viernes, 20 de junio de 2008

"CANTO DE SIRENAS", Mª Teresa Sandoval

La primera vez que escuché la melodía creí que había nacido dentro de mis sueños, sin embargo, poco a poco, a medida que despertaba, fui percibiendo que venía de fuera, que las notas de guitarra y la dulce voz habían conquistado parte de mi consciencia y la arrastraban hacia fuera, hacia la vida, con la cadencia de un mar en calma.
Debían de ser poco más de las siete de la tarde. La noche anterior había tenido guardia en el hospital y después de comer me había quedado dormido en el sofá. En otra ocasión me hubiese molestado la interrupción del sueño, pero despertar arropado por aquella melodía me hizo sentir extrañamente sereno. El canto era tan bello que sólo deseaba investigar de dónde procedía. Me asomé al balcón. Al otro lado del patio de luces se abría otro ventanal un piso más abajo. Pertenecía a una especie de academia. En realidad se trataba de una anciana melindrosa, seca como un sarmiento, que daba clases de música y canto. Había sido profesora en el conservatorio y cantante profesional, y ahora jubilada seguía recibiendo en su domicilio a algunos estudiantes. De vez en cuando, sobretodo por las tardes, solía llegar hasta mi casa el sonido repetitivo y cansino de algún instrumento, pero llevaba viviendo poco tiempo allí y era algo a lo que apenas le prestaba atención. Con ella, Doña Martina, me había cruzado varias veces en el portal o en el ascensor y nunca habíamos intercambiado más allá de los correctos saludos entre vecinos. Fuera de este obligado civismo no existía demasiada simpatía entre nosotros. A mí me daba un poco de grima su piel apergaminada, siempre excesivamente maquillada, y sus falsas cejas de carboncillo que cada día ofrecían a su rostro una expresión diferente, atendiendo al acierto con el que fueron pintadas. Cuando la veía no podía evitar pensar que parecía un cuadro de Julio Romero de Torres mal restaurado. En contrapartida era evidente que ella me miraba con cierto desprecio, como si quisiese hacerme comprender de un solo vistazo que mis vaqueros rotos y mi todavía juventud no encajaban en aquel portal decimonónico.
Pero en esos momentos mientras permanecía allí en pie, callado y quieto, sintiéndome como un argonauta con el juicio aniquilado por completo, olvidé el cansancio que acumulaba mi cuerpo y la poca química con mi vecina; de pronto sólo existía aquella melodía triste, colmada de bellas promesas. Y la voz,… ¡Aquella voz!. Salí al exiguo balcón y estire el cuerpo hacia abajo para poder atisbar algo más. Desde allí sólo podía contemplar uno de los extremos de lo que debía ser un piano de cola y una lámpara Tiffani de colores intensos colgando del techo, pero no pude ver mucho más ya que de pronto, como si hubiese sido descubierto en falta, una mano nudosa cerró bruscamente la ventana amortiguando con ello la música.

Desde esa tarde la voz se convirtió en una obsesión. De una manera absurda que ni yo mismo podía explicarme comencé a cambiar los turnos para pasarme las tardes enteras encerrado en casa, con las hojas del balcón abiertas de par en par esperando a que volviese a suceder el milagro. Y no ocurría siempre, pero de vez en cuando, al caer la luz, la voz volvía a trepar por el patio hasta mi casa, se volvía a anudar en mi alma y tiraba de ella, balcón abajo. Pensé que debía pertenecer a alguna de las alumnas de la anciana. La imaginé bella; bella y triste; bella, triste y por ello peligrosa, pero después de escucharla solo quería seguir escuchándola siempre, dejar que su voz marcara mi rumbo aunque éste fuera estrellarse contra el mundo, una vez más. Un amor loco, excéntrico y desesperado me llevó a comportarme de nuevo como un adolescente, y comencé a espiar cada ruido del piso y también los ruidos de la escalera, para salir corriendo escaleras abajo cuando escuchaba el sonido de una puerta al cerrarse con la finalidad de intentar sorprender a la chica antes de que volviese a salir a la calle y desapareciera entre el resto de los mortales.

Y ocurrió. Un día, poco después de escuchar la canción, percibí que se abría una puerta en el piso de abajo. Salí corriendo y bajé los peldaños de dos en dos. Entonces la vi. Estaba en el rellano del segundo piso, esperando el ascensor. Se quedó mirándome extrañada por mi agitación; debí de parecerle un loco, sin embargo me saludó con naturalidad. Sin duda era ella. Tenía que ser ella, la sirena. Veintipocos años; alta, flexible, con una melena larga y desordenada de rizos cobrizos sobre la espalda y el estuche de una guitarra acústica colgado al hombro. Tenía aspecto de bailarina o de actriz. Intenté recuperar la compostura y aguardé junto a ella a que se abrieran las puertas del ascensor. Entramos juntos en el habitáculo y se formó un espeso silencio. Yo notaba la boca seca y un pálpito en la garganta. ¡Cuánto naufragio cabe dentro de un ascensor!. A mitad de trayecto me atreví a mirarla. Ella también me miraba, quizá con algo de desconfianza. Y por fin hablé, casi sin darme cuenta de que empezaba a hacerlo: “¿Eres alumna de la academia? “Sí, qué listo… ¿cómo lo ha sabido?”, se puso a reír, una risa cantarina que removió las mareas. “Vivo en el piso de arriba. A veces os escucho. Precisamente esta tarde te he oído cantar. Tienes una voz maravillosa.” El ascensor había llegado al bajo. Se abrieron las puertas, pero ella tardó unos segundos de más en hacer intención de salir. Sus ojos redondos, oscuros, me examinaban con atención. “Creo que te equivocas. Yo no canto. La que canta es doña Martina. Yo toco la guitarra” , me mostró el instrumento con sorna, por si yo todavía no lo había visto, después salió riendo, y yo que quedé allí perplejo, sin poder reaccionar. Por un momento pensé que mentía, que sólo era una estrategia para despistar a los marineros intrépidos que se pasaban de listos. Pensé en seguirla pero era demasiado tarde. El influjo había cesado y yo había perdido definitivamente el rumbo mientras intentaba mantenerme a flote con el peso de aquella revelación.
Lo peor de todo es que ella sigue cantando. Y yo no puedo dejar de escucharla, ni de ignorar que he comenzado a mirarla con otros ojos cuando nos cruzamos en el portal. Como sigo siendo un hombre prudente he tomado la precaución de comprarme unos tapones de cera para los oídos por si la tentación llega a ser demasiado difícil de contener. Si el remedio no funciona, a falta de mástil, siempre me quedará el heroico recurso de atarme a la cama.

13 comentarios :

Anónimo dijo...

Teresa, me ha encantado tu relato. Y sobre todo, más allá de la historia, me quedo con una idea flotando en mi cabeza: En ocasiones nuestros prejuicios nos impiden disfrutar de lo más bello. Lástima de tapones para los oídos.

Anónimo dijo...

¡Ahh! Me olvidaba. La ilustración es preciosa.

Teresa dijo...

Muchas gracias. Te agradezco mucho lo que me dices. La ilustración la encontré de casualidad y pensé que le venía como anillo al dedo ya que la chica debía de parecerse a la sirena que se imaginaba nuestro amigo: una mujer llena de música. Gracias de nuevo.

Anónimo dijo...

Estoy de acuerdo con el/la comentarista anónimo/a. Pero teniendo en cuenta lo horrorosa que pintas a doña Martina, yo también me ataría a la pata de la cama, con o sin prejuicios, para no sucumbir al canto de sirenas.

Arístides

Anónimo dijo...

Como siempre, me gusta tu relato, tienes un gran estilo. Un abrazo Alicia.

Teresa dijo...

Gracias chicos por vuestros comentarios.
Dejarse llevar por los cantos de sirena siempre ha sido peligroso... y sí, Arístides, en este caso concreto había que echarle mucho valor, ya que la sirena se parecía más bien a "Nessie".

Mª Teresa dijo...

Como siempre me ha encantado, lo imprimiré y lo adjuntaré a mi colección de tus maravillosos relatos

mariaje dijo...

En ocasiones he llegado a pensar q el amor me llega antes al corazon si viene directamente del oido, antes q de la vista. Por eso me identifico plenamente con tu relato.
Dsd madrid, tu mas ferviente admiradora, tu amiga dsd tiempos inmemorables.

Club de Escritura "La Biblioteca" dijo...

Hola Teresa!!

Creo que cuando escribías este relato escuchabas "la voz". La voz que dicta, la voz que cuenta la historia y el escritor sólo es un copista.

El relato se lee muy bien y me gusta el juego que propones: voz-sirena-ulises.

Humor y amor en una sabia combinación.

Un beso.

Edurne dijo...

Para evitar la tentación lo mejor es caer en ella, aunque hay algunas piezas de museo que mejor casi que no. Me ha gustado mucho tu relato, Teresa.

Teresa dijo...

Muchas gracias a todos, sois muy amables con vuestros comentarios y me dan una inyección de vitaminas.
Deseo un verano lleno de música para todos vosotros (pero música de la que da gusto oír y también bailar, a poder ser bien acompañado).
Besos.

Anónimo dijo...

Tu relato nos recuerda que la belleza puede estar en cualquier parte, sólo hay que saber verla, en este caso, oirla. Una historia preciosa.
Diana

Toñi dijo...

Teresa:

Se me ha olvidado decirte que la foto es chulísima. La has elegido perfecta para el relato.

Me he dado cuenta también de que el día que comenté que tu relato me parecía dictado por "la voz" se me olvidó firmar. Y eso que hace un momento me he quejado por ahí de los comentarios anónimos (estoy tonta, yo)

Bueno, reitero lo dicho: me ha gustado mucho la historia. Y la foto.

Besos. toñi