miércoles, 11 de junio de 2008

ZAPATILLAS BRILLANTES por Trinidad Alicia García Valero




ZAPATILLAS BRILLANTES



Abrí los ojos, miré hacia arriba, un cielo rojo me cubría, algunas nubecillas pasaban veloces por él. El paisaje era desolador, rocas oscuras, piedras pequeñas y extrañas; un árbol reseco dejaba caer sus ramas retorcidas con aire plañidero. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, era como si un esqueleto me mirara suplicante y un llanto seco aflorara a sus nudosos ojos. Un llano desolador al frente, recorrido por entrecruzadas ventiscas.
El autobús me había dejado en la carretera, desierta, como siempre en esta época. Era verano y yo estaba de vacaciones, me senté en una gran piedra esperando que mi padre me recogiera, ¿me quedé dormido…? Anduve buscando el sendero que parecía haber desaparecido y volví a sentarme con el rostro entre las manos. No conocía nada de esto. ¿Dónde estaba mi casa? Parecía un sueño, más bien una pesadilla. Miré alrededor intentando descubrir la calle nueva donde teníamos la zapatería. Al atardecer, mi abuelo salía a la puerta y se sentaba en la mecedora; desde allí saludaba a los vecinos que salían a esas horas a tomar el fresco.
¡Esto era desconcertante! Pellizqué fuertemente mi brazo y me levanté. Las chinas se clavaron en mis pies… ¡estaba descalzo! Un personaje alto y huesudo pasó corriendo delante de mí, reía extrañamente y llevaba mis zapatillas en una mano; en la otra una especie de bayeta con la que les daba brillo, pero lo que más me desconcertó fue su rostro: ¡era la cara de mi madre! Y me miraba con pena…
¡No podía comprenderlo! Eché a andar despacio, las piedras estaban por todas partes. Sobre un montículo, un grupo de personas (por llamarlas de alguna forma). No hacían nada, excepto mirarme. Como el otro ser, eran altos y extremadamente delgados, de ojos muy grandes con expresión de asombro; vestían viejas túnicas blancas deshilachadas. Vinieron hacia mí, me rodearon y empezaron a tocarme tímidamente, con aprehensión; sus huesudas manos eran suaves y frías, todos iban descalzos como yo.
Apareció el primer personaje, mis zapatillas en sus manos brillaban. Todos las miraban con adoración, después los ojos tristes se clavaban en sus pies. Mi madre, con expresión severa, parecía querer decirme algo. Yo estaba atónito, siempre esperando despertar… Mis padres debían de estar en casa, mirando la tele, y de un momento a otro entrarían en la habitación a llamarme, era la hora de la cena. ¡Todo era tan absurdo! Tenía la boca seca y pedí agua, lo dije fuerte y utilicé las manos para que me entendieran, me sentía muy extraño… ¿Qué planeta ilusorio me había tocado? Se miraron, pensé que no me entendían, pero como respuesta, una mujer y un hombre se adelantaron y me cogieron de la mano, andamos por el llano, entre las ventiscas, los otros nos seguían de cerca, todos repetían la palabra agua, igual que una oración. Un cauce a la derecha por el que antes corría el río y unos matorrales muertos a su lado. ¡Seco, todo seco! ¡Yo tenía sed, quería agua! Y me daba cuenta de que todos querían lo mismo que yo. El llano y el monte respiraban polvo bajo la luz rojiza de un sol cansado de lucir sin tregua; bajo él, las plantas se retorcían. Ya no dudaba, éste era mi pueblo y allá, cerca del río seco, estaba mi casa. Renegrida, reconocí la mecedora del abuelo que en la puerta se mecía con lentitud. Encima se leía ZAPATERÍA. Mi perro aullaba lastimosamente, el eco de otros aullidos le seguía. Comprendí… Me dejé caer sin fuerzas mirando el paisaje duro y callado, seco, muy seco, sus gentes largas, huesudas y
envejecidas prematuramente. Parecían los extraterrestres de mis películas de niño. Recordé que hacía mucho tiempo que no llovía. Y no soñaba, no, todo era una realidad, una dura realidad. Mi perro seguía aullando y la mecedora del abuelo se mecía impaciente, el letrero se había descolgado. Yo tenía sed, ¡ todos teníamos sed!
Se sentaron a mi alrededor, un relámpago alumbró nuestros rostros tensos, al que siguió una cadena de truenos que rompió el aíre. Cayó un rayo terrible y la tierra reseca se abrió y empezó a arder. Miramos hacia arriba con horror y esperanza. ¡El cielo ahora era gris! Una lágrima resbaló por mis mejillas, muchas lágrimas en muchas mejillas… La lluvia caía con extrema fuerza sobre nosotros y las bocas se abrieron con ansia de agua. ¡Por Dios, estaba lloviendo! Mi madre, con gesto amable, me acercaba las zapatillas, que relucían bajo sus gotas. Me calcé y ofrecí mis manos a la gente que lloraba como yo de alegría, y juntos corrimos al río que empezaba a llenarse. Dentro, tímidamente, tropezándose unas con otras, navegaban miles de zapatillas brillantes…


4 comentarios :

Anónimo dijo...

Es un relato muy extraño Alicia, curioso, que genera una sensación de angustia, de eso que no sabes si es sueño, pesadilla o ficción. Me gusta muchísimo, me parece muy original. Una observación: en el párrafo que dice "una mujer y un hombre se adelantaron y me cogieron de la mano, andamos por el llano...", lo de "andamos" no me suena bien porque está en presente, quizás debería ser "anduvimos", no lo sé, míralo a ver.
Diana

Toñi dijo...

Pues sí que es extraño el relato. La sensación de sed es lo que más me llama la atención. Todo es como un cuadro de Dalí.

¿Es un sueño que tuviste?
Si es un sueño, tiene imágenes interesantes: el padre y la madre, el estar descalzo, la multitud que pide agua y la lluvia, que sacia a todos. Que el cauce seco aparezca lleno de agua al final.

Lo que más me inquieta es que por el río discurran más zapatillas brillantes.

En fin, no voy a seguir que parezco Freud en versión manchega.

Un beso. Toñi

Anónimo dijo...

Inquietante.
Buena sucesión de imágenes oníricas.
La lluvia del final, me recuerda vagamente al último tramo del cuento El inmortal de Borges.

Jose Arístides

Anónimo dijo...

Gracias por vuestras opiniones, creo poder explicarlo (lo digo por Toñi) Pero es mejor dejarlo en inquientante. Besos Alicia.