martes, 12 de febrero de 2008

RELATO: LA SOMBRA DE UN ESPERPENTO. AUTOR:TRINIDAD ALICIA GARCIA VALERO


LA SOMBRA DE UN ESPERPENTO.
El autobús me dejó en la parada de la playa. Miré alrededor, una gran explanada se abría ante mi vista. La gente iba y venía sin cesar: jóvenes señoras con sus niños en carritos, con bolsas llenas de cubitos, palas y más juguetes, abuelas dando su paseo vespertino, jovencitos acaramelados, hombretones en busca del ligue fácil, señoritas de vida alegre, turistas, gamberrillos, amigos de lo ajeno… timadores y mujeres como yo…
Negros, amarillos, tostados, blancos, una abigarrada población que se movía por la arena, en torno al mar.
A la izquierda, una fila de tiendas-chiringuitos, luciendo su cúpula oriental, donde podías encontrar desde comida y ropa (pasando por zapatos, bisutería y cacharros) hasta artesanía de todos los países, música y literatura; todo entre las voces y gritos en idiomas diferentes, que hacían de este lugar una singular Torre de Babel.
Otro paseo, un poco más adelante, con jardines, flores y banquitos franqueados a un lado y a otro por palmeras que daban un aire exótico a la exótica playa.
Y allí estaba yo, con mis bermudas y mi camiseta blancas, una bolsa grande con toalla y demás artilugios de playa, unas chanclas de goma con dibujos de estrellitas y un ridículo sombrerito rosa, eso sí, muy fresquito. Avancé entre la
arena, quemándome los pies (¡cuánta gente!), mirándolo todo con ojos de curiosidad cincuentona.
Cerca del mar extendí mi toalla azul y dejando al descubierto mi blanquecino cuerpo, cubierto sólo con un biquini de flores rosas y blancas, me dispuse a tomar el furibundo sol del mediodía, no sin antes embadurnarme bien de una crema pegajosa y amarillenta de altísima protección; creo que esa tarde, el astro rey no se acercó mucho a mí y si lo hizo, al olerme dio un salto al otro lado del mar, aunque cumpliendo con su deber volvió…
Aguanté como pude, diez, veinte, hasta treinta minutos boca arriba, después la vuelta (me sentía obligada a tostarme un poco, todos me decían: ¡qué blanca estás!).
Ya cansada de tanto sudar, me senté a la orillita del mar y, mientras las olas acariciaban mis pies y rompía la espuma en mi cuerpo abrasado, mis ojos miraban embelesados (como siempre) hacia la lejanía. Nunca dejaban de sorprenderme el colorido y la profundidad del mar y del cielo. Surcaban las aguas algunos veleros y a lo lejos, un gran barco daba la sensación de estar anclado.
Volaban cometas por el cielo, bajo la atenta mirada de los niños; otros jugaban haciendo los tradicionales castillitos de arena (a Dios gracias, los niños siempre serán niños).
Una pareja jugaba a la pelota cerca de mí. Me aparté, tenía la sensación de que la dichosa pelotita iría a parar a mí cabeza.
Terminé de mojarme, el agua salada me entró en los ojos y por unos instantes, que a mí me parecieron siglos, no vi nada: ¡qué horrible la sensación de ceguera cerca del mar! Y si a eso, añadimos la soledad de una mujer de más de cincuenta años, un tanto torpe, que no sabe nadar y se encuentra perdida y asustada por el tonto incidente… Salí como pude, me sacudí el agua como un perrillo. Poco a poco, fui recobrando la visión, recogí mi toalla y la bolsa y con ella en la mano, caminé a lo largo de la playa, mojándome los pies mientras observaba cómo el agua espumosa llegaba a la arena y bajaba otra vez al mar, formando escalerillas brillantes. Las gotas saltaban frescas y revoltosas a mi paso.
Las hamacas llenaban de colorido artificial la tarde, a lo largo y ancho de la arena, hombres y mujeres, se sumergían en ellas, bajo el sol, intentando olvidarse de lo cotidiano.
La verdad, me sentía importante, siempre que voy a la playa me siento importante y libre, como el mar que calza mis pies. Miro al cielo que me cubre a modo de velo misterioso. El sol empezaba poco a poco su retirada. ¿Quién ha dicho que a los cincuenta no hay sueños? Yo soy la reina de los sueños bobos, ¿y qué? Mi patética soledad y mis anticuados valores, junto con mi chiquita y anodina presencia, son inconfundibles: una vieja soñadora.
Las horas en los puestos pasan volando, una mira aquí y allá… Y cuando en el reloj del puerto sonaron las nueve de la noche, salí sin prisa camino del autobús, no sin antes echar una última mirada al mar que tanto me atrae, con mis bermudas blancas y mi camiseta del mismo color. Dentro del abarrotado autobús que me acercaba a casa de mi prima, sentía frío; el biquini estaba mojado y el aire acondicionado bastante fuerte (sería para paliar los diversos olores congregados en tan poco espacio).
Por fin, bajé. El calentito de la noche de julio me hizo sentir bien. Despeinada por el aire y el ridículo sombrero, con mis gafas en la cabeza y la bolsa colgada del hombro, me sentía joven y extrañada de las miradas que se clavaban en mi persona. Sería por los pelos, pensé.
Al llegar a casa de María y mirarme en el espejo, un rostro colorado, redondo, clavó sus ojos en mí; de ellos caían sendos chorreones de rimel a lo largo de la cara. Sentí vergüenza, mucha vergüenza… y abriendo el grifo del agua fría, me metí en la ducha, con el ansia de que el agua se llevara, junto con la arena y los negros chorreones, las miserias y podredumbres de mi solitaria vida cincuentona, esperpento de mí misma reflejado en el espejo del lavabo gris, aquella noche…

No hay comentarios :