domingo, 26 de abril de 2009



HISTORIAS INACABADAS


Cristina Prieto López

Sofía tomaba a diario el cercanías en la estación de“Fuenlabrada”, para acudir a su trabajo. Parapetada detrás de sus enormes gafas de sol, llevaba siempre consigo un libro para entretener el tiempo del viaje. Cuando se acomodaba en su asiento, pedía al viajero sentado a su lado que le leyera unas páginas. Eran pocas las ocasiones en que no encontraba lector, pues por lo general y aunque algo sorprendidos, casi todos prestaban su voz para lo que les parecía un acto no carente de cierta extravagancia.
Una mañana de Abril, algo fría para las fechas avanzadas del mes, Luís leyó para ella un fragmento de “Travesuras de la niña mala” de Vargas Llosa, y se metió en aquel capítulo de tal modo, que lamentó que el tren llegara a su destino con tanta premura. Por su parte Sofía disfrutó tanto como él, desmenuzando los matices de la lectura, el susurro reverente que empleó al leer, y el tono magistral del que dotó a su voz para resaltar cuanto ocurría en la narración. Quedó gratamente impresionada, pues en los más de dos años que duraba ya aquella forma de relación como ella lo llamaba, nunca nadie le inspiró un sentimiento tan profundo. Aquel desconocido leía dejando un rastro de sí mismo apenas reconocible, pero tan real como el traqueteo del vagón. Cuando el tiempo les arrebató el momento, le devolvió el libro y Sofía le dio las gracias visiblemente afectada. Él, seducido aún por el embrujo de la conexión entre el protagonista, Sofía, a quien no podía dejar de mirar entre línea y línea, y la incongruente situación en el tren, retuvo su mano unos instantes, y después se apeó en la estación.
Prosiguió con su rutina diaria, pero ahora buscaba aquella voz única e inimitable, rasgada en su justa medida, entre todas las demás. Aquella voz que la transportó en veinte minutos a un universo hasta entonces desconocido. Le seguía la pista por las estaciones, los jueves a primera hora, porque sucedió un jueves, como si encontrarle le deparara más placer, que las historias que cientos de viajeros le relataban aún con el sueño adherido a los párpados. De algún modo le concedió al azar la convicción de otro encuentro.
Y no se equivocaba, pues bien entrado Mayo, una mañana cálida, en cuanto se sentó, un aroma asaltó de súbito su bien entrenada pituitaria. Lo supo enseguida, era Luís, de nuevo allí estaba junto a ella. Sus brazos se rozaban levemente, y abrumada por la certeza guardó silencio unos minutos. Quiso esperar a que el tren emprendiera su marcha, para calmar el galope de sus latidos.
-Usted otra vez –Exclamó él con media sonrisa y ojos somnolientos –Me preguntaba cuando volvería a ser mi turno.
-¡Oh! ¿Ha leído para mí otras veces? –preguntó Sofía algo azorada.
-Si, hace algo más de un mes. Estaré encantado de repetir, aquel libro me gustó, al menos el capitulo que leímos, pero observo que hoy no es el mismo… Me intriga que cada mañana venga usted con un libro diferente… No creo que pueda terminarlos en tan escaso margen de tiempo…
-Comprendo –dijo Sofía –lo cierto es que me gusta atesorar un montón de historias inacabadas, pero le aseguro que no estoy loca. Preciso de una ilusión diferente para enfrentarme a la vida cada mañana, y esos breves retazos impregnados de las sensaciones de protagonistas distintos y autores incomparables, constituyen mi momento más lúcido. Dependiendo de la ficción, yo me trasformo, y la esencia de lo leído perdura en mí el resto del día.
-Espero entonces que las lecturas escogidas sean como mínimo prometedoras.
-La elección es difícil, pero reconozco que Marga tiene un talento especial para ello. Es dueña de una librería y mi mejor amiga. Ella selecciona los libros, y me los presta para esta paranoia mía.
-¿Tiene prisa? Casi hemos llegado y no he podido leer para usted, me temo que la he entretenido con mi conversación. Quizás pueda resarcirla si me acompaña a tomar un café. Es un lugar tranquilo y discreto. Podré leerle un buen rato, hasta que usted se cansé.
-Le agradezco el gesto, pero me temo que será imposible. Quizás en otra ocasión -Susurró compungida.
-Hoy es domingo, y ninguno de los dos trabajamos. Estoy seguro que puede concederme unos minutos. El tren va a parar. Ponga su mano en mi hombro, la ayudaré a bajar, y no tema, su secreto está a salvo conmigo.

4 comentarios :

Anónimo dijo...

Una excente idea, además de otiginal y bien escrito. Me encantaría que alguien elegido por mí, me leyera de vez en cuando. Un besico Alicia.

Toñi dijo...

Me gustó mucho cuando lo leiste en nuestra reunión. Es un relato romántico y el personaje de la mujer con las gafas oscuras me parece muy evocador.

Un beso. Toñi

Anónimo dijo...

Una bonita historia

Jose Arístides

Anónimo dijo...

La historia es preciosa, muy original y como ha dicho Toñi romántica, aparte de que está muy bien contada. Me encanta el final abierto, que da pie a seguir imaginando.

Paula