viernes, 19 de junio de 2009

"EL SABOR DE PATRICIA" por Josefa González, Segundo premio en el XV Certamen de Relato Breve AMUSYD.







Pepi











"El sabor de Patricia"

Patricia tenía los ojos del color del cobre y la piel tostada de los que marcharon al otro lado del camino, recia herencia que se imponía sobre los rostros de luna llena de la rama materna que aún le duraban, pertrechados tras la escasez que andorreaba por el esbozo de hogar donde decían vivir. El cutis se le había vuelto cetrino, malhumorado igual que la garganta rasposa siempre como lengua de gato, todo por el hambre de sol, a pesar de que su tierra era pródiga en ardores que calaban sin moderación hasta reblandecer el entendimiento, pero allá abajo donde ella hacia las horas, la luz tenía veda eterna. La mina le robaba los instantes, la respiración teñida de azufre, tan espesa, tan densa y pegajosa que a veces dudaba, si no sería más prudente masticarla, que dejarla correr por unos pulmones enojados que rumiaban una tos cansina que la acompañaba día y noche. Tenía las manos ajadas y el mirar marchito, la espalda rendida, resquebrajados los dedos de tanto escarbar las paredes pardas de unos túneles tan estrechos como su mañana, tan oscuros como su ahora. Patricia era menuda, frágil y tierna, tanto que las costillas parecían temblar dentro de su armazón, cada vez que se echaba al lomo el saco de mineral (futuro regusto de señoronas huecas) que le había arrancado a la galería, mientras se bebía a sorbos los sueños que se negaban a anidar, los juegos que olvidó jugar o las travesuras que se perdían tras su niñez extraviada, porque Patricia tenía los días por terminar, arrastraba los restos de sus once años y casi la mitad se los había dejado pegados al filón que se alimentaba con el envejecer precoz de su cuerpo, pero su país tenía hambre y sed, sus mil hermanos también. Por eso cada amanecer se arropaba de paciente desilusión y con otros rostros calcados al suyo, descendía hasta el confín de su horizonte, donde su figura pequeña podía serpentear sin recato, diestramente, libre de la torpeza de los adultos y sus tallas de gigante, entre corredores apretados que rezumaban con turbia obscenidad su miedo y el de los que antes los recorrieron. Cuando se levantaba el polvo más arriba de su frente y el suelo se quería mover, Patricia apuntalaba sus temores con pensamientos cuajados de luz que le despegaban de la tierra los miembros acobardados.
Siempre igual, desde el instante mismo en que comenzó junto a su madre en la selección del desmonte y luego cuando el pecho de la vieja amenazó con romperse y hubo de regresar a la chabola a ayudar a vivir al resto de la familia, Patricia “ascendió” al procesamiento de piedras distraídas y más tarde, acumulados los méritos en las espaldas, “el premio mayor” la mina con las fauces ansiosas por sus mejillas aún coloreadas. ¿Cómo si no? Si ella era una sierva más de la penuria, de las canteras y las simas. Excavarle el alma a las rocas, golpearlas hasta que parieran gravilla, alguna vez con un poco de suerte batear al amparo del río, barrenar y romperse los huesos y el aliento, consolada si acaso por alguna hoja de coca para mascar (que roía sin contarle a la madre) que los mayores apiadados le pasaban para que engañara la gana de vida con ella, cuando la veían espantando alguna lágrima, recostada sobre un puntal o junto a una pilastra.
Con el correr del tiempo, Patricia se hizo diestra en burlar las congojas. Se alió con su imaginación, despistando a la mente con momentos sin estrenar. Si el mercurio viciaba el aire, dándole ramalazos secos en el rostro. Ella había construido dos alternativas: rezar a sus santicos para que le cerrasen la boca a las minas, aunque cavilaba, que para ello, antes las tierras habrían de granar de nuevo y los animales resecos, parir y dar leche otra vez. Y se forjarían así, tortas y apaños para todos. Y si las oraciones se le tropezaban con el polvo de los labios y el remedio no llegaba, hilvanaba historias diferentes cada día con las que fugarse de la tierra rota. Y veía así a su amiga Selina, vestida de domingo, con los dedos de la mano derecha que perdió mientras barrenaba, crecidos de nuevo. Y a Miguel que se agrandó muy de seguido y los amos no lo querían porque no avanzaba rápido en las galerías y hasta su madre se le representaba con los senos henchidos de pan, para regalarle la boca con ellos.
Patricia continúa nutriéndose con quimeras con las que acicala sus horas, sentada sobre un banco de piedra, con la sombra de cien álamos abanicándole la cara que aún conserva dejes de niña. Vuela con los protagonistas de las páginas que la acompañan en aquel anochecer apenas agobiante del mes de junio.
La Madre Patria la enseñó a leer entre otras muchas cosas. La inició en andanzas que jamás conoció tras las rejas polvorientas de la mina.
Lo sueños se fecundan ahora con el viento de calma, de dulzura o zozobra que habita en el ejemplar que cuidadosa escoge en el gran almacén, donde ella cree que deben vivir todos los libros del mundo. Nadie le requiere, ni increpa su incesante vaivén y así va creciendo por dentro, espantando la soledad cada vez que atrevida se le acerca y los momentos reales se gozan con los de papel. Y Patricia olvida a veces cuales son unos y otros.
Sabe cierto cuando el pensamiento le regresa a su tierra, que los suyos tienen pan donde agarrarse, con lo que ella le repela aquí a los días y que a ninguno de sus hermanos chicos le saben las manos a polvo ni a piedras. Y de vez en vez se le escapa la sangre desflorada de la ignorancia de ayer y sobrevuela por encima de las simas selladas por la razón, sobre las que juegan las voces añoradas y hasta las escucha cantar y reír, mientras pisan y sacuden los pies con ahínco si algún atisbo de arenilla les quiere rozar.
Y Patricia vive, preñado su mundo con palabras y rayos de sol que le empujan suavemente la espalda para que avance, cuando el oscurecer regresa y guarda entonces el libro de turno, después de acariciarle el lomo con la mirada y la chaqueta con la que se ha cubierto el alma para disfrutarlo sin reparo, en aquel bolso inmenso donde atesora trozos de ilusión para despejarse mientras aguarda.
-¿Cuánto pides guapa? –los árboles se apartan indignados tras el rostro que se acerca. Tal vez un viejo con sed de lozanía, un inmigrante como ella, que quiere recordar el tacto de una piel familiar, quizás algún chaval apocado, acuciado por los ardores de la edad
-15 euros y la cama cariño. Es aquí mismo y de confianza, bien limpia la pensión sí señor y discreta..verás mi amor lo que tú quieras te hago, sin prisas. Repetirás seguro…
La letanía harto aprendida, camina con la pareja buscando el final del parque, abrazados como si los sentimientos andasen por allí. Él regatea que los tiempos andan mal y la competencia de cuerpos es mucha y variada. Ella hace que le mira, le chorrea el azúcar por la boca embustera a la fuerza. Sólo hace un servicio por noche, para darle tiempo a la dignidad a regresar antes de irse a dormir, sin chulos que la sometan o la apaleen. Esa norma la tiene clara, aún así le arde la mente en vergüenzas propias y ajenas y mañana buscará otra vez, escarbará en la ciudad minas donde arrancar ventura y decoro y también sueños o al menos alguna palabra nueva donde apoyarse.
-Venga nena, que sean 10 euros, que no llevo más encima. Otro día si eso…
-Vamos, pero no creas que lo hago con todos, no lo cuentes tesoro. Sube. Aquí es, es este portal. Ni te figuras corazón, ni te figuras…Y mientras sube los escalones renegridos, colgada del mirar lascivo que la ha alquilado esta noche, de nuevo a Patricia le sabe la boca a azufre.


3 comentarios :

Anónimo dijo...

Ya sabes que es muy bueno. Un beso. Alicia.

Anónimo dijo...

HOLA PEPI,ES UNA HISTORIA PRECIOSA,ME ENCANTA,ERES BRILLANTE,UN ABRAZO DE TU AMIGA GLORIA.

Anónimo dijo...

ES UN GRAN RELATO,QEU PENA QUE EN LA VIDA REAL SEA ASI TAL COMO ES.
UN ABRAZO AMIGA.
GLORIA.