domingo, 17 de marzo de 2013



    Vida y milagros de Pablo Ruiseñor

      por Trinidad Alicia García Valero



El hombre se levantó no sin cierta dificultad de la tumba que habitaba.
Apartó las viejas mantas que lo cubrían para resguardarlo del frío de la noche, ya de pie, corrió la endurecida madera que le servía de techo y protegía de la lluvia y la nieve. 
Como siempre hacía, miró hacia lo alto para otear el tiempo. Amanecía, y sin apenas darse cuenta su mirada quedó prendida en sus colores.

El rojo anaranjado impregnaba el cielo y sus matices salpicaban las difusas nubes que corrían sin dirección aparente. Hoy no lloverá, se dijo, comenzando sus ineludibles ejercicios de gimnasia; cogió después una pequeña bolsa con los enseres de aseo y se dirigió a la fuente más cercana. Cuando volvió con la cara afeitada y brillante por el agua fría, dispuso el café en un infernillo que guardaba en un rincón del sepulcro y así dispuesto, comenzó como todos los días, el saludo diario a sus vecinos.

Quitó las flores secas de la tumba de María y puso en ella unas cuantas amapolas que empezaban a despuntar, mientras decía:
_Buenos días, amiga, hoy no nos lloverá y tal vez tus hijos se acuerden de ti, como dice esa inscripción_ un epígrafe en el mármol prometía: Tus hijos nunca te olvidarán.
Se acercó después dónde reposaba Juan junto a su esposa, Pablo, estaba acostumbrado a ver a los familiares de Juan y Soledad limpiando su tumba y poniéndoles flores. Murieron jóvenes en un accidente de automóvil y a ellos en verdad, no les olvidaban.
Y como siempre, visitó el nicho de Pepe que parecía ser que anduvo solitario por el mundo, pues sólo un nombre grabado en un trozo de metal lo recordaba. El hombre se  inclinó y le rezó una oración en silencio.
Procuraba Pablo coger algunas flores de aquí y allá y ponerlas sobre los sepulcros más abandonados.
Se acerco después a otra fosa desharrapada como él, la cual parecía tiritar entre los vientos de una esquina del patio del cementerio. Allí no había fechas ni despedidas, ni buenos deseos para la eternidad, ni siquiera un nombre, sólo un rayo de sol la redimía de la nada cruel que parecía envolver sus desconchadas paredes. Y a él le gustaba pensar que estuvo habitada por una linda joven, a la que puso el nombre de Margarita y que gozaba ahora plenamente por un cielo colmado de ángeles.

Estos y otros pensamientos parecidos inundaban el día a día de este hombre que vivía en el jardín más realista de todos: el jardín de los muertos.

El  cementerio de La Almudena es enorme y a veces, uno se pierde por sus calles y patios floridos en busca de los recuerdos, por ese motivo, y por otros menos románticos, como son el sustento diario, se dedicaba a indicar o acompañar a los distintos familiares de los difuntos a sus diferentes pasajes por la módica cantidad de la voluntad, que la mayoría tenía.
De eso vivía, los guardas y enterradores hacían la vista gorda, sabían que no le guiaba una mala intención y le conocían de muchos años.

La gente empezaba a llegar y Pablo se dispuso a la tarea.

Porque Pablo Ruiseñor llevaba viviendo en el cementerio de La Almudena quince años,  quince largos años llenos de tierra, lluvia, cipreses, nieve y flores, eso sí, siempre acompañado por los pájaros que alegraban sus horas bajas con sus cantos y de los muchos gatos que habitan los cementerios. “Gatos del paraíso”, escribe Antonio Burgos, “Un paraíso sin gatos ni es paraíso ni es nada”. Compartía Pablo esa hermosa opinión. Y mucho lo apreciaban a él los felinos de La Almudena, pues desde que llegó se ocupaba de alimentarlos, no les faltaban sus gránulos, siempre que le era posible, o las más ricas sobras en tiempos de máxima estrechez.
La mayoría de las tardes se le podía ver sentado a la sombra de un ciprés rodeado de mininos y mirlos, repartiendo comida y contándoles sus cuitas.

A pesar de su ropa gastada, seguía siendo un hombre interesante y pulcro.  
No pasaría de los cuarenta y cinco años, de estatura media y pelo grisáceo, eso sí, un poco encorvado por el peso de las penurias y el duro suelo (cosa que él intentaba disimular estirándose todo lo posible), sus ojos pardos y profundamente  habladores contrastaban con su natural silencioso. Aunque por más contrarío que parezca, subsistía en este país de muerte, por su locuacidad. Ya que como he dicho, se dedicaba a relatar la vida y milagros de los habitantes de las tumbas y panteones que lo circundaban, se sabía al dedillo el nombre de miles de finados. Historias que, o preguntaba a los familiares o inventaba. Algunos decían que era un loco, otros que un indigente sin más,  muchos, que la crisis lo cogió de lleno y fue desahuciado de su casa y bienes…pero los más, afirmaban que se trataba de un enamorado fiel que no quiso nunca separarse de la amada y lo vinculaban al panteón de Lucrecia, situado junto a su morada, una joven que se quito la vida a la edad de diecisiete años, en vista de que sus padres no le permitían vivir con su amante.
(Así era citado en el frío mármol por un alma caritativa), y que desesperado, quiso seguirla y ser perpetuamente el guardián de su tumba por amor. También contaban, que los padres, rabiosos al saber de sus juramentos furibundos contra ellos, poderosos como eran, lo hundieron en la ruina total, cosa que a él, ávido de compartir vida y eternidad junto a la amada, no le importó. Nunca jamás se supo de los progenitores de la bella, al Campo Santo nadie le llevó flores, sin embargo, todos los días, su tumba era regada por media docena de rosas blancas.

Leyendas entusiasmadas y llenas de fantasía que despertaba este hombre manso de espíritu y conformista con la vida. Su vida o su muerte, a saber…

De todas formas y a pesar de las murmuraciones y comentarios, Pablo continuaba con su rutina de siempre: despertar al alba, saludar a sus convecinos, rezar algún que otro padrenuestro por sus almas, relatar a los visitantes las historias más sugestivas de La Almudena;  conversar con los gatos y los mirlos bajo los cipreses y, sobre todo, esparcir diariamente seis rosas blancas sobre la sepultura de Lucrecia.  

4 comentarios :

Pepi dijo...

Que enamorado tan fiel Alicia y que bien lo has descrito. Me encanta.
Besos. Pepi.

Anónimo dijo...

¡¡¡Qué tierno!!!Muy bonito Alicia, otra mirada mucho más vital a la noticia.
Diana

Robert dijo...

Muy bueno Alicia, como ya te he dicho en más de una ocasión, tienes detalles y aíres de gran escritora.
Un abrazo.

Alicia dijo...


Gracias amigos.
Un beso.