miércoles, 30 de julio de 2008

"TRES MOSQUETEROS", TRINIDAD ALICIA GARCÍA VALERO.



TRES MOSQUETEROS


Pasaba el tren veloz, su pitido sonoro y sostenido se perdía a lo lejos. Mientras, entre las piedras vigas y trozos de viejas vías que se desparramaban aquí y allá, un joven, casi un niño, con una mochila a la espalda, iba recogiendo trozos de hierro, cartones y pedazos de uralita. Un pitillo colgando en los labios y una expresión madura en su rostro moreno, el pelo rubio cayéndole hasta el cuello desordenado, unos vaqueros muy gastados y una chaqueta que un día fuera azul, larga y rota. Delante de él, otros dos muchachos muy morenos, con pelo de pincho, realizaban la misma operación, con sus mochilas a la espalda. Luego se lo llevarían al tío Sebastián; él les daba unos euros para sus gastos y así iban viviendo. El barrio estaba detrás de las vías del tren, todos sabían que era un sitio peligroso, le llamaban “el barrio de los santos”, dichoso nombrecito para los pobres desheredados del cielo.
David, que ese era el nombre del muchacho rubio, se puso los dedos entre los labios y silbó con fuerza, los otros dos se volvieron a mirarlo, no había curiosidad en su rostro.
_Tenemos que irnos _dijo_, el tío Sebastián me advirtió que iba a cerrar pronto, ¡se va de fiesta! Los otros, refunfuñando volvieron atrás.
_¡Siempre está de juerga el tío Sebastián! ¡Vamos, al menos que nos pague! _contestaron y cerrando las mochilas, saltaron por entre los montículos de tierra y los trozos de vías muertas, en dirección al barrio.
Para ellos no existían los colegios, ni los institutos: recoger chatarra, vender chocolate y alguna papelina que les daba Pascual, eran sus ocupaciones. El resto del tiempo lo pasaban en la puerta del antro que tenían por bar. Fumaban, bebían sus cervezas y hablaban de mujeres como si tuvieran treinta años, de vez en cuando se iban con Isabel, una de las putillas del barrio, que por cinco euros les hacía un trabajo completo, salían eufóricos y se emborrachaban. El día los sorprendía en algún banco de la plaza, se espabilaban en la fuente y entraban al bar a tomar un café. Algunas veces no tenían ganas de trabajar y lo dejaban hasta que se acababan los recursos. No tenían padres, o al menos se sentían huérfanos. Los servicios sociales se interesaban por ellos, algunas veces ingresaban en un correccional, luego, o les dejaban ir o se escapaban. Ellos seguían su vida de mierda, entre los restos de hierro y la venta de chocolate, la coca, las putillas y el garito.
En casa de “la Julia”, solían descansar. “La Julia”, una mujer mayor, de edad indescifrable, que les dejaba bañarse por dos euros cincuenta todas las semanas y tumbarse un rato en una de sus camas podridas, que alquilaba a las muchachas que ejercían el noble trabajo de la prostitución… Los quince años de David, más parecían cuarenta en conocimientos; igual les ocurría a Raúl y Jaime, estos últimos eran gitanos, de catorce y dieciséis años respectivamente. David era mechero, recordaba apenas a su madre, una guapa calé que lo dejó en casa de “la Julia” con cinco años, ésta pronto lo puso a trabajar. Su padre, decían que era un payo rubio y que Soledad, su madre, bebía los vientos por él. No le importó dejar al hijo por el payo, estaba maldita por los suyos y también por David. _No tengo madre _respondía a quien le preguntaba.
Los otros veían a sus viejos a veces, cuando estos venían de alguno de sus negocios. Vendían de todo y para todo y por supuesto, los hijos no les estorbaban. Les llamaban “los tres mosqueteros” y siempre andaban a la par. También había buenas familias en el barrio: estaban Samuel y Lola, su mujer, que cuidaban de siete hijos y morirían por ellos si fuera necesario; y Mariano y Pilar y otras muchas; pero ellos no tenían esa suerte, aunque estaban a gusto así y tal vez, no sabrían vivir de otra forma, al menos eso es lo que se decía David, desde su madurez de quince años.
Todo el mundo lo conocía, a él y a sus compinches. Los apreciaban, no se metían con nadie y vivían su vida…
Estaban en la puerta del bar, reían y se pasaban un porro. Fernando “el rojo” salió del garito y se encaró con ellos:
_¡Ya está bien! ¡fumad esa guarrería lejos de aquí! la policía está al caer y van a cerrarme el local por vuestra culpa! _escupió y volvió a meterse en él bar.
Los chicos rieron más fuerte y corrieron a la plazuela. Allí, al atardecer, gentes de todas las clases sociales iban y venían. Vender, comprar, el negocio no cesaba. Había quien cambiaba o vendía mujer e hijos y, por supuesto, su alma por una dosis. Y chicas de quince o catorce años, que ofrecían su cuerpo por la misma razón. Harapos de la civilización. Jóvenes y viejos arrastrándose; gente que moría de sobredosis, en medio de la plaza; niños de ocho o diez años vendiendo, mientras fumaban o probaban la coca para demostrar su pureza. Impúdica verdad que arrastra al fango, y todo era fango allí.
David y Raúl se colocaron en su rincón, los clientes de siempre se acercaron.
_¿Dónde está Jaime? _Pregunto David.
_No sé, venía detrás… _contestó Raúl.
Una pelea se había fraguado enfrente de ellos, cuatro hombres pegaban a alguien y con pesar vieron que éste era Jaime. Los dos muchachos corrieron a socorrerlo. Como otras muchas veces, se enzarzaron en una lucha a muerte: brillaban las navajas, alguien disparó una vieja pistola, la sangre se escapaba del cuerpo del muchacho, que caía inerte al suelo. Los amigos lo atendían llorando. De repente, sonaron sirenas y la plaza se iluminó… dos, cuatro, cinco coches de policía y un furgón les rodeaban. Todos corrieron en desbandada. Los maderos iban cogiendo a los menos rápidos y el furgón se iba llenando. A la vista de las placas y pistolas, todos chillaban y maldecían su maldita suerte. Putas, macarras, chulos, ladronzuelos y estafadores de poca monta y caballeros de la alta sociedad, revueltos en el mismo lodo.
_¡Subid todos al furgón! _gritaban los policías_. ¡Eh, vosotros! _señalando a los dos muchachos que intentaban recoger al amigo herido_ ¿qué estáis haciendo? ¡Subid al furgón, vamos!
Ellos, enfrentándose al policía le suplicaron:
_¡Nuestro amigo está herido! Llame a una ambulancia, ¡se está desangrando!
El hombre los miró de arriba abajo.
_¡Subid al furgón, escoria, de esto ya nos encargamos nosotros!
Obedientes, fueron hacia el furgón.
_¡Malditos sean, ellos se lo han buscado! _decía el madero a su compinche mientras daba una patada al inconsciente cuerpo de Jaime.
David, que se había vuelto en ese momento, saltó del furgón como un rayo, cogió una botella del suelo y se la estampó al policía, que cayó como fulminado con una gran brecha en la cabeza. El compañero sacó la pistola y una, dos, tres, cuatro balas se incrustaron en el pecho del muchacho, que cayó sacudido por los balazos gritando: ¡Cobardes de mierda!
Raúl se abalanzó sobre ellos, que le repelieron con sus porras y patadas. Muchos bajaron del furgón a mirar, Raúl pudo llegar hasta David, que sangraba copiosamente.
_¡David, no te preocupes, voy a llevarte al hospital! _le decía llorando.
El muchacho sangraba por la boca, se moría. Inconscientemente pensó que su madre lo abrazaba contra su pecho y lloraba, pero no, era Raúl, su compañero. Una última bocanada de sangre y después nada… Raúl tiritaba de dolor y frío, la gente volvía al furgón, un coche se acercaba para recoger a los muertos y dejar limpia la plaza.

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