jueves, 11 de junio de 2009

La nueva Cenicienta por Pepi





Aquella mañana se despedía de la que había llegado a ser su más íntima confidente, su camarada, cada vez que rodaban a su alrededor los bramidos de su madrastra o los antojos acuciantes de las caricaturas de hermanas con las que el destino la había obsequiado. Le decía adiós a la ceniza de los fogones, a la chimenea que estornudaba hollín como alérgica compulsiva, por el atranque con que vivía el negro ojo que la comunicaba con los demás tejados. Era un “hasta luego” compasivo el suyo, porque nada auguraba que llegara a sentir nostalgia de aquel destierro y menos después del chasco que le chorreaba por su vanidad de muchacha sin estrenar.
Mientras recogía los cuatro pingos que había atesorado desde que murió su padre, que en Gloria estuviera, pero vaya birria de legado el suyo: tres cacatúas con más kilos de deudas y ganas de aparentar, siempre dispuestas para volverle el seso del revés, cada vez que se encaprichaban del último modelito o del peinado de turno que ellas customizaban con inacabables tirabuzones que Cenicienta debía arrastrar de sus estropajosas matas de pelo. ¡ay! Con el cabreo que llevaba a las espaldas y no pudo evitar concederse un instante de flaqueza evocando la noche de la Fiesta en Palacio. ¡Su pobre hada madrina con la varita fuera de garantía le quiso construir un hermoso idilio que la sacase de pobre! Pero no atinó y el caso es que los recuerdos eran de azúcar, la mano del príncipe ciñendo su talle, el aliento con aroma a mojito rozándole el ánimo y la oreja y aquel subir y bajar de mariposas desde la boca hasta…bueno hasta donde fuera, que ella había nacido noble y aquello tan rico debía ser cosa de plebeyos. ¡Cuántas chispas de felicidad amarradas a la mirada de ambos! ¡qué palabras, qué proyecto de beso el que se había quedado en el aire de la medianoche peleándose con las campanadas inoportunas!
Pero ya estaba bien con el sainete. Acaso mientras ella preparaba el hatillo dispuesta a buscarse la vida, no estaba su hermanastra mayor, la de las lorzas bordándose los últimos bodoques del ajuar. ¡Fueran con Dios los novios y toda la comitiva real! Mira que con la buena planta y la labia que parecía tener, no percatarse el príncipe dichoso que aquella cuarentona de nalgas correosas, capaz de sacarse de cuajo dos dedos y el juanete con tal de embutir los restos de su pie en el hermoso zapatito de cristal, no era su amada Cenicienta. Delito tenía después del medio manoseo que ambos protagonizaron cobijados por los matorrales del jardín de palacio, admitir que la gobernanta mantecosa sería su más tierna y fiel amante cuando se la pusieron por delante, por mucho que le agobiaran sus ardores masculinos.
Pero bien está, que aquel desengaño le había servido a la hija del hollín, para descubrir su auténtico camino. Se negaba a ser una mujer florero por mucha tableta de chocolate que se le marcase al heredero del reino bajo su uniforme de marca. A partir de ese instante se dedicaría a plasmar su experiencia en un libro que titularía “La Nueva Cenicienta” no fuera a confundirse con un cuento de nombre parecido que andaba por el mercado, con bastante éxito por cierto, y mientras se procuraría el sustento , que por lo visto el oficio de escritor no daba para muchos dispendios en aquellos días, como representante de tupper sex, que ya le había procurado los contactos necesarios su madrina, ofreciéndole incluso su casa allá en el país de la fantasía, para hacer la primera reunión. Parecía ser ese un buen lugar para abrir mercado porque las pobres hadas con el tópico a cuestas de los polvos mágicos ayunaban bastante en semejante tema.
Escuchó más allá el parloteo de las hermanastras dando los últimos toques al atavío nupcial y en el fondo sintió pena por la pareja. Él con el olfato y la vista sin graduar; ella antes princesa lisiada que moza vieja en casa materna. Respiro al cruzar la puerta en busca de su libertad.
A propósito, ¿no le interesaría a alguno de ustedes una reunión de juguetitos sexuales? Sin compromiso, eh..y regalando además un anillo vibrador con rayas láser y preservativos con sabor a lomo de orza…..

3 comentarios :

Anónimo dijo...

yo quiero uno de esos, que brille mucho y que también sepa a morcilla. Alicia.

Club de Escritura "La Biblioteca" dijo...

Muy bueno, Pepi.Y mejor asi que acabar como Lady Di.

Besos. To;i

Teresa dijo...

Me gusta esta Cenicienta moderna a la que has redimido de las apreturas del zapatito de cristal (¡qué martirio!).
Una buena y liberadora versión del cuento, sin duda.
Besos.