostro sonrosado, como si dos pimpollos geraniles se le hubieran colgado en las mejillas. Quería ser coqueta, aunque la verdad no le salía de natural, igual que los pasodobles los jueves en el baile, que no llegaba a encontrarse los pies.
Lo entendí de maravilla, cuando un compadre me aclaró que Loli (la susodicha), había pasado cuarenta y tres años en un convento de clausura y claro, allí entre celdas, hábitos y celosías la mayor diversión que debían tener era la hora del Ángelus.
Bueno pues después de varias sesiones de charla, rumbas y cañitas de cerveza, que cuajamos algo parecido a un amorío y de que nos dimos cuenta, vinieron los besos, los arrumacos y el -cuelga tú cari, no, cuelga tú tesoro… el pelar la pava de toda la vida, vaya . Y claro ninguno nos habíamos percatado de que con el pasar de los años, Loli antes sor Dolores en el claustro y un servidor en su maridaje alechugado, habíamos cambiado, casi una metamorfosis podría decirse.
Ella se había endurecido y yo me había ablandado por lo que al llegar el primer ayuntamiento, léase uso del matrimonio, iniciado el instante de la consumación, me fue imposible deslodar el atranque y hubimos de conformarnos con los trabajos manuales. Pero amigo, cuando empecinados en ponernos al corriente en el arte amatorio, ambos a la par, decidí buscarme los apaños precisos en el herbolario de la plaza, porque la farmacia no estaba al alcance de mi bolsillo, ni de mi presión arterial, no fuera uno a terminar como Paquito Martínez, que en el momento cumbre del asunto se azuleó de tal manera, que a la pobre viuda que tenía debajo le dio un sofocón que casi la palman los dos, ahí enganchados, como dos perrillos, aunque feo esté el comparar.
Bueno que me desvío del tema, que preferí echar mano de la madre naturaleza y me pegué un chute de ginseng, menta y camu-camu, que no se si serviría para el himeneo, pero que me sonó muy exótico. El caso es que semejante mezcla me tuvo tres noches con los ojos como platos y los bajos más alborotados que un quinto sin bromuro, pero es que a la Loli, le faltó poco para aplaudir y dar la vuelta al ruedo.
No digo yo que al llegar a la linde de la vejez, no nos entre el azogue mutuo y volvamos a la noviez, que en decente y limpia no la gana ninguna a la Dolores, pero mientras tanto, vamos a darle al retozar, que no retoña uno todos los días.
lunes, 10 de mayo de 2010
LA CONVERSACIÓN DE LOS JUEVES... (Ejercicio propuesto por julio)
Mira, mira el señorito, con diecisiete años y es incapaz de sacar la ropa sucia de su cuarto, que apesta como una leonera. Vamos que no abre la puñetera ventana para renovar el aire así se asfixie.
No, si cuando digo que esta gente disfruta de privilegios que no valora, porque vamos a ver, un autónomo, coño, un simple autónomo, pero mira que bien se lo ha montado el tipo, un chalet en el centro y sin hipoteca por supuesto, y un mercedes que quita el sentido, además de la casita de la playa en una de las mejores urbanizaciones privadas de Marbella. Venga hombre para que luego digan, y una con un utilitario de segunda mano que está para el desguace, y malviviendo en una habitación mugrienta de una pensión de mala muerte.
¡Ah! y aquí tenemos el santuario particular. ¿Cómo lo ves? Cama tallada con dosel traída especialmente desde Tailandia, de diseño exclusivo, y una terraza que da a un inmenso jardín y a ese pedazo de piscina dónde te puedes perder braceando.
Además el joyerío, que la tía no va descalza, ¡joder! Que aquí hay mucho oro y muchas piedras preciosas, nada de alta bisutería, y encima lo deja todo por ahí, en cualquier sitio. Lo que yo te diga, los ricos están hechos de otra pasta.
Y Marta recogiendo los vasos y botellas desperdigados por toda la casa tras la consabida juerga de los jueves, y aún se permite la muy cacatúa llamarme para que en cuanto acabe con esto, le lleve los trajes a la tintorería. Menudos modelitos se gasta la muy cabrona, que hay ocasiones en que me fugaría con ellos tal y como hizo el Dioni.
Y yo cumpliendo años y sin un trabajo acorde con mi titulación. Para eso me he dejado la piel estudiando día y noche. ¿Para qué quiero un titulo universitario si me dedico a limpiar en una mansión en la que se tira a diario a la basura, más comida de la que yo necesito en una semana? Y no es envidia que conste, que una es muy honesta y justa, pero lo cierto es que hay gente con suerte, aunque no me extraña porque este país es de locos. Pero digo yo, todos cagamos por el mismo agujero ¿no? y su mierda no huele mejor que la mía por muchos aires que se den.
Aunque si tuviera el carné del partido, otro gallo me cantaría, que ya me lo decía mi madre, nena, ábrete el escote, que vean lo mucho que vales. Tú siempre del lado de los que están arriba, no te compliques la vida hija, que con tu físico puedes llegar tan lejos como te propongas. Lo que más me fastidia es que voy a tener que darle la razón.
El caso es que bien pensado, este tío no tiene mala planta y está “forrao”. ¿Qué más se puede pedir? Y me mira el muy cabrón, vaya que si me mira, en cuanto paso a su despacho con el aspirador me desnuda con los ojos. Oye, pues a saber si no tengo la solución a mis problemas delante de mis narices. Porque no te vayas a creer que estoy por la labor de hincharme a trabajar más horas que un reloj de pasante en un bufete de mala muerte por cuatro perras, que para cuando quiera hacerme un nombre tengo más años que la Duquesa de Alba, que ni mover la boca puede ya la pobre.
En fin que el martes me vengo con escotazo y tacón alto, así, marcando tetas y trasero. ¿Quién sabe? Igual desbanco a esa Barbie de silicona, y me quedo con el trofeo para mí solita.
Uff ¡La una y media! No sueñes más Marta, que aún te queda la cocina y mira qué horas…
lunes, 3 de mayo de 2010
PRÓXIMA REUNIÓN
viernes, 23 de abril de 2010
Día del Libro
Como no podía ser de otro modo, el Club celebra este día como mejor sabe hacerlo, ofreciendo un nuevo conjunto de textos de sus miembros.
Esta obra, editada por el Ayuntamiento y la Diputación de Albacete, iba a ser presentada por la Alcaldesa de Albacete el lunes 26 de abril, a las 10:30 de la mañana, en la sala de prensa del Ayuntamiento de nuestra ciudad, pero ha tenido que ser pospuesta. En cuanto tengamos nueva fecha lo anunciaremos.
Se trata de una serie de relatos en donde la mujer y el libro son el hilo conductor de todos ellos. Esperamos que tenga una buena acogida. Más adelante colgaremos un enlace para poder descargarlo en formato pdf.
jueves, 22 de abril de 2010
EL HOMENAJE por T. Alicia. G.V. El ejercicio pendiente.
_Perdone _se apresuró a decir él_, estos autobuses…
Ella lo miró; pese a su edad, era una mujer de buen ver, de porte elegante: el hombre la miraba encandilado.
_No se preocupe, eso le pasa a cualquiera. Una vez me caí en uno de estos frenazos, pero tuve suerte y no me pasó nada _contestó la señora.
_Menos mal, sino si no hubiera sido una lástima _suspiró, y cambiando el tono_. ¿Iba usted sola? Cuando uno va solo y le ocurren esas cosas se siente perdido, ya se sabe, la edad…
Ella torció el gesto.
_No se ofenda aún es usted joven _se apresuró a decir.
_No señor, no iba sola _contestó cortante, ignorando el comentario_, iba con mi marido y él me ayudó._Vaya, yo creí que era viuda, no es por nada, como va de negro
_Pues mire, no da una. No soy viuda, ¡soy separada! _lo dijo con orgullo_ Hace dos semanas que me he separado y estoy en la gloria, no sabe usted como se disfruta la libertad después de tantos años… presa. ¡Qué gran invento el divorcio!
_¡Y qué casualidad más estupenda! _exclamó el hombre, sonriente.
_¿También usted es separado? _preguntó ella.
_No, soy viudo, muchos años viudo y solo, pero le puedo asegurar que nunca había encontrado una mujer como usted _casi lo susurró, con voz suave y melosa.
Ella lo miró pícara.
_Eso se lo dirá usted a todas. ¡Ay, los hombres! Todos unos bribones.
_Le aseguro que yo no. Me ha impactado tanto que quiero quedar con usted ya, ahora mismo.
_ ¿Ya? ¿tan pronto? –un poco asustada
_Dentro de unas horas no es tan pronto. ¿Qué tenemos que esperar a nuestra edad? mejor tuteémonos _y acercándose a su cara_ ¿En tu casa o en la mía? La vida hay que aprovecharla hoy, ahora mismo; después, ¿quién sabe?
Un filósofo no lo hubiera dicho mejor, pensó Encarna, pero respondió:
_Si lo miras así… claro, que ni en tu casa ni en la mía, podemos quedar en la punta del parque, ¿te parece? Por allí hay buenos hoteles y, ¡ah! todavía no sé tu nombre, don rápido. Si eres así para todo…
_¡Qué bromista eres! Me llamo Braulio, y ¿cómo te llamas tú, guapa? Porque eres muy guapa.
_ Encarna, para ti, Encarnita. ¡Vaya, tengo que bajar, es mi parada! Esta vez se me ha hecho el viaje cortísimo _se levanta ayudada por él y lo envuelve en una mirada llena de intención_. Hasta la tarde, Braulio. ¿Te parece bien a las seis?
_Cuando tú digas, Encarnita, cuando tú digas; a las seis en la punta del parque, ¿vale? _¡Qué flechazo, madre! _se dice entusiasmado_ ¡qué flechazo!
Son la seis de la tarde, Braulio pasea de un lado a otro en la puerta del parque. Se para en el quiosco de la entrada a comprar unas juanolas y dos bolsas de pipas, en un bolsillo guarda un paquetito de bombones.
Encarna llega a su lado, sin ser vista, y le tapa los ojos.
_¿A que no me conoces? _pregunta alegremente. Parece una jovencita en domingo, con el abrigo claro de las grandes ocasiones y los labios pintados; se ha puesto rimmel y unos mechones de pelo le acarician la frente.
Braulio, después del susto, la mira embelesado.
_¡Estás preciosa, Encarnita! _le coge una mano y se la lleva a los labios.
_Tú tampoco estás mal.
El hombre lleva el único traje que le viene, aunque un poco estrecho, ha engordado bastante desde que se quedó viudo: la comida basura, las tapitas del bar; se adorna el ojal con un clavel y la cabeza con un sombrero negro. Cogidos de la mano, entran en el parque como dos tortolitos. Mientras pasean hablan animadamente, admiran las rosas y visitan el estanque de los patos, muy sucio, comentan; y entre sonrisa y miradita, deciden ir al hotel. Está justo enfrente, no tienen que caminar mucho, que no están ellos para mucho andar. Cada uno, por su parte ha cogido la paga que les queda de la jubilación, por si acaso; Encarna, además, ha metido en una bolsa las pastillas del corazón, la tensión, etcétera: no quiere encontrarse con sorpresas, “una ya tiene una edad”, se dice.
Piden la mejor habitación, y junto al botones que los guía llegan a ella. Es la número 69, en la puerta un corazón gris con un lacito rojo para festejar el encuentro.
_¡Buen detalle por parte del hotel! _ exclama Braulio contento.
La habitación es grande y hermosa, con buenas vistas al parque. Encarna mira por el ventanal mientras él, con aires de conquistador, se le acerca. Encarnita, presa de una súbita timidez, se aparta un poco.
_¡Pero mujer! ¿Qué te pasa, he dicho algo malo, ya no te gusto?
_No, no, es que de repente me he acordado de Pepe. Pepe era mi marido, ¿sabes? Braulio cree notar nostalgia en su voz.
_¡Vaya por Dios, con el Pepe ése! Mira _le enseña las pipas_ por si nos aburrimos_, las guarda enseguida al ver su gesto y saca las juanolas junto con un paquetito de bombones, que lleva en el bolsillo_, y si se nos seca la garganta… _señala a las juanolas con una sonrisa_, los bombones son para después_ aclara riendo con picardía.
_¡Es que estás en todo, amor! ¿Por qué no te conocería yo antes? _Encarnita parece feliz.
Él, entusiasmado empieza a desnudarse; ella también. Se abrazan, y poco a poco van hacia la cama. Se besan.
_¡Braulio!_ le llama Encarna de pronto_ acércame el bolso, por favor, quiero dejar las pastillas del corazón en la mesilla, por lo que pudiera pasar…
_El hombre, ante su petición parece recordar algo, rebusca en el bolsillo, y contrariado se da una palmada en la frente_ ¡Pero qué tonto soy, se me olvidó la mía!
_¿Tú también estás del corazón, cariño? _pregunta ella.
_No cielo, no, es la pastillita azul, esa… ¡Ah, menos mal! las tenía en el otro bolsillo. Si yo estoy de un sano sanote…
Dos horas después, en recepción, un empleado a otro con cara divertida:
_¿ Te has enterado?
El otro niega con la cabeza.
_ Pues otra pareja de jubilados que ha venido a darse un homenaje_. Le explica_ Ella está bien, asustada pero bien, lo peor ha sido lo del pobre hombre, se pasó con la biagra y tanto se le disparó que, si nos las diña… tuvimos que llamar al 112. Estos jubilados…
lunes, 5 de abril de 2010
"En el bosque" (cuento de terror)
Llegué a la fábrica, pero ese día no pude trabajar.
domingo, 4 de abril de 2010
SIN TÍTULO. T. Alicia G. Valero.
comenta gris el búho,
y las hojas del árbol
se agitan con su canto,
si canto se le llama...
Mañana será tarde,
dicen también las ranas,
en su croar flotante
de la tarde que cae.
Y el lago queda quieto,
ni un suspiro lo mueve.
Mañana será tarde,
reza el sol que se va…
INERCIA. Por T. Alicia G. Valero.
Te mueves en la sombra
como fantasma alado,
blanquea ya la nieve
tus plumas azuladas,
estás solo.
Pájaro fiel,
a fuerza de seguir las
migraciones,
te me mueres callado.
El viento amor te lleva
siempre a la misma senda,
la inercia te desplaza,
corriente gris del mundo aciago.
Ajadas, rotas tus alas, ¿a dónde vas?
Y me ahoga la pena,
en la sombra te mueres…
Sin volar…sé audaz,
a ratos canalla y,
crúzate de cielo,
alguna vez.
Aprende a zozobrar,
éste es el tiempo,
las alas, si, las tuyas,
envejecen y,
las plumas se
pierden en el tiempo.
¡ el pico erguido! ¡Vuela alto!
Aprende en la osadía
no mueras en la sombra,
nadie te llorará,
excepto yo…
jueves, 25 de marzo de 2010
JULIO LORENZO
Escribir un relato corto divertido, jocoso, pero no necesariamente superficial, desde un punto de vista subjetivo, en primera persona si lo deseais, protagonizado por uno de estos personajes:
JUBILADO/A DE 70 AÑOS RECIEN SEPARADO
INMIGRANTE SIN PAPELES
PERIODISTA DEPORTIVO TULLIDO, DISMINUIDO FÍSICO
EMPLEADA DE HOGAR CON TITULACIÓN UNIVERSITARIA
MONJE O MOJA RECIÉN " SALIDO/A " DEL CONVENTO Y DE LO OTRO...
APLAUDIDOR PROFESIONAL DE TV
Podeis combinar varias de estas tipologías en el mismo personaje
domingo, 21 de marzo de 2010
AVENTURAS DE UN GATO CON MAGIA. Un cuento más.

¡Hola a todos! Me llamo Camilito. Soy nieto de Camilo, que en la finca y sus alrededores fue un gato importante. Mi madre me llama así, aunque a mí me gustaría que me llamara Camilo, como mi abuelo, porque suena menos cursi. Camilo, sí, pero Camilito… En fin, son cosas de las madres. Me cuenta que me parezco mucho a mi abuelo. Por ejemplo, me encantan las flores rojas y blancas; cuando veo las macetas de geranios o la flor de pascua en Navidad, no puedo evitar darles un mordisquito… ¡La flor de pascua es mi pasión! Pero el ama las esconde, la oigo regañar diciendo que la dejo sin flores (¡igual que su abuelo! _dice) y pone una cara de mal genio que ya, ya. Es muy mayor y hasta le está saliendo bigote. Dice mi madre que también he heredado su magia, la del abuelito, y es verdad, porque de vez en cuando, si necesito huir de algún cachete porque he roto algo, o me he comido (sin querer, claro) el filete de Juan, el nieto de la amita, me escondo en una maceta y, hecho un ovillo, me quedo quieto, quieto… Y poco a poco me convierto en flor, casi siempre en blanca o roja y, a veces de los dos colores. ¡Os aseguro que es chachi! Nadie me encuentra; ni siquiera mi madre, que husmea y husmea por todas las macetas de la terraza. A la pobre le hago sufrir. Y es que ya está vieja, se ha puesto gorda y casi no puede correr; los bigotes le blanquean, pero la quiero mucho y me arrepiento enseguida de las trastadas que le hago; me restriego en su lomo carnoso y la beso, frotando sus blancos bigotes con los míos, así le pido perdón y ella maúlla satisfecha.
Pero hay veces que no puedo resistir la tentación de escaparme para ver mundo, aunque siempre me sale mal. Sin ir más lejos, el otro día, que el sol era hermoso, me apetecía salir un montón. Hacía un calorcito, y el tejado se veía brillante desde aquí. Una gata marrón y blanca me llamaba. ¡Cómo resistirse! Sin pensarlo dos veces salté pero, ¡hay de mí! calculé mal la distancia, estaba tan alto que mientras bajaba en picado recordé a mamá, al abuelo, a la abuela… Cerré los ojos, y los abrí justo a tiempo de agarrarme desesperadamente a la persiana de la vecina del tercero. Me quedé sin uñas y pensé muy seriamente que, a no ser por esa persiana, en el reluciente tejado hubiera acabado este hermoso gato (eso sí, sería por amor). Madre, que me vio volar, alertó al amita. Al poco, Juan, que me tiene una manía… bajó a rescatarme; yo también se la tengo a él, pero aún así me abracé a su cuerpo a la desesperada. Ya no volví a saltar. ¡Cualquiera, vivimos en un octavo! Porque eso que dicen, de que si los gatos tenemos siete vidas y no sé cuantas zarandajas más, es mentira. Ni mi magia me hubiera salvado.
La amita dice que soy más travieso que mi abuelo, y que no me conformo sólo con tirar bolígrafos y papeles, que tiro todos los DVD y los CD que encuentro a mí paso. _Pero amita _quisiera decirle yo_, son otros tiempos. Soy un gato moderno, me gusta el rap y las bandas rokeras, y sobre todo las canciones de amor. Por cierto, que la gata blanca y marrón ha venido a visitarme. Se llama Blanquita, y me encontró en un plis plas. Es una gata callejera y sabe mucho de todo. Tendrá que enseñarme, porque siempre que me escapo, para mi vergüenza, tienen que rescatarme. ¡Soy tan patoso! Pero ella dice que no, que soy muy guapo (eso es verdad, porque también lo decía mi abuelita). Le hago juegos de magia y se entusiasma cuando me convierto en flor; también bailamos rap y cantamos canciones a la luna.
Algunas veces salimos por ahí. Ella siempre me anima, paseamos por las calles, comemos restos de bocatas y perseguimos a los pájaros y a los ratones. Pero una de esas veces fuimos más lejos que de costumbre y, sin saber cómo, nos encontramos al lado de una puerta abierta que olía a comida. Allí nos metimos. Había mucha gente. Blanquita dijo que era una tasca, o algo así, se lo oyó decir a un señor. Todo me parecía muy interesante y nosotros debíamos de ser graciosos; se rieron al vernos, ¡qué simpáticos! Una de las chicas nos llamaba amablemente desde la puerta de un almacén. Reía y, nos volvía a llamar: Missss, missss, mininos… _decía_ mientras nos enseñaba una cazuela de pescado (sé que era pescado por el olor). Era la primera vez que alguien me ofrecía tanta comida. ¡La verdad, me caían bien! Pero Blanquita no me dejó ir y se empeñó en que nos escondiéramos detrás de una caja de cartón de las muchas que allí había. Otros dos gatos entraron, siguiendo el olor, y la misma chica les enseñó la comida. Ellos sí fueron. ¡Qué horror! Conforme cogían el pescado, un hombre enorme que estaba escondido, con un gran palo les atizaba y los metía en un saco que tenía preparado. Nosotros corrimos y corrimos aterrados por unos extraños y oscuros pasillos. Las cajas se apilaban a uno y a otro lado; yo, cómo gato que soy, no pude resistir la curiosidad y trepé por una de ellas, una vez arriba, con gran esfuerzo, empujé la tapa y… ¡Ay de mí! ¡Qué susto más grande! Montones de gatos apaleados estaban en ella. Algunos aún maullaban. Casi me desmayo, pero Blanquita me estiró de la pata derecha para seguir. Más, ¿cómo hacerlo? Mi conciencia gatuna no me lo permitía. Alguien se acercaba, nos escondimos; era el tío grandote, que traía otro puñado de gatos y los arrojaba en la caja. Gemían. ¡Sí, sí, estaban vivos! Cuando el se fue, abrí la caja con ayuda de Blanquita. Muchos, gatos salieron corriendo. ¡Puf, menos mal! Nosotros también corríamos, en nuestra búsqueda de la salida pasamos por una gran cocina, donde había gente cortando carne y varias ollas hirviendo. ¡Qué escalofrío! Atropelladamente, chocando unos con otros, salimos por el agujero de una puerta. Huíamos como gatos escaldados, que se dice. Al fin, cuando pensé que ya no volvería a ver a mamá, encontramos la casa. ¡Era mi portal! Esperamos a que alguien abriera y subimos las escaleras de cuatro en cuatro. ¡Estábamos salvados! Cuando lo contáramos nadie lo iba a creer, ¡ésta sí que había sido una gran aventura!
FIN
jueves, 18 de marzo de 2010
"Sono io"
(Este es el relato premiado en el VI Certamen de Narrativa de Chinchilla. Espero que no resulte demasiado largo)
Al abrir el buzón con la pequeña llave, varios panfletos publicitarios cayeron sobre su mano, que esperaba debajo para evitar que se esparcieran por el suelo. En el fondo se quedó una carta cuya dirección no podía distinguir porque no había encendido la luz y el portal estaba un tanto oscuro. La cogió y vio que, efectivamente, era para ella, allí estaba su nombre, aunque no reconoció la letra. La carta pesaba. Le dio la vuelta y en el remite se encontró con sólo dos palabras: “Sono io”. Cerró el buzón y subió las escaleras mientras pensaba que no tenía ni idea de a quien podría pertenecer aquella letra, y de que, tristemente, aquella incertidumbre tampoco llegaba a emocionarle mucho. Ya había podido comprobar que hechos como recibir una carta misteriosa sólo ocurrían en los escasos cines de versión subtitulada y que nunca se trasladaban a la vida real. Algo que, por otra parte, no le quitaba el sueño (en otro tiempo, más ingenuo, más crédulo, sí lo hubiera hecho).
Seguramente, se dijo, sería de alguna vieja, viejísima, amiga que conociendo su juvenil tendencia a la ensoñación, le quisiera gastar una broma. Y ciertamente, el hecho de que ella no le viese la gracia, no quería decir que no la tuviese. Hacía ya muchos años, cuando aún iba al instituto, había sido una costumbre mandarse mensajes anónimos entre las amigas del grupo. Lo único que ocurría era que la progresiva distancia que con el tiempo había ido experimentando respecto con sus semejantes, abarcaba también lo que concernía a su sentido del humor. Y lo que en un momento lejano le había parecido emocionante, incluso divertido, ahora se convertía en sencillamente inoportuno.
El caso es que no tenía intención de abrirla. Si se trataba de una carta especial (por Dios, qué ridículo sonaba), con seguridad que todo aquello que quisiera encerrar fuese una mentira. Si se trataba de una broma, no le apetecía sonreír ni, por supuesto, responder.
Esa noche durmió tranquila, sin pensar en la carta, y al despertar, cuando la recordó, su estómago no dio uno de aquellos vuelcos de estremecimiento y emoción que, años atrás, en su época de estudiante, tantas veces se atrevió a experimentar. Entonces siempre cabía la posibilidad de algo mágico dentro de la vida cotidiana, porque incluso esa monotonía diaria contenía la embriaguez de la despreocupada juventud. El simple hecho de ir a comprar un libro se convertía en algo excitante alentado por el ansia, por la frescura que conllevan los escasos años; pasearse por
Ahora, lo único que podía exprimir el aparato estomacal era que algo ocurriese fuera de la reiteración cotidiana, y el mensaje cabal del cerebro que decía que no era posible llegaba siempre antes que aquel pensamiento fantástico.
Por tanto, no abrió la carta, como hubiese hecho en sus demasiado lejanos días universitarios, sino que se metió en la ducha directamente.
Pero si algo atrapaba su mente, era el remite de aquel sobre misterioso. “Sono io”. Identificaba esas dos palabras con sus clases de italiano de hacía ya muchos años, y que por otro lado no quería recuperar porque formaban parte de esa etapa de su vida en la que las emociones habían sido tan vivas, tan intensas y optimistas, que pensar en ello ahora le producía dolor de cabeza.
Durante todos sus años de estudio había sido una enamoradiza de sus profesores (aunque aquellos por los que sentirse atraída tampoco habían sido tantos). Se había enamorado del de literatura en el colegio, siendo una niña, porque era joven, encantador y la miraba a los ojos cuando hablaba; del de historia, en el instituto, porque los días de controles y exámenes se llevaba un radio-casette a la clase y ponía cintas de música clásica, mientras él, de pie y con las manos en la espalda, miraba por la ventana; del de griego, un año después, porque la intimidad que había ofrecido el hecho de que fueran pocos en su grupo permitió que comentaran hasta hartarse las últimas películas y libros que todos veían y leían; y del de literatura inglesa, ya en la universidad, porque sus clases eran auténticas evocaciones de un romántico pasado que a ella siempre le embobaba, y porque (a esa edad era algo que puntuaba bastante) estaba realmente bueno.
Todo esto había sido siempre, por supuesto, puramente platónico. Porque ella nunca hubiera sido capaz de traspasar la barrera de las ensoñaciones nocturnas para provocar siquiera una corta conversación con alguno de ellos. Más que nada porque estaba segura de que si esa conversación se producía, la mitad del encanto desaparecería al instante y la otra mitad al día siguiente.
Sin embargo, aquel profesor de
Ni entendía, ni quería llegar a entender qué podía buscar a esas alturas aquel ya no tan joven profesor. En el caso de que el remitente fuese él. Y sabía que no podía ser nadie más.
En esos momentos, coincidiendo con el frío penetrante que empapó sus huesos a la salida de la ducha, fue consciente de que acabaría abriendo la carta.
Aún así, esperó un par de días más. Días durante los cuales el sobre permaneció sobre la mesa, encima de las revistas y al lado del paquete de tabaco. Cada vez que se incorporaba en el sofá para encenderse un cigarrillo lo veía y por unos segundos no podía contemplar otra cosa que no fuese aquella carta. Luego miraba a su alrededor y comprobaba con cierto regocijo que, por fin, había conseguido una vida propia centrada en el presente, ni futuro, ni pasado, sólo ese único día, ni siquiera condicionada por el siguiente.
Tener que recordar de nuevo todas aquellas imágenes, años en los que pasó por diferentes estados emocionales, desde la apatía absoluta hasta la breve felicidad, había roto la tranquilidad estable que en realidad, y únicamente, buscó desde un principio. En esos momentos no era feliz, pero ya había pasado algo más de dos años sin experimentar el dolor de otras veces. Era simplemente un sinsentir, cómodo y práctico, que ahorraba problemas.
Sí, la abriría y leería su contenido, pero ello no significaba que algo fuese a cambiar. Tenía que prometérselo a sí misma. Ningún cambio, ni una pizca de modificación en sus sentimientos, si no, volvería a sumirse en la confusión, y eso era lo último que quería volver a experimentar.
La carta comenzaba con una fecha cualquiera y decía así:
“Es cierto que han pasado ya muchos años… Pero sé que te acuerdas de mí porque el tiempo no borra nada a partir de cierta edad. Lo que no sé es si te habrá gustado que mi recuerdo haya vuelto a formar parte de tus pensamientos. Pero el hecho es que el tuyo no ha abandonado los míos en todo este tiempo. Me he acordado de ti en mis viajes, sobre todo cuando conocí Grecia; también al releer los libros que una vez compartimos, cuando he vuelto a ver algunas de las películas de las que hablábamos y al entrar, cada día, a clase.
Temo que todo esto parece sacado de un estúpido libro y que quizá te provoque lo contrario de lo que pretendo. Pero no me queda nada más que arriesgarme…
Vivo recordando aquellos dos años en los que nuestros encuentros fueron tan continuos que parecía que siempre serían así. Por eso, durante esos meses en los que tenía la seguridad de volverte a ver al día siguiente no podía llegar a imaginar que un día, sin más, desaparecerías.
Ahora me arrepiento de no haberte preguntado en alguna de aquellas conversaciones qué era lo que pretendías hacer, pero para mí eran perfectas así, sin preguntas intencionadas. Me avergüenzo al tener que reconocer que todo aquello significaba mucho más para mí que para ti. Nunca vi en tus ojos el reflejo de la complicidad, nunca hubo una mirada que me demostrase lo que yo sentía y esperaba. Y sin embargo, no se me hubiese llegado a ocurrir que un día todo aquello se confundiría con el resto del pasado, para no ser más que una parte de él.
Al principio no lo creía, y observaba atento en las colas del cine, en las salas llenas, en las librerías. Luego tuve que enfrentarme a mí mismo y admitir que todo aquello era una mentira, no porque a ti nunca te hubiese expresado mis sentimientos, sino porque nunca me los expresé a mí mismo. Si hubieses sido capaz de decirme “estás enamorado” seguramente que algún día a la salida de clase te habría invitado a una cerveza o te hubiese propuesto ir al cine una noche.
De ti he sabido lo mínimo, esta dirección a la que me aferro, me aterra decir, como última opción. No quiero volver a reconocerlo y, sin embargo, cuando estés leyendo esta carta, estaré muriéndome en la incertidumbre.”
La carta iba firmada y la acompañaba otra cuartilla con una dirección y un teléfono. Lo recogió todo, incluido el sobre, y lo rompió, echándolo a la papelera. Un pedazo quedó a la vista. “Sono io”. Entonces sonrió amargamente. ¿Cuántos años habían pasado? ¿Seis, ocho? Y seguía recordándola. Lo que él no sabía es que ya no era ni la sombra de aquella joven a la que escribía. Aquella que se hubiera estremecido al leer sus palabras, que hubiera aprendido a quererle, que quizás hubiese sido feliz a su lado.
Encendió la tele, cenó y se acostó. No fue difícil dejar transcurrir los días, engañosamente indiferentes a aquellos trozos de papel que permanecían en la papelera. Allí los dejó, esperando el momento de ocupar una bolsa negra que sería arrojada al contenedor.
Y así lo hizo, al fin, unos días después. Vertió la papelera en la bolsa, le hizo un nudo doble y salió a la calle.
Ya en la cama, de madrugada, oyó el camión de la basura y comenzó a llorar. Y le atacó una amargura tan grande, pero tan, tan grande, que llegó a creer que se ahogaba en ella. Y fue así, en los brazos de esa congoja asfixiante, como pudo comprender que a pesar de su desidia, su desesperación y su espantosa sinrazón, la puñetera vida, esa de la que continuamente renegaba, le había dado una segunda oportunidad que en segundos pasaría a mezclarse con los residuos de los vecinos para acabar olvidada en algún basurero.
Con un fuerte gemido, saltó de la cama para, en una carrera asombrosa, llegar hasta el contenedor que en ese momento colgaba a unos centímetros del suelo. Sus aspavientos debieron desconcertar al conductor que tras unos segundos de duda, y ante sus continuas súplicas, volvió a ponerlo en el suelo. Rebuscando entre olorosas bolsas ajenas, reconoció la suya. Abrazada a ella, con las lágrimas derrapando por sus mejillas y un “gracias” sincero en su mirada, observada además por unos atónitos trabajadores de la noche, testigos impávidos de la escena, regresó a la calidez de las sábanas, donde las horas pasaron hasta que los pedazos de papel volvieron a mostrarle un número de teléfono.
Fue entonces cuando se quedó dormida, soñando al fin con el día siguiente.
domingo, 14 de marzo de 2010
"RAÚL Y LA NOCHE", Teresa Sandoval
Al pequeño Raúl nunca le gustó demasiado la noche, pero el día en el que le regalaron su primera bicicleta por su sexto cumpleaños dejó de gustarle definitivamente del todo. Pensaréis que qué tiene que ver una cosa con otra. Pues bien, la explicación es sencilla. La bicicleta nueva de Raúl era la cosa más bonita que él había visto en su vida. Era de un color rojo brillante, con las piezas cromadas pulidas y relucientes; le encantaba montar sobre ella y ver la luz del día reflejada en las partes metálicas, arrancando destellos como si fuese montado sobre un pequeño rayo. Cuando regresaba a casa la colocaba en el rincón, bajo a la ventana de su habitación, y siempre que la observaba la bicicleta brillaba y le hacía guiños. Eso hasta que llegaba la noche. Cuando Raúl se acostaba en su cama y apagaba la luz, todo se sumía en una tiniebla densa y la bicicleta roja se convertía en un bulto oscuro, un trasto irreconocible. Y Raúl comenzó a reflexionar, y llegó a la conclusión de que a aquel lugar donde iban los colores de su bicicleta iban los demás colores de su cuarto, incluso de su ciudad entera: al vientre de la Noche; la imaginó como una ballena inmensa que abría sus fauces cuando desaparecía el Sol para alimentarse de todos los colores del mundo. A Raúl no le entraba en la cabeza que pudiese existir alguien tan despiadado como para comerse cosas tan bellas in ningún pudor ni remordimientos… ¿Y qué ocurriría si de pronto la Noche no quisiera devolver todo lo que se había comido y decidiera quedárselo para siempre? O peor, ¿y si algún día él mismo era engullido por aquel monstruo negro?Raúl entonces se negó a apagar la luz de su cuarto para que no lo invadieran las tinieblas, y sus padres empezaron a preocuparse porque él nunca había sido un niño miedoso, pero pese a todo se resistía a dormir. Cuando cerraba los ojos sentía el vértigo de ser tragado por un agujero profundo y negro como la garganta de un monstruo, así que intentaba pasar la noche en vela, con la lámpara encendida, vigilando de cerca el apetito de la Noche. Y así, llegó un momento en que la Noche, hambrienta y enfadada se presentó en el cuarto de Raúl y lo encontró en su cama, sujetándose los párpados para no caer en el túnel de su propia garganta.
El niño se asustó mucho al principio, pero luego se relajó porque no era tal y como se la imaginaba. La Noche era una mujer muy hermosa, casi como un hada . Eso sí, su vestido impresionaba, porque era oscuro y largo, tan largo que su cola se arrastraba detrás de la ventana y no se veía su fin, pero estaba salpicado de puntitos luminosos, estrellas, luciérnagas, de vez en cuando incluso una estrella fugaz atravesaba la túnica de norte a sur, o de este a oeste, sin que ella pareciera inmutarse. Por algunos lados era negro, por otros azul oscuro. La Noche se apoyaba en una pelota grande y nacarada que Raúl reconoció como La Luna, aunque esta sí que le defraudó porque la esperaba más grande.
La Noche después de mirarle con severidad, habló.

- Raúl. He venido a hablar contigo muy seriamente. Estoy cansada de tener que esperar siempre detrás de tu ventana a que te duermas para poder cumplir con mi trabajo.
Raúl, recuperado del susto inicial le contestó. Le contestó que él estaba harto de que le robase los colores de su mundo y de que tenía miedo de que algún día abusando de su superioridad no quisiera devolvérselos.
La Noche habló de nuevo, y su voz sonó más suave, como una brisa fresca.
- ¿ Pero no te das cuenta pequeño, de que sin mí los colores del mundo se acabarían pronto? Yo soy muy útil. Durante mi tiempo el Sol descansa. La Luna lo sustituye en el cielo, y mientras las cosas reposan en mis entrañas yo les proporciono la fuerza y el brillo que les hace estar radiantes al día siguiente. Y las protejo. Si las cosas no pudiesen descansar nunca, ¿cuánto crees que durarían? Tú mismo, ¿cuánto tiempo crees que puedes aguantar sin dormir?
Raúl se quedó pensativo un momento. Lo cierto es que o se sentía demasiado bien porque llevaba varios días sin descansar, incluso varias veces le habían regañado en el colegio por quedase dormido en medio de la clase; y pensó en su bicicleta, en que si tuviese que brillar día y noche el color rojo se desgastaría en la mitad de tiempo. La verdad es que visto así todo cambiaba. Raúl decidió hacer un pacto con la Noche. Le hizo dar su palabra de que cada mañana, cuando él abriera los ojos todo seguiría estando donde estaba y conservando su color; a cambio se comprometía a irse a las nueve a la cama y apagar la luz religiosamente todas las noches. Ella estuvo acuerdo. Raúl en prueba de buena voluntad apagó la luz y la Noche pudo engullir por fin los colores de su cuarto, feliz y satisfecha, porque hay una cosa que la Noche no había dicho, y es que el color rojo brillante de la bicicleta de Raúl era lo más delicioso que había probado desde hacía tiempo.
jueves, 11 de marzo de 2010
CUENTO INFANTIL...

EN HUI
Existió hace muchos, muchos años en una lejana y escondida región de china, una niña que nació con luna llena. Durante toda la noche, su madre estuvo de parto, pero no sufrió dolor alguno, y lo único que sintió fue un sueño profundo que le impidió asistir al nacimiento de su propia hija. El impacto que le causó verla, quedó relegado enseguida gracias a la luminosidad de su cara y su mirada limpia y seductora.
La criatura era hermosa, con una sonrisa excepcional, y estaba dotada de una peculiaridad inconcebible. En apenas un mes creció hasta un metro de altura, y pronto pesó unos diez kilos, pese a que sus progenitores no poseían tales cualidades.
En Hui, así la llamaron, aprendió con una rapidez inusitada todos los conocimientos que un niño adquiere con cierto esfuerzo durante sus primeros años de vida, y en un solo día asimilaba cuanto le enseñaban, sin que nunca más olvidara lo aprendido. Así dio sus primeros pasos en apenas dos semanas, y cuando tenía treinta días, aquella muñeca de ojos rasgados y profundos, ya hablaba su dialecto con un rico vocabulario.
Muchos médicos se acercaron hasta la pequeña población, interesados en estudiarla mediante análisis de sangre y muchas otras pruebas, pues deseaban desentrañar la razón de aquel extraño fenómeno, único en el mundo, pero En Yao, su padre, se negó. No quiso someterla a un montón de estudios que le causarían dolor, y que traumatizarían a la niña por ser diferente.
El tiempo continuó su andanza, y cuando cumplió seis meses, la chiquilla se desenvolvía como una persona mayor, aconsejando a las gentes del lugar, que decidieron seguir sus propuestas por la lógica aplastante de sus argumentos. Y en efecto todo aquel que cumplió con sus indicaciones no se arrepintió, pues se vio recompensado con creces.
Pronto, cada mañana una cola inmensa se formaba delante de su puerta, para consultar a En Hui sobre cuestiones de todo tipo. Resolvía problemas de salud con una seguridad categórica, y recomendaba abrir un negocio de compra venta de animales exóticos, en lugar de tejer sombreros de paja para los viajeros, pues estos últimos dejaban menos beneficios.
Cuando En Hui celebró su noveno mes, sus padres se percataron de que toda la ropa que tenía la niña le quedaba grande. Fue cuando su madre la midió y descubrió lo que a todas luces era un hecho. La pequeña había menguado, y ahora apenas alcanzaba los sesenta centímetros de estatura. También la pesaron puesto que sus brazos y piernas se veían delgados como palillos, y constataron asustados, que había perdido mucho peso. En Yao, su padre, decidió cerrar el consultorio, y aunque los vecinos se opusieron e incluso se enfadaron, finalmente comprendieron que la medida era necesaria dadas las circunstancias.
La mantuvieron en cama para que no se agotase, y su madre la hacía comer cada tres horas con la esperanza de que su estado mejorara, pero transcurridas otras cuatro semanas, cuando volvieron a comprobar su peso y estatura, comprendieron que En Hui continuaba empequeñeciendo cada vez más. Preocupados, la hicieron visitar por un especialista de la capital, que se interesó mucho en su caso, puesto que jamás había visto nada semejante, ni tan siquiera había estudiado aquella extraña dolencia en los libros de medicina. Éste tras efectuarle algunas pruebas, no pudo dar un diagnóstico que justificase el mal que padecía.
Una mañana cuando En Hui cumplía su onceavo mes habló con sus padres, y les explicó que apenas les quedaba un mes para estar juntos, ya que ella debía regresar al lugar de dónde procedía. Cuando En Yao le preguntó dónde estaba aquel lugar, la pequeña le respondió que lo ignoraba, pero que sabía que debía partir en cuanto saliese la doceava luna. Y les advirtió que en las escasas cuatro semanas que faltaban, su cuerpo se haría mucho más pequeño con gran rapidez, que no debían sentirse culpables ni entristecerse por ella. Y así les contó su gran secreto:
-Yo no voy a cumplir un año de edad, pues ya tengo 100 años, porque cada mes que ha trascurrido desde que nací, ha supuesto para mí 10 años, a excepción de las primeras semanas en que mi desarrollo fue algo más lento. Por ese motivo he aprendido con tanta rapidez, y he logrado incluso, observando el comportamiento de la gente, averiguar cuales eran sus problemas y de qué forma solucionarlos. Y lo mejor de todo es que he disfrutado de esta larga vida a vuestro lado. Lo que yo ya sabía, y ahora debéis aprender vosotros, es que todo tiene un precio. Mi cuerpo ha sufrido el deterioro lógico de todos los años que en realidad han pasado. Me queda pues muy poco, y sé que en unos días ni siquiera podréis escuchar mi voz. Me convertiré en una especie de ser diminuto, tan pequeño como una mariposa, y quiero pediros que cuando llegue el momento, me dejéis a la deriva del río, en el remanso dónde hemos pasado algunas tardes de domingo, para que el agua me guié en mi camino tal y como se hacía con nuestros antepasados. Seré luz, porque ese es mi destino. Y cansada se durmió.
Consternados, los padres de En Hui (nombre que significa sabia) pasaron las últimas semanas junto a ella, testigos de su transformación tal y como les había asegurado. Y cuando dejó de respirar, y se le quedó la sonrisa dibujada en su minúscula boca, En Yao y su madre, la colocaron dentro de una campanilla blanca y la dejaron en la orilla. Se quedaron allí un rato hasta que el agua se llevó poco a poco con un suave balanceo la pequeña flor.
Desde entonces, cada noche sus padres secretamente miran al cielo, y siempre creen ver los ojos de En Hui entre los miles de puntos luminosos que bordan el firmamento.

