miércoles, 28 de noviembre de 2007

MARIDO FIEL (Trinidad Alicia García Valero)

Andaba Oscar meditabundo por el centro de la ciudad, ya estaban poniendo las luces y los adornos de navidad - ¡Cada vez la adelantaban más!”-, pensó mientras miraba a una guapa rubia que se contoneaba delante de él. -¡Vaya tía!-, exclamó para si e inmediatamente le vino Carmen a la cabeza. No es que fuera fea, no, no era eso. Carmen, era mucha Carmen, que quede claro que él la admiraba. ¡Siempre la había admirado! ¿Y cómo no? La amaba, su vida cambió al conocerla, todo giró en torno a ella, vivía por ella, reía por ella, luchaba por ella, ahora también por sus dos hijos, claro.
Una morena se cruzó en ese momento y no pudo evitar un silbido de admiración. En verdad Oscar parecía un poco “salido” y en realidad lo estaba, era un hombre alto y bien plantado, de los que se suele decir que son atractivos, con sus canitas en las sienes y unos ojos rasgados que le daban un aspecto romántico y mujeriego. ¡Nada más lejos de la realidad, Oscar siempre había sido un marido fiel! Nunca engañó a su mujer, hasta ahora su realización como marido había sido plena, pero… Tenía que admitir que desde unos meses atrás se estaba planteando su vida. ¿Iba él a seguir sin tener una aventurilla, sin conocer otras mujeres? (Carmen era su primera y única mujer). Y se lo decía en plural. Ahora estaba muy gruñona y había engordado; siempre gritándole a los chicos y a él, luego estaba su suegra, es verdad que parece un tópico, pero no lo es: su suegra era una suegra diferente. Siempre tan bien vestida, tan perfumada, haciendo mil cosas, culta, ingeniosa, juraría que cuando pasaba por su lado, lo miraba con ojos lánguidos (tres años vivía sola según ella). Su marido murió de un catarro mal curado. ¡Era un calzonazos! Lo sabía todo el mundo. María, que así se llamaba la suegra en cuestión, cambiaba de pareja muy a menudo, cosa que dejaba patidifusa a su hija y a Oscar le admiraba.
Estaba el hombre pensando en vivir ¡con mayúsculas!, cuando pasó Estrella, una compañera de trabajo y se paró a su lado: -¿Qué tal, Oscar? ¿Tú solo por aquí?”-, le pareció que se le estaba insinuando. ¡Es que, es que…! ¡Su cabeza no pensaba en otra cosa! Un “rollete”, un desliz, una cana al aire. ¡No estaba nada mal Estrella! ¡Buenas piernas! Y nunca se había fijado en su delantera… ¡Vaya con Estrella! – Sí, quería hacer unas compras- contestó mirándola a los ojos- ¿Tomamos un café?-, se atrevió a decir. Ella aceptó encantada, hacía algún tiempo que estaba separada y se sentía muy sola…
Hablaron y hablaron, todo les parecía divertido y cuando Oscar miró el reloj se sobresaltó: -Bueno, tengo que irme, mañana nos veremos en la oficina, esta noche cena mi suegra en casa. ¡Tendré que estar allí!- dijo en tono de humor, un beso en la mejilla y una sonrisa de oreja a oreja por parte de los dos.
- Nos veremos, Oscar- insinuante ella.
- Nos veremos- atontado él.
Carmen le esperaba con los brazos en jarras a la entrada del comedor. -¿De dónde vienes a estas horas?- el ceño fruncido, la voz iracunda y temblándole las carnes. Oscar sintió un escalofrío y con cara de bueno:
- Pues… Dando una vuelta- Y de un tirón- La verdad, estaba mirando los regalos de navidad de los niños- ella le lanzó una mirada penetrante- ¡Y por supuesto los tuyos y … el de tu madre, claro!
- ¡No lo tengo yo tan claro! Últimamente estás tú muy suelto… ¿Te has olvidado de que eres mi marido?
- ¿Olvidarlo? ¡Como para olvidarlo…!- Se decía. Y en voz alta. - ¡Nada de eso, cariño! Ya lo sabes, gordita mía…- Su tono cariñoso y el dulce beso en los labios la calmaron; aún dijo: - No sé, no sé yo… Bueno, ayúdame a poner la mesa y llama a los niños, mi madre no tardará en llegar. ¡Ya sabes lo estricta que es!
Oscar se limpió el sudor de la frente y corrió a poner la mesa, después llamó a los chicos que lo saludaron con su habitual: “¡Chócala, viejo!”. Levantó su mano chocándola con la de sus hijos y riendo entraron al comedor. Sonó el timbre. -¡La abuela!- dijeron los muchachos. –“¡Mi madre!”- exclamó Carmen. “La suegra”- pensó él.
Entró María, impactante, con su abrigo de piel de conejo y el pelo ceniza, recogido en un alto moño, los labios rojos igual que las uñas. Apretaba un pequeño bolso negro en una mano y en la otra llevaba un paquetito atado con una cinta rosa (los pasteles de rigor). - ¡Buenas noches a todos! Mi querida familia…-, su voz suave y dulce calmaba los ánimos, pero hacía pensar en un cerebro retorcido (al menos a Oscar se lo parecía). Se adelantó a separarle la silla al mismo tiempo que decía, poniendo en su gesto toda la simpatía posible: -Usted siempre tan guapa, con esa elegancia… ¡Niños, venid a darle un beso a vuestra abuela!. Los chicos se acercaron con desgana. Carmen corrió a la cocina a buscar los aperitivos haciéndole un guiño para llamarlo. El hombre fue tras ella.
- Lleva este vino blanco a mamá, ya sabes que es su preferido.
- ¡Mamá, mamá, siempre lo mismo!- se rebeló él.
- ¡No te quejes! ¡Nos ayuda mucho, sin ella no llegaríamos a fin de mes! ¡Con tu sueldo…!- en actitud despreciativa. Oscar imitó el gesto a sus espaldas y haciendo un giro burlesco salió con el vino.

Pasaron dos semanas aburridas y cansadas. Sólo le animaba pensar en ver a Estrella, tomaban café y se contaban cosas. Reían por todo, ella, tenía una risa cantarina y sobre todo, un buen culo. ¡Ay! ¡Estrella, Estrella! Lo tenía cogido.
La navidad estaba en puertas. Carmen había salido a comprar. Oscar, por exceso de trabajo, no pudo acompañarla. Los niños habían dicho a mediodía que irían al cine. Llamaron a la puerta, era la abuela. -¡Esta mujer no parecía tener casa!-, pensó mientras abría. Como siempre estaba impecable, más si cabe, el pelo recién teñido y un juvenil abrigo en color crudo, que se quitó dejando ver su esbelto cuerpo, enfundado en un estrecho vestido marrón. -¿Estás solo?- preguntó.
- Sí, Carmen está comprando y los chicos en el cine. Si quiere esperarla… o si prefiere que le dé algún recado…- . Quedó esperando la respuesta, mientras miraba su cuerpo. -¡Qué pena!- se decía-. Carmen no le parecía en nada. María se dejó caer en un sillón y cruzó las piernas, el hombre las siguió con la mirada.
- ¡Ven!-, ordenó ella. Se acercó despacio e intrigado. Cuando estuvo a su lado le hizo inclinarse y, cogiéndole una mano, la llevó a su pecho. Él dio un respingo.
- Pero…- balbuceó-. La mujer se enroscó a su cuello besándole con pasión- Esto… esto no está bien, suegra…- decía mientras sus manos recorrían el cuerpo abandonado.
- ¡No me llames suegra!-, ¡Esta mujer siempre mandando…! La habitación conyugal fue testigo de la venturosa tarde. Cambió el hombre la juventud por la experiencia y el buen hacer de esta sorprendente mujer de carnes ya no tan tersas. María se vistió en silencio, Oscar se echó a reír y fue a besarla: -¡Si Carmen se enterara! Nunca pensé que usted… Que tú…, - no sé como llamarla.- Le contestó con seriedad:
- ¡De usted! Cómo siempre, Oscar, cómo siempre…

Corría Carmen e un lado a otro, su abultada humanidad cubierta con un bonito delantal navideño se afanaba en preparar la cena. –Tardaba Oscar, regruñía para sí. Estaba tan raro… Y mamá estaba al caer. Los chicos ponían los últimos detalles en el árbol.
Oscar y Estrella se despedían cariñosamente: -¡Has estado magnífico! ¡Eres todo pasión! No esperaba menos de ti-, alabó Estrella.
Oscar le buscaba la boca: -Yo sí esperaba que fueras así, ¡me gusta tu cuerpo, tus labios, tus…! Acurrucados en un sofá, alumbrados sólo con una pequeña lámpara de mesa, se amaban. El reloj de pared dio las nueves, el hombre se incorporó de un salto.
-¿Qué pasa?- preguntó Estrella.
- ¡Tengo que irme, tengo que irme! Es Nochebuena y mi mujer me está esperando y mis hijos y mi suegra…- Estrella comentó desilusionada: - ¡También la suegra, vaya hombre!
- ¡Sobre todo la suegra! Es… Especial… Y tú, tú también eres especial. Mañana a las seis estaré aquí. ¡Vamos, si quieres…!
- ¡Te esperaré!-. Lo despidió con un largo beso.
La casa era una fiesta, sonaba la música, las luces estaban todas encendidas, la mesa llena de variados manjares. Carmen lo acogió cariñosa, nada de reproches. Los niños saltaron a su alrededor alzando las manos en señal de bienvenida. La suegra, con sonrisa misteriosa, le hizo un gesto que sólo él entendió. De repente se sintió mal; todo le daba vueltas… Corrió al servicio a vomitar. - ¡Seguro que ha bebido!, oyó comentar a su mujer y a su madre contestándole:
- Eso es lo que hace siempre los hombres. ¡Esta noche se perdona todo, hija!
Se sentó a la mesa, estaba pálido, todos olvidaron el incidente, Carmen ni caso, los niños a lo suyo, la suegra de vez en cuando le lanzaba miradas. Sonó el móvil. Estrella le deseaba feliz Navidad, ¡qué atrevida!- se dijo- sin más, fue a la habitación, cogió algo de ropa que metió a empujones en una mochila, se puso el abrigo y salió.
- Me voy- anunció casi en voz baja. Besó a los chicos. Ella, acodada en la barandilla de la escalera, lo miraba por primera vez en silencio. Unas lágrimas resbalaban por sus mejillas, detrás su madre, sorprendida.

Entró silbando el tren en la estación, Oscar echó una última mirada hacia atrás. Se dejó caer en el asiento. No sabía si llorar o reír. ¡Estaba cansado! Una chica joven y ruidosa lo sacó de sus meditaciones: - Me parece que se ha sentado usted en mi asiento-, y le enseñaba el billete numerado. Él se levantó, se rozaron sus cuerpos en el estrecho pasillo. -¡Vaya noche para viajar! ¿Eh?- comentó la muchacha. Al hombre le dio la risa. Ella lo miraba extrañada: - ¿Tanta gracia le hace? Al menos podría contarme el chiste.
- ¿Cómo decirle que se reía de si mismo? De sus ansias de aventuras. La miraba de soslayo. ¿Sería el próximo “rollete”? ¡Últimamente estaba “sembrao”!

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